El miedica y el superteckelJuntos, el miedica y el superteckel demostraron que el verdadero valor no está en la fuerza, sino en la amistad.

Cleopatra no veía culpa alguna en lo ocurrido. Vaya, una vez se soltó, tiró del collar más de la cuenta, la dueña cayó al suelo. Pero Cleo no lo hizo con mala intención — eran los instintos.

La vida siempre le daba a Alejandro un toque en la nariz: «No te metas, aquí no pintas nada, mejor quédate apartado». Y él se apartaba. Tenía razón la vida: mejor no llamar la atención, así se vive más sano. La madre naturaleza se había cebado con él: pequeño, flacucho, débil.

Por eso en el colegio le llamaban «el enclenque» y a veces le daban algún que otro coscorrón para que escarmentara. Amigos casi no tenía, salvo uno, Pablo.

«Ya creceré», pensaba entonces Alejandro, «y todo esto se acabará. Los adultos son sensatos. No ponen motes ni reparten tortazos por capricho».

¡Ay, qué equivocado estaba!

*****

Con los tortazos en la vida adulta, la cosa mejoró. No está bien visto en el mundo de los mayores andar repartiendo bofetadas a diestro y siniestro. Pero con los motes… cómo llamaban a Alejandro: «flacucho», «chinche», «alevín», «ratoncillo». Él se ofendía, pero el problema era que no sabía responder como debía. Porque a su escasa estatura se le sumaba una timidez enorme.

Ay, cómo le estorbaba esa timidez. Incluso más que su físico vulgar. No lograba entablar relaciones nuevas. Solo se relacionaba con su viejo amigo del colegio, Pablo, y con su madre, mientras ella vivió.

Pasaron los años, Alejandro trabajaba de almacenero en un supermercado y ni siquiera pensaba en tener pareja, aunque el equipo de la tienda era un noventa por ciento femenino.

Pero las mujeres lo miraban como una especie de «hijo del regimiento». Lo mimaban, lo protegían, le traían comida casera. ¿Acaso no era «pobrecito y pequeñín»? Además, a sus cuarenta años se quedó completamente huérfano. Así que las compasivas mujeres se apiadaban de él.

Así siguió hasta el día en que conoció a Pilar. Pilar era una mujer con mayúsculas. ¡No pasaba desapercibida! En ella confluían una estatura elevada, unos atributos notables y una voz potente. ¡Era magnífica!

Alejandro se enamoró perdidamente. No se atrevía ni a acercarse. ¿Qué era él para ella? Una pulga, una polilla pálida, ¡una molécula! Pero la vida tiene un sentido del humor peculiar. Y guiada por él, decidió juntar al pequeño y tímido enclenque con la grandota y ruidosa Pilar.

El método que eligió la vida era manido, pero eficaz. Cuántos ejemplos hay de que un rescatador se enamora del rescatado. ¡Montones! Pues a Pilar le tocó rescatar a Alejandro una vez.

Fue así: Alejandro estaba en la cola de la caja. Tras ella, sentada, la magnífica Pilar. Alejandro palidecía, se ruborizaba, se ponía nervioso, cambiaba de mano el cartón de leche.

De repente, aparecieron dos mozalbetes con un par de botellas de licor, empujaron con el hombro al delicado Alejandro:

—Tú vas detrás de nosotros, tío. Tenemos prisa —dijo uno.

Cualquier otro día Alejandro los habría dejado pasar sin rechistar, pero hoy no, porque ¡lo miraba la mismísima Pilar!

—Oigan, chicos, hagan cola. Mi hora de comer tampoco es eterna —pió él.

—No te pongas farruco. Hemos dicho que vas detrás, pues detrás —uno de ellos ya colocaba su botella en la cinta.

El segundo, para dar énfasis, se giró y empujó suavemente a Alejandro en el pecho:

—Mantén la distancia, tío.

Alejandro se puso rojo, abrió la boca, pero se le adelantaron:

—¡Por orden de llegada! —tronó Pilar desde la caja—. Y además, jóvenes, ¿me permiten sus documentos? ¡A lo mejor no puedo venderles alcohol!

