Por primera vez comprendió que nada la asusta.

En el pueblo de Valdepeñas, todo el mundo conocía a Manuel. No porque fuera el alma de la comunidad ni un generoso benefactor, sino porque su enorme finca estaba a la vista, justo a la entrada, y sin él poco se decidía por allí. Manuel era un hombre recio, corpulento, de ojos siempre inyectados en sangre que en los últimos tiempos miraban cada vez más de reojo.

Su mujer, Carmen, era de esas mujeres que entran en una casa como un rayo de sol. A sus veintiséis años parecía todavía una niña: el pelo castaño recogido en una trenza, la voz suave, la sonrisa tímida. Era mucho más joven que Manuel, y el pueblo entero no hablaba de otra cosa cuando se casaron:

—¿Por qué se fue tan joven con un viejo?

La razón era sencilla: la madre de Carmen, una viuda con una pensión miserable, respiró aliviada cuando Manuel envió a los casamenteros.

—Hija mía, no te va a faltar de nada. Él tiene tierras, jornaleros, un buen tejado, comida, holgura. No vamos a pasar el resto de la vida temblando en un chamizo.

Y Carmen no discutió. Nunca había sido dada a discutir. Se casó, y al principio la vida fue mejor. Manuel la trataba con paciencia, incluso a veces con cariño. La casa era un pozo de abundancia. Los jornaleros, unos siete solteros más los casados de los pueblos de alrededor, vivían allí mismo, en un largo caserón de piedra en los terrenos de la finca. Manuel les pagaba puntualmente, sin retrasos, y les daba de comer del puchero común. Los hombres estaban contentos: trabajaban sin quejarse, el patrón era de fiar, la tierra era suya. Bueno, no exactamente suya, pero eso eran detalles.

De aquellos detalles solo sabían unos pocos. Los terrenos de la finca no estaban inscritos a su nombre como debía ser. Manuel, gracias a sus contactos, lo había arreglado todo con el ayuntamiento: un papel firmado por el concejal oportuno y un acuerdo de palabra con el alcalde. Legalmente, la tierra figuraba como de uso agrícola, sin dueño claro, pero en la práctica Manuel la poseía como un señor feudal. Los impuestos los pagaba a medias, como buenamente podía; una parte se la daba en metálico a los funcionarios amigos, otra parte la ignoraba.

—Ya vendrán, si tienen que venir —solía decir, dándose palmadas en el bolsillo.

Pero algo se había roto en él en los últimos seis meses. Primero, de manera sutil, empezó a beber: al principio solo por las noches, luego a mediodía, y al final encontraba cualquier excusa para echarse un trago desde el amanecer. Los negocios se torcieron: perdió plazos, compró pienso de mala calidad para el ganado, se enemistó con los proveedores. Los jornaleros callaron al principio, después empezaron a murmurar.

—Manuel, ¿y la paga? Llevas dos meses sin pagarnos —se atrevió a preguntar el viejo Ignacio, que llevaba cinco años trabajando para él.

—¡Ah, tú calla! —rugió Manuel, sirviéndose otro vaso—. ¡Ten vergüenza! Te doy techo y comida, y tú… ¡Espera!

El primer mes los hombres aguantaron. El segundo también, pero empezaron a decir que se iban. ¿Adónde irían, si allí tenían trabajo en sus tierras y él les debía dos meses de sueldo? Además, el invierno llegaba en un mes, los pueblos de los alrededores eran remotos, no había trabajo en ninguna parte.

Carmen lo veía todo. Oía por las noches a los jornaleros protestando a coro en su barracón. Veía a su marido volver de allí furioso, con la cara torcida, y lo primero que hacía era buscar la botella en el armario. Intentaba interceder. Con voz queda, de mujer:

—Manuel, ¿por qué no les pagas? Ellos trabajan…

—¡Cállate! —bramaba—. ¿Quién eres tú para decirme lo que tengo que hacer, ingrata? ¡Te saqué de la miseria, te visto y te calzo, y tú…!

