¿Dónde está mi hijo?

Miguel estaba en el mismo lugar donde había dejado a Celia cinco minutos antes, mirando a su alrededor con desconcierto, mientras una inquietud extraña crecía en su interior. No la veía por ninguna parte…

Entre la multitud de niños, no podía encontrar a una sola. A su hija.

—No entiendo nada —murmuraba Miguel para sí—. ¿Dónde se ha metido? Si me he ido solo cinco minutos. —Entonces vio a Lucía Hernández, la tutora de su hija, que en ese momento ordenaba a los serios alumnos de primero por estaturas, y corrió hacia ella.

—¿Dónde está mi niña? Una niña con lazos blancos. Tenía que estar con usted. Y no aparece.

Miguel estaba tan alterado que ni siquiera advirtió que había alzado la voz.

La joven maestra se sobresaltó y lo miró desconcertada.

—Disculpe… ¿quién exactamente? Todas las nuestras parecen estar aquí.

—Mi hija. Celia. Hace un momento estaba aquí y ahora no está. Está matriculada en su clase. ¿No se acuerda de nosotros?

—Lo siento, tengo veintinueve alumnos en clase y nos hemos visto solo un par de veces.

—¿Y eso qué?

—Todavía no he logrado memorizar las caras de todos los niños y sus padres.

—¿Eso le parece una excusa?

—Mire, cada padre me trajo personalmente a su hijo. Pero usted… usted no lo trajo. Solo se ha acercado ahora. Entiendo que hay jaleo y todo eso, pero… mejor dígame, ¿por qué dejó a su hija sola? ¿No ve cuánta gente hay hoy en el colegio? Aquí no solo un niño de siete años, sino hasta un adulto puede perderse.

—Solo salí un par de minutos a la tienda a por agua. Celia tenía sed. Volví y ya no estaba. ¡Vamos, que usted es la maestra! ¿No debería estar pendiente de los niños? ¿Dónde la busco ahora? ¿Adónde pudo ir?

Lucía respiró hondo. Era su primer día de trabajo, su primera clase, y todo aquello parecía una pesadilla.

—Cálmese, caballero. ¿Cómo iba vestida su hija?

—Ya le digo: con lazos blancos grandes.

—Perdone, pero en mi clase hay quince niñas, y todas llevan lazos blancos. ¿Alguna otra seña? ¿Qué ropa llevaba, por ejemplo?

Miguel se quedó callado un instante. Estaba tan nervioso y desconcertado que ni siquiera sabía qué más decir. Por la mañana había ayudado a su hija a atar esos lazos, le había arreglado el cuello, se había preocupado de que no se manchara los leotardos blancos, y ahora de repente se daba cuenta de que apenas podía describirla.

—Bueno, otras señas… Una niña de siete años, ojos marrones y pelo largo y oscuro.

—Ya es algo. ¿Recuerda algo más?

—Pues… Lleva una mochila amarilla con patitos. Verá, a ella le encantan los animales, y por eso eligió esa mochila. Los otros niños seguro que no tienen una igual. ¡Dios mío, adónde habrá ido a parar? —murmuraba Miguel angustiado, sin dejar de mirar a todos lados.

—No se preocupe, la buscaremos. Seguro que la encontramos. Es difícil que haya salido del recinto escolar. Así que su Celia debe de estar aquí. Espéreme aquí, vuelvo enseguida.

Lucía Hernández se acercó a sus alumnos, que cambiaban el peso de un pie a otro esperando que comenzara el acto, volvió a contarlos y se fijó especialmente en las niñas. Pero entre las pequeñas con preciosos lazos blancos no estaba Celia, y ninguna de ellas había visto a una niña con mochila amarilla de patitos.

Pidió a un compañero —el tutor del otro curso— que vigilara a sus alumnos, y Lucía regresó rápido junto a Miguel.

—Ninguno de los compañeros de Celia la ha visto —dijo—. No pudo haber entrado al edificio. Así que su hija debe de estar en el patio. Le propongo que la busquemos juntos.

—¿Y si avisamos a la policía?

—Creo que no hace falta. Encontraremos a Celia, seguro —dijo Lucía, esforzándose por mantener la calma y la confianza en su voz. Aunque, por dentro, también estaba muy preocupada.

En resumen, padre y maestra se lanzaron a buscar a Celia.

