—El perro no nos deja derribar el cobertizo, —gruñían los obreros. El dueño entró y se quedó de piedra.

El capataz llamó a las siete de la mañana y dijo una sola palabra: perra. Javier no entendió qué pintaba una perra en el derribo del cobertizo viejo.

—¿Qué perra, Vicente?

—Colorada. De tamaño mediano. No deja acercarse, gruñe, está en la puerta. Resumiendo, no podemos trabajar.

—Sois cuatro tíos forzudos con palancas.

—Javi, no se va. Hemos gritado, le hemos tirado un palo, pataleado. Retrocede cinco metros y vuelve. Se tumba justo en el umbral.

Javier se sentó en la cama y se frotó la cara con las palmas. Por la ventana entraba la humedad de primeros de mayo, cuando la tierra aún no ha soltado el frío.

Compró el terreno en marzo. La casa era firme, las paredes aguantaban, pero el cobertizo sobresalía en el borde como una muela picada: torcido, con la pintura verde descascarillada, el tejado hundido y un olor denso a madera podrida que se colaba hasta el otro lado del solar.

El derribo lo había programado para el sábado. Cuadrilla, contenedor, mazo. Todo pagado.

Y ahora una perra.

Se vistió, se sirvió café en un termo de viaje y se metió en el coche. De camino dio un sorbo, se quemó la lengua y se enfadó aún más.

Perros callejeros en las afueras no faltaban: merodeaban los contenedores, se calentaban en las tuberías de la calefacción, pedían limosna en la puerta del Mercadona. Pero que una chuchara parara a cuatro hombres parecía absurdo.

Al acercarse al terreno, volvió a llamar.

—No os vayáis lejos. Ahora llego y lo soluciono.

—No nos hemos ido. Estamos sentados fumando. La perra está tumbada. La situación, estable.

La última palabra la dijo el capataz con tanta parsimonia que Javier apretó el volante.

En el solar reinaba el silencio. El mazo yacía entre la hierba, la palanca apoyada en la valla. Vicente estaba sentado en un cubo volcado, fumando, protegiendo la brasa con la palma del viento. Dos obreros masticaban bocadillos en la cabina de la furgoneta con cara de que les pagan por esperar.

—Ahí está.

En la puerta del cobertizo, justo en el umbral, estaba tumbada la perra colorada. Ni grande ni pequeña. Un ojo ligeramente entrecerrado, quizá golpeado, quizá de nacimiento. El pelo apelmazado, las costillas marcadas en los costados. No ladraba. Yacía con el hocico apoyado en las patas.

—¿Habéis intentado rodearla? Por el otro lado la pared está podrida, se puede meter la palanca…

—Lo intentamos. Rodea y se planta en el sitio por donde entramos.

El café frío amargaba en la lengua. Javier apuró el termo, lo dejó en un poste de la valla y se dirigió al cobertizo. A cada paso el olor cambiaba. Primero hierba y tierra, luego madera húmeda, podredumbre. Y algo más, débil, huidizo, que no lograba identificar.

La perra levantó la cabeza. No gruñó. Se puso en pie y tensó el cuerpo entero. El pelo a lo largo del lomo se erizó lentamente, y el rabo se movió inquieto.

—¡Lárgate!

Pateó el suelo, con fuerza.

Ella retrocedió medio paso. Se detuvo. Y volvió. Se plantó en la puerta, tapando la rendija entre la hoja y el marco. No enseñó los dientes. Miró.

Javier se agachó para ponerse a su altura. Metro y medio entre ellos. Ojos castaños, oscuros, con un brillo húmedo; el izquierdo lloraba un poco. No había rabia en ellos. Había otra cosa para la que entonces no encontró palabra.

Uno de los obreros se acercó y le tendió un trozo de palo.

—¿Le damos un susto más fuerte?

—No.

—Vicente dice que la perrera tarda hasta el martes. Y el contenedor está pagado hasta esta tarde.

—Lo sé.

Le crujieron las rodillas al enderezarse. El sonido le pareció demasiado fuerte para una mañana tan callada. La perra no se movió.

—Entro yo solo.

—¿Y si muerde?

—No muerde.

Lo dijo por rabia, no por certeza. Y dio un paso hacia la puerta.

La perra gruñó. Bajo, casi para sí misma. Un sonido gutural que no daba miedo, sino apuro. La mano empujó la hoja. La madera chirrió, el borde inferior raspó el suelo, las bisagras gimieron tanto que el obrero de la furgoneta se giró.

Javier se metió de lado.

Dentro estaba oscuro. Y caliente. No como en verano, sino de otra manera: denso, húmedo, como si el aire respirara por sí mismo.

Se quedó quieto en el umbral. Ese olor lo conocía. Su madre traía gatitos de la calle, los metía en una caja junto al radiador, y en la habitación se quedaba exactamente ese olor.

Tardó en acostumbrarse a la penumbra. Primero distinguió un banco de trabajo: latas de pintura vacías, un rollo de alambre, una pala sin mango. Después el suelo. De tierra, apisonado, con restos de heno del año pasado. Telarañas colgaban de la viga a la pared, y en una de ellas brillaba una gota solitaria, redonda y pesada.

