Simón llega a un pequeño pueblo de Castilla la Mancha para visitar a su tía, la hermana mayor de su madre, a quien ella le pidió que cuidara antes de morir. La tía Lucía es menuda y ya bastante mayor. Simón, una vez más, insiste en que se mude con él a Madrid, le promete que tendrá su propia habitación, que podrá pasear por el jardín y que allí hay más señoras de su edad con quienes charlar y pasar el rato. Pero Lucía es terca y no quiere dejar su casa de toda la vida bajo ningún concepto.
Así que, cada tres meses, Simón pide cinco días sin sueldo en el trabajo para ir a cuidarla. De los cinco días, dos se pasan en el viaje de ida y vuelta y los otros tres, ayudando a la tía en las tareas y compras. Afortunadamente, Simón es jefe de departamento y puede tomarse esos descansos cortos de vez en cuando. Además, el dueño de la empresa es su amigo de la infancia.
Esta primavera, Simón no logra ir en marzo por el ajetreo de la oficina y sólo consigue llegar a finales de abril. Encuentra a la tía Lucía muy desmejorada tras el invierno, y la vecina, Mari Ángeles, le cuenta que la han tenido que llevar dos veces al centro de salud.
¿Y por qué no me avisasteis? pregunta él. Cada vez que llamaba decíais que estaba bien.
Es que me hizo prometerle que no te inquietaría responde la vecina. Que cuando tocara, ya te avisaría ella misma.
Simón va al colmado a por azúcar y sal, lo que le encargó la tía, y de paso compra lentejas, arroz, leche condensada y alguna lata. Al regresar a casa, junto al porche, ve un cachorro de pastor alemán, de cinco meses, con cabeza grande y hocico alargado.
Tía Lucía, ¿y ese cachorro?
Se coló aquí hace un mes. Abrí el portón y allí estaba, temblando de frío, con un aspecto famélico. Yo lo recogí, le di de comer y aquí está, para darme conversación.
Simón acaricia al cachorro, que le apoya la cabeza en las rodillas, confiado. Siempre amó los perros de niño y soñaba con tener uno, pero sus padres nunca se lo permitieron. Ahora, con su mujer, nunca lo consideró; ella adoptó una gata que desapareció a los tres años. No tienen hijos, Irina nunca pudo quedarse embarazada, y ambos se resignaron; viajan juntos cuando pueden y disfrutan de la vida.
¿Cómo se llama tu compañero?
Timoteo. Igual que mi antiguo gato.
¿No te parece raro ponerle nombre de gato a un perro?
Eso da igual, responde y eso es lo importante.
Durante la estancia de Simón, Timoteo no se separa de él. Vuelven a hablar del traslado, pero la tía se niega. Simón le suplica que la próxima vez no le esconda si se encuentra mal, que lo llame sin miedo y que no le preocupe molestarle.
Ya te tengo bastante atareado con estos viajes, hijo. Pero bueno, no queda mucho.
Tía, no hables así, mientras tú vivas mejor para todos. Yo no vengo a disgusto.
Lucía baja un poco la voz:
Simón, si me llega la hora, ¿me prometes que no abandonarás a Timoteo? Es un ser vivo.
No te preocupes, le buscaré una buena familia.
No, prométeme que te lo llevas tú. Yo creo que ha venido por algo.
El perro le da un golpe en la pierna y le mira a los ojos con atención.
Vale, tía Lucía, si hace falta, me lo llevo yo mismo.
Un mes después, la tía Lucía muere. Simón organiza el entierro y cumple los nueve días de rigor con vecinos y amigos. Al acabar, va con Timoteo al cementerio para despedirse.
Es hora de regresar a Madrid. Simón le pone bozal y correa a Timoteo y toman el tren en la estación más cercana. Compra los billetes para un vagón donde se aceptan animales. Al subir al compartimento, el perro gruñe a un hombre sentado junto a la ventanilla.
El hombre, sobresaltado, protesta:
¿Pero es que ahora viajamos con lobos?
Oiga, no exagere. Es mi perro Timoteo.
Pues parece un lobo de verdad. Yo soy cazador y reconozco uno cuando lo veo.
El perro vuelve a enseñar los dientes. El tipo recoge sus cosas.
Mejor me voy al pasillo a esperar mi parada.
Simón se queda a solas con Timoteo. Le mira como si esperara respuesta:
¿De verdad eres tú un lobo, Timoteo?
El perro apoya la cabeza en sus rodillas y mueve la cola. Simón sonríe:
Bueno, aunque lo seas, eres estupendo.
La revisora asoma por la puerta:
¿Quién trae usted, un lobo o un pastor alemán?
Ese hombre anda diciendo tonterías. Es un pastor alemán especial para búsqueda.
De acuerdo. ¿Lleva papeles?
Claro, ahora se los enseño.
Simón rebusca en los bolsillos y finge preocuparse:
Ups, creo que me los dejé en la taquilla al comprar los billetes. Pero sin papeles no me los hubieran vendido, ¿no?
La revisora asiente y les deja en paz, sin pedirle documentos. Sabe que en la taquilla está la hija de Mari Ángeles, así que no habrá problema.
Al llegar a Madrid, Simón lleva a Timoteo a la clínica veterinaria de su barrio. La veterinaria le pregunta:
¿Trabaja usted en un circo?
No, lo dice por…?
Por el animal. Eso es un lobo.
Simón suspira:
Es mezcla, ¿verdad?
La veterinaria se le acerca y confirma:
Es un híbrido de lobo con pastor alemán. Son animales nobles y tranquilos. No tendrá problemas, pero vamos a vacunarlo y registrarlo bien.
Irina, su mujer, se encariña enseguida con Timoteo. Ella misma lo pasea, lo lava, lo cuida. Pasan los meses, casi diez.
En plenas navidades, al atardecer, Irina saca a Timoteo al parque cerca de casa. Distraída, se le escapa de golpe y se pierde en la oscuridad. Irina le llama, pero no vuelve. Tras unos minutos de incertidumbre, cuando ya busca el móvil para llamar a Simón, el perro reaparece arrastrando con la boca un fardo. Irina corre a su encuentro: es un recién nacido, una niña, viva.
Irina, que es médico, actúa rápido, avisa enseguida a emergencias y a la policía. Acuden poco después, pero le piden que no los acompañe a comisaría con el perro; cuando regresa a casa lo deja y vuelve, esta vez acompañada de Simón.
En comisaría les explican que la bebé está bien, se llama Valeria y su madre ha dejado una nota pidiendo que la den a una buena familia. Irina suplica ver a la niña, y al hacerlo, su corazón se le entrega por completo.
Simón la mira y entiende lo que quiere. Ella dice al oficial que son médicos, que quieren adoptar a Valeria. Piden que no la trasladen.
Dos meses después, la pequeña Valeria vive ya con ellos, salvada por Timoteo, el perro que había llegado a la vida de la tía Lucía por alguna razón especial, tal como ella presintió.







