Charco

**El Charco**

En el patio de un edificio, en pleno centro de Madrid, justo frente a las escaleras de la entrada principal, se extendía un enorme charco. En verano se secaba un poco, pero con las primeras lluvias del otoño, volvía a aparecer.

El problema empezó con un asfalto mal colocado. Con el tiempo, los baches y hoyos lo empeoraron. El charco no solo era grande, sino también profundo. Era imposible rodearlo, y cruzarlo sin que el agua se metiera en los zapatos, una tarea imposible.

Los vecinos se quejaron una y otra vez: escribieron cartas al ayuntamiento, llamaron a los políticos antes de las elecciones… Todo fue inútil. Intentaron taparlo con grava, pero las piedras desaparecían misteriosamente, y el insolente charco volvía. En la batalla entre los vecinos y el charco, siempre ganaba el charco.

En invierno, se congelaba, y con el deshielo se convertía en un barrizal intransitable. En verano, tardaba en secarse porque los edificios alrededor tapaban el sol.

De pequeña, a Lucía le encantaba saltar desde las escaleras directamente al charco. Las salpicaduras la hacían reír. Pero al crecer, entendió la verdadera magnitud del desastre.

Ese otoño fue cálido. Antes de salir al trabajo, Lucía revisó el pronóstico: no anunciaban lluvia, así que se puso unos zapatos elegantes. Pero al mediodía, cayó un aguacero, y el charco se convirtió en un lago. Ni a pie ni en coche se podía pasar. Al anochecer, brillaba bajo las farolas como burlándose de ella. ¿Cómo cruzar?

—¿Otra vez el mar se ha desbordado? —sonó una voz masculina detrás de ella.

Lucía se giró y reconoció a su vecino del quinto piso.

—Sí. Estoy pensando cómo llegar a la entrada —respondió frustrada—. No quiero estropear los zapatos.

El hombre trepó por la valla baja que separaba los arbustos de los coches aparcados.

—Pase usted también —dijo, ofreciéndole una mano.

Lucía dudó, pero al final cruzó. Sus tacones se hundieron en la tierra blanda del jardín. No había escalones por ese lado, pero sí una barandilla. Los arbustos eran espesos. El hombre se abrió paso entre ellos, se agachó bajo la barandilla y llegó al portal.

—¡Ay, y yo qué hago! —protestó Lucía.

—Dame la mano, la subo. Aparte las ramas a la izquierda, yo las muevo a la derecha, y agache la cabeza —ordenó el vecino.

Con esfuerzo, Lucía logró llegar, pero se golpeó la cabeza con la barandilla y se hizo un roto en las medias.

—Mejor póngase botas de agua mañana. Sin ayuda, no va a poder —dijo él con una chispa de esperanza en los ojos.

—Prefiero las botas —contestó Lucía, arruinando sus planes de un encuentro romántico entre los arbustos.

En casa, le contó a su madre la aventura con todo detalle.

—Claro, ponte las botas. No es momento de vanidades —apoyó su madre.

Después de cenar, Lucía envió una queja por correo electrónico al ayuntamiento y también a la página de trámites del gobierno. Pero como no sabía cuándo la leerían, anotó unos teléfonos para llamar al día siguiente.

—Prueba también a escribir a la fiscalía. A veces ayudan con estos problemas —sugirió su madre.

—Tienes razón, qué lista eres, mamá.

Al día siguiente, Lucía fue al trabajo con sus botas de agua, dejando la elegancia de lado. Al menos iba seca. El charco pareció fruncirse bajo sus pasos. En la oficina, llamó a la fiscalía. Contestó una secretaria de voz cansada. Lucía le explicó su problema.

—Espere —dijo la mujer con desgana.

—¿Esperar qué? —preguntó Lucía, confundida.

—Al invierno —respondió la secretaria con un suspiro.

—¿Está de broma? Esto no es un charco, ¡es un océano! ¡En invierno se congela y la gente se rompe huesos! ¿Por qué no viene usted a intentar cruzarlo? —gritó Lucía, indignada.

—¿Qué océano, el Mediterráneo? —preguntó la secretaria, seria.

