Abuela para cada día

Tengo sesenta y ocho años. Soy esa abuela que llega antes de que amanezca para preparar el desayuno, planchar la ropa, llevar a los niños al colegio y recogerlos después… Siempre ayudo con los deberes, siempre tengo un libro en la mano y una paciencia que guardo en el corazón.

Sé perfectamente quién no quiere la corteza del pan, a quién hay que recordarle la hora de estudiar y cuándo es tiempo de jugar, quién presume de valiente pero solo consigue dormirse con la luz encendida…

Soy una abuela amante de los hábitos, del orden y de la estabilidad.

Llevo años criando a mis nietos, y ayer me enteré de que soy «la abuela aburrida» y comprendí cuán invisible puede volverse el amor cuando se da todos los días.

En otra ciudad vive la otra abuela de mis nietos, «la abuela divertida», esa que viene solo dos veces al año cargada de regalos en su maleta. Regalos dos veces al año, en vez de la ayuda y los consejos diarios, en vez de las bolsas de la compra y las comidas de cada día. Esa «abuela divertida» trae la fiesta consigo.

Ayer fue el cumpleaños de Alba.

Horneé su tarta favorita, rellena de fresas entre los bizcochos, y le regalé un pequeño estuche para pintar. Nada de ¡guau!, solo algo hecho de corazón.

Luego llegó la otra abuela y el ambiente de la casa cambió de golpe. Colores vivos, risas estruendosas, dos enormes cajas envueltas con tabletas carísimas dentro. Los niños se quedaron congelados un segundo y de pronto estallaron de alegría y corrieron hacia ella como si fuese un castillo de fuegos artificiales.

Yo me quedé apartada, sonriendo, intentando convencerme de que así debía ser. Al fin y al cabo, esa abuela casi nunca viene y trae regalos caros. Pero mientras limpiaba la mesa, escuché unas palabras que me dieron la vuelta al alma:

Es más divertida que la abuela Carmen dijo Alba. Y no nos obliga a hacer los deberes antes de jugar.

Esperé que alguno interviniera con delicadeza, pero nadie lo hizo.

Al contrario, mi hija soltó una carcajada:

Claro… ¡es la abuela divertida!

Sentí rabia, porque los niños absorben cada palabra y cada gesto de sus padres, y mi hija, al apoyar ese comentario, borró de un plumazo todos mis esfuerzos y cuidados.

Aquel atardecer me quedé sentada durante mucho rato en el coche, recordando los años en los que aplazaba mis propias ilusiones, los viajes a los que nunca me atreví, las rodillas doloridas y el tiempo de pie frente a los fogones y a la encimera. Y mi frase tantas veces repetida: no pasa nada, dicha tantas veces que ya ni me preguntaba si era sincera.

Me di cuenta de una verdad dura: el amor que das cada día, el que siempre está, se vuelve costumbre y nadie lo percibe.

El amor envuelto en lazos y papel brillante, en cambio, crea sorpresa y aplausos.

Esta mañana no puse el despertador, no salí corriendo a casa de mis nietos, no preparé nada por adelantado. Me tomé el café con calma, sentada junto a la ventana, y por primera vez en muchos años me pregunté:

¿Estoy ayudando o me están utilizando?

Amo a mis nietos con locura, pero el amor no debe confundirse con el sacrificio extremo; no es justo. Ayudar a los seres queridos no debe quitarte la dignidad ni la gratitud debería ser sustituida por la necesidad.

No hice una escena,
ni di sermones,
simplemente decidí que, de ahora en adelante, mi ayuda no será infinita. El amor de los abuelos está para acompañar, no para suplir silenciosa y pacientemente a los padres. Y si tienes a alguien en tu vida que te la hace más fácil cada día, valóralo. No cuando sea tarde. No un día cualquiera. Todos los días. Hasta el gato agradece una palabra amable.

El amor discreto también es amor. El cuidado de cada día también cuenta.

Y quienes están ahí siempre, merecen ser vistos tanto como esos que solo aparecen en los momentos de fiesta.

Hoy he aprendido mi lección.

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