El miedo que habitó con nosotros durante años

—¡Martina, cuántas veces más temblando! —Carmen Delgado se volvió brusca hacia su hija, que junto a la ventana retorcía el borde de la cortina—. ¡Nada te ocurrirá, comprendes? ¡Nada!

—Mamá, puede que haya regresado… —La voz de Martina temblaba sin despegar la vista del patio—. Ayer Lucía del quinto dijo que lo vio junto al supermercado. Preguntaba por nosotras.

—¿Y qué? ¡Si preguntaba, preguntaba! ¡Nosotras no hemos hecho nada malo! —Carmen golpeó la mesa con la palma; las tazas resonaron—. Basta ya, Martina. Tantos años y sigues con miedo.

Martina se apartó despacio de la ventana, sentándose en el taburete junto a su madre. En sus ojos brillaban lágrimas que se negaba a derramar.

—Mamá… ¿y si realmente volvió? ¿Y si sabe dónde vivimos?

Carmen suspiró, apartando el té a medio tomar. Su hija tenía ya treinta y dos años, pero aún se sobresaltaba con cada llamada, miraba atrás en la calle, despertaba empapada en sudor frío.

—Escúchame bien —dijo Carmen en voz baja, tomándole las manos—. Han pasado catorce años. ¡Catorce! Entonces eras una chiquilla de dieciocho. Ahora eres una mujer adulta, tienes trabajo, tu vida. ¡Es hora de pasar página!

—¿Cómo pasar página, mamá? ¿Cómo olvidar lo que nos hizo? —Martina soltó sus manos, levantándose para recorrer la cocina—. ¿Recuerdas cuando nos escondíamos bajo la cama? ¿Cuando cambiabas las cerraduras cada mes? Cuando ingresó en el hospital con una fractura, seguíamos temiendo su regreso.

Carmen cerró los ojos. Recordaba aquellos tiempos como si fuera ayer. Vivían como en estado de sitio. Cada noche revisaba cerrojos tres veces. Dormía vestida para poder huir rápidamente con su hija.

—Mamá, ¿recuerdas cuando vino el guardia civil? —Martina volvió a sentarse, apretando las manos contra el pecho—. Tú le contabas, y él solo movía la cabeza diciendo: “Prueben que fue él”. ¿Y cómo probarlo? Era listo ese ruin. Nunca actuaba ante testigos.

—No rememores —susurró Carmen—. ¿Para qué revolver el pasado?

—¡Para esto! —estalló Martina—. ¡Porque este miedo sigue vivo en mí! No me caso por temor a hablar de mi pasado. Ni siquiera invito amigas… por si nos vigila y descubre algo por ellas.

Carmen se levantó, abrazando a su hija. Martina era delgada, frágil, igual que en aquellos días terribles escondidas del vecino del piso de enfrente.

Santiago López apareció en sus vidas cuando Martina cumplió diecisiete. Un hombre de unos cincuenta, divorciado, solitario. Primero pareció agradable, incluso galante. Saludaba en el portal, ayudaba con las bolsas pesadas, traía caramelos.

—”Un hombre educado”—comentaba Carmen entonces a su vecina Clara— “Hoy día son raros”.

Pero algo cambió. Santiago empezó a aparecer demasiado: en el supermercado, en la parada del autobús, en el patio. Primero Carmen pensó en casualidades. Palma es pequeña, la gente se cruza.

Luego llegaron las llamadas. De madrugada. Silencio en el auricular, respiraciones profundas. Primero Carmen colgaba. Después desenchufaba el teléfono.

—Mamá, ¿recuerdas cuando empezó a llamar a la puerta? —preguntó Martina sin salir del abrazo—. Aquella noche sin dormir, escuchando…

Carmen lo recordaba con nitidez. Veían la televisión cuando comenzaron los golpes. Fuertes, insistentes, continuos.

—¿Quién es? —había gritado entonces.

Silencio. Los golpes continuaron.

—Abran, sé que están —sonó la voz de Santiago—. Necesito hablar con Martina.

