¿Es necesario un hombre en la vida de una mujer después de los 60 años?

¿De verdad necesita una mujer un hombre después de los 60 años?

Pues, sinceramente, yo creo que no hace ninguna falta. Y no lo digo por decir, es una conclusión bien pensada. Cuando un hombre pasa de los 60, la mayoría no busca exactamente una compañera para vivir grandes aventuras, sino más bien aspirarían a una enfermera y niñera particular. Una mujer que les alegre la soledad, les salve del aburrimiento. Pero resulta que muchas mujeres, cuando alcanzan esa edad dorada, están más vivas que nunca. Les apetece irse de vacaciones, recorrer España (o hasta el extranjero si hay ganas y euros), aprender algo nuevo, intentar todo lo que la vida les tuvo en la lista de espera. Y claro, si hay nietos porque algún hijo se animó, también apetece mimar a esos pequeñajos de vez en cuando.

A las mujeres maduras no les hace falta un hombre, sino una buena amiga, una aliada de fiar con la que lanzarse a descubrir algún rinconcito de Salamanca, perderse en un espectáculo de flamenco, o quedar para largas charlas con café y churros. Digámoslo claro: un hombre jubilado no suele ser precisamente la compañía más animada. Así lo veo yo, vaya. Obviamente, existen esas mujeres que no imaginan la vida separadas de un hombre. Da igual que tengan 20, 30 o 60 años. Recorren la vida como si fuera una gymkana eterna de búsqueda masculina. Son inconfundibles.

La ves de lejos: arreglada, llamativa, como si fuera a una boda cada día, mirando a todos los hombres como lo haría un perrito abandonado, con esos ojillos de llévame contigo, por favor. Supongo que los hombres, en el fondo, las perciben y salen huyendo si pueden. Mi opinión es que los 60 marcan ese punto de tu vida en el que toca respirar hondo, dejarse de prisas y simplemente vivir. Nada de perseguir pareja, nada de dramas innecesarios. Hay que quererse un poco, regalarse tiempo y disfrutar. Así, la vida es mucho más armoniosa y, os lo garantizo, la calidad mejora aunque no lo paguen en euros.

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¿Es necesario un hombre en la vida de una mujer después de los 60 años?
El hijo pequeño — Leche, ¿seguro que no prefieres no ir a este viaje? No me quedo tranquila… Pide a alguien que te sustituya —susurró Olga, intentando disimular el temblor en su voz. — Este viaje significa un buen dinero, Oli. Sabes igual que yo que cada euro cuenta como oro ahora mismo —contestó Alexei, abrazando a su mujer y besando su frente, y después a las dos niñas bulliciosas, las gemelas Daniela y Coral. Olga asintió en silencio. El corazón le sangraba, pero la razón le decía que su esposo tenía razón: el presupuesto estaba a punto de romperse. Secándose las lágrimas, le vio marchar y susurró, abrazándole: — Vuelve pronto… Te esperamos. La puerta se cerró tras Alexei. Olga apretó los puños, dio de comer a las niñas y las sacó a pasear. El día pasó sorprendentemente tranquilo. Ni caprichos ni rabietas; incluso las niñas parecían sentir algo inquietante. Cada noche, a las diez, hablaban por teléfono como siempre. Olga le contaba cuánto le echaban de menos las niñas, cómo iba cosiendo poco a poco pedidos. Alexei reía al teléfono y prometía: «Mañana estoy en casa, gatita». Pero no volvió a casa. De camino de vuelta, su camión chocó contra otro vehículo que circulaba en sentido contrario. Todo ocurrió muy rápido. Ni un segundo para esquivar. Alexei falleció en el acto. Esa misma noche sonó el teléfono. Olga, como en un sueño, descolgó —y el mundo se le vino abajo. Consiguió llegar a la casa de su vecina, tía Nina, y le pidió que cuidase de las niñas. Después se desplomó en el umbral. Los médicos apenas lograron salvarla con una operación urgente y una cesárea complicada. El hijo nacido era débil, prematuro. Le faltaba la fuerza del padre, y a la madre el hombro de un hombre. Olga le puso el nombre de Alexei, igual que a su esposo. Al salir del hospital, contó el dinero que quedaba. Bastaba para dos meses. Luego… ya verían. La vida se convirtió en una lucha por sobrevivir. La vecina, tía Nina, ayudaba como podía. No tenían familiares cerca. Olga volvió a coser: primero para las vecinas, después de boca en boca empezaron a llegarle más clientas. Las niñas entraron en el colegio y el pequeño Alexei a la guardería. Ellos eran su esperanza, su ancla. Pero… Quería más a las niñas. Al niño… no, no lo odiaba; simplemente no podía mirarle sin dolor. Cada día se parecía más al marido perdido. Y cada vez que le veía, sentía que no había conseguido retenerle… El niño era tranquilo, bondadoso, atento. Leía, ayudaba, nunca se quejaba. A las niñas les compraba ropa nueva, les cosía vestidos para las muñecas. A Alexei le remendaba los trastos viejos. — Pobre… huérfano con madre viva —suspiraba tía Nina al verle lavar los platos o recoger los juguetes de sus hermanas. Pasó el tiempo. Las niñas crecieron, se casaron, se marcharon. Solo quedaban Alexei y su madre. Terminó la FP de mecánica y consiguió trabajo de ingeniero en la fábrica de dulces de la ciudad, ahora Madrid. Olga empezó a perder la vista —las noches en vela, los nervios rotos, los años de soledad le pasaron factura. Alexei la cuidaba lo mejor que podía. Cocinaba, limpiaba, la sacaba de la mano al parque. Cada vez más a menudo, ella le susurraba: — Perdóname, hijo… No he merecido tu amor. Haz tu vida, eres joven… Él solo sonreía: — Sí, mamá. Tendré mujer, hijos. Ya tendrás tiempo de disfrutar de los nietos. Y un día llegó. Lisa, sencilla y tímida. — Mamá, Lisa se quedará con nosotros. No tiene a nadie. Es huérfana —le dijo Alexei con suavidad. A los tres meses hicieron la boda. Vinieron las niñas, sus nietos, los yernos; la familia reunida. Olga era feliz, aunque ahora sonreía a menudo entre lágrimas. El diagnóstico fue muy duro: cáncer. Le quedaba poco tiempo, y lo sabía. Pero el destino le dio una alegría más: conoció a su primer nieto. Se fue tranquila, con una sonrisa en los labios, con la mano suavemente aferrada a la de su hijo, el más querido.