—No, el Cantábrico —replicó Lucía con sarcasmo.

La llamada se cortó. Vaya. Era más fácil luchar contra el charco que contra la burocracia.

Al volver del trabajo, ya de noche, Lucía cruzó el charco con rencor. Justo cuando llegaba al portal, pasó un coche a toda velocidad, salpicándola de barro.

—¡Oye, ¿estás ciego?! ¡Me has empapado! —gritó hacia el vehículo.

El todoterreno frenó en seco. El conductor abrió la puerta y saltó directamente al charco.

—¡Maldita sea! —maldijo, trepando de vuelta al coche.

—¿Lo ves? Te lo mereces —dijo Lucía—. Mira por dónde conduces.

—Lo siento —respondió el hombre—. No pensé que fuera tan hondo. ¿Cómo aguantan ustedes esto?

—Nadando —respondió irónica—. Nos quejamos, pero no sirve de nada. ¿Se imagina a las madres con sus carritos?

La conversación continuó a gritos: Lucía desde el portal, el hombre desde su coche.

—Habría que llamar a la tele. Que graben un reportaje. Así arreglan esto más rápido. Perdone, pero debo irme. —Cerró la puerta, y Lucía se apartó rápidamente del borde.

—Bueno, bueno… Lo de la tele no se me había ocurrido —murmuró para sí.

El coche se fue, y ella entró en el edificio.

Al día siguiente, al volver del trabajo, vio el charco cubierto de grava y dos tablones gruesos colocados encima. Probó su resistencia con cuidado. Ya habían puesto tablones antes, pero los quitaban porque molestaban a los coches.

Tras ella, una puerta se cerró. Era el hombre del día anterior.

—Con las piedras, las madres no podrían pasar con los carritos. Los tablones son una solución temporal. Cuando baje el agua, arreglaremos el asfalto.

—¿Está bromeando? El agua no se va a ningún lado. Llevamos años así —respondió Lucía, sin agradecerle.

—Habla del charco como si estuviera vivo —observó él.

—Pues lo está. A veces pienso que se instaló aquí para ponernos a prueba —dijo, dando un golpe con el pie.

Pasó el vecino que la había ayudado el día anterior, mirando de reojo al recién llegado.

—¿Quiere subir a casa? Le invito a un café como agradecimiento —propuso Lucía.

—No me negaré —respondió él, sorprendiéndola.

—¡Mamá, tenemos visita! Es el que tapó el charco —anunció Lucía al entrar, sin disimular su ironía.

—Pero hija, el pobre se ha esforzado. Pase, caballero —dijo su madre desde el salón.

Bajo la luz, Lucía notó que el hombre era algo mayor que ella y bastante atractivo. Él también la miraba con interés.

—¿Me mira por algo? —preguntó ella.

—Pensé que era mayor —dijo él, avergonzado.

—¿Eso es un cumplido? —replicó secamente, pasando a la cocina.

Bebieron café, y la madre preguntó cuánto costaría arreglar el patio.

—Bastante. Hay que traer maquinaria, materiales, mano de obra… Bombeo para sacar el agua, retirar el asfalto viejo, poner uno nuevo…

—Pero la genteCon el tiempo, el charco se convirtió en una leyenda del barrio, y aunque ya no estaba, todos recordaban cómo había unido a Lucía y a Javier, el hombre del todoterreno, en una historia que comenzó con un enfado y terminó con un “sí, quiero”.

