Perra perdida en autopista. Un año después la encontraron – pero el dueño dudó en acercarse.

¿Víctor, quieres té? —lo llamó desde la cocina la vecina doña Pilar. Solía pasarse a menudo, trayéndole empanadillas o un buen cocido. Decía: «Estás solo como un perro, hay que comer».

—No hace falta, Pilar —respondió él con un gesto, sin volverse.

Había pasado un año. Un año entero.

Y seguía sin poder perdonarse. Maldito aquel día.

Iba con prisa. Tenía que ir a la ciudad, al notario, a firmar unos papeles de su difunta esposa. Los nervios a flor de piel, la cabeza a punto de estallar, y allí estaba Lola, su perra.

Una mestiza corriente, de ojos vivos y cola siempre en movimiento. Desde que Ana se fue, solo le quedaba ella. La única criatura viva que lo esperaba al llegar del trabajo, que se alegraba con cada aparición suya.

Aquel día, durante el paseo matutino, no paraba de enredarse entre sus pies. Olisqueaba algo en el borde de la acera, luego echaba a correr hacia atrás. La correa se tensaba y se aflojaba.

—¡Lola, estate quieta! —le gritó. Tiró de la correa. Tiró con fuerza.

Ella soltó un quejido.

Pero él no se detuvo. Siguió andando, enfadado con el mundo. Enfadado consigo mismo.

Se detuvieron en la carretera. Los camiones pasaban atronando, los coches volaban. Él sacó el móvil para llamar, para confirmar la hora. Y entonces…

Un tirón. El mosquetón se soltó, y la correa vacía quedó en su mano.

Lola cruzó la carretera de un salto.

Él gritó. Corrió tras ella, agitando los brazos, parando coches. Pero ella desapareció entre los matorrales del arcén. Se esfumó.

La buscó. Tres días recorriendo la carretera, llamándola, silbando.

Al final se rindió.

Pensó que había muerto. Atropellada, o muerta de frío en el bosque. Culpa suya. Le había gritado, había tirado de la correa. Era su castigo.

Ayer sonó el teléfono.

—¿Don Víctor? ¿Tuvo usted una perra?

Voz de mujer. Joven, un poco tensa.

—Sí.

—Somos del refugio «Esperanza». Nos han traído una perra. Por el chip tenemos su número. ¿Podría venir?

El corazón le dio un vuelco.

—¿Qué perra?

—Una mestiza color canela. Ya mayor. Cojea de una pata trasera.

Él se quedó callado. Apretaba el teléfono con los nudillos blancos.

—¿Va a venir? —insistió la chica.

—Voy.

Y ahora estaba allí, junto a la ventana, sin poder moverse.

Las llaves del coche sobre la mesa. La chaqueta colgada en el recibidor. Solo una hora de viaje.

Pero tenía miedo.

Miedo de que no fuera ella.

Y miedo de que sí.

El refugio lo recibió con ladridos.

Decenas de voces —finas, roncas, desesperadas— se fundían en un solo aullido. Víctor cerró la puerta del coche y se quedó quieto. Le temblaban las manos.

«Viejo tonto —pensó—, ¿por qué tiemblas como una hoja?»

Pero las piernas parecían clavadas al asfalto.

—¿Don Víctor? —una chica salió por la cancela. Joven, con una chaqueta gastada y el pelo recogido bajo un gorro de lana. —Soy Luz. Hablamos ayer.

Él asintió. La garganta se le cerró; no podía hablar.

—Venga. Está en el cercado del fondo.

Caminaron entre las jaulas. Los perros se lanzaban contra las rejas, gimoteaban, arañaban los barrotes. Víctor miraba al suelo. La nieve crujía bajo sus pies.

—Mire —dijo Luz—, nos la trajeron anteayer. Los familiares de una señora mayor. La señora murió y ellos no podían quedarse con la perra.

—¿Una señora mayor?

—Sí, doña Verónica. Vivía junto a la carretera, en una casita. Dice que encontró a la perra hará un año. La curó. Tenía una pata rota, seguramente la había rozado un coche. La señora la cuidó, pero no la dejaba salir del patio, por miedo a que volviera a la carretera.

Víctor se detuvo.

—¿Llevaba alguna chapa?

—Sí, pero los números casi se habían borrado. La señora intentó llamar, pero no daba con el número, o se equivocaba… En fin, no hubo suerte. Y luego pensó que el dueño la había abandonado. Que no la buscaba.

Víctor apretó los puños en los bolsillos. Ella había estado viva todo ese tiempo. Y él ni siquiera había seguido buscando después de aquellos tres días.

—Aquí —dijo Luz, deteniéndose ante el último cercado—. Está ahí.

Víctor levantó la vista.

Y vio a su Lola.

Estaba sentada en un rincón, sobre una manta vieja. El pelo canela se había apagado, el hocico encanecido. Una pata trasera doblada bajo el cuerpo; aún cojeaba.

La perra levantó la cabeza. Lo miró. Se quedó quieta.

