Cómo Antonio encontró a una mujer que no le costaba dinero. Pero no le gustó nada.

Como Basilio encontró a una mujer que no le costaba nada. Pero no le gustó.

Mire usted, ya he intentado encontrar mujer en aplicaciones de citas muchas veces, pero es una pérdida de tiempo y energía Hay que escribirles, intentar captar su interés, machacar el teclado, escuchar sus problemas femeninos aburridos Si pudiera saltarme todo eso, se lo agradecería mucho dijo Basilio, cruzando los brazos. ¿No habría manera de que ella me eligiera a mí sin que yo tenga que hablar, memorizar chistes de revistas como *Maxim* o fingir ser un intelectual?

¡Claro que se puede! respondió la criatura, una figura nebulosa de humo gris y espeso. Hoy es su día de suerte, total, para eso me ha invocado.

Perfecto. Ahora añada que no pienso gastar ni un euro en ella. Ni uno. Nada de cafés caros, ni pasteles de miel que luego no sé si darán fruto. Que no tenga que ponerme camisa, meterme la tripa, fingir ser alguien interesante Que me lleve directamente a su casa. ¿Es posible?

El ser de humo hizo aparecer en sus manos algo parecido a un bloc y un bolígrafo. Con aire solícito, como un camarero tomando nota, apuntó los requisitos y asintió.

Como digo, lo que usted desee. ¿Algo más?

Pues que no pida nada material, claro. Las mujeres de aquí siempre quieren iPhones, diamantes, abrigos de piel Yo nunca he regalado nada, pero otros hombres cuentan. Solo amor desinteresado, sin rastro de interés, como las europeas o las filipinas. Me flipa cómo en otros países ellas trabajan y los hombres se quedan en casa sin que nadie les critique. Aquí te llaman *mantenido* en cuanto respiras. Pues eso, nada de eso.

¡Hecho! La criatura se encogió de hombros. Pero, Basilio, está siendo muy modesto, como si viniera a una agencia de citas en vez de tratar con un demonio. Mujeres así las hay sin magia, y usted tiene oportunidades únicas. ¿No quiere aprovecharlas?

Vale, pues que sea hacendosa contó con los dedos Basilio. Que limpie, cocine bien, que no se le ocurra pedirme ayuda en esas tareas eso es lo primero. Que no me dé la tabarra, que siempre esté cariñosa, que me mire como si fuera su sol eso, lo segundo. Y que no quiera hijos bajo ningún concepto lo tercero. Todos saben que los hijos son cosa de mujeres. Yo no los quiero. Nada más.

Qué poca ambición La entidad movió la cabeza con aire de decepción. No es mi lugar aconsejarle, pero ¿y el físico? Mujeres como las que describe las hay, muchos hombres las encuentran. Aunque suelen ser poco agraciadas y mayores. ¿No querrá una universitaria joven?

¡Sí, sí, una universitaria! Basilio casi saltó de emoción al recordar lo esencial. Alta, guapa, esbelta, con una piel suave como un melocotón. Pero también tierna, compasiva, de gran corazón. Las chicas de hoy en día no valen nada, ya lo sabe

¡Por supuesto que lo sé! El ser sonrió, o al menos eso pareció entre la neblina. A Basilio le dio la impresión de que la sonrisa era burlona, pero ¿cómo iba a sonreír el humo? No importaba. Pronto conocería a la indicada. Bueno, más bien ella lo encontraría a él, lo llevaría a su casa y

Basilio cerró los ojos, imaginándolo. Pero al abrirlos, se encontró tumbado en la nieve, en un basurero desconocido. A su lado yacía una piel de salchicha y una espina de pescado. Le dolía el costado como si lo hubieran apuñalado. Todo a su alrededor parecía enorme, extraño. Solo la risa fresca de una mujer, como un cascabel en la distancia, seguía sonando dulce.

¡Mira, Natalia, qué gatito más mono! Pobrecillo, ¿te habrán hecho daño los perros? Me lo llevo a casa. Lo cuidaré, lo acariciaré, le daré de comer

Eres demasiado buena, Anita respondió otra voz, más áspera y menos amable. Ves un animal y ya quieres adoptarlo. ¿Para qué? ¿Y si empieza a maullar en primavera? ¿O quiere tener gatitos?

No lo hará, lo llevaré al veterinario. Ven aquí, pequeñín

Unas manos femeninas lo levantaron con firmeza. Basilio quiso gritar, pero de su boca solo salió un débil *miau*.

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