La Tardía Felicidad de Catalina

**La Felicidad Tardía de Catalina**

Las sombras ya se alargaban densas cuando el autobús, tras su rutinario trayecto desde la bulliciosa ciudad hasta la apacible sierra, frenó con un siseo de aire comprimido junto al poste con la placa azul descascarada. La puerta se abrió, y ella pisó la tierra. Catalina. El cansancio de su turno de veinte horas como auxiliar de enfermería en el hospital urbano pesaba como plomo en sus hombros, resonando en un dolor sordo en la espalda. El aire, impregnado del aroma de hierba recién cortada y el humo de las chimeneas, fue el primer bálsamo para su alma agotada.

Y él fue el segundo.

Estaba allí, como siempre, día tras día, año tras año. Su figura alta y robusta parecía enraizada en ese lugar junto a la parada, como un punto de referencia vivo. Jorge. Al verla, su rostro, habitualmente serio, se iluminó con una luz interior tan cálida y sincera que hasta el crepúsculo pareció retroceder.

En silencio, con una ternura casi caballeresca, le tomó la gastada bolsa de trabajo. Sus dedos se rozaron un instante, y ese fugaz contacto bastó para aliviar parte de su fatiga. Caminaron por el camino de tierra que llevaba a casa, su casa. Sin prisa, al unísono, sus pasos marcaban la melodía callada de una vida compartida.

Vaya pareja más bonita susurró una de las cotillas, calentándose al sol del atardecer en el banco de la plaza, con una mezcla de admiración y envidia. Él, nuestro Jorge, parece un gigante de cuento, ¡qué hombros! Y ella una auténtica belleza, aunque ya no sea una chiquilla. ¿De dónde saca fuerzas, tras esos turnos, y aún así parece brillar?

Suerte tiene la Catalina, no me extrañaría que le hubiera echado algún hechizo añadió otra, entrecerrando los ojos. Se llevó al más joven, mira que llevan años juntos, y él sigue mirándola como si acabara de caer del cielo. ¡Y ni siquiera son de la misma edad! ¿Diez años menos que ella? ¡Más!

Valentina, la vecina y amiga íntima de Catalina, mujer de carácter vivaz y corazón noble, no pudo contenerse.

¡Olga, Marisol! ¿Cuándo van a dejar de cotillear? ¡Diez años llevan, felices como enanitos! ¡Y cada día Catalina está más radiante! Ustedes, en cambio, se consumen de tanto rencor. ¡Envidien en silencio!

Catalina y Jorge ya estaban lejos, ajenos al murmullo. Caminaban, su mano descansaba en la suya, y su hombro era un apoyo firme al que aferrarse en cualquier momento.

Quince años atrás, su vida no era un camino, sino un lodazal en el que se hundía, perdiendo las últimas fuerzas. Entonces no la llamaban “Catalina”, sino el despectivo “Cati, la mujer del borracho”. Su primer marido, otrora un muchacho gallardo, se había perdido en el vino. Ella luchó: tiró botellas, suplicó, lloró, escondió dinero. La respuesta fueron golpes, insultos y la destrucción de todo lo que intentaba salvar: familia, respeto, dignidad.

La gota que colmó el vaso fue la noche en que él, al no encontrar dinero para beber, rompió el jarrón favorito de su madre y levantó la mano contra su propio hijo. Esa misma noche, empacó sus escasas pertenencias y lo echó de la ruinosa casa que apenas merecía ese nombre. “Vete con tu madre. No eres un hombre, eres una carga”. Se fue a la ciudad y desapareció, como tantos antes que él.

Se quedó con dos hijos: Pablo, de quince años, cuyo idealismo adolescente se tornó en amarga responsabilidad, y Martita, de once, una niña frágil de mirada asustada. No eran culpables de que ella, en su juventud, hubiera elegido mal. Y Catalina juró que no solo sobrevivirían. Vivirían. Con dignidad.

Era de pueblo, sangre de esa tierra, y sabía que la tierra no traiciona: alimenta a quien no teme trabajar. Tomó el hacha que antes usaba su marido y aprendió a cortar leña. Los troncos, duros y rebeldes, le dejaron las manos en carne viva. Pero cortó. Amplió la huerta, la llenó de patatas. Compró una cerda con sus ahorros, y pronto el alegre gruñir de los lechones llenó el corral. Vaca, gallinas, pavos un pequeño reino que gobernaba sola. No dejó el trabajo en la ciudad; el dinero era vital.

Pablo se hizo hombre pronto. Codo a codo con su madre, cargó sacos, reparó la valla, cortó heno. La casa, antes derruida, renació: techo reparado, ventanas nuevas que dejaron entrar el sol. Compraron una furgoneta usadaimprescindible en el campo, y Catalina aprendió a conducir, sorprendiendo a los vecinos.

