Lamento del primer “sí

Era uno de aquellos veranos castellanos cuando el eco de la cuchara de palo contra la olla retumbaba en la cocina como campana de iglesia. — ¡Mariana, ¿qué has hecho?! — Vociferaba Lucía mientras golpeaba. — ¡Otra vez Gonzalo al teléfono! ¿Qué le prometiste? ¡La tercera llamada esta mañana!

— ¡Nada le prometí! — Replicó Mariana sin apartar la vista del espejo, donde trazaba una línea fina de kohl. — Solo que iríamos al cine una tarde. ¿Qué hay de malo?

— ¿Una tarde? — Su madre alzó las manos al cielo. — ¡Por los clavos de Cristo, parece que ya reserva altar en la catedral! Ayer mismo le decía a tu tía Dolores que sus intenciones son firmes. ¿Y tú? ¡Con dieciocho años recién cumplidos!

Mariana dejó el lápiz y se volvió. Aquella testarudez en sus ojos era conocida para Lucía desde la niñez.

— Mamá, ¡basta! Llevamos un mes. Es buen muchacho, trabajador, no bebe. ¿Qué más quieres?

— ¿Qué quiero? — Lucía se dejó caer en el taburete, limpiándose las manos en el delantal. — Quiero que no corras. La vida es larga, Marianita. Tiempo te queda para casarte.

— ¿Quién habla de casarse? — Mariana enrojeció. — Solo estamos… conociéndonos.

Pero en secreto, ya imaginaba el blanco del traje y su brazo enlazado con el de Gonzalo ante el altar. Era el primer hombre que la cortejaba en serio, con flores, paseos y acompañantes hasta la puerta. Tras los chiquillos del instituto, él parecía tan maduro, tan formal.

Sonó el timbre. Mariana saltó, pero Lucía la adelantó.

— ¿Aló? Sí, Gonzalo, buenas. No, Marianita no está. Ha salido a trabajar. — Miró fijamente a su hija. — Sí, le diré que llamaste.

— ¿Por qué mentiste? — Protestó Mariana al colgar.

— ¿Y para qué llama cada día? Un hombre debe mantener dignidad. Cuando las cosas son fáciles, pierden valor.

Mariana bufó, cogió el bolso y salió como alma que lleva el diablo. Gonzalo la aguardaba en la calle, alto, ancho de espaldas, oliendo a colonia nueva y camisa planchada.

— ¡Marianita! — Iluminó al verla. — Tu madre dijo que estabas trabajando.

— Una broma suya — balbuceó Mariana. — Las madres son así.

Gonzalo asintió, satisfecho. Le agradaba que su chica tuviera madre protectora. Ya soñaba como yerno en esa casa, ayudando a la suegra en faenas, arreglando grifos.

En el cine ponían una película nueva de amores. Sentada junto a Gonzalo, Mariana sintió el calor de su mano cubriendo la suya. En la pantalla, jóvenes jurados de amor eterno aceleraban su corazón.

— Marianita — susurró Gonzalo en una escena tierna —, ¿qué tal si nosotros también…?

— ¿Qué? — Musitó ella, ojos en el haz de luz.

— Bueno… ¿si nos casáramos? Lo digo en serio. Tengo buen puesto, ayudas para vivienda joven. Viviremos bien.

El corazón de Mariana dio un vuelco. Era el instante que anhelaba en secreto. Gonzalo era el primero en pedírselo. ¿Cómo decir que no?

— Sí — susurró, sin reflexión.

Gonzalo apretó su mano, se inclinó y besó su mejilla. En la pantalla, enamorados corrían hacia el ocaso, cual vida empezando.

La boda fue modesta, en casa de Lucía. Mariana sonreía en su vestido blanco, cosido por una costurera conocida. Gonzalo no le quitaba ojo, solícito y atento.

— ¡Qué pareja más guapa! — Decían los vecinos. — ¡Fijaos cómo la mira! Se nota que la quiere.

Lucía trajinaba en la cocina, ocultando su desazón. Algo en aquellas prisas le inquietaba, pero ¿no era la felicidad de la hija lo primero?

— Marianita — se acercó la tía Dolores —, guarda tu dicha. El marido es para toda la vida.

— Claro, tía — asintió Mariana, arreglándose la tela. — Nos queremos.

