La vida real

Vida real

¿Adónde vas? ¡Que ya van a llegar! ¡Blanca! ¡Para, que es una falta de respeto! ¡Tenemos invitados! gritó Esperanza tras su hija que huía por el pasillo, negando con la cabeza. No hay manera con Blanca, siempre va a la suya, siempre lleva la contraria. ¿Qué costaba? Han invitado a unos conocidos a pasar el fin de semana, están a punto de llegar, hay que recibirlos, saludar, demostrar que los Gutiérrez son unos anfitriones generosos y cordiales. Además vendrá Tomás, el hijo de los invitados, podrían presentarse Blanca, vuelve aquí, te lo he dicho. Ve a cambiarte y espéranos en el salón. El vestido está sobre la cama, recógete el pelo. ¡Y los zapatos! ¿Has traído los zapatos? ¿Dónde están?

¡Dejadme en paz, todos! una adolescente alta y desgarbada saltó los escalones del porche y salió corriendo hacia la verja. El viento le arremolinaba los largos cabellos castaños oscuros, igual que los de su padre, y le golpeaban la cara, que se iba volviendo roja, irritada. ¡Haré lo que me dé la gana! Vosotros habéis invitado, pues vosotros recibid. A mí no me interesan esos tal González, ¿vale? gritó, girándose, y tras dar un portazo, echó a correr calle abajo, hacia el ayuntamiento, y después hacia los campos amarillos oscuros, ondulantes, con manchas oxidadas donde la sombra de una nube tapaba el trigo maduro.

Las espigas, alineadas, finas como bigotes de gato, se mecían y hacían reverencias a la chica que corría, que ni se daba cuenta de lo que sucedía a su alrededor. No vio cómo un milano, molesto por su llegada al sendero, remontaba el vuelo hasta convertirse en un punto negro en el cielo, ni cómo un ratón cebado por el verano corría a refugiarse en su madriguera, inmóvil, temblando y chillando; ni cómo las vacas del prado levantaban sus grandes cabezas de flequillo oscuro y ojos tristes, ni al pastor, tío Vicente, que silbaba al ver la chica desbocada. Sus pantalones rojos una especie de falda pantalón tintineaban entre las espigas, y su camiseta azul brillaba como un lirio gigante, un pequeño destello que se alejaba.

Como se caiga, se arañará las rodillas murmuró el pastor, levantando la visera de su gorra, acariciándose el espeso bigote ya completamente blanco. Apenas unos pelos oscuros recordaban que Vicente fue joven, fuerte, el mejor tractorista de la cooperativa, hombre valiente en sus tiempos detenía toros en estampida y los apretaba tanto la cabeza que casi se les salían los ojos. Un héroe, sin duda, aunque ahora ya es un viejo.

Vicente lleva toda la vida en Torreguijo. Desde que la abuela Adela le recibió en el pajar, sobre la paja áspera que olía a sol del verano, donde su madre apenas llegó antes de comenzar el parto, ahí creció, en esa misma casa grande, siempre llena de gente. Familia, vecinos, todos juntos, día y noche. La mesa, larga y algo torcida, plagada de bancos bajos a los lados, apenas daba sitio para todos. A la hora de cenar siempre tenía que sentarse alguien con Vicente en las rodillas. No tenía padre, era su madre, Carmen, quien le criaba sola. Pero los hermanos de ella, sus esposas, las tías de Vicente, todas ayudaban. Alborotadas, casi niñas, las tías cosían, cantaban, reían, y Vicente no entendía ni de qué se reían.

Al volver los hombres del trabajo, regañaban a las mujeres, que enseguida se ponían a servir la cena. Sacaban la olla, el vapor inundaba la mesa, el pan, en cortezas grandes, la cebolla y los huevos cocidos brillaban en el cuenco como un nido.

El mayor de la casa, el tío Eugenio, le sentaba sobre sus rodillas, le acariciaba el pelo y le hundía la nariz en sus mechones quemados por el sol. Él, con su mujer Rosario que no podía tener hijos, tomaron a Vicente como uno más. Carmen estaba acostumbrada: todos eran familia, y Vicente, aunque sin padre, era de todos.

Cuando Carmen cayó enferma y acabó en el hospital, le costaba entender que cada compañera de habitación viviera tan aparte, ocultando la comida, comiendo a escondidas, cubriéndose por la manta. Nunca se había acostumbrado a esa vida cerrada.

Así es la vida en la ciudad, Carmen le explicaba su compañera de cama, doña Julia, mujer gruesa, con los dedos rojos e hinchados y bigote. Aquí una pared, allí otra, y lo que hay al otro lado casi nunca se sabe. Cada quien en su casa. Al final, cuando te dan tu propio piso, quieres tranquilidad y un poco de misterio. No es ni bueno ni malo, es así, y ya.