La mirada se deslizó hasta el rincón del fondo. Allí donde el tejado aún se sostenía y por una rendija entre las tablas caía una fina tira de luz.

Allí había una manta.

Gris, gastada, con flecos en los bordes. La había visto en marzo, cuando inspeccionó el terreno antes de comprar. Pensó entonces que habían dormido vagabundos. O que el antiguo dueño la había dejado. Le dio una patada para comprobar el suelo, y se olvidó.

Ahora la manta estaba recogida en forma de nido. Sobre ella había cachorros.

Cuatro. Muy pequeños, de unas dos semanas a lo sumo. Los ojos cerrados, las orejas pegadas a la cabeza como pétalos. Se revolvían unos contra otros, hundiendo los morros ciegos en la tela, y chillaban finamente, en una sola nota. Uno, el más pequeño, con una mancha oscura en el lomo, se metió bajo el borde de la manta y movía la pata trasera dormido. La tira de luz caía oblicua sobre ellos, y el pelo parecía no colorado, sino dorado.

Las rodillas se le doblaron solas. Se puso en cuclillas, las manos colgando. No se movió.

Luego los dedos se estiraron por sí mismos y tocaron un lomo minúsculo. Caliente.

El cachorro no se despertó. Movió la pata y se arrimó más a sus hermanos.

Un roce a sus espaldas.

Javier se quedó quieto. La perra entró sin hacer ruido, lo rodeó, se tumbó junto a los cachorros. Esperó un gruñido, una amenaza, cualquier sonido. Pero ella se limitó a echarse y empezó a lamerlos. Metódica, tranquila, con la lengua desde la cabeza hasta la cola. Como si el hombre no estuviera allí. Como si en el mundo solo existiera lo que yacía sobre aquella manta gris.

El más pequeño encontró a la madre primero. Se agarró y empezó a mover las patas. Los demás se acercaron, y el cobertizo se llenó de un leve chupeteo. La perra cerró el ojo entrecerrado y apoyó la cabeza en las patas. Exactamente igual que cuando estaba en el umbral media hora antes. Solo que el hocico ya no era tenso. Era suave.

Javier estuvo sentado mucho rato. No contó los minutos. Se le entumecieron las rodillas, la espalda se le humedeció con el frío del suelo de tierra.

Luego se levantó y salió.

Vicente estaba apoyado en la valla, bebiendo el resto del termo. Desde la cabina de la furgoneta salía la voz de la radio con el parte meteorológico.

—¿Qué había ahí? ¿Ratas?

—Cachorros.

El capataz se quedó quieto con el termo en la mano. Miró el cobertizo, luego al dueño.

—¿Cómo?

—Literal. Había parido en el rincón, encima de una manta. Cuatro. Todavía ciegos.

Vicente calló. Se rascó la cicatriz en la muñeca izquierda. Una costumbre que le aparecía siempre que la situación no cabía en el presupuesto.

—Entonces, ¿derribamos o no?

La hoja del cobertizo había quedado entreabierta, y por la rendija se veía el lomo colorado. La perra estaba tumbada tranquila, sin levantar la cabeza. Sabía que él había salido, y no se movió.

Eso fue lo que pensó. La perra no mordió, no se abalanzó, no huyó. Se quedó. No tenía forma de parar a cuatro hombres con palancas. Solo su terquedad. Y el umbral detrás del cual estaban los que no podían abrir los ojos, ni huir, ni pedir.

—No. No derribamos.

—¿Y cuándo?

—Cuando crezcan.

Vicente se encogió de hombros, silbó a la cuadrilla, y empezó el trajín normal de recoger. La palanca sonó contra el mazo. El termo golpeó el borde de la furgoneta. La puerta de la cabina se cerró de golpe.

El teléfono apareció en la mano de Javier antes de que tuviera tiempo de pensar.

—Carmen, mira, necesitamos comida de perro. Y un cuenco. No, dos.

Su mujer empezó a preguntar, y él miraba cómo un hocico colorado asomaba por la rendija y seguía la furgoneta que daba la vuelta en la puerta. El viento traía olor a hierba fresca, gasolina y algo floral del vecino. El ojo entrecerrado de la perra parpadeó una vez.

Guardó el teléfono y fue hacia el coche. En el maletero llevaba una botella de agua y los bocadillos que su mujer le metía cada mañana “por si acaso”. Sacó primero el agua. Miró alrededor. Junto a la pared del cobertizo, a la derecha de la puerta, había un cuenco de hojalata. Viejo, oxidado, abollado, con manchas secas en el fondo.

El agua de la botella cayó en el fondo oxidado. La perra no salió. Solo tembló el hocico en la rendija de la puerta, húmedo y brillante.

Javier se sentó en el escalón de la casa y desenvolvió el bocadillo. Chorizo con pan, nada especial. Mordió, masticó.

Un pájaro al otro lado de la valla repetía la misma nota, como comprobando si alguien lo oía.

El cobertizo seguía en pie. La pintura seguía descascarillándose, el tejado se hundía por el lado derecho. Pero de la puerta entreabierta salía calor y olor a leche.

La manta gris del rincón ya no era basura, sino el primer nido para cuatro pequeños.

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—El perro no nos deja derribar el cobertizo, —gruñían los obreros. El dueño entró y se quedó de piedra.
—¿A quién le hablas?