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Charco
Marina ya estaba a punto de acostarse cuando, de repente, alguien llamó a la puerta. Se puso la bata y fue a abrir; su marido, Esteban, la siguió. En el umbral estaba Nicolás, el chico del vecino: —Tío Esteban, ¿puedes venir a casa?—dijo Nicolás—, mi madre quiere hablar contigo. Esteban se vistió y fue a ver a la madre de Nicolás, murmurando por el camino: —¿Qué querrá María de mí? Se sentó junto a su cama y ella le confesó: —No me queda mucho, Esteban, pronto me iré… Debo contarte un secreto… Esteban la miraba, desconcertado, sin comprender nada. Esteban siempre fue un muchacho atractivo desde joven, aunque solo amó a una mujer en su vida: su esposa Marina. La quiso desde sus años escolares y desde entonces no dejó de quererla. Vivían unidos, criaban a tres hijos: Miguel y Juan, y una niña, Tatiana, la pequeña. Esteban, de buen carácter y manos de oro, era el mejor carpintero de la zona. Trabajaba mucho para mantener a su familia, vestir a los niños, mimar a su esposa. Si algo bonito llegaba a la tienda—ropa, algún pañuelo elegante—siempre lo compraba; o traía perfumes caros de la ciudad. Antes de dormir, Marina se sentaba frente al espejo con su blusa blanca, peinando y trenzando su cabello mientras Esteban la admiraba desde la cama, bajo la luz de la lámpara: era su felicidad. ¿Cómo lo hacía todo? La casa siempre limpia, desayuno, comida y cena listos, el huerto impecable. El trabajo pesado, sí, era suyo, con ayuda de los chicos, que hacían todo lo que su padre ordenaba. A Esteban le gustaban los niños. No los mimaba en exceso, pero les enseñó disciplina y respeto por su madre. Tatiana era aún muy niña, de apenas tres años, igual de ojiazul que Marina. Con ella sí que era imposible no consentirla. Dondequiera que iban, la llevaba sobre los hombros. En casa, nadie osaba hacerle daño. Su felicidad familiar parecía casi vergonzosa. En todas las casas había peleas y quejas; pero en la suya todo era armonía. Hasta que, hace poco, el menor, Juan, discutió fuerte con Nicolás, el chico robusto de la vecina. Marina lloró e hizo compresas frías para Juan… Entonces, Esteban se pasó por el patio de los vecinos. Nicolás, regañado por su madre, estaba triste en el poyete. Al ver a Esteban, se apartó. Daba lástima, y algo se movió en el alma de Esteban, ya fuera compasión por el chico o dolor por su hijo. Su Juan tenía padre y defensor; Nicolás no. Lo acompañó, se sentó y le habló: —No me mires así. ¿Sabes que hiciste mal? —el niño callaba—. Lo sabes, así que tendrás que responder. Reinó el silencio. A Esteban le pudo otra vez la compasión. —Tú, Nicolás, no molestes a mis hijos, ¿entiendes? El chico asintió. Esteban le dio una palmada en el hombro y se fue. Solo notó que su madre, María, lo observaba tras la cortina. Pero, en vez de volver a casa, sus pies lo llevaron al bosque. Ahí afloraron los recuerdos… …Tenían casi dieciocho: él, Marieta y Marina. Recién graduados. El club del pueblo celebró fiesta para las dos escuelas rurales, con limonada y pastelillos, música, baile. Todos arreglados y guapos; la más bella, Marina, con vestido blanco de encaje, sandalias de tacón y trenza hasta la cintura, mejillas sonrosadas, brillante alumna. Aquella noche, Esteban pensó declararse: llevaba enamorado desde quinto curso y la amaba aún, y pronto se iría a la mili sin confesarlo. Pero no pudo ser. Nadie había reparado antes en que el hijo del director, Vicente, llevaba tiempo interesado en Marina. Él no la soltó en toda la noche, y ella feliz, reía y bailaba valses con él—Esteban nunca aprendió a bailar. A un lado, abatido, y fue entonces cuando Marieta se le acercó y lo invitó a bailar. Él retiró la mano y salió al exterior. Marieta fue tras él. Pasearon así hasta el amanecer. Fueron al río, se sentaron en la orilla; ella se le acercaba, pero él solo pensaba en Marina. Ese otoño, antes del servicio, llegó el rumor de que Marina se casaría con Vicente. Esteban lloró amargamente; ella