¿Quiere? Mi familia me ha traído esto, está riquísimo le ofrecía Carmen una cestita de frambuesas frescas. Cójalas, que se estropean y es una pena. Mi hijo Vicente las recoge, sabe dónde hay las mejores.

¿Un hijo, dices? Julia examinaba la fruta en la palma de la mano. Hermosa, jugosa, casi se parte. Dan pena comerlas

Vicente las recogía en lo alto, cerca del pinar y de la vieja cantera, donde decían que murieron los maquis. Allí habían puesto una estela con una estrella. Eugenio había ayudado

Allí la frambuesa era dulce y reinaba la paz. No ese silencio ensordecedor, sino tranquilidad, con canto de pájaros, hojas, grillos. No claustrofóbico, sino tan ancho como el campo, alto como el cielo, de nadie y de todos.

Me da pena comerla, Carmen. ¡Qué hermosa fruta! sonrió Julia. Mi marido era pintor, hubiera dado todo por una frambuesa así Por eso nos separamos.

Carmen escuchaba con la boca cerrada. Aquella vida extraña, lejana, carecía de sentido para ella. Pero ahí estaba; y esas mujeres venían de allí, para ellas Carmen era la de fuera.

No te preocupes, chiquilla adivinándole el pensamiento, añadió Julia: te curan y vuelves a tu hijo, a tu casa Cada uno tiene su sitio, donde mejor está.

Al volver, encontró la casa llena de humo: celebraban el santo de Eugenio. Las mujeres amasaban, todo cubierto de harina, los rayos de sol dibujaban hilos en el aire.

¡Carmen! ¡Carmencita! ¡Mamá! gritaban.

Vicente miraba desde abajo, lagrimoso. Echaba de menos a su madre, a pesar de tantos brazos familiares.

Vicente sonríe evocando aquellos recuerdos.

Si lo cuenta, le dirán: ¡Vaya vida apretada has tenido, sin ni siquiera tu propio rincón!

No lo tuvo, ni falta que le hacía. Porque a Vicente le bastaban los campos. Si sentía pena, se lanzaba por los trigales, gritaba, bailaba bajo la lluvia, caía en la hierba a mirar las nubes como trenes de algodón, o los pájaros que cazaban.

Pero sí tenía su escondite: el desván. Allí guardaba sus secretos: la foto de su padre, su cinturón de militar, envoltorios de caramelos, piedras, su navaja, el fragmento de un espejo y la lupa que el maestro le regaló

¿Por qué guardar todo aquello? Intuía que eran cachos de alma, retales de historia. Como su madre guardaba los vestidos y collares, los poemas en libretas: huellas de la vida.

Ya hacía tiempo que Vicente no subía al desván. La foto de su padre la tiene en casa, junto a la de Carmen. También tiene la suya con su mujer, Antonia, en blanco y negro, de estudio.

Ni siquiera sabía si sus padres llegaron a casarse. Todos los papeles se quemaron en la guerra, y su madre nunca hablaba de Francisco, su padre. En el DNI que Carmen reconstruyó, bajándose un par de años, tampoco constaba el matrimonio.

No tienes que saber de él, Vicente, eres pequeño le decían si preguntaba. Y cuando creció, se le quitaron las ganas. Su padre, para él, sería siempre ese hombre sonriente de la foto.

Vivieron muchos juntos, luego cada uno se dispersó, las tías y tíos envejecieron, los primos se marcharon a la ciudad, y sólo volvieron para llevarse a sus mayores.

Vicente nunca quiso irse. Cuando terminó el bachillerato, Carmen cayó gravemente enferma, y él permaneció a su lado hasta el final. Después, al despedir a su madre bajo la negra tierra, entre graznidos de grajos y lamentos de familia, decidió que no necesitaba marcharse. Todo lo suyo estaba allí: la casa, el campo, el recuerdo de su madre. Consiguió trabajo, le dieron un tractor y en el cabecero llevaba la foto de Carmen. Siempre sonreía desde el salpicadero.

Los Gutiérrez vivían al otro lado del pueblo. La familia de Esperanza fue enviada allí desde Madrid en tiempos de la guerra, y su gran piso de la ciudad fue ocupado por otros.

El bisabuelo de Blanca, don Román, y su esposa, doña Leonor, mujer altiva, preferían el jardín, sentadas, muchas veces hablaban francés entre ellosalgo que enfurecía a las demás.

