LA TONTUNA

La Tontita.

Carolina era la hija de la vecina de abajo y una auténtica pesadilla para el quinceañero Javier. Esa niña flacucha de ojos negros la traían a su casa casi todas las tardes.

La tía Marta criaba a su hija sola: apenas llegaba a fin de mes, trabajaba como auxiliar de enfermería en turnos, iba corriendo a poner inyecciones a los jubilados y buscaba cualquier oportunidad para ganar algo más. También intentaba tener vida sentimental, pero todo le salía mal. Una vez salió con un tipo decente, pero resultó estar casado.

La vecina aparecía de repente en el umbral, evitando la mirada, susurrando con urgencia: “María, solo un par de horitas, te lo debo, ya es tarde, ¿cómo va a quedarse sola?”. Carolina estaba a su lado, cabizbaja y con gesto triste.

Mamá suspiraba, pero al final aceptaba llevarse a la niña para que no estuviera a oscuras en el piso vacío. Papá luego se quejaba, claro.

A Javier le tocaba pagar por la bondad de su madre, porque a él lo encargaban de entretener a la intrusa con “algún dibujo animado”. Carolina se encogía en el sofá, viendo sin rechistar películas de acción nada adecuadas para su edad, callada, con las manos en las rodillas, lo cual lo sacaba aún más de quicio.

Una vez a la semana, la tía Marta le daba unos billetes arrugados de diez euros y le pedía que acompañara a la niña al menos hasta la esquina, total iban al mismo colegio.

Ese día, Carolina brillaba como una moneda recién pulida, hasta dijo un par de palabras de camino: contó que tenían una fiesta y que ella recitaría un poema de “Copitos de Nieve”. Javier soltó una risa burlona: con ese gorro ridículo, la tontita parecía más bien un microbio astronauta.

Después de la primera clase, los niños se dirigieron al comedor para el desayuno. Javier iba a coger su bocadillo de queso como siempre. Y vaya qué diablo lo hizo voltear.

Los pequeños del rincón estaban más alborotados de lo normal. Un grupito rodeaba a Carolina, que llevaba un vestido elegante. Algunos se reían y señalaban, otros intentaban pasarle una servilleta. Javier se acercó un poco más. No podía ser peor: todo el vestido estaba empapado de batido de frutas.

La niña estaba paralizada por el miedo. Lloraba sin hacer ruido.

De pronto, se le acercó corriendo un emocionado Eduardito:

¡Javi, rápido! Laura está decidiendo lo de la fiesta su voz sonaba lejana. ¡Vamos, ella MISMA te está buscando! ¡Si no vas ahora, perderás la oportunidad!

Laura… Solo charlar con ella era el sueño de cualquier chico. Y ahora lo estaba invitando, al parecer. Dio un paso hacia la salida. Al fin y al cabo, no era su problema. Que llamaran a la tía Marta, que limpiaran el vestido, lo que fuera.

En el fondo, Javier sabía que nadie se ocuparía de Carolina. La dejarían arrinconada y listo. Y ella se encogería de nuevo, invisible como siempre, ya acostumbrada.

Suspiró, igual que hacía su madre, y se acercó a la mesa.

Isabel Martínez, ¿a qué hora es la actuación?

Ay, Javi, dentro de hora y media. Mira qué desastre, le dieron un papel importante y ahora esto… ¿Cómo la van a dejar salir así?

Carolina temblaba como un flan. Estaba empapada y pálida, como si fuera a vomitar. Javier le arrancó el vaso vacío de las manos con dificultad.

Venga, la llevo a casa, a ver si encuentra algo para cambiarse.

Javi, te lo agradeceré toda la vida, ve corriendo, yo hablaré con la profesora.

Resultó que no había otro vestido de fiesta. Javier maldijo en voz baja todo lo que sabía: limpió las manchas grasientas, lo secó con el secador y planchó los pliegues rosados. La enclenque Carolina, en camiseta y leotardos, se movía nerviosa a su alrededor. Volvieron corriendo, con su manita enfundada en un mitón agarrada fuerte a la de él.

Ese día no habló con Laura, ni fue a clase. Se quedó para ver el acto de los pequeños.

Carolina recitó su poema con una soltura inesperada. Y cuando su clase pasó cerca, de pronto se escapó de la fila, se abalanzó sobre él, lo abrazó y soltó:

Javi, si no fueras por ti, hoy me habría muerto… para siempre.

