— Si tienes pensado irte tres meses a casa de tu madre, ¿a lo mejor deberíamos divorciarnos de una vez? Porque me harta que pases la mayor parte del tiempo con ella.

Han pasado años, pero aquella noche sigue ahí, en la memoria, como una fotografía: la cocina estrecha, la mesa con las patatas fritas y la ensalada, y las palabras de Arturo Castro cayendo sobre el mantel como migas de pan.

— He decidido que el sábado me voy a casa de mi madre. Tres meses, seguramente.

Las soltó sin dejar de comer, con la mirada puesta en el trozo de pollo que ensartaba en el tenedor. Para él era un asunto resuelto, que no admitía discusión. Un simple hecho que comunicaba durante la cena. Ni siquiera levantó los ojos, seguro de que oiría, como siempre, un cansino «bien» o, en el peor de los casos, unos cuantos suspiros rituales.

Pero no hubo respuesta. Solo el sonido de su propia masticación, que de pronto se convirtió en un estruendo. Levantó la cabeza. Pilar no se había movido. Tenía el tenedor al lado del plato, intacto, y la mirada perdida en la pared, aunque no veía el empapelado desvaído ni el reloj de la cocina. Miraba un vacío que acababa de abrirse en mitad de su casa. Su rostro estaba tan sereno, tan vacío, que Arturo se asustó más que si hubiera estallado en lágrimas o en gritos.

— ¿No vas a decir nada? —preguntó, con un principio de irritación—. Aquel silencio era un desafío. — Allí hay que arreglar la cerca, cambiar las tejas del porche. Ella no puede hacerlo sola.

Lo enumeraba con aplomo, señalando las cosas de hombres que, según él, no admitían comparación con su vida en la ciudad. Era su armadura, su comodín inapelable, y lo ponía sobre la mesa por tercera vez en dos años de matrimonio. Tres meses aquella vez, dos y medio el año anterior, otros tres ahora. En total, casi un año separados. Un año entregado a la cerca y al tejado.

Pilar volvió la cabeza muy despacio y lo miró con una atención que no le conocía. Como si lo viera por primera vez, como a un desconocido que se había sentado a su mesa sin permiso. En sus ojos no había rencor ni rabia. Solo una curiosidad fría, distante.

— Arturo —dijo en voz baja, pero su voz atravesó el aire quieto con total nitidez—. El grifo de la cocina lleva un mes goteando. ¿Te acuerdas? Te lo he dicho tres veces. Gotea. Tic, tic, tic. Por la noche se oye muy bien.

Él parpadeó, desconcertado. ¿El grifo? ¿Qué tenía que ver el grifo con aquello?

— Pues llama a un fontanero, si tu marido no tiene manos —masculló, notando que su aplomo se agrietaba.

— No necesito un fontanero, Arturo. Necesito un marido. Aquí. En esta casa. Me casé para tener un marido, no para apuntarme a un club de esposas de marineros que pasan meses esperando a que sus capitanes vuelvan de alta mar. Solo que tu travesía siempre va en la misma dirección.

Arturo empezaba a caldearse. La conversación no seguía el guion. Se atrevía a contradecirle, a comparar su sagrado deber de hijo con un grifo que gotea.

— Tú no lo entiendes. ¡Es mi madre! ¿Quién la va a ayudar si no voy yo? No tiene a nadie más que a mí. Es una mujer; no puede ponerse a arreglar un tejado.

Pilar esbozó una sonrisa torcida, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.

— Tienes razón. A la madre hay que ayudarla. Es sagrado.

Arturo respiró. Por fin entrara en razón. Pero Pilar continuó, y su voz se volvió más firme y más fría, como el hielo.

— Entonces hagamos esto. Termina de cenar, recoge tus cosas y te vas con ella. La ayudas con la cerca, con el tejado, con el huerto, con lo que haga falta. Y te quedas allí. Porque si prefieres ser hijo antes que marido, yo no te voy a estorbar. Puedes considerarte libre. La dirección del juzgado te la mando por mensaje. Pides el divorcio cuando termines la cerca.