¿Qué traman hablando en extranjero esos? decían las mujeres. Los hombres se encogían de hombros, sabiendo que don Román se sentía fuera de lugar: no se le daban los animales ni la tierra, temía las vacas y limpiaba sus manos con pañuelos perfumados ¿Qué futuro tenía allí?

Vicente recuerda bien cómo los vecinos llevaban a los Gutiérrez productos de la huerta, pero ellos rechazaban, ya compramos nosotros. Luego, más callados, acabaron agradeciendo.

Hay gente que nada en aguas ajenas, decía el alcalde mirando al horizonte, hacia campos abiertos sumidos en cielo nublado.

Años después volvieron a Madrid. Vicente apenas recordaba a Esperanza de niña, siempre llorona y caprichosa. Se la llevaron cuando él tenía doce años.

Luego volvió, adulta, con esposo y una hija, a heredar la casa.

El plan no era vender, sino reformar, hacer un jardín estilo villas ilustradas con lirios, peonías y un estanque, veranear allí, tomar el sol, columpiarse, aunque seguían manteniéndose al margen de los del pueblo.

Hoy hay trajín en la casa de los Gutiérrez esperan invitados, Esperanza riega flores, corta rosas secas, Miguel, su marido, pela leña para la barbacoa. La verja abierta de par en par anuncia coches y canciones hasta el amanecer.

Esperanza tiene una preciosa voz grave, casi de zíngara, y sabe muchos romances. Al atardecer, sentada envuelta en un mantón de colores, ahuyenta a los mosquitos y canta, con Miguel acompañándola a la guitarra. Los invitados aplauden y piden más, pero ella no quiere. Está cansada, ansía su piso madrileño, lejos de los ojos del vecindario.

Los invitados son siempre de su clase: arreglados, pulcros, señoras en vestidos vaporosos, hombres en pantalón lino y camisas remangadas. Las mujeres se refugian bajo sombrillas, ellos beben cócteles hechos por Esperanza. Miguel, que ha viajado fuera, trae recetas para impresionar a sus colegas.

A Blanca apenas la llevaban, preferían tenerla en casa, con la vecina o la niñera.

¿Y su niña? ¿Está ya aquí? ¿Les traigo leche fresca? preguntaba doña Inés, la vecina, agarrada a la verja. ¡Acaba de ordeñarse, calentita!

No, Blanca no ha venido Esperanza se encogía de hombros. Y no bebe leche. Puede irse, Inés, no se moleste.

Esperanza no quería ver a Blanca correteando por el campo. Allí podían picarle los bichos, manchar sus caros vestidos, mezclarse con los niños del pueblo. Esa vida debía mantenerla lejos, no desviarla.

Y además, Blanca era nerviosa, ruidosa, siempre inventando. Esperanza se cansaba, prefería que se quedara con la niñera.

Hoy, sin embargo, Blanca ha venido al campo. Y ya ha armado lío negándose a comportarse como una hija de gente respetable.

¡Qué niña tan insoportable! Esperanza cerró los ojos y exhaló despacio.

Esperanza nunca hacía nada por simple cortesía. Todo con intención, calculando qué menú, qué juegos sacar, escondiendo las cartas favoritas para no dar mala imagen, enfriando cava, cortando jamón.

Para la cocina traen a Felisa, la niñera y cocinera de Blanca. Ella ya está a pleno rendimiento y sonríe desde la ventana.

¡Deje que la niña corra un poco, señora! ¡Que tome el sol, que está pálida como un fantasma! Doña Esperanza, acérquese a probar, a ver si está bien de sal insistía dándole una cuchara.

Esperanza la rechaza.

¡Ay, Felisita, no me insista! No voy a probar nada. Y a Blanca la tienen muy consentida, por eso me desobedece añade, rumbo al cenador a revisar la mesa.

De repente, llega el olor del estiércol. Esperanza estira los hombros.

De verdad, Miguel, deberíamos haber vendido este terreno y comprado en una zona decente, sin vacas y sin gallos.

Bah, todos venimos del campo. Hasta tiene su gracia, ¿no lo ves? El heno tiene un aroma especial Miguel se limpia la frente y guiña un ojo. Hoy está bromista.

¡Ay, Dios, que ya llegan! Miguel, los González. Me cambio, tú recíbelos. ¡Felisa, el limonada ya!

Recibir con dignidad, demostrando hospitalidad, eso Esperanza lo domina. Si los González quedan satisfechos, si disfrutan, don Jorge el principal invitado llevará a Miguel a su laboratorio, le buscará un proyecto y Ay, no hacer el ridículo.