Pero un mes después, el amor perdió su halo dorado. Gonzalo, con la anhelada vivienda, se sumó a reformas: taladros nocturnos, martillazos, muebles cambiados de sitio.

— Gonzalo, ¿hoy quizá… charlamos? — Proponía tímida Mariana mientras él cogía el destornillador.

— Luego, Marianita. Mira, hay que poner estantes. Una casa sin mano que la gobierne es barco sin timón.

Mariana suspiró, fue a preparar la cena. Antes, Gonzalo escuchaba sus pensamientos. Ahora solo le importaban los quehaceres.

Y se volvió quisquilloso con su aspecto.

— Marianita, ¿cómo sales así a la calle? — Regañaba cuando iba en vaqueros viejos. — Eres mujer casada. Hay que acicalarse.

— ¿Y qué tienen de malo?

— Todo. Cómprate vestidos y faldas decentes. Como llevan las mujeres.

Compraba ropa que no le gustaba, se peinaba como él decía, cocinaba sus platos favoritos. Sin alegría. Como viviendo vida ajena.

Un día llegó su madre.

— Hija, estás pálida — observó Lucía, escrutándola. — ¿Indispuesta?

— No, mamá. Es el cansancio.

— ¿Dónde está Gonzalo?

— De pesca con los amigos. Otra vez — en la voz de Mariana había fastidio.

— ¿Tan a menudo?

— Todos los fines. Dice que el hombre necesita descanso de lo doméstico.

Lucía frunció el ceño.


— Y tú, ¿no eres familia? — dijo Lucía con voz grave —. Tú también mereces descanso.