Por un instante, Arturo creyó haber oído mal. Intentó soltar una risa, pero le salió un sonido ronco, un espasmo. Dejó el tenedor sobre la mesa. Se le había quitado el hambre; la boca sabía a metal.

— Pilar, ¿qué dices? ¿Te has vuelto loca? ¿Divorcio? ¿Estás en tus cabales? ¿Porque voy a ayudar a mi madre?

Puso el tono condescendiente de quien habla con una niña caprichosa. Pero la calma de Pilar, su postura inmóvil y su mirada recta, sin pestañear, desmontaban su castillo. No estaba representando. No estaba faroleando.

— Estoy en mis cabales, Arturo. Quizá por primera vez en dos años. No es por que te vayas. Es por que te quedas allí. Mentalmente, físicamente, da igual. No estás aquí. No estás conmigo. Tu vida está allí, en la casa de tu madre, con su cerca y su tejado. Aquí solo vienes a dormir entre hazaña y hazaña filial.

Arturo se levantó de un salto. La cocina, pequeña, se llenó de su indignación. Iba de la nevera a la ventana, moviendo los brazos como para ahuyentar las palabras de Pilar.

— ¡Qué historias te cuentas! ¿Cuál otra vida? ¡Estoy currando en dos trabajos para que vivamos bien, para sacar este piso adelante! No me voy de juerga con los amigos ni de vacaciones. Voy a trabajar como un animal, a ayudar a la única persona que me crio. ¿Y tú? Te sientas aquí, calentita y cómoda, y encima me reprochas. ¡Tú no sabes lo que es el deber!

Soltó todo lo que tenía guardado para esas ocasiones: su cansancio, su trabajo, su sagrada obligación. Era su escudo, su arma probada, la que siempre conseguía que ella se callara y se sintiera culpable. Pero aquella noche falló.

Pilar ni siquiera se movió.

— Lo entiendo todo, Arturo. Entiendo que tu madre es tu madre. No te pido que elijas. Ya elegiste hace mucho, solo que tenías miedo de reconocértelo. Yo estoy harta de fingir que no me doy cuenta. Harta de estar en segundo lugar, después de la uralita y de las tablas de la cerca.

— ¿Qué estás diciendo, Pili? ¿Le ponemos punto final a esto o qué?

— Ya te lo he dicho: si te vas tres meses con tu madre, mejor nos divorciamos. Estoy harta de que pases más tiempo con ella que conmigo.

La cara de Arturo se desencajó. Se detuvo en seco y la miró con una perplejidad casi infantil. De verdad no entendía. En su mapa del mundo, él era un héroe, un caballero partido entre el deber y la casa, y ella, una ingrata que no valoraba sus esfuerzos. Comprendió que sus argumentos no servían. En aquel callejón sin salida, como siempre, solo quedaba un recurso: la llamada que lo salvaba todo.

Se giró en redondo, cogió el teléfono del alféizar y, de espaldas a ella, marcó. Habló en voz baja, pero en el silencio tenso de la cocina cada palabra se oía como a través de un altavoz.

— ¿Mamá? Sí, todo bien… casi. Verás, Pilar ha montado un numerito. Sí, por lo del viaje. ¿Te imaginas? Dice que si me voy, nos divorciamos… No, no es broma, va en serio… Dice que elijo a mi madre y no a ella… No sé qué le ha pasado. ¡Por nada! Ya… Claro que sí. Yo también lo creo. Vale, mamá, te espero.

Colgó y dejó el teléfono sobre la mesa con un gesto de quien mueve una pieza y anuncia el jaque mate. Volvió a mirar a Pilar. Su expresión ya no era de desconcierto. Ahora era una confianza prestada, una seguridad de segunda mano. Ya no estaba solo en aquella batalla. Había llamado a los refuerzos. A la artillería pesada.