La vida, lentamente, se enderezaba. Las heridas cicatrizaban.

A los tres años, Pablo se fue al servicio militar. Su ausencia fue un vacío enorme, la pérdida de su principal ayuda. A veces contrataba jornaleros, pero el peso caía sobre sus hombros, frágiles pero inquebrantables.

Pablo volvió maduro, con mirada firme. Consiguió trabajo en una cooperativa agrícola. Y un día de verano, llegó con un amigo del ejército, de un pueblo cercano: Jorge. Alto, casi demacrado, de ojos claros y tristes.

“Pobre, lo estarán mal alimentando en casa”, pensó Catalina con ternura maternal, mientras ponía la mesa.

“Qué hermosa es y qué ojos cansados, pero dulces”, pensó Jorge, y el rubor le quemó las mejillas.

Desde entonces, Jorge visitaba a menudo. Siempre aparecía donde se necesitaba fuerza: arreglando la valla, ayudando con la siega, revisando el motor. “Qué buen amigo es Pablo”, pensaba Catalina.

Pero algo cambió. Pero algo cambió.
Un atardecer, mientras recogían las últimas hortalizas del huerto, Jorge se detuvo, las manos llenas de tierra, y le dijo con voz ronca: Catalina yo no vine por Pablo. Vine por ti. Y me quedé porque cada día contigo es el único que siento de verdad.

Ella bajó la mirada, sorprendida, emocionada. No era joven, no era perfecta, pero en sus ojos encontró algo que el tiempo y el dolor no habían logrado borrar: amor limpio, sin condiciones.

Se casaron al año siguiente, bajo el cerezo más viejo del patio, con Pablo orgulloso a un lado, Martita sonriendo entre lágrimas, y los vecinos mudos de asombro. Jorge dejó su pueblo, renunció a sus tierras, y se convirtió en el hombre que regaba las flores que Catalina plantó junto a la puerta.

Y ahora, cada tarde, cuando el autobús llega con su siseo cansado, él sigue esperándola. Porque no hay felicidad más profunda que la que se construye a mano, ladrillo a ladrillo, amor a amor, en el silencio de una vida que por fin vale la pena.