Pero lo hicieron. Justo cuando pasaban unas vacas por delante de la casa, dejaron una plasta fragante y el coche se paró ahí mismo. Tomás, el primero en saltar, puso el pie y perdió el zapato.

Esperanza se sonrojó, miró a Miguel como diciendo: ¿Lo ves?.

Pero a los González les dio la risa. Don Jorge retrocedió el coche, salió, se estiró, se frotó la barriga bajo la camisa.

Esto es vida, dijo. Miguel, ¿vamos a bañarnos? ¿Hay río cerca? gritó con vozarrón.

Miguel encogió los hombros. Esperanza no había dicho nada del río: ni si estaba limpio, ni si era propio No sabía.

Venid a la mesa, que ya está todo listo Esperanza abrió los brazos. Doña Miriam, ¿le sentó mal el viaje? Con esas carreteras ¡Cuántas veces le he dicho a Miguel que vendamos y nos vayamos al chalé de Pilar o a cualquier otro sitio! Le traigo agua.

Felisa asomó la cara sonrojada por el calor del horno y le acercó un vaso.

Esperanza le agradeció. Al menos, alguien de su parte. Miguel en las nubes, ya preparando cañas, Blanca, futura anfitriona, desaparecida y sin cambiarse. Todo depende de Esperanza: la casa, las costumbres, el decoro.

Pensando en su importancia Esperanza se siente mejor. Lo ha conseguido, sacó a su marido adelante, sin ella se perderían Lo de la vaca lo limpiará Felisa en un segundo.

Tomás, el chico de quince años, ya mordisqueaba una brizna de hierba, mirando el cielo azul. Le encantaba el campo: libertad, espacio, tantos olores y sonidos.

¿Dónde está Blanca? preguntó, viendo a Esperanza traer una tarta de pescado. ¿No ha venido?

Está por ahí, se le pasará respondió, molesta.

Disculpe se oyó tras la valla la voz de Vicente. Su hija está junto al bosque. ¿No sería bueno ir por ella antes de que se pierda? Si siguen el sendero hay una zona de frambuesas buenísima.

Gracias, ya nos apañaremos respondió Esperanza con sequedad. Mandar a Felisa, tal vez.

¿Dónde? ¡Voy a buscarla! exclamó Tomás, buscando una cesta y un hatillo del coche.

Por allí, sigue recto, aquí todo es tranquilo Vicente sonrió. Había algo familiar en ese chaval, una bondad, una libertad en su mirada. Con Esperanza, en cambio, uno quería marchar.

¡Mamá, voy! le dijo Tomás a su madre, que asintió.

Todo listo para comer negó con la cabeza Esperanza. Todos estarán hambrientos ya…

Felisa sacó el samovar, poniéndolo en una mesa especial. Miguel y Jorge, lavándose las manos, se sentaron a lo rústico, tal como observó el invitado, y brindaron con un chupito, oliendo un puñado de cebolla verde.

Tomás corría descalzo por el camino, saltando entre piedras. En lo alto cantaba una alondra, a lo lejos sonaba el tren eléctrico y el gallo de la aldea vecina.

Encontrar a la chica sentada en la hierba no fue fácil.

¡Blanca! ¡Blanca! llamó el chico, agitando el hatillo.

La chica se levantó, se tapó los ojos del sol y quiso huir.

Así que han llegado Seguramente su madre le había mandado a Tomás para que la recogiera. Pues no piensa ir. Ya tiene bastante de esa hospitalidad fría de su madre, su pose. Después, ella se queja de cansancio y de los invitados.

¿Entonces, para qué todo esto, mamá? preguntó Blanca una vez.

¿Cómo que para qué? ¿Y el balneario? ¿Y tu futuro instituto? ¿Y los mejores oftalmólogos para tu padre? Todo requiere contactos, Blanca, así son las cosas. ¿Lo entiendes?

Blanca lo entiende, pero decide que no quiere esa vida. Aunque Le gustan las cosas buenas, tampoco va a negarlo. Pero hay otra manera, ¿no? Quizás sí

¡Para ya! ¡Blanca, espera! Tomás la alcanzó, se detuvo a respirar.

¿Y qué quieres? No pienso ir, ¿entendido? Que se apañen ellos. Tampoco voy a cantar, ni a cambiarme. ¿Y para qué habéis venido?

El chico la miró, desconcertado, a punto de llorar. Luego puso un dedo en los labios, indicándole silencio.

¿Qué pasa? ¿No te gusto? Pues vete volvió a rebotar Blanca, pero él señaló a su espalda.

Despacio muy despacio. Gírate, no lo asustes susurró.

Blanca, con los ojos abiertos, pensando en un oso, se volvió.

