Te cuento lo de Araceli Menéndez y Javier Salgado, que todavía estoy con el mosqueo. Resulta que Araceli pasó el dedo por la pantalla del móvil, mirando el saldo de la tarjeta. La cifra de la aplicación le hizo cerrar los ojos y contar muy despacio hasta diez.
—Javi —llamó a su marido, que estaba dándole vueltas delante del espejo del pasillo.
Javier se estaba ajustando el cuello de la camisa nueva.
—¿Qué pasa, Araceli? —dijo.
—¿El taxi al restaurante lo pagas tú con tu tarjeta?
El hombre soltó el cuello de la camisa y la miró con cara de culpa.
—Araceli, no empieces. Me queda lo justo, y además tengo que pagar el parking de esta semana. ¿Lo pides tú?
Araceli bloqueó la pantalla.
Javier cumplía cuarenta años. Cuarenta, o sea, una edad seria. Seis meses antes habían quedado en celebrarlo en plan íntimo, en casa, los tres: ellos y el niño. Pero colgaba una hipoteca de un piso de dos habitaciones que firmaron dos años atrás. La cuota se comía casi todo el sueldo de Javier. Araceli pagaba los suministros, la compra, las extraescolares del niño y la ropa. Su sueldo de mánager senior le daba para llegar, pero sin casi margen.
Y un mes antes se había colado en el plan doña Virtudes Salgado, la suegra.
La suegra soltó que cumplir cuarenta años de su único hijo era un acontecimiento mundial. Que no iban a quedarse en la cocina como pobres. Había que llamar a la familia, reservar un comedor en un restaurante y demostrar a todo el mundo que Javier había triunfado en la vida. Cuando Javier se atrevió a decir que no había dinero para restaurantes, Virtudes contestó: —Araceli gana bien; no os vais a arruinar por una vez.
Y Araceli cedió. Ella encontró el restaurante, ella eligió el menú, ella pagó la señal.
—Pedimos un taxi —dijo Araceli al final, poniéndose el abrigo.
En el restaurante ya se movían los camareros. Una mesa para quince invitados rebosaba de entrantes. Araceli se había puesto a propósito un vestido suelto color arena, para sentirse cómoda después de un día entero de curro y de montar el banquete.
Los invitados empezaron a llegar a las seis. Virtudes apareció la última, acompañada de Rocío, la hermana de Javier. Iba hacia la mesa como si la recibieran en palacio.
—¡Felicidades! —anunció Virtudes con voz de trueno, dándole a su hijo una bolsa de papel.
Javier miró dentro y se le encendió la cara.
—¡Mamá, gracias! ¡El mismo perfume!
Araceli echó un vistazo a la marca. Aquello costaba la tercera parte de la cuota de la hipoteca.
—Para un hijo querido, no se escatima —declaró la suegra, entregándole el abrigo nuevo con cuello de piel al camarero que se acercó.
Luego miró a la nuera y se le apagó la sonrisa.
—Araceli, felicidades —la saludó, seca.
—Buenas noches, Virtudes —respondió Araceli, neutra.
La suegra recorrió el local con la mirada.
—Bueno, ¿qué queréis que os diga? —dijo, sentándose en la cabecera—. Hay poca luz. Y los manteles son de andar por casa. Javier, ya te hablé del restaurante El Cortijo del centro. ¡Allí sí que hay unas lámparas!
—Mamá, El Cortijo no lo podemos pagar —dijo Javier, bajito, sentándose a su lado.
—¡Ay, no te hagas el pobre! —terció Rocío, tocándose el pelo—. Tu Araceli cobra como una directora general. Ya podías darle a mi hermano una fiesta decente de una vez en la vida.
Araceli sintió la rabia subirle por la garganta, pero se calló. No era el momento de montar un pollo delante de todos.
—Sírvase, Virtudes —dijo, acercándole la fuente de pescado—. Aquí se come divinamente.