Carmen se quedaba quieta, como un conejo ante una serpiente. Luego, cuando él se dormía, se secaba las lágrimas y se iba al establo a comprobar si habían dado de comer al ganado. Porque los jornaleros, resentidos y enfadados, también empezaron a hacer dejación de sus labores. Las ovejas no estaban bien alimentadas, las vacas no se ordeñaban del todo.

—¿Por qué lo defiendes? —le preguntó una vez Ignacio, mientras ella ordeñaba en silencio dos vacas por él—. Vete, muchacha, antes de que sea tarde.

—¿Adónde voy a ir? Es mi marido —susurró Carmen—. Mi madre no me aceptaría de vuelta, sería una vergüenza. Y él… no siempre fue así. Antes era diferente.

—Antes —rió Ignacio con amargura—. Antes la hierba era más verde. Ahora es un hombre perdido, y nos arrastra a todos.

Aquella noche Manuel bebió más que nunca. Salió al porche, tambaleándose, y gritó que era el rey y el señor de todo. Luego se fue al barracón de los jornaleros a «poner orden». Carmen estaba sentada en la cocina, apretando contra el pecho una taza de té frío, escuchando cómo su marido aporreaba la puerta ajena, cómo insultaba, cómo alguien, Ignacio o quizás el joven Esteban, le respondía a gritos.

Fuera lloviznaba con la lluvia tardía del otoño. En la finca se apagaron las luces. Y en algún despacho municipal, en el cálido ambiente de una oficina, había una carpeta con los impagos y los terrenos sin escriturar, y alguien ya pasaba el dedo pensativamente sobre el nombre de Manuel.

Pero Manuel no lo sabía. Estaba demasiado ocupado destruyendo su vida ladrillo a ladrillo, vaso a vaso, escándalo a escándalo. Y Carmen seguía sentada en la oscuridad, pensando en lo difícil que es ser buena cuando aquel a quien intentas salvar no quiere ser salvado.

Aquella noche el viento aullaba tras los muros del pequeño chozo de la finca. Carmen no podía dormir; miraba por la ventana, donde se filtraba la luz turbia de la luna. Salió de la casa, se quedó en el porche, se puso una chaqueta. De repente, alguien le tapó la boca con la mano, la cogió por la cintura y la arrastró. Se asustó.

Cuando volvió en sí, las manos le temblaban ligeramente, pero no de frío, sino del miedo que poco a poco daba paso al asombro. Vio a Juan, uno de los jornaleros, un hombre robusto y de buena planta. Juan no le hizo nada malo.

La llevó a una casita pequeña, tosca pero con cuidado, como quien lleva una cosa frágil temiendo romperla. Cerró la puerta con llave, y ella oyó cómo él forcejeaba fuera, arreglando algo, comprobando. Luego, silencio. Hasta dejó de respirar, seguramente, plantado junto a la puerta, escuchando si lloraba.

Carmen no lloraba. De repente comprendió que en aquel cautiverio, en aquella choza en el bosque con suelo de tierra y una estufa de hierro, se respiraba mejor que en su propia casa. Por la mañana, Juan le trajo pan, tocino y un vaso de leche. Lo puso sobre una mesa tosca, desató el hatillo en silencio. Ya se iba cuando Carmen preguntó en voz baja:

—¿Por qué hiciste esto, Juan?

Él se quedó junto a la puerta. Ancho de hombros, fornido, las manos llenas de viejas cicatrices de cuerdas y paja. La mirada de soslayo no era malvada, sino acorralada.

—Tu marido no nos paga —dijo con voz ronca—. Dos meses. Tengo a mi madre sola en el pueblo vecino, con una pensión de dos pesetas. Le prometí ayudarla.

—¿Y por eso me secuestras? —preguntó ella en voz baja.