Esperaron poco. Veinte minutos, media hora como mucho. Aquel tiempo no fue un silencio incómodo. Arturo, recuperado, se sirvió un té con aire teatral, golpeó la tetera al ponerla en el fuego, se sentó y se puso a mirar el móvil, donde consultaba no sabía qué esquemas, como si ya estuviera planificando la obra del tejado. Estaba en su elemento, en el mundo de las tareas masculinas y de los problemas concretos, donde las quejas pequeñitas de Pilar no tenían entrada.

Pilar no se movió. No tocó la cena fría, no recogió la mesa. Se quedó sentada, tiesa como un palo, convertida en parte muda del mobiliario. Su quietud ya no era pasiva; era ofensiva. La quietud de quien ha tomado una decisión y observa la agitación de quien todavía intenta cambiar lo inevitable.

El timbre sonó corto e imperioso, más una afirmación que una pregunta. Arturo saltó de la silla y fue a abrir. En el umbral estaba doña Remedios. No parecía una anciana necesitada de ayuda. Alta, corpulenta, con los labios apretados y una mirada escrutadora, entró en el piso no como una invitada, sino como un inspector. Se quitó el abrigo, lo colgó en el perchero sin decir palabra y, sin mirar a Pilar, se dirigió a la cocina. Su bolso, grande, de piel, como un maletín antiguo, cayó con un golpe sordo sobre el taburete. El territorio quedaba marcado.

— Cuéntame, hijo, qué ha pasado aquí. Justo estaba en casa de doña Asunción, pensando que mañana nos íbamos juntos al pueblo, y ahora resulta esto —dijo, dirigiéndose únicamente a Arturo, como si Pilar fuera invisible.

Arturo, sintiéndose respaldado, se explayó. Contó su versión: él era la víctima, y Pilar, una egoísta caprichosa que no atendía a razones. Habló del deber, de la ayuda, de que una madre es sagrada.

Doña Remedios lo escuchó, asintiendo despacio. Luego se volvió hacia Pilar. Su mirada era fría, como la de un cirujano antes de operar.

— Siempre le he dicho a Arturo que una familia se construye sobre el respeto, Pilar. Respeto a los padres, a las obligaciones. A un hombre se le conoce no por cómo se sienta en el sofá, sino por cómo cuida de los suyos. De todos los suyos. Y la esposa debe ser su apoyo, no una losa que lo hunda.

Pilar callaba. Los miraba a los dos: al hijo buscando la aprobación en los ojos de la madre, y a la madre dispuesta a defender a su cría contra el mundo entero, incluso contra la mujer de su hijo. Eran una sola pieza, un monolito del que Pilar era un fragmento sobrante, desprendido.

— Mamá, yo se lo he explicado todo —terció Arturo—. Que no es un capricho, sino una necesidad. Que el grifo puede esperar, pero un tejado con goteras, no. Pero ella no escucha.

— Eso pasa cuando una piensa solo en sí misma —suspiró doña Remedios, otra vez con los ojos en Pilar—. Cuando la propia comodidad está por encima de todo. Tu marido no se va a descansar; se va a trabajar para el bien de todos, también para tu futuro. Y tú le pones palos en las ruedas.

La presión aumentaba. Hablaban por turnos, completándose el uno al otro, formando un cerco de reproches. No gritaban. Hablaban con una calma condenatoria, lo cual era mucho peor que cualquier grito. Querían hundirla, hacerla sentirse pequeña, culpable, injusta. Entonces Pilar levantó los ojos. No miró a su suegra. Miró directamente a Arturo, a su marido, que estaba de pie junto a otra mujer y, al unísono con ella, estaba destruyendo su propia familia.

— Ya te lo he dicho: si te vas, divorcio. ¿Qué no has entendido?

No era una pregunta ni una amenaza. Era la constatación de un hecho, un diagnóstico final que no admitía apelación.

El rostro de doña Remedios se petrificó. Los labios se le afilaron en una línea cruel.

— ¿Conque tenemos ultimátums? ¿Tú le pones condiciones a mi hijo?