—¿Qué quiere con mi hija? ¡Váyase a casa!

—No me voy sin hablar con ella —La voz tenía una persistencia perturbadora—. Martina, sé que me oyes. Sal.

Martina estaba en el sofá, blanca como el papel, temblando. Señaló la puerta en silencio: “No abras”.

Los golpes duraron casi una hora. Cesaron. Pero Carmen sintió que el hombre aguardaba tras la puerta. Miró por la mirilla: oscuridad. La tapaba con un dedo.

—Luego llegaron las notas —continuó Martina en voz baja—. Debajo de la puerta, en el buzón. Escritas con vileza…

Carmen estremeció. Intento no pensar en aquellas notas. Estaban llenas de fantasías enfermizas, amenazas, exigencias. Santiago escribía que vigilaba a Martina, sabía su horario de trabajo, sus amigos, sus compras. Exigía verse, amenazando con “hacer daño” si ella “se empeñaba”.

—Acudí entonces a la comisaría —dijo Carmen— ¿Recuerdas cómo me atendieron?

—Lo recuerdo muy bien. “¿Y qué hizo él exactamente?” —imitó Martina la voz del agente—. “¿Golpeó la puerta? ¿Y qué? Quizá quería sal. ¿Notas? Prueben que fueron de él. Sin pericia caligráfica…”

—”Vecinos en conflicto”— añadió Carmen recordando al teniente—. “Arréglenlo civilmente”.

Arreglarlo civilmente con Santiago era imposible. Notaba que no había pruebas y se volvía más insolente. Empezó a acechar a Martina en el portal, seguirla hasta la parada. Si ella cruzaba la calle, él también. Si entraba en una tienda, entraba tras ella, jadeando mientras musitaba algo.

—Mamá, ¿recuerdas cuando trajo flores? —preguntó Martina.

—Rosas rojas.

—Las dejó bajo la puerta con una nota. Decía que era la última advertencia, que si no accedía me arrepentiría.

Carmen tiró las rosas al cubo de la basura. Llevó la nota al comisario. Fue inútil.

—¿Dónde está la nota? —preguntó el teniente—. Necesitamos pericia caligráfica.

—Escribió con letras de imprenta —explicó Carmen—. Para no reconocer la letra.

—Sin pruebas, nada podemos hacer —se encogió de hombros el agente—. Mientras no cometa delito…

—¿Esperamos a que lo cometa?

—La ley es la ley.

Tras aquello Carmen comprendió: solo podían confiar en sí mismas. Cambió cerraduras, añadió cerrojos, comp
Al día siguiente, Marina despertó con un destello inusual de determinación en los ojos y, al ver el sol filtrarse por las persianas, sintió que por primera vez en catorce años la sombra de Nicolás Esteban empezaba a disiparse para siempre.