Un corcino, pardo claro y patilargo, oliqueba el tronco de un abedul. Temblaba. De repente se estremeció y gimió.

¿Qué le pasa? preguntó Blanca, asustada.

Estará perdido. Yo una vez, con mi padre en la finca, vi unos más pequeños, los alimentamos con zanahoria y nos lamían la mano. La madre siempre ronda, pronto lo llamará.

Blanca sonrió. La finca, la zanahoria, la lengua húmeda, y Tomás a su lado, le parecieron tan graciosos que casi quiso saltar en círculo. En vez de eso, apretó la mano del chico.

El corcino al notarlos se espantó y se internó en el bosque.

Alguien dijo que por aquí hay frambuesas, podríamos probar susurró Tomás.

¡Ah! Ese es el tío Vicente. Le vi hoy. Es bueno, aunque ya viejo. Se conoce todos los sitios. Mi madre no me deja hablar con la gente del pueblo, pero yo hago lo que quiero. Mi tía Inés dice que allí hay un monumento a los maquis. Lo puso don Vicente siendo mozo

Blanca y Tomás, que apenas se conocían, charlaban como si llevaran juntos toda la vida. Él le ofrecía frambuesas jugosas, la hacía reír, y luego ambos se quedaron ante la estela, protegida por una valla baja. Tomás suspiró. Su bisabuelo desapareció en la guerra, quizá allí No lo sabrían nunca. Blanca recogió flores y las dejó junto al monumento. Una herrerilla cantó, un pito martilleó, sonó el viento en las hojas. La vida seguía.

Regresaban charlando. Tomás, su padre Jorge y su madre Miriam eran gente normal, jugaban a la lotería por las tardes, dejaban salir a Tomás con los amigos y les gustaba la leche recién ordeñada.

¿Qué traías en el hatillo? preguntó Blanca.

¡Ah! Un cometa. Lo hice yo. ¡Vamos a volarlo!

Bajaron por el camino al pueblo, Tomás sujetando el hilo, y el cometa rojo se levantó entre los vencejos, danzando en el aire.

¿Qué pasa? ¡Miguel, es Blanca! ¿Así se comporta una señorita? Esperanza se levantó indignada.

¡Qué va! ¡Ahí vienen los chavales! rió Jorge. Y tu Blanca es una bala, ¿hace algún deporte?

Vicente les saludó desde la calle.

Gracias por las frambuesas, don Vicente dijo Tomás. Y por el monumento, ¿lo puso usted?

Entre todos. Anda, volved ya. Esta tarde os traigo setas. Que las madres las salteen.

La esposa de Vicente, Antonia, les invitó a tortas y les persignó. Blanca y Tomás parecían los nietos que les gustaría tener. Si se los trajeran una vez

Vendrán, no te aflijas le abrazó Vicente. Ya lo prometieron…

Esperanza se sentó en el porche, la vista perdida. Todos la habían dejado sola. Los hombres se fueron de pesca, Miriam a pasear y los niños trasteaban en el cobertizo. Blanca otra vez sucia, no hay manera

Ay, Felisa, una hace esfuerzo y todos se van ¿No deberían comportarse, disfrutar civilizadamente?…

La vida va como va, pero al final siempre es humana, Esperanza encogió los hombros Felisa. No hace falta fingir, ni presumir. ¿Cantamos un rato? Saco la guitarra.

Las zapatillas arrastraron por el suelo, sonó la guitarra. Esperanza suspiró. ¿Y si, de verdad, basta ya de vivir disfrazada? Ahí está doña Inés con su huerto, tan buena gente, y Vicente, que ahora cuida el ganado, trayendo setas aromáticas, como las que ella adoraba de niña

Sí, su infancia también fue en botas de agua, con una cesta y la mano rugosa de la abuela. Esos momentos sencillos, de felicidad sin pose. No da vergüenza recordarlos, sólo pena porque se van tan rápido…

Mañana vamos al río con Blanca dijo Esperanza tras la canción. Y luego al bosque. Ya no hay fresas, pero las frambuesas están en su punto. A Blanca le vendrá bien.

Felisa asintió. Su Esperancita empieza a reblandecerse, a respirar, a dejar el corsé del deber y de la imagen

Realmente, fuera de la ciudad la vida es ancha, se respira fácil, dan ganas de correr por los campos, tocar las espigas, oler, oír Vivir y alegrarse, impregnarse de belleza, y después recordarlo en casa: a doña Inés, a Vicente, al corcino, al monumento, el humo de las chimeneas. Aprender a mirar de otra manera, reconocer el bien y hacerlo, sin miedo a ser uno mismo. Ojalá todo siguiera así.

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