— ¿Lo oyes, mamá? —exclamó Arturo con una risa amarga—. Así me paga todo lo que hago por ella. Lo que quiere es quitarme de en medio, quitarme mis obligaciones para contigo.

— ¿Así que lo has decidido? —Arturo dio un paso hacia Pilar, con la cara desencajada entre el agravio y la ira—. ¿En cuanto algo no sale como tú quieres, divorcio? ¿Crees que me asustas?

Doña Remedios lo secundó, poniéndose a su lado, hombro con hombro. El frente común se volvió casi tangible.

— Su padre y yo llevamos cuarenta años casados y nos ha pasado de todo. Pero que una mujer le diga a su marido si puede ir o no a ver a su madre… Eso no lo hemos visto nunca. Él no va a casa de unos desconocidos; va a la suya, de donde tú lo sacaste.

Esperaban una respuesta: lágrimas, disculpas, gritos. Estaban listos para un largo asedio, toda una noche de sermones y acusaciones tras la cual Pilar, vencida, se rendiría y se pondría a hacerle la maleta. Confiaban en su fuerza, en su razón, en la indestructible alianza de madre e hijo.

Pero Pilar no respondió. No entró en la pelea. En lugar de eso, se levantó despacio, sin un movimiento de más. No había ira ni desesperación en su cara, solo una atención vacía, quemada. Sin decir palabra, pasó por delante de los dos, que seguían en mitad de la cocina, y salió al recibidor.

— ¿Lo ves, mamá? Se escabulle. No tiene nada que decir —susurró Arturo, esperando una respuesta, un grito, un llanto.

Doña Remedios resopló con desprecio, convencida de que la contrincante se había retirado al dormitorio a llorar.

Volvió al cabo de un minuto con la gran bolsa de viaje de Arturo. No la de las escasas escapadas de trabajo, sino la vieja, la gastada, la que había hecho con él todos sus largos viajes a casa de su madre. La dejó en mitad de la cocina y abrió la cremallera. El sonido seco del cierre fue la única respuesta.

Salió otra vez y regresó con un montón de ropa. No abrió el armario ni vació los cajones; fue a la balda donde el propio Arturo guardaba, bien doblada, la ropa de todos los años para las cosas de su madre. Echó a la bolsa los pantalones de faena con las rodillas descoloridas, el jersey de lana gruesa que solo se ponía allí, un par de camisetas ajadas. Lo hizo con método, sin prisa, como una enfermera que prepara los instrumentos para una operación. Preciso, seguro.

— ¿Qué estás haciendo? —la voz de Arturo tembló, perdió toda su seguridad.

Pilar no respondió. Pasó al recibidor y volvió con sus botas de campo, pesadas, todavía con barro pegado del año anterior. Las tiró sobre el jersey. Cada gesto era un golpe mucho más contundente que cualquier palabra. No estaba tirando sus cosas. Lo estaba equipando para una expedición. Para la misma expedición de la que nunca volvería a su lado.

— ¡Que acabes este circo! —gritó doña Remedios, viendo que la situación se le escapaba de las manos—. ¡Pilar, te he dicho que pares ahora mismo!

Pilar parecía sorda. Cerró la cremallera de la bolsa. Después fue al perchero de la entrada. Allí colgaban dos llaveros: el suyo y el de Arturo. Cogió el de él. El tintineo metálico en el silencio sonó a sentencia. Arturo miraba sus llaves en la mano de su mujer, y por fin empezó a comprender. No era un farol. No era una representación. Era una ejecución.

Se acercó a la bolsa, abrió con calma el bolsillo lateral, sacó de allí el llavero con la copia de las llaves del piso y cerró la cremallera. El toque final.

Cargó con la pesada bolsa y, sin doblar la espalda, la llevó hasta la puerta. Abrió la cerradura, abrió la puerta y la colocó en el rellano. Luego se giró. No miró a su marido, sino a los dos, de pie juntos, confusos, desinflados, desconcertados por aquella frialdad metódica. Su mirada estaba en calma.

