– ¡Svetlana, pero si allí en invierno hace mucho frío!

“¡Isabel, pero allí en invierno hace mucho frío! ¡La calefacción es de leña, hay que cargar troncos! Mamá, tú eres de pueblo, de pequeña solo conociste esa vida. Los abuelos vivieron siempre en el campo, y no les pasaba nada. Y en verano será precioso: la huerta, las fresas, ir a buscar setas al bosque

Galiana acababa de acostumbrarse a la jubilación. Sesenta años a sus espaldas, treinta y cinco de ellos como contable en una fábrica. Ahora podía tomar el té por las mañanas con calma, leer libros y no tener prisa.

Los primeros meses de jubilación los disfrutó en silencio y paz. Se levantaba cuando quería, desayunaba despacio, veía sus programas favoritos. Iba al mercado a su hora, sin colas. Después de cuarenta años, eso era felicidad pura.

Su hija Isabel la llamó un sábado por la mañana:

Mamá, tenemos que hablar. En serio.

¿Qué pasa? se alarmó Galiana. ¿Está bien Mari Carmen?

Con la niña, bien. Iré y te lo cuento. ¡No te preocupes!

Esa frase la inquietó aún más. Cuando los hijos dicen «no te preocupes», hay motivos para hacerlo.

Una hora después, Isabel estaba en la cocina, acariciando su vientre redondo. Treinta y dos años, un segundo hijo en camino, y aún sin casarse con ese Alejandro. Llevaban cuatro años juntos, su hija Mari Carmen crecía, pero el papel del matrimonio parecía no importarles.

Mamá, tenemos un problema con la casa empezó la hija, jugueteando nerviosa con el asa de la taza. La dueña del piso sube el alquiler. Ya nos cuesta llegar a fin de mes, y ahora pide doscientos euros más.

Galiana asintió con comprensión. Sabía lo duro que era para los jóvenes. Alejandro trabajaba de lo que salía: hoy mozo de almacén, mañana repartidor, pasado vigilante. Isabel estaba de baja con la niña y pronto tendría otra.

Pensamos en mudarnos a algo más barato siguió la hija, pero con un niño nadie quiere alquilar.

¿Y qué vais a hacer? preguntó la madre, intuyendo alguna trampa.

Por eso he venido Isabel retorcía el borde de su jersey. Mamá, ¿podríamos quedarnos en tu casa? Temporalmente, claro. Para ahorrar, quizá luego pidamos una hipoteca.

Galiana atragantó el té. En su pisosito de dos habitaciones ya era justo, y ahora una familia entera con una niña pequeña y otra en camino.

Isabel, ¿cómo vamos a caber todos? Solo tengo dos cuartos, y pequeños.

Mamá, nos arreglaremos. Lo importante es ahorrar. Pagamos mil trescientos de alquiler, ¿te imaginas? En un año, ¡quince mil seiscientos euros! Eso podría ser la entrada para un piso.

Galiana se imaginó la escena: Alejandro en ropa interior por la casa, hablando a gritos por el móvil. Mari Carmen llorando, juguetes por todos lados, dibujos a todo volumen. Isabel, con sus antojos y exigencias.

¿Y dónde dormirá la niña? intentó razonar.

En el salón con nosotros, pondremos su cuna. Tú en el cuarto pequeño, con tu sofá y la tele. ¡Perfecto!

Isabel, acabo de jubilarme, quiero tranquilidad. ¡Cuarenta años trabajando, estoy cansada!

La hija suspiró, como si fuera un capricho:

Mamá, ¿para qué quieres paz a los sesenta? Estás sana. Las abuelas a tu edad cuidan a los nietos sin problema.

Sonó a reproche. Como si las demás sirvieran y ella fuera egoísta.

Y además siguió Isabel tienes la casa del pueblo. Está impecable, la abuela siempre la cuidó. Podrías vivir allí. Aire puro, silencio ideal para jubilados.

¿En el pueblo? repitió Galiana, incrédula.

Sí. La casa es sólida. Podrías hacer una huerta, cultivar tomates. Los médicos recomiendan aire libre para los mayores.

Galiana sintió un escalofrío. La casa estaba a treinta kilómetros, el autobús solo pasaba por la mañana y por la noche.

Isabel, en invierno es muy frío. La estufa de leña, cargar troncos

Mamá, tú creciste así. Los abuelos vivieron así toda la vida. Y en verano será maravilloso: huerta, frutas, setas

Lo decía como si le ofreciera un resort de lujo, no una vida sin comodidades.

¿Y si necesito al médico? ¿O ir a la farmacia? ¿O comprar comida?

Mamá, no irás al médico todos los días. Una vez al mes basta. Y la comida se compra de una vez, se congela. Tienes un arcón grande.

¿Y mis amigas? Las vecinas, con las que he vivido toda la vida

Habla por teléfono. O que vengan al pueblo, hagan una barbacoa. ¡Será divertido!

Galiana no daba crédito. ¿Su hija la echaba de su piso para instalarse, disfrazándolo de preocupación por su salud?

Isabel, ¿cuánto tiempo queréis qued

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