Víctor lo encontró al borde de la carretera en octubre.
El cachorro estaba sentado en el arcén, mojado y muy pequeño, mirando los coches que pasaban como si esperara a alguien concreto. Víctor iba entonces al huerto a por patatas, frenó un segundo, pensó que solo miraría. Pero el cachorro levantó la cabeza, y ahí se acabó todo. Las patatas se quedaron en la tierra una semana más.
Lo llamó Marte. El nombre se lo puso la vecina Carmen, cuando vio en el pasillo a una criatura pelirroja, orejuna, con patas desproporcionadas.
—Rojo, narigón, desastroso —dijo ella—. Marte. Justo.
Víctor se rio entonces.
Marte creció deprisa. Para primavera ya ocupaba toda la mitad izquierda del sofá y lo consideraba legítimo. Víctor al principio se enfadaba, luego dejó de hacerlo. Dormir solo en el piso era peor que con un perro que resopla y a veces mueve una pata mientras sueña.
Se hicieron amigos no de golpe, sino poco a poco, como se hacen amigos las personas que no tienen prisa. Paseo matutino. Plato de comida a las siete de la tarde. Televisión. A veces Víctor hablaba en voz alta con Marte. Marte se sentaba a su lado y escuchaba con cara seria, solo de vez en cuando bostezaba, enseñando todos los dientes.
—Tienes razón —decía Víctor—. Ya basta.
Y apagaba la tele.
***
El accidente ocurrió en abril, cuando volvían del paseo vespertino.
Víctor luego recordaba mal cómo fue. Suelo resbaladizo, un coche saltó a la acera desde una esquina, Marte llevaba la correa, y entonces la correa se rompió. A Víctor lo lanzó contra el bordillo. Se golpeó el costado, estuvo unos segundos tirado y solo oía su propia respiración y un grito lejano.
Cuando se levantó, Marte no estaba.
La correa yacía en el asfalto. El cierre de plástico se había partido en dos.
Lo buscó hasta medianoche. Recorrió tres manzanas, lo llamó por su nombre, preguntó a los transeúntes. Los transeúntes negaban con la cabeza. Alguien dijo que había visto a un perro rojo corriendo hacia el paso a nivel, pero eso había sido hacía cuarenta minutos, y luego no lo vieron más.
En casa, Víctor se sentó en la cocina y se quedó mucho rato mirando el plato vacío.
Luego se levantó. Escribió un anuncio, imprimió veinte hojas. Por la mañana las pegó por todo el barrio, y además llamó a tres clínicas veterinarias y a la protectora de la calle de la Fábrica.
—Si llega un perro rojo, mestizo —decía al teléfono—. Llámenme, por favor. Este es mi número.
Pasó una semana.
Luego un mes.
Los anuncios se desteñeron bajo la lluvia de mayo, y Víctor los repuso. Luego los repuso otra vez en junio. Las clínicas veterinarias callaban. De la protectora de la calle de la Fábrica llamaron dos veces, las dos veces por error, las dos veces no era ese perro.
En julio, Carmen le dijo con cautela desde la puerta:
—Víctor, quizá podrías adoptar otro. Allí en la protectora hay tantos.
—No —respondió Víctor.
Ella no volvió a sugerirlo.
El piso sin Marte se había vuelto distinto.
No vacío, no. Las cosas estaban en su sitio, la nevera zumbaba, los vecinos de arriba pisaban fuerte a las nueve y media como siempre. Pero algo había cambiado.
Víctor recogió del suelo una vieja pelota que Marte perseguía por el pasillo. La puso en una balda. Pensó y la guardó en un cajón. Luego la sacó otra vez y la dejó en la balda.
Por las mañanas la mano, por costumbre, se estiraba hacia la correa colgada en la puerta. La correa seguía ahí. No había que ir a ningún lado.
Empezó a salir a pasear solo. El mismo recorrido, a la misma hora, solo que sin Marte. Ni él mismo sabía explicarse por qué. Simplemente iba.
En agosto llamó su hija desde Madrid.
—Papá, ven. Te quedas con nosotros, descansas.
—No puedo.
—¿Por qué?
Él calló un momento. Dijo:
—Y si vuelve.
La hija también calló. Luego dijo «vale» con esa voz que se pone cuando uno quiere decir otra cosa pero decide no decirla.
Marte volvió en octubre.
Víctor oyó arañazos en la puerta cerca de las siete de la tarde. Primero pensó que se lo imaginaba. Ruido del rellano, corriente, vaya usted a saber. Pero los arañazos se repitieron. Insistentes, con pausas, como si alguien supiera que la puerta se iba a abrir, solo que había que esperar un poco.
Abrió.
En el felpudo estaba sentado Marte.
Envejecido. El pelo rapado en varios sitios, allí donde debía de haber tenido heridas. El costado izquierdo un poco hundido. Y llevaba un collar. Ajeno, de cuero, marrón, con hebilla de latón y una chapita pequeña en la que ponía una sola palabra: «Amigo».
Víctor se quedó largo rato en la puerta mirándolo. Marte estaba sentado mirando a Víctor. La oreja derecha caída, la mancha rojiza en la frente con forma de estrella irregular. Los mismos ojos, ambarinos, con ribete oscuro.
