Svetlana estaba sentada en la cocina con una taza de té, mirando por la ventana donde las hojas otoñales danzaban lentamente. Sobre la mesa había una carta, amarillenta por el tiempo, con la escritura un tanto desgastada. La había encontrado hace poco entre las cosas viejas de su madre. Palabras sencillas que le apretaron el corazón.
«Mi querida hija, si ves que me hago mayor… por favor, ten paciencia…» así comenzaba aquella carta.
Svetlana recordó cómo una vez se enfadó con su madre cuando esta le pidió que le explicara cómo usar su teléfono nuevo. Le vino a la mente aquel momento en que murmuró, irritada: «Mamá, ¿cuántas veces más?». Pero su madre solo sonrió y repitió la pregunta, como si no notara su impaciencia.
Las conversaciones de antaño volvieron a su memoria. Su madre, sentada en la cocina, repetía una y otra vez las mismas historias de su infancia, de la guerra, de sus primeros años en la ciudad. En aquel entonces, Svetlana se quejaba—¿cuántas veces más podía escuchar lo mismo? Pero ahora… ahora daría cualquier cosa por oír de nuevo esa voz suave, ese tono cálido y tranquilo que antes le parecía tan habitual.
Recordó cómo su madre la llevaba de la mano al jardín infantil, cómo la besaba antes de dormir y le contaba cuentos—las veces que Svetlana se lo pidiera. Cómo le hablaba con dulzura para convencerla de bañarse, aunque la niña no quisiera. Y cómo le enseñó pacientemente a atarse los zapatos, trenzar sus coletas o comer sola con la cuchara.
Ahora todo era distinto. Svetlana misma era madre. Y entendía que aquella carta no era solo una petición. Era el testamento de amor de su madre. Un recordatorio de lo importante que es quedarse al lado, incluso cuando la vejez vuelve a alguien frágil, lento, a veces torpe.
Se levantó de la mesa y miró la foto de su madre. Ya no estaba con ella, pero había algo más: recuerdos, calor, un amor que no se apaga. Y se prometió que si algún día su hija notara sus arrugas o sus despistes, no se ofendería. Porque entendería lo importante que es simplemente estar juntas. Tomarse de la mano. Amar—sin palabras, sin condiciones.
Dobló con cuidado la carta y la guardó donde atesoraba sus memorias más preciadas. Y en un susurro, dijo:
—Y yo también te quiero, mamá… Siempre 🌼.
«Querida, si notas que estoy envejeciendo, por favor ten paciencia…» 🥀







