Siempre me sentí muy dolido cuando mis familiares bromeaban diciendo que había sido cambiado o dejad…

Siempre me dolía mucho cuando mis familiares hacían bromas diciendo que me habían cambiado en el hospital o que era un niño abandonado, porque no me parecía a mis padres ni a mis abuelos. Mis padres lo decían sin malicia, igual que mi hermana mayor, pero la familia de mi padre era diferente. Ellos se alegraban de tener una nieta, pero, según tengo entendido, mi abuelo no le habló a mi padre durante varios meses después de que yo naciera. El motivo fue el gasto extra que suponía otro hijo. Ni me querían ni les caía bien; además, yo nací moreno, con el pelo negro y ojos marrones, cuando en casa predominaba el cabello rubio y los ojos verdes.

Mi abuelo nunca trató bien a mi madre, la acusaba de haberle sido infiel y me llamaba “nieto de otro”. Mientras mi hermana mayor recibía cariño y apoyo, regalos y atenciones de los abuelos, a mí no me daban nada, ni siquiera me invitaban los fines de semana. Crecí sintiéndome apartado, aunque mis padres siempre me apoyaron, era como si no encajara.

Cuando ya era adulto y parecía haberlo aceptado, mis abuelos paternos ya no estaban, y no tenía expectativas. Pensaba que, tras su muerte, le dejarían el piso heredado a su único hijo, es decir, a mi padre. Pero se lo dejaron a mi hermana. Claro, ella era mayor, ya tenía pareja, y yo aún estudiaba en la universidad; el piso le convenía más, pero sentí que era injusto. ¿Por qué solo ella recibió esa vivienda?

Por el bien de mi abuelo, hicimos una prueba de paternidad. Con el tiempo, incluso me volví más parecido a mi padre, pero nada cambió. Seguía siendo el extraño.

No entiendo por qué nunca me quisieron. ¿Hice algo mal o simplemente nací en el momento inadecuado?

Hoy pienso, mirando hacia atrás, que la familia no siempre entiende ni acepta a todos igual. El verdadero valor está en quienes nos apoyan y nos quieren por quienes somos, más allá de los prejuicios y las apariencias. Agradezco a quienes me dieron amor y aprendí que el rencor solo pesa en el corazón, mientras el perdón y la comprensión nos permiten seguir adelante.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

3 + seventeen =

Siempre me sentí muy dolido cuando mis familiares bromeaban diciendo que había sido cambiado o dejad…
En la puerta esperaba un desconocido. Desde el instituto, Víctor estaba perdidamente enamorado de Jana. Le escribía notitas y trataba de llamar su atención de cualquier manera. Pero a Jana le gustaba Diego, un chico alto y rubio que jugaba en su equipo de voleibol. Ella ni se fijaba en el torpe Víctor, que además sacaba malas notas. Con el tiempo, Diego empezó a salir con Elena, una chica de la clase de al lado. Al terminar el bachillerato, Víctor volvió a intentar conquistar a Jana. Incluso le propuso matrimonio en la fiesta de graduación… Pero Jana le rechazó de plano con un “¡No!”. Ni siquiera quería pensarlo. Tras estudiar en la universidad, Jana se colocó de contable; su jefe era un atractivo moreno, diez años mayor que ella. Admiraba su profesionalidad, apariencia y brillante inteligencia. Entre ambos surgió algo especial; a Jana no le importaba que su enamorado estuviese casado y tuviese un hijo pequeño. Valerio Borja le juró que se divorciaría y que sólo la quería a ella. Pasaron los años y Jana se acostumbró a pasar fines de semana y fiestas sola, esperando que su amado lo dejase todo para estar juntos. Pero un día, Jana vio a Valerio de compras con su mujer, que estaba embarazada. Él la cuidaba con cariño, llevaba las bolsas y se marcharon juntos. Con lágrimas, Jana observó aquella escena idílica. Al día siguiente presentó su dimisión… Se acercaba la Nochevieja y Jana no tenía ningún ánimo de comprar comida ni de decorar la casa. Una tarde, al volver, notó un frío intenso. El termo estaba averiado. Jana vivía en una casa baja. Trató de llamar a un técnico, pero todos pedían fortunas por acudir a las afueras antes de fiestas. Desesperada, llamó a su amiga Laura; su marido trabajaba en ese sector y quizá pudiese ayudarla. Laura prometió hablar enseguida con él. Pasadas dos horas, Jana oyó el timbre. En la puerta había un desconocido, pero al mirar bien reconoció a Víctor, su antiguo compañero de clase. —Hola, Jana, ¿qué te ocurre aquí? —¿Cómo has sabido…? —Mi jefe me dio tu dirección, que te estás congelando. ¿Vaciaste el circuito, o se te van a helar los radiadores? —No… No tengo ni idea. —¡Hay que ver! Así te quedas sin calefacción como nada. Por suerte, no hace demasiado frío fuera. Víctor vació el agua del sistema y trasteó con el termo, luego se marchó. En una hora volvió con las piezas necesarias. Pronto la casa se llenó de calor. Víctor se lavó las manos y preguntó: —Jana, tienes un grifo que gotea y una bombilla parpadeando… ¿Tu marido no sabe arreglarlo? —No tengo marido… —¿Y eso? ¿Sigues buscando tu ideal? —Pues no… No tengo a nadie —confesó, de pronto. —¿Y por qué me rechazaste aquella vez? —sonrió Víctor. Ella no le respondió… Tras arreglar el grifo y cambiar la bombilla, Víctor se marchó. Jana pensó en la infancia, en aquel chico robusto que la adoraba. Víctor había cambiado mucho, ahora era un hombre alto y atractivo de ojos castaños. Pero la sonrisa seguía siendo la misma. Ni siquiera le preguntó si estaba casado. El 31 de diciembre alguien llamó a la puerta. Jana la abrió sorprendida; no esperaba visitas. En el quicio estaba Víctor. Vestía traje nuevo y llevaba un ramo de flores. —¡Jana! Te lo pregunto de nuevo: ¿te vas a casar conmigo o seguirás esperando a tu príncipe azul hasta jubilarte? Ella rompió a llorar y asintió feliz. A la segunda oportunidad, la respuesta fue sí…