Dejando a su amante en la esquina, Buendía se despidió de ella con una ternura tan exquisita que el mismísimo Don Juan le habría aplaudido. Después, puso rumbo a casa. Antes de entrar al portal, se detuvo un segundo, repasando mentalmente el discurso que lanzaría a su esposa. Subió las escaleras del edificio de la calle Mayor, abrió la puerta y dijo:
Hola ¿Estás en casa, Inés?
Aquí estoy respondió la mujer desde la cocina, como si acabase de leer el horóscopo y no fuera con ella. ¿Qué, me pongo a freír los escalopines?
Entre pecho y espalda, Buendía se prometió actuar con la determinación de un hidalgo: sin rodeos y con voz firme. Era hora de dejar de vivir a dos bandas, ahora que el sabor de los besos furtivos aún le cosquilleaba y antes de que volviera la dulce rutina del tupper y la plancha.
Inés, carraspeó Buendía con gravedad he venido a decirte que debemos separarnos.
Inés, impasible, parecía imperturbable, como una figura del Prado. Su apodo en la oficina, Inés La Serena, era de lo más adecuado.
¿O sea, que mejor no fría los escalopines? preguntó ella, asomando la cabeza por la puerta.
Haz lo que quieras, Inés suspiró él. Si quieres freírlos, fríelos. Si no, pues nada. Yo me voy con otra mujer.
A esas alturas, la mayoría se habría licenciado en lanzamientos de sartén. O habría organizado una escena de ópera bufa. Pero Inés no era la mayoría.
Mira tú qué cosa, vaya Don Perfecto sentenció ella. ¿Has recogido mis botas de la zapatería?
No… balbuceó Buendía. Pero si es tan importante, voy ahora mismo y las recojo, faltaría más.
Ay, bendito seas rezongó Inés. Eres más despistado que un pulpo en un garaje. Como te mande a por mis botas, eres capaz de traerme las de la vecina.
A Buendía le entró el bajón. No era así como imaginaba el dramático final de su matrimonio. Faltaba pasión; pasión de cualquier tipo, ya fuera melancólica o furiosa. Aunque, ¿qué le podía pedir a Inés la Serena, la mujer más fría que la fuente de Cibeles en febrero?
Me da la sensación de que no me escuchas, Inés se indignó Buendía. Que digo oficialmente que me voy con otra, y tú pensando en botas.
Claro, porque tú puedes irte a donde quieras, que tus zapatos sí están en su sitio. No como los míos le respondió ella, con esa calma marmórea que tan bien dominaba.
Habían compartido vida y techo tanto tiempo que Buendía no recordaba si siempre había sido así de difícil pillarle el sentido a Inés; si estaba siendo irónica, o simplemente directa. Precisamente aquella templanza le enamoró años atrás: la serenidad, la economía verbal, y esas caderas como de azulejo sevillano. Y también, claro, la capacidad de Inés para gobernar la casa como si fuera la Alhambra.
Inés era más firme que el acueducto de Segovia. Pero Buendía se había enredado con otra. Con otra que era pura candela y pecado. Tocaba decidirse y poner punto y final a la doble vida.
Así que, Inés declaró con solemnidad de juramento notarial, tristeza y un poco de lamento, te agradezco todo, pero me voy. Porque amo a otra. Y ya no te amo a ti.
¡Caray! contestó Inés. No me ama, el maestro del calcetín perdido Pues mira, mi madre quería al carnicero, y mi padre prefería el mus al trabajo. ¿Y qué? Mírame, qué bien he salido.
Buendía sabía que discutir con Inés era como forcejear con un toro embalsamado: inútil. Toda su heroica determinación se le desmoronó.
Inesita, eres maravillosa, dijo, resignado, pero yo amo a otra. Una locura ardiente, peligrosa y dulce. Me voy.
¿Y quién es la afortunada? ¿Isabel Martín? preguntó Inés, muy seria.
Buendía retrocedió, como si de pronto hubiera pisado un charco. Sí, tuvo un rollo con Isabel hace un año, pero él nunca pensó que Inés tuviese el dossier completo de su vida.
¿Y tú cómo? Bueno, da igual. No va por ahí se corrigió él, tragando saliva. No, no es Isabel.
Inés bostezó.
¿Entonces es Laura Burguillos? ¿Has ido a verla?
A Buendía se le puso la espalda más fría que un helado de turrón. Laura también formó parte de sus capítulos ocultos. ¿Pero cómo demonios lo sabía Inés? Claro, Inés era como el CNI.
No acertaste, dijo Buendía, apurado. Ni Laura ni Isabel. Es otra, una diosa entre las mortales. No puedo vivir sin ella y me voy, sin dramas.
Seguro que es Carmen dijo Inés. Ay, Buendía, eres más simple que el mecanismo de un botijo. La reina de tus sueños, Carmen María González. Treinta y cinco años, un niño, dos interrupciones ¿a que sí?
Buendía se llevó las manos a la cabeza. Casi le dio un ictus de la sorpresa. Era cierto: su amante era Carmen María.
Pero ¿cómo lo sabes? ¿Quién te lo ha contado? ¿Me seguiste?
Sencillo como la tabla del dos, Buendía. Cariño, llevo veinte años siendo ginecóloga en Madrid, he visto más historias íntimas que la consulta del Papa. Tú has pasado por unas pocas, yo por todas. Sólo tengo que repasar historial, campeón.
Buendía intentó recomponerse.
Vale, pongamos que lo has adivinado dijo, hinchando pecho, pero me voy igual.
Vaya, Buendía, eres un caso. ¿Por qué no me preguntas primero? Por cierto, de diosa, nada. Lo mismo que todas. Como médico te lo digo. ¿Y has visto el historial de tu diosa de los sueños?
N-no admitió él, encogido.
¡Eso digo yo! Mira, primero a la ducha. Mañana llamaré a don Ramón para que te vea en el ambulatorio sin hacer cola indicó Inés. Luego hablamos. ¡Menuda vergüenza! El marido de una ginecóloga sin saber elegir mujer sana.
¿Y qué hago ahora? preguntó Buendía, con voz de cordero lechal.
Me voy a freír los escalopines remató Inés. Tú dúchate y haz lo que quieras. Si algún día quieres encontrar a la verdadera reina de tus sueños, sin sustos de salud, me lo dices y te paso una lista.