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La Tardía Felicidad de Catalina
La Reeducación de un Esposo — Estuvimos juntos, Valen. En ese último viaje a Salamanca. Todo salió… fa.tal. Tomamos unas copas después de la presentación y yo simplemente… No pude parar, Valen… — ¿Y me lo dices así, tan tranquilo? —Valentina casi se quedó sin voz del impac.to—. ¿Misha, acabas de confesarte conmigo… que me has sido infiel? — No puedo seguir guardándolo dentro —bajó la cabeza el marido—. Valen, perdóname, ¿sí? Te prometo que nunca volverá a ocurrir. Lo he comprendido todo… Valen dejó la copa sobre la mesa con sumo cuidado. Su vida acababa de estallar en mil pedazos… *** Aquella mañana había empezado como tantas otras: Valen estaba en la cocina removiendo la papilla del pequeño mientras intentaba hacerle una trenza a Sonia, su hija de siete años. — ¡Mamá, me tiras! —protestó Sonia, girando la cabeza. — Perdona, cielo, voy de prisa. ¿Dónde está vuestro padre? ¡Se le va a hacer tarde! El marido salió del baño abrochándose la camisa. Solo con verle la cara, Valen supo que no estaba de humor. — ¿Hay café? —preguntó sin mirarla. — Está en la cafetera. Sírvete tú, que tengo las manos ocupadas. Él lo hizo. Bebió de pie, mirando por la ventana el patio gris, donde un barrendero empujaba hojas con desgana. Ni un beso en la mejilla, ni un “¿has dormido bien?”; los dos llevaban años apenas hablándose. Valen trabajaba de contable en una gran empresa, llevaba ya diez años casada. El piso: un buen tres dormitorios, aunque hipotecado; el coche: un todoterreno recién estrenado. Los niños, sanos; en apariencia, todo lo que cabe desear. Pero… Le faltaba el aire. Le faltaba su marido —aquel de antes, que podía salir a buscarle un helado de madrugada o abrazarla tan fuerte que le crujían las costillas. Sobre las dos, el móvil vibró sobre la mesa. “¿Vamos esta noche a cenar fuera? Hace mucho que no salimos, ¿te apetece? — escribió él —. Ana ya se lleva a los niños a dormir con ella”. Valen releyó el mensaje varias veces. El corazón le dio un vuelco, como si volviera a ser una adolescente. — Vaya —musitó—. ¿Se habrá dado cuenta…? El resto del día pasó en una nube. Hasta se escapó antes del trabajo, fue a casa corriendo y eligió vestido con agitación. El azul marino, de seda, que realzaba su figura. Más máscara de lo habitual, una gota de perfume tras las orejas. Se miró al espejo y vio a una mujer que todavía deseaba gustar a su marido. En el restaurante todo era cálido: velas, música suave en directo. Él estaba ya sentado cuando ella llegó, impecable con su traje y bien afeitado. Se levantó al verla; en sus ojos brilló algo parecido a la admiración. ¿O era pena? En ese momento, Valen no supo verlo. — Estás guapísima, Valen —dijo, apartándole la silla. — Gracias. Me ha sorprendido la invitación, la verdad. ¿Qué celebramos? — Nada… Me he dado cuenta de que ya apenas nos hablamos. Vivimos como vecinos, de verdad. — Es cierto —suspiró ella, probando el vino—. El trabajo, los niños, esa rutina que nos devora… — Yo lo pienso igual —Misha jugaba con el cuchillo en la mano—. Corro en una rueda y he olvidado por qué. Hablaron largo rato, recordando cómo fue su boda, la época en el pisito alquilado con la grifería rota y lo increíblemente felices que eran. Rieron recordando la primera vez que él cambió un pañal y casi se desmayó. Fue una velada maravillosa. Valen notaba el hielo fundiéndose entre los dos. — Deberíamos hacer esto más a menudo —pensaba ella—. Todo irá bien. Solo estamos cansados… — ¿Volvemos a casa? —propuso él al traer la cuenta—. Paso a por algo de vino por el camino. Así charlamos tranquilos, sin niños. En casa el silencio era raro, sin los gritos ni los juguetes tirados, el piso parecía inmenso y vacío. Se acomodaron en la cocina. Misha sirvió el vino. El ambiente era cálido, propicio, pero de pronto… — Valen, tenemos que cambiar cosas de verdad —empezó él. — Estoy de acuerdo, Misha. ¿Y si nos vamos de viaje juntos? A Gran Canaria o aunque sea a un balneario. Nos hace falta desconectar. — Sí, claro… Pero no es solo por descansar. Últimamente siento que no soy yo mismo. Casi no nos escuchamos, Valen. Tú siempre con los niños, yo con el trabajo. Cuando llego, estás durmiendo o de mal humor. No hay intimidad, ¿entiendes? Ni siquiera física… esa otra, cuando nos entendíamos solo con mirarnos. Valen se tensó: — ¿A dónde quieres llegar? —susurró. — Quiero decir que me equivoqué. Que he caído. Y entonces lo contó todo. Lo de Salamanca, la compañera y la infidelidad. — Solo me escuchaba, Valen —Misha hablaba atropellado, como temiendo que ella lo cortara—. Íbamos mucho juntos de viaje por trabajo. Ella preguntaba cómo estaba y no por compromiso, de verdad le importaba. No intento justificarme. Soy un canalla, lo sé. Me resistí mucho, de verdad. Pero aquella noche… bebimos con el grupo, y después nos quedamos los dos en el bar del hotel… Valen guardó silencio. Sentía como si una granada hubiera explotado en el pecho y las esquirlas cortaran su interior. — Perdóname si puedes —continuó él—. Me muero de vergüenza. Llevo dos semanas sin encontrarme. No puedo ocultarlo más mirándote a los ojos. No quiero perderos. Vosotros sois todo lo que tengo. Estoy dispuesto a lo que sea. — ¿A lo que sea? —repitió Valen, seca. — Sí. Ya hablé con el jefe. Pedí que