ni siquiera fue a despedirlo. Gran mesa, todos invitados. Pero a su lado estaba Marieta, no Marina… Y esa noche, entre cantos y bailes del pueblo, Marieta lo llevó a su casa, cuando él ya estaba alegre… Lo que pasó, apenas lo recordaba después. Volvió al amanecer, bajo las miradas de sus padres, y se fue a la cama. Por el servicio apenas escribió cartas, sólo a sus padres, que le contaron que Marina se casó y Marieta fue a la ciudad a estudiar. Adiós a la juventud. Y ella quedó atrás. Para siempre… Al regresar, Esteban ya era hombre, con pelo corto y barba incipiente. Marina tenía a Miguel, y esperaba otro hijo. La encontró embarazada y triste. —¿Cómo estás, Marina?,—le preguntó temblando. —Bien. Nada de qué quejarme. De sus padres supo que Vicente era un juerguista incorregible: ni trabajaba, ni trataba bien a Marina. Al padre de Vicente lo quitaron de director y ahora enseñaba. No les iba bien… Al nacer Juan la desgracia los golpeó: Vicente se fue alegre al río, y murió allí. Nada lo salvó… Marina, viuda, sufrió su luto. Entonces Esteban pidió su mano: se casaron, con dos hijos de ella. Justo entonces acababa su casa, con ayuda de sus padres, terreno y materiales. Sus manos eran expertas en la construcción. Llevó a Marina y los niños al nuevo hogar, que olía a madera. Poco a poco, se instalaron y criaron a los chicos. Marina le contó que Marieta se casó en la ciudad, tenía un hijo, y venía de visita a sus padres a veces. Y parece que lo presintió: a menos de un mes, Marieta volvió al pueblo para siempre. Su hijo, algo mayor que Miguel. Con el marido no se entendió: se divorciaron. Al principio, Marieta paseaba orgullosa por el pueblo, pero luego la salud empezó a fallarle. La pobre mujer se consumía, y no ocultaba su envidia hacia Marina, que al fin se llevó a Esteban, a quien ella tanto amó. Él la rechazó. Se casó con Marina, con dos hijos, y luego otro más. Ahora los chicos habían crecido, hasta peleaban. Él no quiso hablar con Marieta; ella estaba dolida, sin razón evidente. Nunca cruzaban palabra ni se paraban a hablar. Todo era silencio y desdén. Llegó el invierno con nieve y ventisca. Los chicos ya no peleaban, pero evitaban a Nicolás. El hijo de Marieta se volvió huraño y ansioso. Entonces se supo que Marieta estaba grave. Una noche, ya entrada la hora, Marina iba a dormir cuando sonó la cancela y llamaron a la puerta. Marina, sorprendida, se puso el batín y fue a abrir; Esteban la acompañó. En el umbral estaba Nicolás. —Tío Esteban, ven a casa. Mi madre quiere contarte algo,—dijo, apesadumbrado. Marina lo invitó a pasar. Esteban se vistió y fue con Marieta. —¿Para qué me llama?—refunfuñaba. Marieta, agonizante, lo recibió sentada entre almohadas. Se sentó junto a ella. —No me queda mucho, Esteban,—dijo por fin—. Pronto me iré… Debo contarte un secreto… Esteban la miraba perplejo. —Te voy a pedir algo,—continuó Marieta—. No abandones a mi Nicolás. ¿Recuerdas aquella noche, después de la despedida para la mili? Pues bien. Nicolás es tu hijo. Mi marido lo supo y me aceptó embarazada como esposa. Por eso no nos entendíamos… Al decirlo, lloró en silencio… …Esteban volvió a casa confuso, dolorido y triste. Aquella noche medio olvidada, y toda la vida rota de la pobre Marieta… No tardaron en enterrarla, todo el pueblo acudió. Tras el funeral, Esteban tomó a Nicolás de la mano y lo llevó a casa. —Nicolás vivirá con nosotros,—anunció, y Marina se sentó en el taburete, brazos cruzados. No explicó nada. Sólo dijo que Marieta le pidió no enviarlo al orfanato. Se perdería allí. Nosotros lo criaremos bien… Hicieron todo como mandan las normas. Así vivieron, gran familia. Tatiana tenía tres hermanos que la cuidaban. El padre trabajaba, Marina se ocupaba de la casa, y los chicos, tras el colegio, hacían todas las tareas domésticas. Esteban asumió que era su hijo, y hasta se le parecía si se miraba bien. En aquella época ni se oía de pruebas y comprobaciones. Ni le importaban… No habría dejado solo al chico, fuera suyo o no…