Mercedes Campos relamió la cuchara de postre.
—Doña Gloria, ahora es usted jubilada. No tiene en qué gastar el dinero. Javier y yo hemos decidido recortarle la ayuda.
Sobre la mesa seguía la tarta de cuarenta euros que Gloria Molina había comprado cobrando su pensión. Gloria miró la taza vacía, el té ya frío. Dentro de ella algo se secó con un chasquido.
—¿Cómo que recortar? —preguntó Gloria.
Mercedes dejó la cuchara y se limpió los labios con una servilleta. Se movía despacio, con aire de dueña.
—Muy fácil. Ayer le ingresaron la primera pensión: setecientos cincuenta euros. La comunidad son ciento ochenta. Para comer le sobra. ¿Para qué quiere más?
Javier estaba sentado a su lado, mirando el plato. Con el tenedor removía los restos de bizcocho.
—Javi, ¿tú también lo crees? —preguntó Gloria.
El hijo encogió un hombro.
—Mamá, tenemos hipoteca, el coche a plazos, a Mercedes le tienen que arreglar los dientes. Tú te quedas en casa. No necesitas abono de transporte ni ropa nueva.
Gloria acercó una servilleta de papel y cogió un bolígrafo.
—Me quedo en casa. Con vuestros hijos.
—¡Pero si eres la abuela! —dijo Mercedes—. ¡Esa es tu alegría!
—Los cuatrocientos euros que me dabais —Gloria apuntó la cifra en la servilleta— no eran una ayuda. Era el pago de mi trabajo.
Mercedes soltó una risa seca, no de alegría sino de rabia.
—Bah, se ha puesto a echar cuentas. ¿Qué trabajo? ¡Está usted con sus propios nietos!
—Cuarenta horas a la semana. Además los recojo de la guardería y les preparo la comida con lo que compro yo.
—¡Le hemos dado nietos! —la voz de Mercedes se agudizó.
—Los paristeis para vosotros, Meche.
Javier tiró el tenedor sobre la mesa con estrépito.
—Mamá, no empieces. Meche tiene razón. Pagar a tu propia madre por estar con sus nietos es una salvajada. No te vamos a mandar más dinero. Punto.
Gloria se levantó sin decir nada. Fue a la cómoda, abrió el primer cajón y sacó un manojo de llaves. Se acercó a la mesa y las dejó caer delante de su hijo. El metal sonó contra el plato.
—¿Qué es esto? —Javier frunció el ceño.
—Las llaves de vuestro piso. Si ahora soy solo la abuela que os quiere y no la niñera gratuita, mi horario cambia.
A Mercedes le salieron manchas rojas en la cara.
—¿Cómo hay que entender eso, doña Gloria?
—Muy sencillo. A partir de mañana lleváis vosotros a Pablo y a Lola a la guardería. Los días de enfermedad os lo buscáis. Los fines de semana los niños se quedan con vosotros.
—¡Yo trabajo! —bramó Mercedes.
—Yo también trabajé. Cuarenta años en una fábrica. Ahora descanso.
Gloria fue a la puerta y la abrió.
—¿Habéis terminado el té? ¿Habéis terminado la tarta? Tenéis la salida ahí.
Javier se levantó primero, con la cara roja. Cogió la chaqueta del perchero.
—Te arrepentirás, mamá. Nos llamarás cuando te sientas sola.
Gloria no respondió. Cerró de un portazo y giró la llave.
El lunes Gloria se despertó a las ocho. La cocina estaba en silencio. Nadie pedía dibujos. Nadie derramaba el zumo sobre el mantel limpio. Se hizo un café de verdad y sacó una taza bonita.
A las ocho y cuarto sonó el timbre. Un timbrazo largo, descarado, ininterrumpido. Gloria miró por la mirilla. En el rellano estaba Mercedes, con el móvil en la boca, una bolsa amarilla del súper en una mano y a Lola agarrada por la capucha con la otra. A su lado, Pablo cambiaba el peso de una pierna a otra.
—¡Abra! —gritó Mercedes hacia la puerta—. ¡Abra!
Gloria pulsó el botón del portero automático.
