¡Tienes que pagar por un grifo reparado!

Mi marido lleva un mes fuera por un viaje de negocios. Está a punto de regresar.

Un día, mientras él todavía está fuera, se estropea el grifo de la cocina. Lucía viene a mi casa y me pide un favor. Yo no entiendo de fontanería, así que le doy el teléfono de un fontanero conocido.

Pactan una cita y el fontanero llega puntual. Ella tiene preparado el dinero, justo la cantidad de la que habían hablado por teléfono. Cuando termina el trabajo, le entrega el sobre con el dinero.

Faltan 300 euros le dice el fontanero. Pero si habíamos acordado otra cantidad, incluso puedo llamar a un vecino como testigo. No me importan tus testigos. Me debes 550 euros. Si no pagas, te rompo el grifo y te corto el agua. No tengo ese dinero ahora mismo, le puedo pagar lo que falta cuando vuelva mi marido.

¿Cuándo vuelve? En cinco días Eso no me sirve, paga ahora, espero.

¡Si es que ya no tengo nada más! En ese caso, lleguemos a un acuerdo. Tienes que pagar el grifo que acabo de arreglar.

De pronto, el hombre empieza a rebuscar en los armarios y a comportarse de una forma muy extraña.

¿Pero tú cómo te comportas en mi casa? ¡Voy a llamar a la policía! Hazlo si quieres, pero yo diré que te niegas a pagarme.

Entonces el fontanero comienza a acosarla y ella grita. Yo estoy en casa. Al oír los gritos, salgo corriendo y llamo al vecino. El fontanero la tenía acorralada contra la pared y no la dejaba marcharse.

¡Aléjate de ella! grito. Me debe dinero contesta él. Lucía es una persona honrada, aquí tienes 250 euros, ¿qué más quieres?

Y recuerda, eres responsable de tus actos. Además, si el marido de Lucía, que es boxeador, se entera de esto te va a ir muy mal.

Tras oír esto, el fontanero sale huyendo. Yo le pido disculpas a Lucía porque, al fin y al cabo, fui quien le pasó el número de teléfono. Decidimos no contarle nada a su marido para que no se preocupe. Ahora estamos buscando un fontanero de verdad porque ahora el grifo de mi baño también está goteando.

