Alina tenía unos catorce años, veía mucha televisión y pasaba horas en Internet cuando nos dijo a su…

Hoy me he puesto nostálgica pensando en mi hija, Clara. Tenía unos catorce años cuando le dio por ver horas y horas de televisión y pasar demasiado tiempo en internet. Un día, ni corta ni perezosa, anunció a su padre y a mí que quería ser gótica. Lo demostró enseguida: ropa negra, la cara blanquísima por el maquillaje, y un look tan extravagante que parecía una obra de arte andante. Ni Luis ni yo lo vimos como algo preocupante. Hay tantos adolescentes que atraviesan fases raras e inesperadas, y me parecería una tontería prohibirles buscar su propio yo. Aunque a los vecinos y conocidos seguro que les parecía de chiste.

¿Por qué no le dices que se vista normal? ¿Tú la has visto bien? ¡Parece un demonio!, se quejaba la vecina del cuarto.

Los profesores también se subían por las paredes. Perdí la cuenta de las veces que me llamaron a dirección por culpa de la apariencia de Clara. Yo escuchaba pacientemente sus monólogos y prometía que hablaría con ella, cuando en realidad solo le mostraba apoyo a mi hija. No juzgué sus gustos, ni cuando empezó a salir con un chico tan peculiarmente vestido como ella. Incluso bailé en su boda, cuando ambos cumplieron veinte años.

Puede que otros padres no me comprendan, igual que no comprenden a los hijos de los demás, y a veces ni a los propios. Pero todos maduramos y cambiamos: los gustos, las prioridades… Acabé por pensar que era mucho mejor que mi hija fuera lo que quisiera de joven, antes que le diera por las andanzas góticas a los cincuenta y tantos.

El tiempo me dio la razón. Clara cambió muchísimo tras la universidad. Lo mismo puedo decir de mi yerno. Se volvieron más serios, consiguieron trabajos estables y cambiaron su forma de vestir y sus intereses de manera radical. Cuando Clara fue madre, la ropa negra quedó para andar por casa, y para los eventos sociales elegía siempre conjuntos muy elegantes.

Recuerdo la cara de la vecina pesada cuando se cruzó con Clara y su marido en el portal justo antes de Nochevieja. Y también la reacción de mis amigas, al ver a mi hija convertida en una madre joven y guapísima, dejando atrás aquella afición a lo gótico.

He estado orgullosa de ella cuando tenía catorce años y lo sigo estando ahora que ya ha cumplido los treinta. Es mi hija, y sinceramente lo de menos es cómo vista. Me importa mucho más en qué persona se ha convertido, si es capaz de ser feliz, de expresarse y de compartir sus sentimientos, con la ropa, con las palabras y con su creatividad. La infancia pasa fugaz, ese tiempo despreocupado no vuelve, así que no hay que limitar a los hijos diciéndoles cómo deben ser, qué les tiene que gustar o cómo han de vestirse. ¿Quién, si no yo, va a apoyar a mi hija? Solo quiero quererla, estar a su lado y que sepa que siempre podrá contar conmigo.

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Alina tenía unos catorce años, veía mucha televisión y pasaba horas en Internet cuando nos dijo a su…
Llevábamos solo ocho días juntos cuando todo esto ocurrió: soy mecánico y trabajo solo; aquel día era su cumpleaños, la fiesta era a las siete en su casa y, aunque sabía que iba justo de tiempo, le prometí que llegaría puntual. Terminando de cerrar el taller apareció un cliente con un problema grave en su coche y, aunque dudé, acepté el trabajo porque no podía dejarlo a medias; me retrasé más de lo previsto y a las 18:30 aún no había terminado, así que tuve que decidir entre llegar tarde pero arreglado o ir directo tal cual y estar puntual. Decidí ir directo, me limpié lo que pude, me cambié de camisa, aunque seguía con ropa de trabajo y llegué justo a las siete; la felicité por su cumpleaños y no dijo nada, pero poco después me llamó aparte y, molesta, me reprochó haber ido así, diciendo que era una falta de respeto y que habría preferido no verme antes que llegar de esa forma; intenté explicarle todo, pero dijo que con ese aspecto la había hecho quedar mal y que el aspecto es importante para ella. La discusión fue subiendo de tono y me fui poco después; por la noche me escribió que debía reflexionar y, al día siguiente, rompió conmigo por no ser compatibles. No volví a buscarla, porque entendí que si no valoraba mi esfuerzo por cumplir mi promesa y prefería la apariencia al gesto sincero, tampoco yo quería seguir. ¿Creéis que hice bien al no insistir?