— Ahí lo tienes. Ya estás listo —dijo con una voz neutra, sin emoción—. Puedes irte. Tu madre te espera.

Y cerró la puerta. No dio un portazo, no echó todos los cerrojos. La dejó simplemente encajada, separándolos de su vida. El clic de la cerradura fue suave, casi doméstico. Pero para Arturo y doña Remedios, que se quedaron en la penumbra del descansillo junto a la bolsa huérfana, sonó más fuerte que cualquier explosión.

Ellos habían ganado. Él era libre de irse con su madre. Pero su casa, aquella casa, ya no existía.

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— Si tienes pensado irte tres meses a casa de tu madre, ¿a lo mejor deberíamos divorciarnos de una vez? Porque me harta que pases la mayor parte del tiempo con ella.
— ¿Kika? Yo la llamé Abetita. Ha estado correteando por aquí toda la mañana. Se le notaba enseguida que estaba perdida. Luego se acurrucó a mis pies, así que la metí en el coche para que la pobre no se congelara —sonrió el hombre… — ¡Toma, hija, pero cómo puedes tener tan mala suerte! ¿Cuántas veces te he dicho que ese Víctor no era para ti? —reprochaba la madre a Tamara. La mujer permanecía cabizbaja. Aunque no hacía mucho que había cumplido los treinta y siete, se sentía como una colegiala a la que le han puesto un suspenso. Y además sentía una amargura y tristeza enormes —por ella, por su vida de familia frustrada y por su pequeña hija— ya que, en vísperas de la Navidad más mágica, se habían quedado sin padre en casa. — Me voy de casa —soltó Víctor sin apenas mirarla esa noche. Tamara ni siquiera entendió al principio lo que su marido le estaba diciendo. — ¿Que te vas a dónde? —preguntó automáticamente Toma, mientras le servía un plato de humeante cocido. — De verdad, Tomi, es que eres de otro mundo. ¡No entiendes las cosas serias! ¿Cómo he podido vivir todos estos años así contigo? —protestó Víctor con tono melodramático. Tamara apenas pudo preguntar nada, porque el hombre enseguida se explayó: — ¡No aguanto más! Y encima siempre está tu perro chillando. La niña se pasa el día enferma. Nada de romanticismo, Toma. ¿Te has visto a ti misma últimamente? ¿En qué te has convertido? —ese fue el colofón a su discurso colérico. Tamara se intentó mirar el reflejo tembloroso en la puerta del aparador, pero apenas lo logró. Las lágrimas le corrían por las mejillas y se quedó sola, de pie, en medio de la cocina. Víctor detestaba las lágrimas. Miró con cierta tristeza el cocido, se levantó y se puso a hacer la maleta… La perrita Kika, notando que algo iba mal, daba vueltas alrededor de su dueña, gimiendo e intentando consolarla. — Por fin podré descansar sin tanto aullido —declaró Víctor al asomarse con la bolsa al hombro. — Pero, Viti, ¿y Eva? —musitó Tamara, imaginando la pena de su hija de cinco años que a esa hora dormía tranquila en su cuarto. — ¡Qué te las arregles como madre que eres! —replicó él, y, con los lloriqueos de Kika de fondo, salió de casa… Tamara pasó la noche en la cocina abrazando a la perrita, que le lamía la mano tratando de consolarla. Sabía que había ocurrido algo terrible. Durante varios días, Tamara no se atrevió a contarle nada a su madre, que la llamaba de vez en cuando para interesarse. Siempre respondía rápido que todo iba bien y apagaba el móvil. — ¿Y el trabajo, hija? ¿Has encontrado algo? Mira que ese crápula de Víctor te deja y no vais a tener para vivir —la reprendía la madre en una de sus visitas. Entonces Tamara no aguantó más y rompió a llorar, confesando que los empleos no salían y que Víctor se había ido días atrás. La madre se