Nunca alzaba la voz. Y ahora lo miraba como si no lo acusara, sino que intentara comprenderlo. Juan calló, luego se dio la vuelta y soltó:

—¿Tú preferirías seguir viviendo con él? No te ve en todo el día, te grita, te insulta. Borracho perdido. Gritos, tacos, manos… Le oí el sábado pasado cómo te chillaba en la cocina. Salí a fumar, lo oí todo.

Ella palideció. Bajó la mirada.

—No es asunto tuyo, Juan.

—Sí lo es —dijo él, de repente firme, y dio un paso hacia ella, deteniéndose a dos palmos—. Porque yo… no soporto verlo. Cómo te encoges cuando él pasa. Cómo callas. Y él… perdón, señora, pero es un animal.

Carmen levantó los ojos. Por primera vez en mucho tiempo miró a alguien no con miedo, no con la habitual culpa, sino con un interés vivo y sincero. Juan era guapo: pómulos anchos, nariz recta, mandíbula fuerte con un hoyuelo. Y en sus palabras había una sencillez, una calidez extraña que le oprimió el pecho.

—¿Te… apiadaste de mí?

—No me apiado —frunció el ceño—. Yo…

No terminó. Salió afuera, dando un portazo. Y el cerrojo volvió a sonar. Así pasaron tres días. Juan le traía comida, le traía un trapo limpio a modo de toalla, arreglaba la compuerta de la estufa, tapaba las rendijas de las paredes para que no entrara el viento. Apenas hablaban, temían las palabras. Pero una noche, mientras calentaba agua en la estufa para que ella pudiera lavarse, Carmen dijo de repente:

—Sabes, la vida con Manuel no es ningún camino de rosas. Mi madre se alegraba de que no me faltara de nada. Y es verdad, no me falta nada. Excepto una cosa.

—¿Qué? —preguntó Juan.

—Que alguien me mire como a una persona. No como a un mueble. No como a un añadido de la finca. Como a un ser vivo.

Juan se quedó quieto, con el cazo en las manos. Luego lo dejó sobre la mesa, suspiró hondo y se sentó enfrente, en un banco. Puso las manos callosas sobre la tabla, los dedos agrietados, las uñas rotas.

—Yo te miro —dijo en voz baja—. Te miro desde aquel día que te apiadaste de la vaca sin ordeñar y fuiste tú misma de noche al establo. Yo te seguí, pensando que ibas a vigilar a algún ladrón. Y tú solo… tenías compasión. Estabas junto a la vaca, la acariciabas y le susurrabas algo dulce. Nadie te veía. Estabas sola. Y una lágrima te corría por la mejilla. Entonces supe que… —se le acabaron las palabras. Tragó saliva con esfuerzo.

Carmen alargó la mano y tocó sus dedos. Él se estremeció, pero no retiró la mano.

—Juan, ¿y si paga? ¿Qué harás entonces? ¿Me devolverás a él?

—No lo sé —susurró—. Pensé que si pagaba, todo se acabaría, tú libre. Pero ahora… no quiero.

Ella sonrió por primera vez en años, no con esa sonrisa educada que ponía en la mesa de la suegra o en las fiestas del pueblo, sino con otra, cansada pero verdadera.

—Yo, Juan, no quiero volver con él. Por nada del mundo. Ni por todo el dinero. Ni por todas las… promesas.

Y él apretó su mano con suavidad.

Al tercer día, Manuel encontró una carta. Juan la había deslizado bajo la puerta de su casa por la noche. Breve, sin firma: «Paga a los jornaleros los dos meses atrasados y recuperarás a tu mujer sana y salva. Si no, que te sirva de escarmiento».

Manuel, temblando de la resaca, correteaba por la finca. Gritaba a los jornaleros, acusaba a todos: a Ignacio, a Esteban, hasta al forastero Vicente. Juan permanecía apartado, cavando la tierra con la punta de la bota, con el rostro de piedra. Solo los ojos alerta, como los de un lobo que huele la trampa.

