RebeldeEl rebelde, sin importarle las consecuencias, alzó la voz contra la injusticia en medio de la plaza abarrotada.

Extendió la mano para acariciar al fiero animal, pero la gata se encogió de lado y se arrastró de forma extraña alejándose del hombre, lejos de la mano tendida…

—¡Míralo! —casi gritaba la directora del colegio. —¡Han llamado a sus padres y ni siquiera tiene vergüenza!

Javi miró directamente a los ojos de la enfurecida directora. En la cara del niño de diez años no había ni rastro de arrepentimiento por la fechoría cometida. Con gesto aburrido, escuchaba en silencio las preguntas de doña Pilar.

—¡Quemar el libro de clase! —la voz de la directora se convirtió en un chillido.

—¡Espera fuera! —ordenó el padre con voz severa.

El niño salió del despacho de la directora dando un fuerte portazo. Le daba igual que lo castigaran otra vez. No podía actuar de otro modo, había dado su palabra…

En cuanto a sus padres, pronto volverían a olvidarse de él, marchándose a la siguiente expedición.

Esa misma noche, en el consejo familiar, se decidió enviar a Javi al pueblo con su abuelo para todo el verano. Quizá él pudiera encontrarle un remedio al joven rebelde…

*****

—Este es tu horario —don Manuel, ex militar, señaló a su nieto un papel escrito con letra clara. —En el pueblo no hay tiempo para tonterías; todos quieren comer y beber.

—¿Acaso soy un esclavo? —se le escapó a Javi al leer la larga lista de tareas.

Don Manuel sonrió, apreciando la mirada belicosa que su nieto le lanzó. Ayer su hijo había traído a Javi sin dejar de quejarse al padre de lo difícil que se había vuelto. Peleas constantes en el colegio, quejas de los profesores y de la directora: todo eso le quitaba tiempo a la investigación científica. Los padres de Javi se fueron de expedición, aliviados de dejar al hijo rebelde con el abuelo.

Los días pasaron lentos, llenos de quehaceres extraños…

Javi se levantaba con los gallos, ayudaba al abuelo a dar de comer a la vaca pinta Clara, a los cuatro cerditos y al caballo alazán Rey. Traer agua, apilar la leña cortada, escardar los bancales…

Las tareas no acababan, pero Javi había dado su palabra de no quejarse.

—¿Me vigila? —preguntó Javi un día, mirando con recelo al perrazo del abuelo, Capitán, que le seguía como una sombra si salía del recinto.

—Huele que no eres de aquí, teme que te pierdas —respondió el abuelo con leve ironía.

A Javi le gustaba mucho ir a pescar. El chico aprendió rápido a manejar la caña, y al par de semanas don Manuel empezó a dejarlo ir solo al río.

La mejor picada era al amanecer, cuando aún hacía fresco. A Javi le gustaba sentarse con la caña en la orilla y ver cómo salía el sol, iluminándolo todo. ¡Eso no se veía en la ciudad!

Una madrugada, ya colocado con las cañas en la orilla del pintoresco riachuelo, Javi notó un movimiento entre la hierba alta.

Cerca croaba una rana con fuerza, y acto seguido ladró un perro. Sonidos habituales, pero…

La hierba se movió de nuevo, y el chico decidió comprobarlo…

Caminando con cuidado entre la hierba alta, Javi escudriñaba la penumbra del alba, pero no vio nada. Pensando que se lo había imaginado, ya quería volver a las cañas, pero en ese momento oyó un leve y lastimero gemido.

Agachándose, apartó la hierba con las manos, y una gata le siseó ferozmente, con las orejas pegadas hacia atrás. Los ojos del animal le advertían que mantuviera la distancia, y el siseo expresaba una amenaza clara.

—¡Ay! —se le escapó a Javi por la sorpresa. —¿Por qué siseas?

Extendió la mano para acariciar al fiero animal, pero la gata se encogió de lado y se arrastró de forma extraña alejándose del hombre, lejos de la mano tendida.

En ese momento amaneció, y Javi vio manchas de sangre en el pelo claro del animal. Ante sus ojos apareció una imagen del pasado reciente: cuatro adolescentes maltratando a un gato rayado con la oreja derecha congelada…

Javi tembló, ahuyentando el recuerdo doloroso. La gata estaba herida, ¡necesitaba ayuda!

Con las manos desnudas no podía cogerla; estaba furiosa y claramente le dolía. Miró a su alrededor sin encontrar nada adecuado. Llevaba una chaqueta ligera que le protegía del fresco matinal.

Quitándose la chaqueta, el niño se acercó a la gata que siseaba:

—¡Misú, misú, misú! Solo quiero ayudarte… ¡Misú, misú, misú!