Los agresores de Alejandro se pusieron nerviosos:

—Venga ya, tenemos una familia numerosa en casa, ¿y usted pidiendo papeles? —intentó bromear uno.

—Oigan, «padres de familia», no me tomen el pelo. O demuestran que son mayores de edad, o se largan a casa con papá y mamá —ordenó Pilar.

Detrás de Pilar ya se había animado el vigilante del súper, Pepe, que estaba aburrido. Así que los «padres de familia», refunfuñando, prefirieron retirarse.

—¡Qué descaro de chavales! —dijo Pilar enfadada.

Luego miró a Alejandro y, con dulzura, añadió:

—Venga, Ale, te cobro. Así no te quedas sin comer. Y tienes que alimentarte, que estás muy delgado. Hasta la chusma se te echa encima.

—Gracias… —murmuró Alejandro.

Quería hundirse en el suelo. «Ya está, ahora no tengo ni una mísera esperanza de que Pilar se fije en mí. ¡Menuda vergüenza! Me asusté de unos críos. Aunque ¿cómo iba a saber que eran críos? ¡Eran enormes!», se lamentaba.

Pero resultó todo lo contrario.

Desde aquel día, Pilar lo trató de otra manera. Sonreía, coqueteaba, empezó a traerle la comida de su casa. Las demás mujeres de la tienda se hicieron a un lado. Alejandro no sabía qué había hecho Pilar para conseguirlo. Solo una vez oyó cuchichear a las compañeras:

—El ratoncillo ya es trofeo de Pilar.

—Bueno, que así sea. Quizá se lo lleve al altar y de paso lo cebe bien.

A Alejandro no le molestó demasiado el título de trofeo: «Quiere decir que le importo —pensó—. Quiere decir que me valora. Y de ahí al amor solo hay un paso. Por ahora con mi amor basta. Para los dos sobra».

Este pensamiento empujó a Alejandro a actuar. Y, pisándose su propia timidez, invitó a Pilar a una cita.

Ella aceptó. Palabra va, palabra viene, cita tras cita, surgió un romance, y luego se casaron.

Pero la vida en pareja decepcionó a Alejandro. Pilar se autoproclamó cabeza de familia. Y no habría pasado nada, salvo que esa cabeza lo entendía de una manera muy particular.

En su concepto, el cabeza no solo debía decidir y controlar todo, sino que tenía pleno derecho a corregir y castigar.

Ay, cuántas veces le tocó a Alejandro por la más mínima falta. Colgó mal la lámpara, fregó mal el suelo, no lavó su plato…

Alejandro aguantaba. A pesar de todo, amaba a su rescatadora Pilar. Y deseaba con todas sus fuerzas ser amado también. Esperaba que todo pudiera ser diferente. Que se acoplarían y vivirían en armonía.

Las ilusiones, y los restos de amor, se las quitó a Alejandro un solo cachete.

—¡Plaga, enclenque, flacucho! —gritaba Pilar aquella tarde—. ¿Es que no sabes hacer nada bien? ¿Te callas? ¡Pues mal hecho! Dime, ¿dónde encuentro otra taza como esta? Era de mi abuela, antigua, mi favorita. ¡Tienes manos de trapo, ni fregar los platos sabes! Ay, me falta paciencia contigo…

Alejandro no tuvo tiempo de responder. Cuando a Pilar se le acabaron las palabras, pasó a los hechos. Tenía mano dura.

Pero en cuanto se despejó la cabeza de Alejandro, entendió: «¡Es hora de separarse! ¡Ya tuve suficientes tortazos en la infancia!»

Con gritos y peleas se divorciaron. Alejandro volvió a desilusionarse de la gente y se juró no volver a enamorarse jamás.

A Cleo también la golpeaba la vida. Y sin merecerlo. Era una maravilla: negra, larga, grandota. ¡Doce kilos de felicidad! Pero por alguna razón, nadie quería tanta felicidad. Así que Cleo pasaba de mano en mano.