—¿Dónde has estado? —dijo Víctor.
Marte se levantó, cruzó el umbral y entró en el pasillo como andan los que conocen la distribución de memoria. A la derecha, hacia el plato. El plato seguía allí, donde siempre. Vacío, claro.
Víctor cerró la puerta. Pasó a la cocina. Le temblaban un poco las manos mientras abría la nevera.
—Vale —dijo—. Vale.
A la mañana siguiente fue a la clínica veterinaria.
Examinaron a Marte, le pusieron las vacunas necesarias, le revisaron el microchip. Víctor preguntó por el collar. La veterinaria cogió la chapita y leyó en alto:
—«Amigo». ¿Eso es otro nombre?
—Alguien le puso otro nombre —dijo Víctor.
—¿Vivió con alguien?
—Seis meses estuvo viviendo en algún sitio. No sé dónde.
La veterinaria lo miró a él, luego a Marte, luego otra vez a Víctor.
—Pasa —dijo ella—. Los perros a veces se van y luego vuelven. Sobre todo los listos.
Víctor no respondió. Miraba a Marte sentado en la mesa metálica con aire impasible, aguantando la revisión.
En el reverso de la chapita encontraron un número de teléfono.
Víctor llamó desde el coche, mientras Marte iba en el asiento trasero mirando por la ventanilla.
Descolgaron al tercer tono.
—¿Dígame?
—Buenas tardes —dijo Víctor—. Usted tenía un perro. Rojo. Lo llamaba Amigo.
Un silencio largo.
—Sí —dijo la voz. Femenina, no joven—. Lo tenía. Se nos fue en septiembre. Lo buscamos.
—Está conmigo. Es mi perro. Se llama Marte. Se perdió en abril.
Otro silencio. Luego la mujer dijo:
—Vivió con nosotros. Lo alimentamos, lo curamos. Tenía heridas.
—Gracias —dijo Víctor.
—Es un perro bueno.
—Sí.
Pausa.
—¿Vive usted lejos? —preguntó la mujer—. ¿De la calle de los Abedules?
—Otro barrio.
—Dios mío. Llegó solo en abril. Se tumbó junto a nuestra valla y no se iba.
Víctor miraba el parabrisas, el patio gris con chopos sin hojas.
La conversación se apagó sola. Víctor guardó el teléfono. Marte resoplaba en el asiento trasero, tumbado, con la cabeza sobre las patas dobladas.
En casa, Víctor le quitó a Marte el collar ajeno. Lo puso sobre la mesa, lo miró largo rato. Marrón, de cuero, con la chapita «Amigo». Bien hecho, nada barato.
Seis meses estuvo el perro en algún sitio. Y aun así volvió.
Víctor pensó en la mujer de la calle de los Abedules. Cómo lo alimentaba cada día, lo acariciaba, seguro que le cogió cariño. Y luego en septiembre salió por la mañana y él no estaba. Y lo buscó. Llamó, quizá, a los anuncios.
Cogió el teléfono.
—Soy yo otra vez —dijo cuando ella descolgó—. Quería decirle. Si quiere venir a verlo, no me opongo.
Silencio.
—¿De verdad? —dijo ella.
—De verdad.
Ella llegó el sábado. Doña Pilar, sesenta y cuatro años, con un abrigo gris y una bolsa de malla donde traía mermelada de manzana y un paquete de pienso, el mismo al que Marte se había acostumbrado durante aquellos seis meses.
Marte la vio desde el pasillo y no se lanzó, no. Solo se acercó y hundió el hocico en su palma. Movió la cola contento.
Tomaron té. Doña Pilar contó cómo lo encontró en abril junto a la valla, cómo lo llevó al veterinario, cómo tuvo miedo los primeros días y luego se acostumbró. Víctor contó lo del accidente, la correa rota, los anuncios pegados.
Marte yacía entre ellos en el suelo, dormitando. A veces levantaba la cabeza, miraba a uno, miraba al otro.
—Nos ha elegido a los dos —dijo doña Pilar.
Víctor miró al perro. Luego a la mujer junto a él.
—Parece que sí.
El collar ajeno, Víctor lo guardó en un cajón de la mesa. No lo tiró.
Marte volvió a ocupar la mitad izquierda del sofá y a perseguir la pelota por el pasillo a la una de la madrugada. Los anuncios de las farolas se empaparon con la lluvia de noviembre y se despegaron solos.
Doña Pilar venía los sábados. Traía mermelada, a veces pedía consejo sobre las grosellas, tenía un huerto en la calle de los Abedules, y Víctor entendía de huertos. Charlaban mientras Marte dormitaba entre ellos.
Una tarde, Víctor sacó del cajón el collar de cuero con la chapita «Amigo». Lo miró. La chapita brillaba bajo la lámpara.
En el recibidor colgaban dos correas. Una roja, vieja. Una azul, nueva, que doña Pilar había traído otro sábado y había colgado en silencio, sin pedir permiso.
A veces los lazos que parecen rotos solo se ensanchan para que quepan más personas.