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¡Tienes que pagar por un grifo reparado!
Novia de Alquiler —¡La boda se cancela! —anunció Polina sentada a la mesa, dejando a sus padres boquiabiertos. —¡Poli, hija! ¿Estás loca? Ya tienes el vestido, los anillos, el banquete reservado… ¡Dimitri está deseando casarse contigo como agua de mayo! Por favor, dime que es una broma —suplicó su madre angustiada. —No, mamá. No es ninguna broma. Floyd y yo nos vamos a Londres dentro de poco. Hablo en serio —zanjó Polina la conversación. —¿Londres? ¡Pero si aquello está en el quinto pino, no conocemos a nadie! Gente rara, otro idioma, una vida distinta… ¡No irás a ninguna parte! Ese Floyd te tiene totalmente sorbido el seso. Seguro que está casado, que tiene hijos… ¡Pero si podría ser tu padre! Dimitri te adora, hija, es como uno más de la familia. No desprecies el amor. Cada uno paga sus decisiones —su madre no dejaba de suplicar. —No pasa nada, mamá, sabré afrontar las consecuencias —Polina se mantuvo firme. …Unas semanas después, Polina y Floyd pusieron rumbo a Inglaterra. Desde pequeña, Polina soñaba con ver mundo, aunque solo fuera de pasada. Aprendió francés y perfeccionó el inglés. Ahora andaba con el español. ¡Quién sabe dónde le llevaría la vida! Tras acabar la universidad, trabajó en una agencia de viajes como traductora, allí fue donde conoció a Floyd acompañándolo a numerosos eventos. No tardó en fijarse en aquella joven tan espontánea, simpática y bonita. Pero lo que más atraía a Floyd era la juventud de Polina. Ella tenía veintitrés años, Floyd cuarenta y seis. Al principio, Polina no se tomó en serio las atenciones del extranjero. Jamás imaginó que le pediría matrimonio… ¡Después de solo una semana! No fue capaz de decirle a Floyd que estaba a punto de casarse con su gran amor. Polina se debatía entre dos mundos. No todas las chicas tienen la oportunidad de casarse con un extranjero, pensar en perderla le aterraba: tal vez no amaba a Floyd, pero sí encontraría aventura, una vida nueva. Al menos sería agradecida con aquel hombre que le daba tanto. Dimitri sufriría, pero ya pasaría: era joven, encontraría a otra. Así pensaba Polina mientras preparaba el viaje a lo desconocido. Por teléfono le comunicó a Dimitri la noticia. Él, sin entender nada, le deseó toda la felicidad posible y desapareció en uno de esos tristes y eternos naufragios de alcohol. …Polina y Floyd aterrizaron en Londres. Ella se sentía en una nube. ¡No podía creer que sus sueños se hicieran realidad! Floyd la llevó a una casa enorme, donde esperaba su familia: dos hijos adultos, Kyle y Iván. (Con el tiempo, Polina se casaría con Iván y sería increíblemente feliz.) De una habitación apareció la exmujer de Floyd, Leonor. Elegante y enfadada. —¿Pero tú te has vuelto loco, Flo? —así le llamaba en casa—. ¿Quién es esta muchacha? ¡¿Ahora la traes a vivir aquí?! —Sí, Leonor, es mi casa. Polina pronto será mi esposa. Hazme el favor y no la incomodes —pidió Floyd, casi rogando. La tensión se mascaba en el ambiente. Aunque la familia estaba “rota”, todos seguían bajo el mismo techo, y Leonor mantenía las riendas con pulso firme. Aún así, en la cabeza y corazón de Polina… ya habitaba Iván. No era lo mismo que con Dimitri y sus promesas borrachas: esto era Amor con mayúsculas. Iván tenía veinticuatro años y la belleza de su madre. Apenas la vio, algo invisible pero irrefrenable surgió entre ellos. …Floyd anunció a Polina que la boda tendría que esperar, sin dar explicaciones. Ella aceptó resignada; no pensaba volver a casa. Le asignaron una habitación propia; con Floyd mantenía una relación cordial y sin más. Leonor la ignoraba por completo. …Pasaron tres meses. Polina fue estrechando lazos con Iván, quien acabó confesándole la verdad: Floyd seguía enamorado de Leonor y todo era un montaje para ponerla celosa. Polina solo era “la novia de alquiler”. Polina rompió a reír: —¡Bien merecido me lo tengo! Yo escapé de mi boda, y ahora resulta que soy una novia de pega. ¿Y qué hago ahora, Iván? —No me iré de tu lado, Polina —contestó él, decidido. —¡Por fin lo reconoces, pensaba que nunca te atreverías! —suspiró ella aliviada. —¿Cómo iba a decírtelo, si eras la prometida de mi padre? Yo no sabía nada de los tejemanejes de Floyd y Leonor. Me lo contó Kyle, y entonces me llené de esperanza: la chica de la que me enamoré por fin era libre. —¿Y tú, Polina, hubieras aceptado casarte con mi padre? —Ay, ¡Vane! (así empezó a llamarle Polina cariñosamente), desde el primer momento que te vi, todo mi mundo cambió. Habría rechazado a tu padre sin dudar. Se abrazaron con ternura. Polina perdonó aquel embrollo. Al fin y al cabo, por amor todos cometemos locuras. Y dentro de la desventura, ella había encontrado a Iván: ¡el destino había querido que su alma gemela estuviera al otro lado del mundo! A veces perseguimos la felicidad, sin darnos cuenta de que está justo a nuestros pies. Polina y Vane se casaron pronto. Él, aún con el miedo de que su mujer lo abandonara, no tardó en querer tener familia: pronto llegó un niño, luego una niña. Polina nunca fue tan dichosa. Floyd y Leonor, por su parte, rehicieron su relación y ahora disfrutaban de sus nietos con devoción. …Un buen día, Polina recibió una carta angustiada de su madre, pidiéndole que viniera a visitarla. Polina, sin dudar, preparó el viaje. Dejó a los niños pequeños al cuidado de la abuela Leonor y partió a su ciudad natal inquieta. Su madre la recibió entre lágrimas: —¡Ay, Polina! ¡Dimitri ha muerto! ¡Y arrastró a su mujer con él! Tuvieron un accidente en la moto. Ahora su hija ha quedado huérfana, pobrecilla. Solo tiene tres años. ¡Un drama, Polina! —Ya sabes, querida, Dimitri nunca te olvidó. Como te fuiste, para no sufrir, buscó a otra al poco. Una chica más triste que la pena, que le dio enseguida una hija hermosa, también llamada Polina. Ahora la pobre niña va directa al orfanato. —Justo antes de morir, Dimitri quiso hacerte un regalo. Venía a decírmelo, y la muerte le rondaba de cerca. En fin, hija, ¿quién lo iba a saber? Polina escuchó todo en silencio y respondió, como quien cierra un trato: —Lo consiguió, mamá. Vane y yo adoptaremos a su Polinita. Ese será el ‘regalo’ de Dimitri… —Él me apoyará, segura estoy. En la vida, todo tiene sus consecuencias, mamá. —Ahora, por favor, sírveme algo de cenar. Estoy cansada y muerta de hambre. Me apetece una manzana ácida o un pepinillo. ¡Las futuras mamás debemos comer por dos! —le guiñó el ojo a su madre con una sonrisa traviesa.