me cambiaran de departamento: así no volveré a verla, y Estepa me lo ha prometido, en un mes estará resuelto. He pedido las vacaciones. Vámonos. Mañana mismo compro los billetes. Sólo tú y yo. Empezamos de cero, de verdad. Misha intentó tomarle la mano, pero Valen la retiró enseguida. — ¿De cero? —sonrió ella con amargura—. ¿De qué hablas, Misha? Sabes lo que has hecho. No solo me has sido infiel, me has hundido. Estaba en la oficina, feliz por tu mensaje, eligiendo vestido… Y yo pensaba que me querías, que querías arreglarnos… — ¡Te quiero! —casi gritó él—. Por eso te lo he contado. No podía seguir mintiendo, Valen. — Si me quisieras, no te habrías acostado con ella… Qué colega tan preocupada tienes. Y yo, la amargada, ¿no? — No he querido decir eso… —protestó Misha. Se levantó e intentó abrazarla. — Valen, por favor… — ¡No me toques! —ella lo apartó de un empujón—. Me das asco. Valen se encerró en la habitación y se tiró en la cama. Lloró a mares. Misha se quedó rascando la puerta, susurrando cosas, suplicando perdón, hasta que se hizo el silencio: ella escuchó como él se acomodaba en el sofá del salón. *** Por la mañana salió a la cocina con los ojos hinchados. Él seguía en el sofá, sin haberse cambiado de ropa. En la mesa, el café intacto. — No me fui anoche solo porque no tenía con quién dejar a los niños —dijo ella, fría. — Valen… — Calla. No quiero oír nada de tus sentimientos. Me importan un cuerno los tuyos ahora. — Lo entiendo. — Hablabas de vacaciones. ¿A dónde pensabas ir? — Pensé en algún sitio tranquilo. Solo andar, charlar… — Bien —se volvió a la ventana—. Iremos. Pero no creas que allí todo será como antes. No voy “a empezar de cero”, quiero saber si puedo mirarte sin sentir repulsión. Misha asintió, dispuesto a todo. — Lo reservo hoy mismo. — Y otra cosa —añadió Valen, girándose—. El justificante del traslado. Quiero verlo con el sello. Y tu móvil… Desde hoy, sin clave. — Por supuesto. Lo que tú digas. Le tendió el móvil, pero ella lo rechazó con un gesto de rechazo. — Después. Ahora métete en la ducha. Necesito pensar antes de recoger a los niños de casa de Ana. No quiero que nos vean así. En cuanto la puerta del baño se cerró, Valen se dejó caer en una silla. Marcharse, dejar a aquel hombre al que hasta ayer amaba más que a su vida, era lo que más deseaba. Pero no podía hacerlo. Al menos, por los niños… *** Los días previos al viaje fueron espesos, casi no hablaban más que de lo indispensable. — ¿Has comprado los billetes? — Sí, para el sábado. — Recoge a Sonia de la escuela. — Ok. Los niños estaban inquietos, Sonia se callaba al ver a sus padres juntos, el pequeño estaba más caprichoso que nunca. — Mamá, ¿por qué papá duerme en el salón? —susurró Sonia una noche, ya acostada. Valen tragó saliva, arropándola. — Papá… tiene mucho trabajo, cielo. Y le duele la espalda del sillón de la oficina, en el sofá duerme mejor. — ¿Os habéis peleado? — Solo estamos cansados, pequeña. Todo irá bien. Pronto vamos a la playa, ¿te acuerdas? Sonia asintió, pero en sus ojos seguía la desconfianza; a los niños no se les engaña: lo sienten todo. *** El viernes, justo antes de irse, Misha volvió a casa antes con unos papeles. — Aquí están —dejó el folio sobre la mesa—. El traslado. En cuanto vuelva de vacaciones me incorporo al análisis. Nada de viajes de empresa. Nada. Ella… se queda en compras. Ni nos cruzaremos. Valen solo miró por encima el sello. — Bien. — Valen… —titubeó en el marco—. Pienso en ello a cada hora. En lo… ruin que he sido… — ¡Misha, por favor! —le cortó ella—. Tú elegiste en Salamanca, ahora decido yo: si seguir contigo o no. No le contó que la noche anterior, mientras él dormía en el sofá, ella revisó su móvil. Sintió asco, las manos le temblaban, pero no iba a dejarlo pasar. No había borrado los mensajes con la compañera. El último, de él: “Se acabó. Fue un error enorme. No me escribas más ni te acerques”. Y de ella: “Pues tú mismo. ¡Suerte!” ¿Le sirvió de consuelo? No. Pero sabía ahora al menos que aquello era cierto, él intentaba cerrar esa puerta. *** El sábado amaneció con una lluvia fina. Cargaron las maletas en silencio. Él, más atento que nunca: le tendía la mano, comprobaba que las ventanas estaban cerradas, le compró café en la gasolinera. Y eso aún lo hacía todo más difícil. En el aeropuerto, en la sala de espera, él se sentó a su lado, mientras los niños miraban aviones al otro lado del cristal. — ¿Sabes? —le dijo muy bajo, mirando donde los niños—. Anoche recordaba nuestro primer verano, aquel viaje en tienda de campaña a la costa. ¿Recuerdas cuando la tormenta nos arrancó la lona? Valen, sin quererlo, esbozó una sonrisa. — Claro que sí. Tú pasaste la noche sujetándola con estacas y yo dormí bajo la gabardina. — Y yo pensaba que no había nadie mejor que tú en el mundo. Y aún lo pienso, Valen. Solo que… me perdí. Me he perdido… — Los dos nos hemos perdido, Misha —por primera vez en siete días, le miró a los ojos. Él le tomó la mano. Esta vez, ella no la apartó, pero tampoco la apretó. Se sentía perdida. Probablemente acabaría perdonándolo. Si no por sí misma, al menos por los niños y evitarles el trauma de un divorcio. Pero antes de perdonar, iba a darle una buena lección. Para que nunca más volviera siquiera a mirar a otra mujer. Eso lo haría en vacaciones… Comenzaba la reeducación de un esposo.