La suegra pinchó un trozo de pescado con cara de asco.
—Qué salmón más pálido. Lo compraríais barato en el mercado, ¿no?
—Es trucha marinada del chef —contestó Araceli, tranquila.
El banquete fue animándose. Todos comían, bebían, brindaban y alababan a Javier: qué buen profesional, qué buen padre de familia, qué suerte había tenido en la vida. Virtudes no cerró la boca en toda la noche: contaba anécdotas de la infancia de Javier, presumía de unos éxitos inventados y no dijo ni una vez el nombre de Araceli. Para ella, la nuera era personal de servicio: tenía que ir sirviendo y no hacer sombra.
Cuando sirvieron el plato principal, el ambiente estaba que ardía. Araceli estaba agotada. Se levantó para pedirles a los camareros el té y, al volver, oyó la voz de la suegra.
—Menudo vestido te has puesto, Araceli.
Los tenedores dejaron de sonar. Todos los invitados clavaron los ojos en sus platos, como si les fascinaran las ensaladas.
Araceli se paró en seco.
—¿Perdone? —dijo.
—Con ese vestido pareces una yegua vieja, ¡te lo juro! —sentenció Virtudes, mirando a los invitados callados.
Javier se puso rojo a manchas.
—Mamá, para ya —dijo, inseguro—. El vestido está bien.
—Javier, es que no ves más allá de tus narices —contestó la madre, arreglándose el cuello de la blusa de seda—. Es que quiero lo mejor para ti. Hija, tienes treinta y ocho años y vas hecha una abuela del huerto. Sin cintura, sin forma. ¡Menuda falta de gusto!
Rocío sonrió con retintín, tapándose la boca con la servilleta.
Araceli se acercó despacio. Toda la noche su suegra había estado torciendo el morro: que si los entrantes sosos, que si el restaurante cutre, que si la mujer de su hijo no estaba a la altura.
—Pues a mí me gusta —dijo Araceli, mirándola directo a los ojos—. Y es cómodo.
—¡Cómodo! —bufó Virtudes—. Una mujer tiene que adornar a su marido, ser su tarjeta de visita. Mírame a mí: estoy jubilada y mantengo el tipo. Porque hay que respetarse, hija, no ponerse el primer saco que ves en el mercado.
Los invitados se miraban. El tío de Javier se puso a estudiar las burbujas del agua mineral.
—Araceli, siéntate y no la busques —susurró Javier, tirándole de la manga.
Típico de él. Javier siempre prefería quedarse en la sombra cuando las mujeres se liaban. Lo suyo era que ella aguantara y callara.
Pero esa noche Araceli no pensaba callarse. Estaba harta de cargar con la hipoteca, pagar los caprichos de la suegra y encima aguantar que la humillaran en público con su dinero.
—Virtudes —dijo, apoyando las manos en el borde de la mesa—. ¿De dónde ha salido esa blusa que lleva usted?
—¿Y a ti qué te importa mi blusa? —se azoró la suegra.
—Mucho —respondió Araceli sin inmutarse—. Blusa italiana, de seda natural. Los zapatos de piel, los vi cuando entró. Y el abrigo nuevo de piel que cuelga en el guardarropa. Cosas buenas, ¿verdad?
—Buenas, sí —admitió Virtudes, en guardia—. Yo sé elegir ropa.
—Elegirla, sí —aceptó Araceli—. ¿Y pagarla?
Alguien tosió. Javier se revolvió en la silla.
—Araceli, ya está bien —siseó.
—No, Javier, no está bien —lo frenó ella—. Ya que hemos hablado de imagen y de respeto, hablemos claro.
Alzó un poco la voz para que la oyera toda la sala.
—Esa blusa italiana, esos zapatos y ese abrigo tan elegante los compró usted el mes pasado, Virtudes. Con los dos mil euros que le pasé de mi bonus trimestral. Porque, cito textualmente, “no tenía ropa para ir al centro de salud y le daba vergüenza que la vieran los médicos”.