Con las últimas fuerzas, la gata dio un salto hacia un lado, pero Javi fue más rápido. Cubriéndola con la chaqueta, la envolvió con cuidado y la apretó contra su pecho. Luego echó a correr a toda velocidad hacia casa, olvidándose de las cañas…

—Abuelo, ¿la gata estará bien? —preguntó el nieto por centésima vez, mirando inquieto la puerta de la cocina de verano.

—No te preocupes, doña Ángela es veterinaria y entiende de heridas —don Manuel acarició la cabeza de su nieto. —Ve por las cañas mientras tanto; cuando vuelvas, tendremos noticias…

Javi asintió y fue corriendo al río por las cañas. Tenía tanta prisa que apenas podía recuperar el aliento cuando volvió a casa.

En ese momento, en el umbral de la cocina de verano apareció la figurilla menuda de doña Ángela. La anciana dijo algo a don Manuel que lo hizo sonreír alegremente.

—¿Cómo está? —se le escapó a Javi.

—Estará bien —respondió doña Ángela. —Parece que la mordió un perro… Le he curado las heridas; ahora cuida de ella.

—¡Haré todo! —exclamó Javi, y en sus ojos aparecieron lágrimas de alegría y alivio…

Esa tarde el chico no se separó de la gata dormida, instalándole un improvisado lecho con una caja y una manta vieja. Colocó al lado platos con comida y agua, y se sentó a mirar cómo dormía.

—¿Vas a dormir aquí? —preguntó don Manuel.

—¿Se puede? —preguntó Javi con esperanza.

—Mejor la llevamos a la casa —propuso el abuelo.

Llevaron a la gata a la habitación donde dormía Javi y pusieron la caja junto a su cama.

De cerca, el pelaje de la gatita era de un color beige claro con rayas apenas visibles.

Javi se sentó en el borde de la cama, observando cómo dormía su protegida.

—Te miro, nieto, y me sorprendo —dijo don Manuel pensativo, sentándose en una silla al fondo de la habitación. —No eres perezoso, eres listo, responsable, y la bondad no te es ajena. Entonces, ¿por qué armas un motín en el barco?

Javi miró al abuelo, encogiéndose de hombros en lugar de responder.

—Tu última hazaña con el libro de clase… —insistió el abuelo. —No lo quemaste así porque sí, ¿verdad?

—Di mi palabra, y si la doy, hay que cumplirla —refunfuñó Javi.

Alargó la mano y acarició con cuidado la cabeza de la gata dormida.

—¿A quién le diste tu palabra? —las sospechas de don Manuel se confirmaron, pues no creía en la culpabilidad de su nieto.

—En el sótano de la casa junto al colegio vive un gato callejero al que yo daba de comer, y hablaba con él, igual que tú con Capitán —contó Javi, sonándose la nariz. —Soñaba con llevármelo a casa, pero mis padres ni querían oír hablar de ello… Le di mi palabra a Misi de que siempre lo defendería.

—¿Y qué pasó con ese gato? —preguntó el abuelo en voz baja, conteniendo la respiración.

—Unos chicos mayores se metían con él —la voz de Javi tembló. —Les pedí que pararan, y aceptaron con la condición de que quemara el libro de clase…

—¡Canallas! —se le escapó al anciano. —¿Dónde está ahora ese gato?

—Lo recogió una mujer, según me dijo el conserje —Javi volvió a acariciar a la gatita. —Ojalá pudiera saber cómo está Misi…

—¡Eres un campeón! —el abuelo acarició la cabeza de su nieto. —Cumpliste tu palabra, eso está bien, pero ¿por qué no se lo contaste a tus padres?

—No preguntaron —respondió Javi con sencillez.

Pasaron los días… Las heridas de Canela —así llamó Javi a la gata— cicatrizaron. La gatita dejó de sisear y de mirar con desconfianza a la gente.

Canela aceptaba los cuidados del humano que le había salvado la vida. Pronto, la gata, ya más bonita y con notable peso ganado, se mudó a dormir a la cama de Javi.

El sueño del chico se había cumplido, pero a menudo veía en sus sueños al rayado Misi, con la oreja congelada. El gato se frotaba cariñosamente contra sus piernas y ronroneaba fuerte cuando Javi lo cogía en brazos.

—¿Dónde estás? —preguntaba Javi en sueños al gato rayado, pero no obtenía respuesta.

Pasó julio, y luego agosto…

Javi esperaba que vinieran a buscarlo sus padres, pero en su lugar el abuelo le anunció que tenía que ir a la ciudad por unos asuntos. Después de atender las faenas matinales, don Manuel dejó la casa a cargo del nieto y se fue a la estación de tren.