—Estoy durmiendo, Mercedes.
—Doña Gloria, no se haga la tonta. ¡Tengo que estar a las nueve en el trabajo! ¡La guardería está en cuarentena y no los voy a llevar!
Los niños empezaron a quejarse. Lola se frotó los ojos con una manopla sucia.
—Pues yo estoy jubilada y tengo mi rutina.
Mercedes pateó la puerta con la bota.
—¡Pues los dejo aquí mismo, en el felpudo! ¡Luego se lo explica a los servicios sociales!
Gloria apoyó la frente en el metal frío de la puerta.
—Déjalos. La tía Concha, la vecina, está en casa y llama a la policía en cuanto los ve. Luego diré que una madre ha abandonado a sus hijos en el portal y ha salido corriendo.
Tras la puerta se hizo el silencio. Solo se oía la respiración forzada de Mercedes.
—Está usted loca. Vieja asquerosa —dijo Mercedes entre dientes.
Los pasos se alejaron. El ascensor se puso en marcha con un chirrido. Se fueron.
Gloria fue a la cocina. El café se había enfriado. Lo tiró por el fregadero y se hizo otro. Las manos le temblaban un poco, pero por dentro estaba en calma.
Javier llamó al mediodía. Gloria no contestó hasta la tercera llamada.
—Dime.
—¿Mamá, te has vuelto loca del todo? —gritó Javier al teléfono. Al fondo se oían coches—. ¡Han puesto una amonestación a Mercedes! Ha llegado dos horas tarde porque tuvo que llevar a los niños a casa de mi suegra, al otro lado de la ciudad.
—¿Y cómo está doña Remedios? Muy contenta con sus nietos, ¿no?
—No me pongas de los nervios. ¿Para qué has montado este circo?
—Javi, ya te avisé. Mis servicios cuestan dinero. Os negasteis a pagar.
—¡¿Qué dinero?! ¡Son tu sangre!
Gloria cogió la servilleta donde había escrito las cuentas.
—¿Sangre? Bueno. Hace tres meses me pediste cuatro mil euros para arreglar la caja de cambios del coche. ¿Me los devolviste?
—Te los devuelvo. En cuanto me paguen la nómina.
—No me los devuelves. Y yo pedí un préstamo por esa cantidad y pago los intereses con mi pensión. Setecientos cincuenta euros, Javier. Menos ciento ochenta de la comunidad. Menos trescientos de la letra del coche. ¿Cuánto me queda?
—¡Yo te traigo la compra!
—Una vez al mes. Dos bolsas de arroz y un pollo. Por cuarenta euros. Y los niños se gastaban en mi casa más de sesenta euros a la semana.
—¡Mamá, siempre estás con las cuentas! —gimió Javier.
—He tenido que aprender, cuando el hijo cuenta la pensión de su madre.
Gloria colgó y puso el móvil en silencio. Por la noche, el móvil le avisó de un ingreso. Transferencia de Javier: ciento cincuenta euros. Mensaje: «Toma. Atragántate».
Gloria devolvió el ingreso sin añadir un solo mensaje.
Pasaron dos semanas. Vivían como extraños. Ni una llamada. Gloria paseaba por el parque, leía y llevó el abrigo viejo a la tintorería.
El viernes por la noche se hizo una tarta de manzana, solo para ella. El olor a canela invadió la pequeña cocina.
Llamaron a la puerta. Gloria abrió. En el umbral estaba Javier, con el pelo despeinado, la mirada esquiva. Junto a él, Pablo, con una cazadora azul llena de manchas.
—Mamá, sácame del apuro.
—¿Qué ha pasado?
—Mercedes está en el hospital. Sospechan apendicitis. Voy para allá, a buscar a los cirujanos. Mi suegra se ha llevado a Lola, pero no tengo dónde dejar a Pablo. Déjalo hasta mañana. Por favor.
Gloria miró a su nieto. Estaba cabizbajo, con la tableta en las manos.
—Vale. Pasa, Pablo. Quítate la chaqueta.
Javier soltó el aire como si le acabaran de quitar un saco de patatas de encima.
—Gracias, mamá. Te llamo mañana.