Recorrieron rápido el patio del colegio, miraron en la pista deportiva, se acercaron varias veces al conserje que estaba en la verja. Pero no había resultados. Nadie había visto a Celia.

—¿Y su hija no tiene teléfono? —preguntó Lucía cuando se dirigían al patio trasero, el único sitio donde aún no habían estado.

—Sí, claro —suspiró Miguel—. Pero su móvil lo tengo yo. No se lo di a tiempo…

—Qué pena que no se lo diera… —suspiró la maestra a su vez.

—Ojalá no le haya pasado nada… ojalá no le haya pasado nada —repetía Miguel casi en un susurro.

Lucía Hernández no respondía. Pensaba que en ese momento no solo respondía por los niños, sino también por la confianza de los padres. Y si realmente le hubiera ocurrido algo grave a la pequeña…

Mientras tanto, la niña de los lazos blancos y la mochila amarilla con patitos estaba en el patio trasero del colegio, bajo un árbol alto, hablando con un gatito que se había subido a una rama justo encima de su cabeza y no podía bajar. Por más que le rogaba que bajara, el minino solo maullaba lastimeramente.

—Vamos, pequeñín, salta —le decía Celia al gato—. Te cojo. Te lo prometo, te cojo.

El gatito parecía querer saltar, pero en el último momento el miedo lo paralizaba, y se agarraba más fuerte a la rama, maullando otra vez. Tan tristemente que Celia casi se echaba a llorar.

Cuando la niña se dio cuenta de que no podía sola, corrió a pedir ayuda.

Y al doblar la esquina del colegio, se topó de repente con su papá y con Lucía Hernández. Tenían una expresión como de preocupación.

—Hija, ¿dónde te habías metido? —dijo Miguel acercándose—. Casi me vuelvo loco. ¿Qué haces aquí?

—Papá, ya me regañas luego, ¿vale? —respondió Celia—. Ahora… ahora necesito tu ayuda.

—¿Qué ha pasado?

—Ven conmigo.

Cogió a su padre de la mano, y con la otra tiró de Lucía Hernández, y las llevó con paso firme detrás del colegio.

Sin entender nada, los adultos se miraron y la siguieron en silencio. Por fin, Celia las condujo hasta el árbol y señaló con el dedo hacia arriba:

—Ahí hay un gatito pequeño. ¿Lo veis? Papá, bájalo, por favor.

—Celia, ¿y no quieres contarle a papá cómo has llegado hasta aquí? ¿Dónde te dije que me esperaras?

—Cuando estaba junto a la valla esperándote, vi que un perro perseguía a este gatito, y corrí detrás de ellos. El gatito, asustado, se subió al árbol, y el perro le ladraba. Al perro lo espanté… pero al gatito no puedo bajarlo.

—¿Tú sola espantaste a un perro grande? —preguntó Lucía Hernández sorprendida.

—Ajá —asintió Celia—. Le dije que ya viene mi papá y que si no se iba, mi papá le iba a dar su merecido. Y se fue. Pero el gatito sigue ahí, pobrecito. Papi, ¿lo bajas ya? ¿Cuánto vais a estar mirando sin hacer nada? —dijo dando una patada en el suelo—. Está asustado…

Miguel miró con escepticismo las ramas finas y supo que con sus más de noventa kilos no podía hacer nada. Otra cosa era la maestra. Delgada, esbelta. Ella sí podría.

—¿Por qué me mira así? —preguntó Lucía extrañada—. Yo no me subo. Ni siquiera alcanzo la rama.

—Yo la levanto —sonrió Miguel.

—¡Ni hablar!

—Por favor —Celia cogió a la maestra de la mano—. Mire qué miedo tiene. ¿Y si se cae?

Lucía Hernández alzó la cabeza.

El gatito volvió a maullar lastimeramente, como si entendiera que hablaban de él.

—Bueno —dijo al fin—. Solo si usted —miró a Miguel— me sujeta muy fuerte y no me deja caer.

—Le prometo que todo irá bien —sonrió Miguel.

Lucía Hernández se sentó sobre los anchos hombros de Miguel, quien la alzó con facilidad, y luego ella se puso de pie sobre ellos, agarrándose con una mano a la rama y con la otra, entre los vítores de la niña y su padre, intentaba con todas sus fuerzas alcanzar al gatito.