Víctor dio un paso. Otro. Los dedos se aferraron a los barrotes fríos.

—¿Lola? —susurró con voz ronca. La voz le tembló.

La perra se movió. Las orejas se irguieron.

—Soy yo. Mi niña, soy yo.

Ella se levantó. Cojeando, dio unos pasos hacia la reja. Se detuvo a un metro de él.

Se quedó allí, mirándolo.

Víctor se arrodilló en la nieve. Metió la mano entre los barrotes.

—Perdóname —dijo, exhalando—. Perdóname, tonta canela. Aquel día te grité. Te tiré. Y luego dejé de buscarte. Creí que habías muerto. Tuve miedo, ¿entiendes?

Las lágrimas rodaron solas.

La perra dio un paso adelante. Otro. Con cuidado, como si comprobara que no iba a desaparecer.

Víctor se quedó inmóvil. Dejó de respirar.

Entonces Lola se acercó del todo. Le rozó la palma con el hocico frío. Le lamió los dedos.

—¿Abro? —preguntó Luz en voz baja, a su lado, secándose una lágrima a escondidas.

Víctor asintió.

El candado chirrió. La puerta del cercado se abrió.

Y Lola, cojeando, torpe, se lanzó hacia él. Se apretó contra su pierna y movió la cola con alegría.

Víctor la abrazó. Hundió la cara en su pelo canela.

—Nos vamos a casa —murmuró—. ¿Oyes? A casa. Y no te dejaré escapar nunca. Nunca.

Lola gimió bajito.

Y movió la cola con más fuerza.

—Come muy poco —dijo Luz, agachándose a su lado—. Los primeros días no quería ni probar bocado. Pensamos que… bueno, ya sabe. A veces los perros entran en el refugio y se apagan. Sobre todo los viejos. Se encariñan más de lo que creemos.

—Lo sé —dijo Víctor, con la voz rota—. Siempre lo supe.

Acarició a Lola en la cabeza. Ella abrió los ojos, turbios, cansados, y lo miró. En esa mirada estaba todo.

—Luz —dijo Víctor levantando la vista—, ¿podrá… quiero decir, le queda tiempo?

La chica suspiró.

—El veterinario dice que tiene el corazón débil. La pata soldó mal, por eso cojea. Casi no le quedan dientes. Pero mire, llevo tres años aquí y he visto de todo. Los perros no mueren de enfermedades. Mueren de tristeza. Si tienen por quién vivir…

No terminó la frase. No hizo falta.

Víctor lo entendió.

Se levantó con cuidado.

—Vámonos a casa, niña —susurró—. Doña Pilar nos ha hecho croquetas. ¿Te gustan las croquetas, verdad? Y dormirás en el sofá. En mi sofá, ese que siempre te prohibía, ¿te acuerdas? Ya no. Duerme donde quieras. Pero no te vayas, ¿vale?

Lola le lamió la mejilla.

Y Víctor sintió, por primera vez en un año, que algo se descongelaba dentro de él.

—Gracias —dijo, volviéndose hacia Luz.

—Cuídela —respondió ella—. Y cuídese usted.

Víctor acomodó a Lola en el asiento del copiloto, la envolvió en una chaqueta vieja. Se puso al volante.

Arrancó y se fue a casa.

Doña Pilar se quedó boquiabierta al verlos en la puerta.

—¡Víctor! ¡Pero si es Lola!

—La misma —dijo él, entrando con la perra en brazos y depositándola en el suelo—. Ha aparecido.

—¡Virgen santa! —la vecina se llevó las manos a la cabeza, se arrodilló—. ¡Niña mía, qué flaca estás! Víctor, llévala a la cocina, que le doy algo de comer ahora mismo.

Lola recorrió la casa despacio, cojeando. Olfateó cada rincón, cada objeto conocido. Luego volvió junto a Víctor y se tumbó a sus pies.

—Bien hecho —dijo él—. Te quedas conmigo.

Doña Pilar le dio de comer poco a poco, con cuidado. Lola devoraba, atragantándose, como si temiera que le quitaran el plato.

—Tranquila, tranquila —la calmaba Víctor, acariciándole el lomo—. No te lo va a quitar nadie. Come despacio.

Por la noche, Lola se subió al sofá. Víctor no la echó, como había prometido. La cubrió con una manta caliente y se sentó a su lado.

Encendió la tele, pero no la miraba. Solo acariciaba el pelo canela y callaba.

Y Lola apoyó la cabeza en sus rodillas y cerró los ojos.

Y su cola se movía un poco, apenas un poco, pero se movía.

Víctor miraba por la ventana. Fuera nevaba, igual que un año atrás. Igual que aquel maldito día en la carretera.

Pero ahora todo era distinto.

Por primera vez en un año, no temía el día siguiente.

Porque sabía que mañana Lola despertaría a su lado. Y pasado. Y todos los días que les quedaran.

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Perra perdida en autopista. Un año después la encontraron – pero el dueño dudó en acercarse.
Pensé que mi marido me engañaba. Resultó ser algo mucho peor.