La puerta se cerró antes de que Gloria pudiera preguntarle el nombre del hospital.
Pablo se quitó la chaqueta y la tiró al suelo.
—Recógela y cuélgala en el perchero —dijo Gloria con calma.
El niño la miró de reojo y la levantó.
—¿Tienes hambre?
—No. Hemos comido en el McDonald’s.
Se sentaron en la cocina. Gloria cortaba la tarta.
—¿Qué tal tu madre? —preguntó—. ¿Le dolía mucho la barriga?
Pablo devoraba la tarta.
—A mamá no le duele la barriga.
Gloria se quedó inmóvil. El cuchillo se detuvo a un milímetro del plato.
—¿Y por qué papá ha dicho que está en el hospital?
—No sé. Mamá estaba probándose un bañador. Papá y mamá se han ido a un hotel con spa. Es el cumpleaños de la tía Rosario.
Dentro de Gloria algo se cerró con un cerrojo sordo y pesado. Dejó el cuchillo, se secó las manos y cogió el móvil.
Entró en el perfil de Rosario, la hermana pequeña de Mercedes. Lo primero que apareció fue una historia con música alegre. Un embarcadero de madera, una piscina con agua caliente, Mercedes con un bañador verde nuevo brindando con champán. Texto: «¡Mujeres, mujeres! ¡Los maridos nos han pagado el fin de semana!». Publicado hacía cuarenta minutos.
El club campestre «El Pinar» estaba a veinte kilómetros de Madrid.
El móvil sonó con un mensaje de Javier: «Mamá, era falsa alarma. No es apendicitis. Pero los médicos le han dicho que tiene que guardar reposo. Estaremos hasta el domingo en casa de su madre. Deja que Pablo se quede contigo dos días. Besos».
Gloria se quedó un rato mirando la pantalla. Luego miró a Pablo, que embadurnaba la mesa con el relleno de manzana.
—Pablo, vístete.
El niño levantó la cabeza.
—¿A dónde? Si acabamos de llegar.
—Vamos con tu madre. A felicitar a la tía Rosario.
El taxi costó cuarenta euros. Olía a ambientador barato y a nieve húmeda. Pablo se durmió en el asiento de atrás. Gloria miraba por la ventanilla: árboles negros y desnudos pasaban a los lados.
No había rabia. Había un cálculo frío.
El coche se detuvo ante la verja de hierro del club «El Pinar». Gloria pagó, salió al aire frío y ayudó a bajar a Pablo, aún medio dormido. El niño bostezaba y se frotaba los ojos, con la chaqueta mal abotonada y el gorro torcido.
En recepción había una chica alta con un uniforme impecable.
—Buenas noches. ¿Dónde se celebra el cumpleaños de Rosario?
La chica sonrió con amabilidad.
—En el salón Perla, por el pasillo a la derecha. ¿Quiere que la acompañe?
—No hace falta.
Gloria sujetó con fuerza la mano de Pablo. Recorrieron el pasillo alfombrado. Sonaba música ambiental baja. Olía a perfume caro y a carne asada. Empujó la puerta de roble del salón Perla.
Dentro había unas veinte personas. Una mesa larga llena de aperitivos, luz tenue. Un hombre grueso estaba levantando la copa para un brindis. Mercedes estaba junto a Rosario, con un vestido de noche de tirantes y el pelo recogido con esmero. Javier, enfrente, se reía apoyado en el respaldo, con un whisky en la mano.
Gloria dio un paso dentro. Los tacones sonaron en la tarima. Pablo tropezó con una pata de silla y gimió. Varias personas se giraron. El brindis se detuvo.
Javier volvió la cabeza. La sonrisa se le cayó de golpe, como si se la hubieran pasado un trapo. Se puso pálido.
—¿Mamá? —murmuró. El vaso chocó con el borde del plato.
Mercedes se inclinó hacia delante, con los ojos redondos como platos.
Gloria se acercó a su mesa. No gritó, no soltó tacos. Habló despacio y con claridad, y todo el salón la oyó.
—Javier. Os habéis dejado el equipaje.
Empujó a Pablo hacia delante. El niño corrió hacia su madre y escondió la cara en el vestido de fiesta, dejando una marca húmeda de la manga sucia en la seda.