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El miedo que habitó con nosotros durante años
El amigo vendido. Relato del abuelo ¡Y él me entendió! No fue divertido, comprendí que era una idea tonta. Lo vendí. Él pensó que era un juego, pero luego se dio cuenta de que lo había vendido. Las épocas, en fin, siempre son diferentes para cada uno. Para unos, el todo incluido nunca es suficiente, otros se conforman con un buen pedazo de pan negro con chorizo. Así vivíamos nosotros también, cada uno a su manera, pasaba de todo. Yo era pequeño entonces. Mi tío, el hermano de mi madre, me regaló un cachorro de pastor alemán y yo era el niño más feliz del mundo. El cachorro se encariñó conmigo, me entendía sin palabras, me miraba a los ojos y esperaba, esperaba a que le diese una orden. —¡Túmbate! —decía yo tras esperar un poco, y él, tumbado, me miraba con unos ojos tan leales que parecía que sería capaz de morir por mí. —¡Sirve! —mandaba yo, y el cachorro se levantaba torpemente sobre sus patas regordetas y se quedaba quieto, tragando saliva, esperando, esperando la recompensa, el bocado sabroso. Pero yo no tenía nada con lo que premiarle. Nosotros mismos pasábamos hambre en aquella época. Así eran los tiempos. Mi tío, el Tío Paco—el hermano de mi madre que me regaló el cachorro—me dijo un día: —No te preocupes, chaval, fíjate lo fiel y leal que es. ¿Por qué no lo vendes, y luego lo llamas? Ya verás cómo se escapa y vuelve contigo. Nadie te verá. Así tendrás dinerillo para un capricho, para ti, tu madre y para el perro. Hazme caso, te lo digo en serio. La idea me gustó. No pensé entonces que estuviera mal. Al fin y al cabo, me lo decía un adulto, sería una broma, y así podría comprar alguna chuchería. Le susurré al hocico calentito y peludo de Fiel—ese era su nombre—que lo iba a dejar con otros, pero luego lo llamaría y debía escaparse y volver conmigo. ¡Y él me entendió! Ladró, afirmando que así lo haría. Al día siguiente le puse la correa y lo llevé a la estación. Allí todo el mundo vendía algo: flores, pepinos, manzanas. De pronto se llenó la estación, llegó la gente del tren, empezaron a comprar y a regatear. Me adelanté y tiré del perro. Pero nadie se acercaba. Cuando casi todos pasaron, se me acercó un señor serio: —Chaval, ¿a quién esperas? ¿O quieres vender el perro? Buen cachorro, me lo quedo—me metió el dinero en la mano. Le di la correa; Fiel movió la cabeza y estornudó contento. —Venga, Fiel, ve, amigo, ve—le susurré—, luego te llamaré, vuelve a mí, huye de los desconocidos. Él se fue con el hombre, yo escondido los seguí hasta ver dónde se lo llevaba. Por la tarde llevé pan, chorizo y caramelos a casa. Mi madre preguntó con severidad: —¿De dónde has sacado esto? ¿Lo has robado? —No, mamá, ¿qué dices? Ayudé a cargar unas cosas en la estación y me lo dieron. —Bien hecho, hijo, venga, cenemos y a dormir que estoy agotada—ni preguntó por Fiel, tampoco le interesaba mucho. El Tío Paco vino esa mañana. Yo debía ir al cole aunque sólo quería salir corriendo a por Fiel. —¿Qué, ya vendiste al amigo? —rió, despeinándome. Me aparté sin contestar. No dormí aquella noche, el pan con chorizo ni lo probé, no me pasaba por la garganta. No fue divertido, entendí que era una idea tonta. No era de extrañar que mamá no soportara al Tío Paco. —Es un caso perdido ese hombre, no le hagas caso—me decía. Agarré mi mochila y salí volando de casa. La casa estaba a tres manzanas; las recorrí sin parar. Fiel estaba sentado tras un alto muro, atado con una cuerda gorda. Lo llamaba, pero me miraba triste, con la cabeza sobre las patas, meneando la cola, intentaba ladrar pero ya no le salía la voz. Lo vendí. Él pensó que era un juego, luego comprendió que era real. El dueño salió al patio y le silbó serio. Fiel bajó la cola, y yo entendí que estaba todo perdido. Por la tarde en la estación cargué cosas. Pagaban poco pero gané lo justo. Me armé de valor, fui a la casa y llamé. El hombre salió: —Vaya, chaval, ¿qué haces aquí? —Tío, que me he arrepentido. Aquí tienes el dinero—le devolví lo que me pagó por Fiel. El hombre me miró entornando los ojos, cogió el dinero y desató a Fiel: —Venga, llévatelo, se le ve que está triste. No será buen guardián. Pero ojo, igual no te perdona. Fiel me miró cabizbajo. Aquel juego nos puso a prueba. Luego se acercó, me lamió la mano y empujó su hocico contra mi barriga. Muchas cosas han pasado desde entonces, pero entendí que jamás, ni en broma, se debe vender a un amigo. Y mi madre se alegró: —Ayer estaba tan cansada, luego pensé: ¿y el perro dónde está? Ya le había tomado cariño, ya es de la familia, ¡es nuestro Fiel! Desde entonces, el Tío Paco ya no pasó mucho por casa. Sus bromas dejaron de hacernos gracia.