Volvió al anochecer, cansado, pero contento. Alabó al nieto por el orden en las tareas y, sonriendo misteriosamente, lo llamó a la casa, donde antes había metido una caja grande.

—Ven aquí, nieto —don Manuel señaló el sofá. —Mira quién ha venido conmigo desde la ciudad.

Javi entró en la habitación y miró el sofá. Parpadeó varias veces, temiendo que se lo estuviera imaginando.

—¡Misi! —exclamó el niño, cogiendo con cuidado al gato rayado de oreja congelada en brazos. —Abuelo, ¡eres el mejor!

El gato parecía sano y bien alimentado. Más tarde, don Manuel contó a su nieto que la hazaña de Javi le había impresionado, y decidió buscar al gato rayado, pidiendo ayuda en el colegio de Javi.

Resultó que el conserje había llamado a una protectora para que recogiera al gato callejero, temiendo por su vida.

A principios de septiembre llegaron los padres de Javi con la noticia de que tenían que irse a una larga expedición, y el niño tendría que vivir un tiempo con el abuelo.

Los padres apenas reconocieron en el niño alegre y risueño al antiguo rebelde.

—Papá, ¡has hecho un milagro! —exclamó el padre de Javi.

—Aprended a escuchar a vuestro hijo —dijo don Manuel con tono aleccionador.

En cuanto a Javi, se alegró de poder quedarse a vivir con el abuelo y no tener que separarse de Misi y Canela.

El rebelde se convirtió en el dueño más cariñoso y responsable para sus mascotas.

Autora: ILONA SCHWANDERY así, entre ronroneos y amaneceres en el campo, el niño aprendió que las promesas, como los sueños, nunca se desvanecen del todo.