—¡Mamá, tengo hambre! —gimió Pablo.
Mercedes apretó las mandíbulas hasta que se le marcaron los músculos.
—Doña Gloria, ¿qué está usted haciendo? ¡Nos está dejando en ridículo delante de los amigos! ¡Lárguese ahora mismo y lléveselo!
Rosario, la cumpleañera, se levantó de medio lado.
—Javi, ¿qué es este circo? Dijisteis que los niños estaban atendidos.
Javier se levantó de un salto, agarró a Gloria por el codo y le clavó los dedos.
—¿A qué has venido? ¡Te lo había pedido!
Gloria miró despacio la mano que la agarraba. Luego le sostuvo la mirada, como quien mira un estorbo, un vacío.
—Quita la mano, Javi.
Javier apartó la mano.
—Me habéis mentido —dijo Gloria con voz firme, para que también la oyeran los demás—. Con la apendicitis, con el hospital. Habéis dejado al niño como una maleta en una consigna y os habéis ido a beber.
—¡Estamos agotados! ¡Tenemos derecho a un respiro! —gritó Mercedes.
—Lo tenéis. Pero pagándolo vosotros. Descansaréis con los niños. Yo estoy jubilada y ya he terminado mi jornada.
Gloria dio media vuelta.
—¡Abuela! —gritó Pablo.
No se volvió. Caminó hacia la puerta sin mirar atrás.
El grito de su hijo le dio de lleno en la espalda:
—¡Ya no eres mi madre! ¡Olvida nuestro número!
La puerta se cerró y dejó fuera el ruido del salón. El pasillo estaba en silencio. Gloria se ajustó el cuello del abrigo y pidió un taxi de vuelta. En su interior notaba una extraña vacuidad y, sin embargo, por alguna razón, le resultaba muy fácil respirar.
El domingo por la tarde, una llave raspó la cerradura de Gloria. La puerta tembló bajo un puñetazo. Luego el timbre sonó largo y furioso.
Gloria se estaba haciendo una infusión en su taza favorita, de gatos. No tenía prisa. Retiró el cazo del fuego, pasó el estropajo por la encimera y fue a la puerta. No abrió.
—¿Quién es? —preguntó en voz alta.
—¡Abre! —gritó Javier con la voz rota—. ¡¿Has cambiado la cerradura?!
—Sí. Esta mañana vino el cerrajero y me ha cobrado ochenta euros, de mi pensión.
Javier golpeó la madera con el puño.
—¡¿Mamá, estás en tus cabales?! ¡Mercedes lleva dos días sin dirigirme la palabra! ¡Rosario nos echó de la fiesta! ¡Estaba mi jefe y lo vio todo!
—Es tu problema, Javier.
—¡Saca mis cosas! —gritó desde el rellano—. ¡Las herramientas, la caña de pescar, los patines. Todo lo que está en el balcón!
—Te las sacaré el viernes. Las meteré en cajas y las dejaré en el contenedor de basura.
—¡Estás enferma! ¡Has puesto a tu nieto en evidencia! ¡Le has traumatizado!
—La que traumatiza es la que estorba mientras bebe champán en un spa.
Tras la puerta se hizo un silencio denso. Luego Javier dijo entre dientes:
—Morirás sola. Nadie te traerá un vaso de agua.
Gloria sonrió a su reflejo en la mirilla. Una sonrisa dura.
—Compraré un dispensador de agua con entrega a domicilio. Adiós, Javier.
Se apartó de la puerta. Los pasos se perdieron escaleras abajo.
En la cocina seguía oliendo a infusión y a paz. No había zapatos ajenos, ni juguetes rotos, ni familiares gritando. Por primera vez en muchos años, la casa era solo suya.
Gloria se sentó a la mesa y dio un sorbo a la infusión caliente.
Y vosotros, ¿qué habríais hecho en su lugar: haber guardado al niño y tragado la mentira, o haberlo dejado en la puerta de la fiesta de sus padres? Porque el verdadero amor no se mendiga ni se aguanta. También es saber decir «hasta aquí».