—¿Dónde está? —Manuel señaló a Juan—. ¡Habla, Juan!

—¿Y yo qué sé? —respondió Juan con indiferencia—. A lo mejor escapó de pena.

Manuel apretó los dientes. Pero esa misma tarde fue al pueblo, sacó casi todos los ahorros que tenía y pagó la deuda. Ignacio contó el dinero en la palma de la mano, resopló y sonrió satisfecho.

—¡Ya era hora!

Al día siguiente, sin embargo, recibió una carta de Carmen. Letra pequeña y pálida, a lápiz, en una hoja de cuaderno: «Manuel, no me busques. Estoy viva y sana. Es verdad que me retuvieron, pero nadie me tiene atada. Me fui de ti por mi propia voluntad. No volveré. Has pagado a los hombres, bien hecho. De ti no quiero nada, ni siquiera tu nombre. Adiós. Carmen».

Manuel leyó la carta tres veces, luego se bebió un vaso de aguardiente, después estrelló el vaso contra la esquina de la mesa y aulló, ya de rabia, ya de despecho. No quería a su mujer, pero en una casa debe haber un ama de llaves. Los jornaleros oyeron aquel aullido y se miraron entre sí.

Ella estaba sentada en el catre, escogiendo ramas secas para encender la estufa. Juan llegó al caer la tarde. El candado colgaba abierto; ella misma había corrido el cerrojo desde dentro. Seguía sentada, escogiendo ramas.

—Y ya está —dijo él, deteniéndose en el umbral—. Ha pagado. Ya no eres una rehén.

—Entonces ahora soy solo Carmen —levantó ella los ojos—. Y ya no soy la mujer de nadie.

Juan dio un paso, luego otro. Se sentó a su lado sin mirarla. Estuvo largo rato callado. Luego la abrazó por primera vez en la vida como de verdad quería abrazar a una persona amada, con pasión y con ansia.

—Quédate —dijo con voz ronca, hundiendo el rostro en su pelo—. No en esta choza, no. Yo construiré otra, nueva, en mi pueblo. Tendremos vacas, no de Manuel, por nuestra cuenta. Sé trabajar, no nos faltará de nada.

Carmen apoyó la cabeza en su hombro. Y allí, en aquella cabaña del bosque que olía a hierba seca y a humo de la estufa, comprendió de repente que por primera vez en muchos años no tenía miedo de lo que vendría.

Porque la vida con Manuel no había sido un camino de rosas: había sido vacía, fría, amarga. Y allí, con aquel hombre callado, torpe y bueno, hasta las paredes respiraban calor.

—Me quedo —susurró ella—. Me quedo, Juan.

Fuera volvía a lloviznar. En algún lugar del pueblo cantaban los gallos, y la finca de Manuel quedaba a tiro de piedra. Pero aquella distancia parecía ahora inmensa, como la que separa la vida de ayer de la de hoy.

Les quedaba mucho por delante: una primavera de hambre, los chismes de los vecinos. Les quedaba construir una casa ladrillo a ladrillo, criar hijos, aprender a confiar el uno en el otro. Pero aquella noche simplemente estuvieron abrazados en el viejo catre, y nadie en el mundo podía separarlos: ni el antiguo patrón, ni la codicia, ni aquel otoño húmedo y sombrío.

En la finca de Manuel, mientras tanto, los jornaleros se iban. Unos al pueblo, otros a sus casas. Solo quedaban las vacas, las ovejas, la tierra sin escriturar y las viejas deudas con Hacienda. Y un silencio en el que se oían cada vez más fuertes los pasos de quienes venían a inspeccionar. Pero esa ya es otra historia.

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Por primera vez comprendió que nada la asusta.
BolsitoBolsito guardaba en su interior una llave dorada que nadie había visto jamás.