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RebeldeEl rebelde, sin importarle las consecuencias, alzó la voz contra la injusticia en medio de la plaza abarrotada.
Nada de magia El Año Nuevo se acercaba veloz e imparable, como un tren desbocado. A Elena, aquella velocidad le quitaba el aliento. Era como si estuviera de pie en el andén, sabiendo que no tenía billete, que nada saldría bien, que no habría felicidad y, probablemente, tampoco espíritu navideño. ¿Y para qué habría invitado a gente? ¿A quién le apetece pasar el Año Nuevo con una perdedora? *** El 31 de diciembre empezó con una catástrofe doméstica: tras diez años de fiel servicio, la lavadora decidió jubilarse inundando el baño. Encontrar a un fontanero la víspera de Año Nuevo es una misión imposible. Tras gastar tiempo y nervios, Elena lo logró y suspiró aliviada, pensando que los problemas se habrían acabado. Pero no… A mediodía, su gato naranja Basilio, autoproclamado gourmet, se zampó todo el embutido preparado para la ensaladilla rusa, dejando a su dueña solo con unos tristes guisantes y pepinillos. Y eso no le bastó. Decidió cazar a un carbonero que, por algún motivo, se posó en la ventana entreabierta… El ficus enorme cayó del alféizar, arrastró el árbol de Navidad y se llevó por delante la vieja guirnalda que a Elena tanto le gustaba. https://clck.ru/3R634b Los trozos de la maceta y los adornos del árbol, guardados desde la infancia, se mezclaron con la tierra… Elena estuvo a punto de llorar mientras limpiaba aquel estropicio. Luego vino la jarra rota, el pollo chamuscado y, finalmente, la última gota: cuando los invitados ya estaban llegando, Elena descubrió horrorizada que se le había olvidado comprar el roscón. Nerviosa, llamó a su hermana. —¡Cata, desastre! ¡No tengo roscón! —Tranquila —contestó alegre su voz por el teléfono—. Ya estoy llegando. Baja. Lo compramos ahora. —¿Dónde estás? —Te lo digo: en el portal. Al bajar, Elena se encontró una escena de cuadro: junto al coche de Catalina estaba su mejor amiga María, con una bolsa gigante, y tía Galia, con una ensaladera de aspic en las manos. —¿Y para qué el aspic? ¿Y encima toda la ensaladera? —exclamó Elena. —¡Por si acaso! —declaró la tía, que adoraba dar consejos innecesarios—. ¡Ya sé lo poco que cocináis! ¡Y la noche es larga! ¿Hay ensaladilla rusa, espero? Elena encogió los hombros… Mientras las chicas iban a por el roscón, María colgaba serpentinas de las que Basilio, infalible, se enredó convirtiéndose en un alienígena. El marido de Cata, Íñigo, que vino directo del trabajo, rescató al gato justo a tiempo. Basilio no se resistió… hasta que vio a Elena. Entonces, salió disparado hacia ella y dejó un arañazo de recuerdo en la mano de Íñigo. Le atendieron y él, con mucha dignidad, se ofreció a ayudar en la cocina. Eso sí, su ayuda consistió en disertaciones sobre que “la ensaladilla es un estado del alma”. A Cata y Elena les hacía gracia. —Elena, ¿qué es esta caja? —gritó María desde el salón—. “¡Feliz Año Nuevo!” pone. Y, mira, al lado hay una nota: “Abrir a medianoche. Abuela Valentina”. Elena acudió: —¡Anda! ¡Se me olvidaba! ¡Cata! ¡Es de la abuela! Dijo que la abriéramos en Nochevieja, a eso de las dos. Prometió sorpresa. https://clck.ru/3R62hu —¿Qué tendrá? —Cata miraba la caja, curiosa—. ¡Ábrela ya! Elena negó con la cabeza: —¿Tú estás loca? ¡Abuela lo comprobará! Seguro que tiene algún candado con truco. Mejor como ella mandó. Un poco de paciencia. El misterio intrigó a todos. Hasta tía Galia se sentó cerca, oteando la caja con deseo. *** Escucharon el discurso del presidente, brindaron con cava sin sospechar nada, comieron la ensaladilla “del gato”, rieron, discutieron, y al cabo… —¿Ya son las dos? —confirmó Elena—. ¡Es el momento! —levantó la caja y anunció solemnemente: ¡sorpresa de la abuela Valentina! Dejaron a Íñigo la tarea de abrirla. Él la examinó un momento y la destapó. Dentro, sobre una capa de algodón, no había dinero ni fotos viejas sino decenas de papelitos cuidadosamente enrollados y atados con cintas de colores, cada uno con una pequeña pegatina y un nombre. —¿Qué es esto? —musitó Íñigo. Elena abrió el primero, con la pegatina “Elena” y leyó en voz alta: —Pequeña Elena, mi querida nieta. ¿Te ha vuelto a salir todo mal hoy? ¿Se te ha roto la lavadora? ¿El gato se ha comido la ensaladilla? ¡No pasa nada! Recuerda: cualquier problema es una excusa para pedir pizza y ver tu serie favorita. El roscón se puede comprar por la mañana. Lo importante es tener cerca a quienes te ayudarán a comértelo. Te quiero hasta la Luna y de vuelta. Tu abuela Valentina. Hubo un silencio de segundos, roto por las carcajadas. Elena se reía tanto que se le llenaban los ojos de lágrimas. —¿Cómo pudo…? ¿Cómo lo supo? —Eso sí es magia —susurró tía Galia. —¡Venga, el mío! —insistió Cata. Abrió el suyo: —Catalina, hija. Deja de discutir con Íñigo por tonterías. Dale un abrazo. Es buen chico, aunque se ponga filosófico. Y si empieza otra vez, bésale. Es el único antídoto contra la lógica masculina. Besos a los dos. Íñigo se sonrojó y besó a Cata entre aplausos. María, riendo, abrió el suyo: —María, preciosidad. Busca el amor en la biblioteca o en el súper, no en bares. Ahí hay gente normal, igual que tú. No llevan pantalones de pitillo. Y otra cosa: deja de teñirte de lila. El natural te sienta de lujo. —¿Cómo ha sabido lo del pelo? —exclamó María—¡Me lo cambié hace dos días! Por fin le tocó a tía Galia. Desplegó su nota con la solemnidad de un secreto de Estado. —Galia, mi bien. Sé que eres la más sabia, siempre al tanto de todo. Pero hay un secreto que desconoces… Recuerda: dar consejos está bien, pero a veces es mejor callar y comerse un trozo de roscón. Te abrazo, querida. Tía Galia enrojeció, murmuró algo y se centró en el dulce. Fue la primera Nochevieja en años en la que no dio un solo consejo. https://clck.ru/3R636x Las risas y charlas siguieron hasta el alba. Las chicas llamaron a la abuela Valentina por videollamada, y, desde su sillón en otra ciudad, sonreía: “¡Queridas mías! ¡Me alegro de que la sorpresa funcionara! Sin magia ni nada. ¡Solo es que os conozco bien! ¡Y os quiero mucho!” Por la mañana, mientras recogía los restos de la fiesta, Elena guardó los papelitos en un tarro bonito y lo puso a la vista. No eran solo buenos deseos: era la receta de la felicidad de su abuela. No temas al caos, aprende a reírte de los tropiezos, valora a los que tienes y come lo que te apetezca, pero sin abusar. Y recuerda: el mayor regalo es saber que siempre hay alguien que te conoce y te quiere. Siempre.