echó las manos a la cabeza, sin esperar una noticia así. — Si es que se veía venir. Cinco años juntos, una hija, y tu marido no quiso casarse… —se lamentaba la madre, compadeciendo a su hija y su nieta. — ¿Y ahora qué vais a hacer? —se alarmó. Tamara encogió los hombros: — Encontraré algo. Me meteré de niñera en la guardería de Eva —dijo con resignación. — No os va a llegar para nada el sueldo de niñera. Y el perro, encima, hay que alimentarlo… —resumió la madre, que nunca había tenido simpatía por los animales. Y menos aún por la perrita Kika, recogida de la calle por su hija. Iba a decir algo más, pero se cortó al ver las lágrimas de Tamara. — Venga, no llores. Te ayudaré. Si hace falta, cuido de Eva yo —intentó consolarla… Así transcurrió otra semana. Tamara Alexandrovna logró un trabajo y ahora iba cada día con Eva a la guardería, para alegría de la niña. — Mamá, ¿podríamos llevarnos a Kika contigo a trabajar? Abuela no para de quejarse de sacarla a pasear… Kika podría ayudarte a lavar platos y protegernos en los ratos de siesta —decía la niña con una sonrisa. Tamara reía y la abrazaba. Pero en sus ojos se colaba la tristeza cada vez que Eva preguntaba: — Mamá, ¿y papá vuelve pronto? ¿Vendrá para Nochevieja? No se atrevía a contarle la verdad, así que le inventó una historia sobre un viaje urgente. Llamaba a Víctor para intentar quedar con él, pero él, ocupado, rehuía las conversaciones: — Toma, no me molestes, que estoy rehaciendo mi vida. Dile a Eva que soy un superagente en misión importante. No iré pronto. Por cierto, ¿has visto mi corbata? No sé cómo voy a celebrar el Año Nuevo sin ella —se lamentó antes de colgar. Tamara se quedó pensativa. No sabía cómo pasarían esa Nochevieja las dos solas ni cómo explicárselo a Eva. Entonces ocurrió algo inesperado. La abuela llevaba de la mano a Eva a la clínica —la niña ya se recuperaba de un resfriado—, cuando de pronto apareció Víctor en la calle. — ¡Papá, papá! ¿Has vuelto? —corrió la niña a abrazarle feliz. El hombre dudó, le sonrió y le comunicó que, bueno, ya no viviría más con mamá. Luego se marchó. — A lo mejor me paso a verte, si puedo —le dijo antes de irse. Eva se quedó quieta, susurrando apenas: — No hace falta que vuelvas… Aquella tarde le subió la fiebre, y a los dos días tuvieron que llamar al médico. Eva no quería hablar ni comer. Y tampoco parecía querer curarse. — Es probable que sea por el estrés —dijo el médico, tras oír la historia del padre. Tamara se asustó: — Tendría que habérselo explicado antes… Ella lo habría entendido —dijo a su madre, que negaba con la cabeza. No tardó en suceder otra desgracia. La abuela salió rápido con Kika sin correa, y la perra, al oír otro grito, pegó un salto y salió disparada. — ¡Ah, así que ahora tampoco me obedeces! Pues ya volverás tú solita muerta de frío —rezongó la abuela, entrando en casa con apremio. Cuando la niña supo que Kika se había perdido, dejó de comer y de hablar, por mucho que Tamara prometiera buscar a la perrita. — Cuando vuelva Kika, yo como —dijo, dándole la espalda. — Esto es culpa de cómo la has criado, Toma. La tienes mimada y te está tomando el pelo. ¡Ya te lo advertí…! —empezó la madre. — Mejor hubieras vigilado tú a Kika, mamá, y no soltar tantos sermones —saltó de repente la siempre callada Tamara. — Bueno, ya está bien, que yo solo quiero ayudaros… —suspiró la madre, saliendo enfadada del piso. Tamara se quedó sola otro día más. Vagueó por el barrio buena parte de la noche, esperando ver a Kika. Eva dormía por fin en su cama y Tamara quería creer que la perrita