Alejandro Bedánov creció sin la presencia de su padre. Más exactamente, tenía padre, pero cuando Alejandro cumplió 4 años, su padre falleció.

Alejandro Medina creció sin padre. Bueno, en realidad sí tenía uno, pero a los 4 años perdió a su padre en un accidente. Miguel Medina Fernández, bombero del cuerpo de Protección Civil, falleció durante la retirada de escombros tras un terremoto en Turquía. Junto a él murió Rayo, un pastor alemán al que Miguel había criado desde cachorro.

La madre de Alejandro, Carmen, se quedó viuda y nunca se volvió a casar, criando sola a su hijo en el barrio de Moncloa, Madrid.

Con 14 años, el chico se apuntó a la escuela infantil de adiestramiento canino del club de perros de su distrito. Carmen aprobó la decisión, aunque en el fondo temía que Alejandro siguiera los pasos de su padre y terminara en una vida peligrosa y llena de héroes con final trágico.

A los 16, Alejandro apareció en casa con un cachorro de pastor alemán. Tardaba más escogiendo nombre para el perro que un candidato para Eurovisión eligiendo canción. Un día volvió del instituto y escuchó a su madre retando al perro:
¡Ay, calamidad mía! Otra vez liándola, bandido

Él sonrió. De pequeño, cada vez que volvía a casa con las rodillas llenas de barro o venía del parque hecho un desastre, su madre siempre soltaba las mismas sentencias teatrales. Alejandro entró riendo al salón.
Pues ya está el nombre. Se va a llamar Calamidad.

Calamidad creció, y en dos años se convirtió en un perro espectacular; elegante pero con músculo, tan disciplinado como un guardia civil y tan leal como un fijo en la barra del bar. Alejandro se sentía orgullosísimo, tanto por su trabajo con el perro como por el talento animal de Calamidad.

Llegó el momento de ir al servicio militar. Alejandro, en la Junta Militar de su distrito, pidió, con toda la caradura adolescente que le cabía, ir acompañado de su perro. Carmen no sabía nada; él, entre tanto, preparaba a Calamidad para la vida de soldado, con la esperanza de pasar todas las pruebas en el cuartel. Tras tres meses de instrucción en Toledo, los dos convencieron a los mandos de que formaban el dúo de oro.

Los destinaron a Melilla, a la frontera. Allí, Alejandro y Calamidad pronto se ganaron el apodo de Calamidad y Medina, y cada vez que salían de patrulla, los compañeros bromeaban: ¡Calamidad y Medina al rescate!

La vida castrense transcurría entre chistes, servicio y algún que otro bocadillo de tortilla, hasta que una noche, en plena patrulla, sucedió la desgracia. Un encuentro con unos contrabandistas acabó en tiroteo, uno de los soldados resultó herido, otro fue abatido y Alejandro desapareció.

Calamidad también salió mal parado. El destacamento peinó la frontera durante días, pero no hubo suerte. Durante todo un mes, los mandos de España y Marruecos buscaron al muchacho como quien busca una tapa gratis en el centro de Madrid, pero nada.

Un oficial del ejército apareció en casa de Carmen para darle la mala noticia, con Calamidad cojeando visiblemente a su lado, aunque ya recuperado. Carmen lloraba en silencio mientras acariciaba la cabeza del perro, que a duras penas se despegaba de sus piernas y le apoyaba el hocico en la rodilla. El militar murmuraba algo de esperanza, de milagros y de continuar las búsquedas, pero Carmen no oía nada. Solo miró a Calamidad y suspiró:
Ay, calamidad mía

Desde entonces en el parque del barrio, cada mañana y atardecer, era habitual ver a una mujer de mediana edad paseando con un pastor alemán que cojeaba como un futbolista retirado. Juntos transmitían tanta paz, elegancia y dignidad que, si uno tenía mal día, al verlos se le arreglaba un poco, aunque solo fuera por la curiosidad de su singular compañía. Era evidente que entre ellos había algo más que un simple vínculo de dueña y perro.

Carmen le hablaba en voz baja, le contaba historias, le daba órdenes con cariño. Calamidad escuchaba atento, como si fuera el secretario privado de la presidenta, y jamás ladraba.
Calamidad, hoy haremos empanadillas de pisto. La masa ya subió. Mañana, como es domingo, te llevo al río, a ver si nadas más que las carpas.

Al cumplirse un año desaparecido Alejandro, los militares volvieron a aparecer, esta vez con una bolsa de naranjas, unas galletas, y, por supuesto, saco de pienso para el perro. La noticia era simple: si en otro año no había novedades, podrían declararlo difunto, aunque sonara tan seco como el clima de Albacete.

Ella escuchó, dio las gracias educadamente, y cerró la puerta con una sonrisa extrañamente tranquila.
No hagas caso, Calamidad le susurró al perro. Alejandro está vivo, lo sé.

Un día, sonó el timbre. Era un joven desconocido. Carmen se quedó fría, pero Calamidad, nada de nervios: meneó el rabo con alegría.
Buenas tardes, Carmen González, soy Nicolás Prado. Serví con Medina bueno, con su hijo, el chico iba deprisa, como si le apremiasen los anuncios de Navidad. ¡Hola, Calamidad!, ¿te acuerdas, pillo?
Hablaron hasta que los buhos bostezaban. Nicolás narró historias de cuartel, Carmen sacó el arsenal pasteleril té, magdalenas y fotos antiguas, y rememoraron batallas épicas y bromas de novatos.

De pronto, Nicolás se puso difícil, casi trágico:
No me tome por loco, Carmen, pero balbuceó en voz baja.
¿Qué ocurre, Nico?
Alejandro quería que le dijera que volverá. Pase lo que pase, volverá a casa.

Carmen se tapó la boca, los ojos inundados, y Calamidad se incorporó, se acercó a Nicolás y soltó un ladrido. El chico añadió, rápido:
Por favor, tranquila. No he visto a Medina, ni sé dónde está, pero hace dos semanas soñé con él y me pidió que viniera y le dijera eso.

Carmen lloró libre, sin tapujos, mientras Calamidad le lamía la mano. Nicolás se quedó callado, incrédulo, sabiendo que un sueño no era razón para celebrar, pero no podía negarse. Era sagrado cumplir encargos de amigo.

Pasó otro año. La extraña pareja seguía recorriendo silenciosa los senderos del parque; mujer y perro compartiendo palabras que nadie escuchaba y una esperanza invisible.

Era otoño, de ese dorado especial de Madrid cuando hasta los bancos parecen pintados con miel. El sol, perezoso, cruzaba ramas desnudas, y la pareja caminaba ahora más despacio. Al final del paseo, apareció una figura alta, envuelta en luz, cojeando paso a paso, cada vez más despacio.

Calamidad se paró en seco, gimió y tiró hacia adelante. Carmen soltó la correa, y el perro, olvidando heridas y achaques, corrió con todas sus fuerzas hacia quien había esperado tanto tiempo.

Ella se quedó parada, con los ojos llenos de lágrimas, mientras al fondo, abrazados, estaban, por fin, su Calamidad y su Alejandro.

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