Una vez, a mi abuela le dio un mareo y el médico que llegó en la ambulancia decidió no arriesgarse y la llevó al hospital. Allí le explicaron con detalle que a su edad ya no era apropiado ir saltando de teatro en teatro con sus amigas ancianas. La muerte no estaba lejos y debía enfrentarla como es debido: en su cama, y no en una partida de póker en casa de una amiga.
Mi abuela decidió morir con esmero y estilo. Primero, compró montañas de medicamentos y los colocó en su mesita de noche. El aire se llenó al instante del aroma penetrante del Valeriana. En segundo lugar, nos agobió a todos para que, sacrificando nuestro tiempo y nervios, la ayudáramos en su solemne proceso de morir. Puso mil caprichos, exigió más pastillas, llamó al médico, luego al notario.
Mi madre se desvivió por complacerla y convencerla de que aún era pronto para morir. La abuela, en respuesta, levantaba los ojos al cielo y pedía unas gotitas más de Valeriana.
Pero un día apareció en su habitación su vieja amiga, Carmen. Por suerte, yo estaba en casa y pude presenciarlo todo.
Dicen que al fin te has decidido a morir preguntó con voz ronca. Loable. Alguien tiene que dar el primer paso al otro lado para tantear el terreno. Pero dime, ¿de verdad piensas lucir así de horrorosa en el ataúd?
La abuela masculló que le daba igual cómo quedara en el cajón.
A ti quizá no te importe replicó Carmen, ¡pero yo tendré que verte ahí! ¡Y además besarte! ¿Qué pensarán los demás? Creerán que vienen a un funeral decente y les han engañado como a tontos. No podría mirarlos a la cara.
¿Qué tienen que ver los demás? exclamó la abuela.
Porque vendrán pensando que entierran a la amiga de Carmen, y Carmen no se junta con cualquiera. Pero si te ven así, creerán que han traído un cadáver equivocado y se ofenderán. Por cierto, ¿para qué tantos medicamentos? ¿Te estás envenenando con esa porquería?
Intento aliviar mi sufrimiento intentó defenderse la abuela.
Lo que haces es destrozarte el hígado, y con el hígado enfermo, el cutis se pone horrible. ¿Quieres que la gente huya espantada al verte en el féretro?
La abuela reflexionó y admitió que, en efecto, era mejor lucir buen color en el ataúd. Su amiga la animó y le propuso salir a pasear para conseguir un rubor saludable que luciría espléndido en su lecho mortuorio.
Boca abierta, observé cómo mi abuela, que acababa de agonizar, se deslizaba de la cama y se arrastraba hacia la ducha, de la que había renegado las últimas tres semanas. Mientras, Carmen, frunciendo el ceño con asco, me ordenó quitar toda la ropa de la cama para lavarla y preparar dos tazas de café bien cargado, con algo vigorizante, unos cincuenta gramos de coñac, más o menos.
Porque el coñac es bueno para el tono y los nervios. Y en el famoso ataúd, como ya habrán adivinado, es mejor reposar con los nervios firmes y el corazón fuerte
Su mejor amiga se preocupó tanto por el futuro funeral que pasó semanas preparándola para la ocasión. Visitaron la peluquería, el masajista y el salón de belleza. Fueron de compras, compraron montones de cosas encantadoras, imprescindibles en el más allá: un sombrero con velo, guantes, maquillaje
Así que ahora la abuela ya no se preocupa por su propio entierro, pues sabe que será impecable. Y para pasar el tiempo, ha retomado sus visitas a las amigas, las partidas de póker y los picnics alegres. Dice que si la muerte la quiere tanto, que venga a buscarla
Aunque, de momento, la calavera sin nariz no parece tener prisa. Quizá porque la abuela aún no tiene el color de cara adecuado