Al primer dueño no le gustó su aspecto:

—Esto es como un teckel gigante, o un superteckel. Vamos, defectuoso. No me sirve. Nunca soñé con tener un perro mestizo.

Así que la endilgó rápidamente a un colega.

—¿Qué raza es esta? ¿Un teckel sobredimensionado? —bromeó el colega—. ¡Es enorme! Seguro que su madre se lió con un basset. Y vaya ladridos. Genial, servirá para vigilar el chalet.

Pero Cleo no valía para vigilar. Sí, tenía voz grave y amenazadora. Pero ladraba no cuando veía enemigos o ladrones, sino cuando le venía en gana.

—Eres una perra inútil —la reñían—. ¡Ladradora! Comes mucho, no sabes guardar. Y encima has pisoteado todas las flores y excavado el césped. Hay que buscarte otro dueño.

Con esfuerzo, apareció un nuevo dueño. Más bien, dueña. Una señora mayor, agradable en todos los sentidos, pero muy lenta. Cleo se prometió que sería buena. Pero de nuevo no lo consiguió.

Cleo, claro, no se sentía culpable. Vaya, una vez se soltó tras un gato, tiró del collar más de la cuenta, la dueña cayó al suelo. Pero Cleo no lo hizo con mala intención — los instintos. Y la dueña solo tuvo un susto, gracias a Dios. ¿Acaso era motivo para separarse? Pero la gente es incomprensible.

—¡No puedo con ella! —se quejaba por teléfono la dueña caída—. Me va la vida en ello. Búscale un hogar, o la suelto a la calle.

Y alguien, al parecer, hizo gestiones. Cleo encontró una familia. Una familia de verdad: hombre, mujer y un niño.

—Cleo, no molestes a Andresito —ordenó el hombre—, o te vas a enterar.

Cleo no pensaba molestar al pequeño. Pero él tenía otros planes:

—Serás mi caballo —decía Andrés, de cuatro años, e intentaba montarla.

Cleo se escurría y gruñía. Era grande, pero no daba el tipo de caballo. Andrés se enfadaba y lloraba. La mujer se enfadaba y gritaba. El hombre agarraba el cinturón. Cleo se escondía. Entonces el hombre se ponía rojo, chillaba y amenazaba con llevarla a la perrera.

No se sabe cómo habría acabado, pero un día vino un amigo del hombre. Cleo salió de debajo de la cama para ver quién llegaba.

El amigo resultó ser un hombrecillo delgado y menudo llamado Alejandro.

«Menudo esmirriado», pensó Cleo. «El mío es mucho más grande. Seguro que este tío también es defectuoso, como yo».

—¡Hola, Pablo, cuánto tiempo! —Alejandro abrazó al dueño de Cleo—. Veo que tienes nueva incorporación. ¿Te has hecho con un perro? Yo por fin me he divorciado.

—Enhorabuena, ya era hora. Yo quiero divorciarme de esta perra. Me arrepiento mil veces de haberla cogido —suspiró Pablo—. Es maleducada, gruñona, le gruñe a Andrés, y si la riñes, se esconde bajo la cama. En fin, pienso deshacerme de ella.

—Bueno, ¿por qué deshacerte tan pronto? —Alejandro miró a Cleo con compasión—. ¿Maleducada? ¿Y la has educado? Reñir y castigar no es educar. Necesita un adiestrador. Yo no soy perrero, pero a mí también intentaron reeducarme a gritos y bofetadas, y no funcionó.

—¿Qué adiestrador, Alejandro? ¡No tengo tiempo ni para mi familia, trabajo como un burro! Mi mujer tampoco tiene tiempo… Oye, ya que eres tan listo, ¿por qué no te llevas a nuestra Cleo? —propuso Pablo—. Ahora estás solo y libre. Edúcala todo lo que quieras. Es una buena idea. Todos ganamos: nosotros, Cleo y tú.

—Yo me la llevaría, pero no sé si querrá. Está acostumbrada a vosotros, supongo —Alejandro miró a Cleo interrogante.