El pintalabios rojo de Virtudes pareció de pronto fuera de lugar. Recorrió la mesa con la mirada, buscando un apoyo, pero la familia se interesó por la carne fría.
—¡Se lo pedí a mi hijo! —soltó desafiante.
—Pero se lo pagué yo —cortó Araceli—. Porque el sueldo de su hijo llega justo para la hipoteca, la gasolina y las comidas de negocios.
Rocío intentó meter baza:
—Araceli, ¿a qué vienen esas cuentas? ¿Te has vuelto loca?
—A contar mi dinero, Rocío —la cortó Araceli—. Y este banquete en el que estáis, criticando el restaurante y mi pinta, lo he pagado yo hasta el último céntimo de mi bolsillo.
Se hizo un silencio incomodísimo, roto solo por el ruido de los platos de al lado.
—Y ese perfume caro que le ha regalado hoy a su hijo está pagado con el dinero que le di la semana pasada para ir al dentista —añadió Araceli, mirándola fijamente.
Virtudes se puso roja a parches.
—¿Tú cómo te atreves…? —masculló.
—Pues mira —Araceli se irguió—. Puedo ir hasta con un saco de patatas. ¡Porque ese saco me lo he comprado yo con mi trabajo!
Se acercó la copa de zumo.
—Y cuando usted sepa vestirse con su pensión, hablamos de mis vestidos. ¡Que aproveche!
Y se sentó tan tranquila.
Virtudes se quedó con la boca abierta. Esperaba que Javier saliera a defenderla, que pusiera en su sitio a la descarada. Pero Javier se quedó cabizbajo, pinchando la patata asada con el tenedor.
No le quedaba otra. La suegra arrugó la servilleta, la tiró a la mesa y se levantó:
—¡No vuelvo a poner los pies en vuestra casa!
Y se fue hacia la puerta. Rocío lanzó una mirada asesina a Araceli, se levantó y corrió detrás.
El resto de la noche fue un velatorio. Los invitados acabaron pronto el segundo plato, se bebieron el té, dieron unos besos y se largaron.
Araceli y Javier volvieron a casa en silencio.
Pasó una semana. Virtudes no llamaba, claro. Javier anduvo unos días con cara de mártir, intentando echarle en cara a su mujer que se había pasado, pero no encontraba argumentos.
El sábado por la mañana, mientras Araceli hacía café, al móvil de Javier le llegó un mensaje. Javier, en la mesa, miró la pantalla y se quedó cortado.
—Araceli —dijo con tono zalamero—. Ahí dice mi madre que se le ha roto la nevera. Que la reparación va a salir cara.
Araceli dio un sorbo al café.
—Vaya faena —contestó, neutra.
—Habría que ayudarla. ¿Le mandas quinientos euros? Te los devuelvo cuando cobre.
—No, Javi, no se los mando —dijo Araceli, dejando la taza.
—¿Cómo que no? ¡Se le va a estropear la comida!
—En el sentido literal —dijo Araceli, mirándolo—. Tu madre dejó clarísimo que soy una hortera y que no me respeto. Pues he decidido hacerle caso.
Apagó el fuego de la placa.
—Ayer pedí cita en la peluquería para cortarme y teñirme. Y el fin de semana me voy al centro comercial a por vestidos nuevos. ¡Hay que mantener el tipo!
Javier parpadeó.
—¿Y la nevera?
—La nevera, cariño, ahora es cosa tuya —sonrió Araceli—. Busca un extra, pide un adelanto. Sois familia, sangre de su sangre. Seguro que te las apañas.
Cogió su taza y se fue al salón, dejando a Javier solo con sus pensamientos y con la nevera rota de Virtudes. Quien siembra vientos, recoge tempestades.
Y vosotros, ¿qué habríais hecho? Contádmelo en los comentarios y dadle a me gusta.