volvería, pero nada. Llegó helada a casa y cayó rendida… Eva se despertó temprano: — ¡Mamá, he soñado con un abeto! Lo decorábamos y encontrábamos a Kika —contó la niña ilusionada. Tamara sonrió con tristeza. Había puesto un pequeño arbolito artificial sobre la mesa para el Año Nuevo. Eva se lamentó: decía que el abeto debía ser natural y grande para que, como en su sueño, Kika pudiera volver. Tamara suspiró. Un abeto natural escapaba a su presupuesto. Llamó a su madre, que se negó a ir en Navidad: — Ya veo que te importa más ese chucho que tu propia madre. Piénsalo —dijo molesta. Tamara entendió que no podía contar con la ayuda de la abuela, pero al menos venía el fin de semana. Eva seguía débil y triste. Al llegar la Nochevieja, rompió a llorar: — Ni abeto ni Kika, mamá. Y papá tampoco volverá… Tamara la acarició y contuvo el llanto. Luego pidió a la vecina que cuidara de la niña, y salió a la calle… El aire helado le azotó la cara, el baile de copos la envolvió. La gente iba contenta a su encuentro, pero Tamara no veía a nadie. Solo buscaba desesperada a Kika. — ¿Dónde te has metido, pequeña? —susurraba, recorriendo una y otra vez las mismas calles. De pronto, llegó a un puesto callejero de abetos. Un hombre grande y recio, con chaquetón, se apoyaba en las últimas ramas verdes. Tamara se quedó parada. — ¿Un abeto, señora? Es el último que me queda, y le hago precio —ofreció el vendedor, con ganas de irse ya a casa. “Seguramente le están esperando su mujer y sus hijos…” pensó Tamara. En ese momento, una joven pareja compró uno y se marchó. — ¿Se anima? Es la última… Se la acerco a casa si quiere —insistió él. Tamara le miró, apurada: no tenía dinero suficiente. Vio entonces en el camión un montón de ramas sobrantes. — ¿Podría llevarme unas ramas, por favor, si ya no las necesita? —preguntó en voz baja. Él la miró y suspiró: — Claro, falta más. Espere, que le ayudo —respondió, sacando un gran montón de ramas del camión. Tamara le dio las gracias y enseguida se puso a explicarse: — Verá, mi hija está malita… Quería un abeto… Y encima se ha perdido la perrita… Todo va mal en casa, ya ni parece fiesta… El hombre la escuchaba atento. Le había dejado su esposa recientemente y no superaba la traición. También él pasaba la Navidad solo. Entonces alguien se acercó: — ¿A cuánto el abeto? —le preguntó, mirando el único que quedaba. — Ya lo han reservado. Quizá el de al lado tenga. — Contestó señalando al vecino. Tamara se sorprendió. — Déjeme, que le ayudo a llevar las ramas a casa —sonrió el hombre. Y entonces Tamara entendió que no era tan serio como parecía. — Pero es que no tengo dinero, ya se lo he dicho —se sonrojó. — No pasa nada —respondió él. Y entonces pasó algo insólito, de esos milagros que solo ocurren en la Nochevieja más mágica. El hombre abrió el camión, y Tamara vio en el asiento a una perrita dormida, vestida con un jersey de lana. — Pero… ¿cómo tiene usted a Kika? —preguntó, conteniendo el llanto. — ¿Kika? Yo la llamé Abetita. Ha estado todo el día rondando por aquí, perdida… Se me acurrucó a los pies. Así que la metí en el coche, para que no se quedara helada, pobre —sonrió el hombre. Se llamaba Pablo, y adoraba los animales, y enseguida se llevaba bien con los niños. Pronto, el hogar de Tamara se llenó de calor y de alma, como nunca antes. Quizá todo fue culpa de la magia de la Navidad, que juntó a dos corazones buenos. O quizá el destino lo quiso así… Nadie lo sabe a ciencia cierta. Solo se sabe que ahora la nueva familia es feliz. Y de vez en cuando, a Kika aún la llaman Abetita.