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Lamento del primer “sí
Primera impresión —Mamá, ella es Leonor —presentó Rodrigo, ligeramente sonrojado, trayendo a la chica a casa a horas intempestivas. —Buenas noches —respondió Fernanda, mirando a la inesperada visita con cierto desagrado—. ¡Vaya hora para presentaciones! Falta media hora para las doce… —Le dije a Rodrigo que ya era tarde —replicó la chica al instante—. Pero ¿me hace caso? ¡Es más terco que una mula! “Buena jugada,” pensó Fernanda. “Se ha justificado y encima le ha echado la culpa a él. Qué desagradable, esta muchacha.” —En fin, pasad —invitó la madre, sin añadir más, y desapareció por el pasillo hacia su cuarto. ¿Qué más podía hacer? No iba a echar de casa a su único hijo a medianoche, ¡y menos por culpa de una desconocida! Si querían vivir juntos, que vivieran. Una madre está para proteger a su hijo y hacerle ver la realidad. Y ella, Fernanda, iba a hacerlo rápido. Rodrigo acabaría dando la patada a esa tal Leonor, ¡sin remordimientos! Hasta se sentiría aliviado al librarse de ella. Pasó toda la noche en vela, maquinando un plan para echar a la intrusa. No estaba en contra de que Rodrigo se casara. El muchacho ya tenía treinta años, estaba más que listo para una vida en pareja. ¡Pero no con ella! Primero, era claramente más joven. Señal de cabeza de chorlito, inestabilidad. ¿Qué clase de esposa, madre o ama de casa sería? Segundo, el carácter ya lo decía todo: se planta en una casa ajena de noche, ¡ni siquiera pide disculpas! Peor aún, echa la culpa de todo a su hijo… Y para colmo, ¡se queda a dormir! ¿Sería la primera vez o sería costumbre? Tercero. Simplemente no le gustó. Así que, pronto, Rodrigo dejaría de gustarle también. ¿Para qué perder el tiempo? Al final, el plan no hizo falta. La propia Leonor le dio motivos suficientes a Fernanda para poner orden en la casa. El primer aviso llegó por la mañana. Leonor entró al baño y no salió hasta casi una hora después. Rodrigo iba de un lado a otro, nervioso, al borde del enfado. —Hijo, ¿pasa algo? —preguntó Fernanda dulcemente, demasiado dulcemente—. La chica se está arreglando, querrá gustarte… —¡Pero tengo que irme a trabajar! —Llama a la puerta y explícale que no está sola en el piso —sugirió la madre. —No puedo —bufó él—. Luego hablamos. ¿Tú, mamá? ¿No llegas tarde al trabajo? —¿Yo? No. Ya estoy lista. He hecho quesadas. Ven a desayunar. —¡Si ni me he lavado todavía! —No pasa nada, te duchas después. Aprovecha y desayuna bien, que te espera un largo día. Rodrigo se sentó a la mesa. Fue entonces cuando Leonor salió del baño, con la toalla en el pelo. Estaba estupenda. —¡Por fin! —exclamó Rodrigo, lanzándose sobre el espejo empañado. Se lavó a toda prisa, se afeitó corriendo, devoró la quesada más pequeña y, ya saliendo, gritó: —¡Hasta la noche! Espero que os llevéis bien. —¡Rodrigo! —llamó Leonor—. Hoy íbamos a por mis cosas, ¿te acuerdas? —Iremos. Esta noche. ¡No te enfades! —la voz ya venía del portal. Fernanda se levantó, fue a la entrada, cerró la puerta tras su hijo, se volvió hacia Leonor y preguntó, sin rodeos: —¿No tienes vergüenza? —No —sonrió la chica—. ¿Tendría que tener? —¡Rodrigo va a llegar tarde por tu culpa! —No llegará. Seguro coge un taxi. Tranquila, todo irá bien. —De todos modos, recuérdalo: aquí no estás sola. Si quieres pasar una hora en el baño, te levantas antes. Menos mal que hoy yo no tenía trabajo. —No lo volveré a hacer —respondió Leonor, muy sencilla—. Disculpe. Fernanda quedó un poco descolocada. Esperaba una bronca. Pero esto… —Está bien —refunfuñó, yendo hacia el baño. Lo primero que vio fue el tubo de pasta de dientes. Nuevo, abierto, aunque el otro aún tenía para rato. —Leonor, ¿por qué abriste otra pasta? —Me gusta más esa… —Espero que traigas la tuya, y tu champú también. —Por supuesto, doña Fernanda… —¡Y toallas! —Las traeré… Por más que intentó montar una discusión, Leonor no le dio pie. Todo lo aceptaba, asentía con docilidad, “anotando” las obligaciones futuras. Cansada de buscar excusas, Fernanda fue al grano. —¿A qué has venido aquí? —Rodrigo y yo nos queremos… —¡Claro que quieres a un chico así! Pero hay algo que no entiendo: ¿qué ve él en ti? —Nunca se lo he preguntado… —¿Quiénes son tus padres? —Mi madre es costurera en una fábrica. —¿Y tu padre? —Nunca lo conocí. —Ya veo. Criada sin padre. ¿Y cómo piensas ser una buena esposa para mi hijo? —Lo intentaré… —Inténtalo, no intentes… Contigo no hay nada que hacer, niña. Mi hijo no te ama. ¡Cree que te ama! Le conozco mejor que nadie. Jamás se casará contigo. ¿Para qué? Si ya lo has dado todo. —Él me quiere —la voz de Leonor tembló—. Lo sé. Descubre más —Te equivocas. ¿Te crees que eres la primera? —No lo pienso… Pero tampoco importa… —¿No importa? ¡En una semana se cansará de ti! ¡Ni sois de la misma categoría! ¡Intelecto! ¿Has oído esa palabra alguna vez? —La conozco. Pero aquí no viene al caso. —¿Y por qué? —Tengo estudios superiores. —¿Y qué? Mira, chica, lo mejor sería que volvieras a tu casa. Aquí no pintas nada. Llevo toda la mañana intentando explicártelo y no lo entiendes. —Está bien, me iré. ¿Pero qué le dirá a Rodrigo? No le va a gustar. —¡Eso no es asunto tuyo! Vete y no vuelvas. Aquí no eres bienvenida. Fernanda habló y se sorprendió de sí misma: ¿qué demonios le pasaba? Jamás le había dicho a nadie ni la décima parte de lo que le soltó a Leonor. Las palabras venenosas le salían a borbotones. ¿Y Leonor? La chica miró a Fernanda y lo comprendió todo. ¡La madre tenía celos de su hijo! Y llevaban menos de un día conociéndose y, aun así… Y, sin embargo, cuando el sol se puso sobre Madrid, Fernanda notó, por primera vez, el peso del silencio en un piso donde nunca resonaría la risa de un nieto.