«Este me gusta», pensó ella. «Razona bien, no tiene niños, según he entendido, y él mismo es atípico. ¡Me entenderá pronto! Debo mostrar que estoy de acuerdo».

Y movió la cola dos veces.

—¡Mira, no le importa! —se alegró Pablo—. Esperemos que puedas con ella. Y quién sabe, quizá en algún parque canino encuentres tu media naranja.

—Eso no, ya estoy harto —rechazó Alejandro.

Esa noche, él y Cleo se fueron a casa juntos.

Resultó que manejar a Cleo era mucho más fácil que a su exmujer. No era caprichosa, no gritaba por tonterías y, desde luego, no levantaba la mano. Si no entendía a la primera, entendía a la segunda. Además, ¡adoraba a Alejandro! Él era todo para ella: amigo, dueño, su mundo entero.

Fueron juntos a la escuela canina, paseaban por el parque, aprendían, jugaban, se relacionaban. Y Alejandro se sentía feliz de que el destino lo hubiera empujado aquella tarde a visitar a su viejo amigo del colegio.

«Los perros son mucho mejores que las personas», pensaba Alejandro. «Cleo es la prueba. Inteligente, guapa, obediente. Bueno, aún no del todo obediente, pero se arreglará».

Sin embargo, no pensó así mucho tiempo. Resultó que entre las personas también hay ejemplares maravillosos: amables, sensibles, atentos. Solo que antes Alejandro no sabía dónde encontrarlos. Ahora había descubierto que en los parques caninos están a montones. Conoció a mucha gente gracias a Cleo. Con algunos hizo amistad.

Y, quién sabe, quizá algún día se enamore de alguna dueña de un spitz o un dogo. No ahora mismo, pero Alejandro no lo descarta.

