Sin ti, todo ha cambiado…

Cuando mamá se va, el mundo parece cambiar. Las mismas calles, los mismos edificios, el mismo pájaro que canta bajo la ventana, pero todo parece ajeno. Sin ella, la mañana no es tan luminosa, ni la tarde tan cálida. Y el silencio… es engañoso. Como si te envolviera en una manta de tranquilidad, pero por dentro grita el vacío. Porque ya no está su voz suave, sus ojos llenos de comprensión.
Ayer aún parecía que había tiempo de sobra. Que alcanzarías a visitarla, abrazarla, decirle algo importante. Pero hoy el corazón se desgarra de añoranza y reproches: ¿por qué no fuiste entonces?, ¿por qué no llamaste sin motivo alguno? Las noches se han vuelto largas y pesadas. Cierras los ojos y el alma susurra otra vez: «Mamá…». Y llegan los recuerdos, dulces y amargos a la vez. Cómo esperaba tu regreso del trabajo, cómo doblaba tu ropa en silencio, cómo preparaba tus platos favoritos. Cómo rezaba por ti cada día, incluso cuando tú no lo sospechabas.
Los domingos vacíos duelen más que nada. Porque el domingo siempre era para mamá. Antes una llamada, luego un viaje, y ahora… solo el silencio al otro lado del teléfono. Solo quedan fotos en la pared y el fantasma de su perfume favorito flotando en el aire.
Pero el corazón… el corazón sigue amando. Quizás más que nunca. Porque cada día entiendes mejor el tesoro que era mamá. Cuánto te dio, cuánto perdonó, cuán infinita era su amor. Y ese amor se queda en ti para siempre.
Por eso cada día quieres vivir de manera que ella, allá más allá de las puertas celestiales, sonría. Que se sienta orgullosa. Que sepa: su hijo la recuerda. Y la ama. Como siempre la amó 🌻.

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