—Un poco más… —la animaba Miguel—. Casi lo tiene.

El gatito primero retrocedió asustado, luego, cobrando valor, dio un paso cauteloso hacia ella y…

—¡Lo logró! ¡Lo logró! —aplaudió Celia alegremente—. ¡Qué bien lo ha hecho, doña Lucía! Papá, sujétala fuerte. No la dejes caer.

Cuando Lucía Hernández por fin estuvo en el suelo, Celia alargó las manos hacia el gatito y lo apretó contra su pecho.

Y él enseguida empezó a ronronear suavemente.

—Bueno —sonrió Miguel—. Gracias a Dios, todos sanos y salvos. Pero vaya susto me has dado, hija, con tu desaparición misteriosa.

—Perdona, papá. No quería asustarte. Es que no podía dejarlo solo. No habría podido bajar.

Miguel miró a Celia y solo negó con la cabeza.

Precisamente por ese buen corazón era por lo que más quería a su hija en el mundo.

—¿Podemos llevarlo a casa? —preguntó Celia señalando al gatito.

—Creo que después de este encuentro va a ser difícil negarse —sonrió Miguel.

—Entonces cuídalo mientras recojo los libros. Y mira —no te pierdas. Que no tengamos que buscarte otra vez, ni yo ni doña Lucía.

La maestra no pudo contener la risa.

—Vaya… Me imagino la cara de su madre cuando lleguen a casa con este pequeñín.

—No tengo madre… —suspiró la niña—. Pero me gustaría mucho tenerla.

—Lo siento, no lo sabía… —la maestra parpadeó asustada.

—No pasa nada, está bien —sonrió Miguel—. Nos dejó hace cinco años. Se fue al extranjero. Y no he vuelto a saber de ella. Bueno, Celia y yo no hemos vuelto a saber.

Durante unos segundos reinó el silencio en el patio trasero. Lucía los miraba en silencio —a aquel hombre grande y un poco torpe de mirada bondadosa, y a la niña con un gatito gris en brazos—, y en su pecho algo se clavó muy hondo.

—Ahora tenemos a Manchas —dijo Celia con decisión, acariciando al gato.

—¿Ya le has puesto nombre? —sonrió Miguel.

—Claro. ¿Acaso se puede vivir sin nombre?

*****

Miguel siempre recogía a Celia él mismo. A veces cruzaban solo unas palabras con Lucía Hernández; otras, la conversación se alargaba hasta que el patio del colegio quedaba vacío. Hablaban de los progresos de Celia, de anécdotas divertidas de clase, de libros, de películas, de mascotas, y poco a poco dejaron de notar que ya no hablaban solo del colegio.

Un día, Miguel, de pie en el pasillo, esperó a que todos los niños se fueran y luego dio un paso decidido hacia el aula.

Lucía Hernández primero sonrió ampliamente, pero al ver un hermoso ramo en sus manos, se sorprendió.

—Es para usted —dijo Miguel con voz ronca, alargándole las flores—. Y además… me gustaría invitarla a cenar esta noche. Bueno, Celia y yo queremos que cene con nosotros. Los tres. ¿Qué le parece, doña Lucía?

La maestra se turbó, sintió que las orejas le ardían, pero… tomó las flores.

Olían a otoño, a hogar y, por alguna razón, a esperanza.

—De acuerdo —respondió simplemente—. Acepto.

Exactamente igual respondió Lucía Hernández cuando, un año después, Miguel le pidió que se casara con él.

En el registro civil, Celia agarraba fuerte la mano de Lucía Hernández y…

…no podía dejar de sonreír. En ese momento se sentía la niña más feliz del mundo.

—¿Puedo…? ¿Puedo llamarte mamá ahora?

A la joven mujer se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Si tú quieres, claro que puedes. Para mí será la palabra más bonita.

Celia la abrazó fuerte.

A su lado, Miguel las miraba sonriendo.

Quién iba a pensar que en un momento la vida de Celia y la suya cambiaría tanto.

Pero los milagros existen.

Y ese milagro, un dulce milagro peludo, está ahora en el alféizar de la ventana del piso, esperando con impaciencia a que su familia vuelva por fin a casa.

A veces, un pequeño gesto de bondad puede abrir la puerta a la felicidad más inesperada.

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