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eighteen − nine =

El miedica y el superteckelJuntos, el miedica y el superteckel demostraron que el verdadero valor no está en la fuerza, sino en la amistad.
—Bueno, Pelirrojo, vamos, ¿no? —murmuró Valera, ajustando la correa improvisada hecha con una cuerda vieja. Se abrochó la chaqueta hasta el cuello y se estremeció. Este febrero estaba siendo especialmente cruel: nieve mezclada con lluvia, y un viento que se colaba hasta los huesos. Pelirrojo—un perro callejero de pelaje rojizo desvaído y un ojo ciego—llegó a la vida de Valera hacía un año. Volvía de su turno de noche en la fábrica cuando lo encontró junto a los contenedores: apaleado, hambriento, el ojo izquierdo cubierto por una catarata. De repente, una voz le sacudió los nervios. Reconoció al que hablaba: Sergio el Bizco, el matón del barrio, unos veinticinco años, rodeado de tres adolescentes—su “pandilla”. —Paseando —contestó Valera secamente, sin levantar la vista. —¿Pagas impuestos por sacar a pasear a ese bicho? —se burló uno de los chavales—Mira qué feo, si tiene el ojo torcido. Voló una piedra. Golpeó a Pelirrojo en el costado. El perro gimió y se pegó a la pierna de Valera. —Déjame en paz —dijo Valera, pero en su voz sonó el acero. —¡Vaya, el manitas se nos rebela! —Sergio se acercó— ¿Recuerdas de quién es este barrio? Por aquí los perros sólo pueden pasear con mi permiso. Valera se tensó. El ejército le había enseñado a resolver los problemas rápido y sin miramientos. Pero eso fue hace treinta años. Ahora sólo era un mecánico jubilado, cansado, que no quería problemas. —Vamos, Pelirrojo —dijo, dándose la vuelta hacia casa. —¡Eso pensaba! —gritó Sergio detrás— ¡La próxima vez ese bicho tuyo no lo cuenta! Esa noche Valera no pegó ojo, dándole vueltas a la escena. Al día siguiente, nevaba con aguanieve. Valera aplazó el paseo, pero Pelirrojo se sentaba junto a la puerta y lo miraba con tan leal insistencia que tuvo que rendirse. —Vale, pero rápido. Caminaron con cautela, evitando los sitios habituales de las pandillas, pero de Sergio y los suyos no había rastro: seguramente se habían refugiado del mal tiempo. Valera se tranquilizó, cuando de repente Pelirrojo se paró junto a la vieja central abandonada. Aguzó su única oreja y olfateó el aire. —¿Qué pasa, viejo? El perro gimió y tiró de la correa hacia las ruinas. De allí venían unos sonidos extraños, como sollozos o quejidos. —¡Oye! ¿Quién anda ahí? —gritó Valera. Nadie contestó. Sólo el ulular del viento rompía el silencio. Pelirrojo tiraba con insistencia. En su único ojo se leía inquietud. —¿Qué te pasa? —Valera se agachó junto al perro— ¿Qué hay ahí? Entonces escuchó claramente una voz infantil: —¡Ayuda! El corazón le dio un vuelco. Soltó la correa y siguió a Pelirrojo hasta las ruinas. En el interior semiderruido, tras una pila de ladrillos, yacía un niño de unos doce años. Tenía la cara herida, el labio roto, la ropa hecha trizas. —¡Dios mío! —Valera se arrodilló junto a él— ¿Qué te ha pasado? —¿Tío Valera? —el niño malamente abrió los ojos— ¿Es usted? Valera observó más de cerca y lo reconoció: Andrés, el hijo de la vecina del quinto. Un niño callado, tímido. —¡Andrés! ¿Qué ha ocurrido? —Sergio y su banda —sollozó el chico—. Querían dinero de mamá. Yo dije que se lo diría a la policía. Me pillaron… —¿Cuánto llevas aquí? —Desde la mañana. Hace mucho frío. Valera se quitó la chaqueta y arropó al niño. Pelirrojo se acercó más, tumbándose junto a él para darle calor. —¿Puedes levantarte, Andrés? —Me duele la pierna. Creo que está rota. Valera la palpó con cuidado: sin duda, estaba fracturada. Y vete tú a saber qué más lesiones tenía. —¿Tienes móvil? —Se lo llevaron. Valera sacó su viejo Nokia y llamó al 112. La ambulancia dijo que tardaría media hora. —Aguanta, chico. Los médicos ya vienen. —¿Y si Sergio se entera de que sigo vivo? —en la voz de Andrés se adivinaba el terror— Dijo que acabaría conmigo. —No va a pasar —respondió Valera con firmeza—. No volverá a tocarte. El chico lo miró asombrado: —Tío Valera, pero si ayer mismo escapó de ellos. —Eso era distinto. Ayer sólo estábamos Pelirrojo y yo. Ahora… No terminó la frase. ¿Para qué explicar que, treinta años antes, juró proteger a los débiles? Que en Afganistán le enseñaron que un hombre de verdad nunca abandona a un niño en peligro. La ambulancia llegó antes de lo previsto. Se llevaron a Andrés al hospital. Valera quedó allí, junto a la