Vaya tontita…

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LA TONTUNA
AMARGURA EN LO MÁS PROFUNDO DEL ALMA —¡Hace tiempo que el internado “llora” por ti! ¡Lárgate de nuestra familia!— le grité con la voz al borde de la ruptura. El objeto de mi profundo enfado era mi primo Dimas. ¡Dios mío, cuánto le quería de niña! Cabellos rubios como el trigo, ojos azul añil, un carácter risueño. Ese era Dimas. …Los familiares solían reunirse en torno a la mesa de celebraciones. De entre todos mis primos, solo Dimas me llamaba la atención. Tenía el don de la palabra y de contar historias, como esas abuelas que tejen encajes con las manos. Y además, dibujaba con verdadero arte. En una tarde podía hacerme cinco o seis bocetos a lápiz, casi sin mirar. Me quedaba embobada contemplando el resultado, incapaz de apartar la mirada de tanta belleza. Con cuidado, iba guardando sus dibujos en secreto en mi escritorio. Los conservaba como auténticos tesoros. Dimas me sacaba dos años. Cuando él apenas tenía 14, su madre murió de repente. No despertó aquella mañana… Se abrió entonces el dilema: ¿qué hacer con Dimas? De inmediato buscaron a su padre biológico. No fue tarea fácil. Los padres de Dimas llevaban tiempo divorciados. Él ya tenía otra familia y no estaba dispuesto a alterar su tranquila vida. Los demás familiares, al unísono, alzaron los hombros: “Tenemos nuestras propias preocupaciones, nuestras familias…”. Resultó que la familia, de día presente, de noche no parecía por ninguna parte. En resumen, mis padres, aun teniendo ya a sus propios dos hijos, se hicieron cargo de Dimas. Al fin y al cabo, la difunta era la hermana menor de mi padre. Al principio me alegré mucho de que Dimas viniera a vivir con nosotros. Sin embargo… Ya la primera noche percibí algo extraño en la actitud de mi primo favorito. Mi madre, intentando tranquilizar al huérfano, le preguntó: —¿Quieres algo, cariño? Pide sin miedo. Y Dimas, sin pensárselo, dijo: —Quiero un tren eléctrico. Cabe destacar que esa era una de las mejores y más caras jugueterías de la época. Me pareció un deseo fuera de lugar. Pensé: “Se te acaba de morir tu madre, la persona más cercana del mundo, ¿y tú piensas en trenes eléctricos…? ¿Cómo puede ser eso posible?” Mis padres corrieron a comprarle el dichoso tren. Y eso no fue más que el principio… “Compradme un radiocasete, unos vaqueros, una chaqueta de marca…” Eran los años ochenta, todo era caro y difícil de conseguir. Y mis padres, sacrificándonos a sus propios hijos, concedían todos los caprichos del huérfano. Mi hermano y yo intentábamos comprender y no protestábamos. …Cuando Dimas cumplió dieciséis, empezaron las historias de chicas. Mi primo resultó ser muy cariñoso con todas. Y, aun peor, empezó a insinuarse conmigo, su propia prima. Pero yo, que era deportista, esquivé con habilidad todos sus movimientos sucios. Incluso llegamos a pelearnos físicamente. Lloré muchas veces a lágrima viva. Mis padres nada supieron de esto. No quería causarles ese dolor. Los niños no solemos hablar de estos temas tan delicados. Tras fracasar en sus intentos conmigo, Dimas rápidamente se lanzó sobre mis amigas, que peleaban entre sí por llamar su atención. …Además, Dimas robaba. Sin ningún decoro ni vergüenza. Tenía una hucha donde ahorraba el dinero del desayuno para comprar regalos a mis padres. Un día abrí la hucha y… ¡vacía! Dimas lo negó con todo descaro, sin inmutarse. Mi alma se quebraba. ¿Cómo se podía robar así viviendo bajo el mismo techo? Dimas era un vendaval de desdichas que barría la armonía de la familia. Yo me enfadaba y cerraba como una ostra, mientras él, sinceramente, no comprendía el motivo de mi malestar. Estaba convencido de que todos le debían algo. Le llegué a odiar. Y entonces grité con todas mis fuerzas: —¡Fuera de nuestra familia! Recuerdo aún mis palabras cargadas como látigos, tanto, que no cabrían hoy en un sombrero… Mi madre tardó en calmarme. Desde entonces, Dimas dejó de existir para mí. Lo ignoré siempre. Luego supe que los familiares ya sabían qué “piezas” era Dimas. Todos vivían cerca y veían de todo. Nuestra familia, en cambio, estaba lejos, aislada. Los antiguos profesores de Dimas avisaron a mis padres: —No sabéis en qué lío os habéis metido. Dimas arrastrará con él incluso a vuestros hijos. …En el instituto conoció a una chica, Catalina, que se enamoró de él para siempre. Se casaron nada más acabar los estudios. Tuvieron una hija. Catalina, sumisa, soportó todas las “travesuras” de Dimas, sus mentiras interminables y mil infidelidades. Como dice el refrán: “Soltera, infeliz; casada, doblemente sufrida”. Dimas siempre supo explotar el amor de Catalina, que parecía llevarle colgado del alma. …A Dimas le tocó el servicio militar en Kazajistán. Allí formó una “familia paralela”. No sé cómo, pero supo montárselo incluso durante las salidas. Al licenciarse, se quedó en Kazajistán: allí le había nacido un hijo. Catalina, sin dudarlo, fue a buscarle hasta Kazajistán y, como pudo, le devolvió al redil familiar. Mis padres nunca oyeron un simple “gracias” de su sobrino Dimas, aunque nunca lo hicieron por gratitud. …Hoy don Dimitri tiene 60 años. Es feligrés de la iglesia ortodoxa. Entre él y Catalina han criado a cinco nietos. Parece que la vida ha seguido su curso, pero el amargor de la relación con Dimas aún me invade… Ni con doce cucharadas de miel se me pasará jamás.