central, pensando. Por la tarde fue a verle su madre, doña Carmen, llorosa, agradecida, jurando no olvidarlo nunca. —Don Valerio —le decía entre lágrimas— los médicos dijeron que si llega a estar una hora más allí… Usted le ha salvado la vida. —No he sido yo —Valera acarició a Pelirrojo—. Él ha sido quien encontró a su hijo. —¿Y ahora qué? —Carmen miraba la puerta temblando— Sergio no va a parar. El policía dice que con la declaración de un niño no basta. —Todo irá bien —prometió Valera, aunque él mismo no sabía cómo. Aquella noche tampoco pudo dormir. ¿Qué hacer? ¿Cómo proteger a ese chico? ¿Y a los demás, que soportan a esa pandilla? A la mañana siguiente la respuesta estaba clara. Valera se puso su viejo uniforme de gala, con las medallas. Se miró al espejo: un soldado de los de verdad, aunque mayor. —Vamos, Pelirrojo, tenemos algo importante que hacer. La banda de Sergio estaba, como siempre, junto al colmado. Al ver a Valera, rieron. —¡Mira, el abuelo se va de desfile! —gritó uno— ¡Un campeón! Sergio se levantó del banco, sonriendo despectivamente. —Venga, jubilado, márchate ya. Tu época pasó. —Mi tiempo justo empieza —contestó Valera, acercándose sin miedo. —¿Y tú a qué vienes así vestido, eh? —A servir a España. A proteger a los débiles de tipos como tú. Sergio se echó a reír: —¿Pero te has vuelto loco? ¿Qué España? ¿Qué débiles? —¿Andrés García, te suena? A Sergio se le borró la sonrisa. —¿Por qué tengo que acordarme de pringados? —Debes hacerlo. Porque es el último niño del barrio al que vas a tocar. —¿Me amenazas, vejete? —Te aviso. Sergio dio un paso y dejó ver una navaja. —Ahora vas a ver quién manda. Valera no se movió ni un centímetro. La experiencia militar seguía viva. —Aquí manda la ley. —¿Qué ley ni qué niño muerto? ¿Quién te ha puesto aquí? —Mi conciencia. Y entonces sucedió algo inesperado. Pelirrojo, tranquilo junto a Valera hasta entonces, se puso en pie, el pelo erizado, un gruñido profundo en la garganta. —Ese chucho tuyo… —empezó Sergio. —Mi perro es veterano de guerra —le interrumpió Valera—. En Afganistán. Detector de minas. Sabe reconocer a los cobardes de lejos. No era verdad, pero sonó tan convincente que todos lo creyeron, incluso Pelirrojo, que se puso firme y enseñó los dientes. —Ha descubierto a veinte bandidos. Todos cayeron en sus manos —insistió Valera—. ¿Crees que no podría contigo, que sólo eres un malcriado? Sergio reculó, sus amigos se quedaron helados. —Escucha bien, chico —Valera se acercó un paso—. Desde hoy, este barrio será seguro. Cada día patrullaré todos los portales. Y mi perro buscará a los gamberros. Y entonces… No terminó. No hacía falta. —¿Intentas asustarme? —Sergio intentó recuperar la chulería— Con una llamada… —Llama a quien quieras —Valera asintió—. Tengo contactos más serios que los tuyos. He visto a muchos en la cárcel. Muchos me deben favores. Tampoco era cierto, pero Sergio le creyó. —Me llaman Valerio el de Afganistán. Acuérdate. Y no toques más a los niños. Dio media vuelta y se fue. Pelirrojo le siguió, la cola bien alta. Tras ellos, sólo quedó el silencio. Pasaron tres días. Sergio y sus amigos evitaron el barrio. Y, desde entonces, Valera patrulló todos los días. Pelirrojo, a su paso, imponía respeto. Andrés salió del hospital en una semana. La pierna aún dolía, pero ya podía andar. Aquel mismo día fue a ver a Valera. —Tío Valera —le dijo—, ¿Puedo ayudarle con las patrullas? —Claro. Pero primero habla con tus padres. Carmen no se opuso: agradecía que su hijo tuviera buen ejemplo. Pronto todos los días se vio en el barrio una extraña patrulla: un hombre mayor en uniforme, un niño y un viejo perro rojizo. A Pelirrojo lo querían todos. Las madres dejaban a los niños acariciarlo, aunque fuera un perro callejero: tenía una dignidad especial. Valera les contaba historias del ejército y de la verdadera amistad. Y los niños escuchaban sin pestañear. Una tarde, al volver de un paseo, Andrés le preguntó: —¿Ha sentido miedo alguna vez? —Sí —respondió Valera—. Incluso ahora. —¿De qué? —De no llegar a tiempo. De quedarme sin fuerzas. Andrés acarició al perro. —Yo creceré y le ayudaré. Y tendré un perro tan listo como Pelirrojo. —Claro que sí —sonrió Valera. Pelirrojo sólo movía la cola. Pero en el barrio, todos lo sabían ya: “Ese es el perro del Viejo de Afganistán. Sabe distinguir a un héroe de un cobarde.” Y Pelirrojo cumplía orgulloso su servicio, sabiendo que ya no era solo un chucho callejero: era un guardián.