Oye, qué curioso, ¿verdad? En cada vecindario siempre hay alguien con su manía peculiar.
Pues en el nuestro, esa persona era Carmen Ruiz.
No se dedicaba a guardar monedas, ni cromos, ni muñequitos.
Lo suyo eran los zapatos perdidos.
Zapatos sin pareja, rotos, abandonados en cualquier esquina, tirados en el parque, olvidados en la calle después de una mudanza rápida.
Si Carmen veía un zapato solitario, lo recogía.
Lo limpiaba con esmero.
Y lo colocaba en una balda que tenía en su salón, justo al lado de la ventana.
Había zapatos infantiles, de señor, de tacón, de trabajo, de fiesta, gastados, dejados atrás.
Un vecino, el señor Martínez, le preguntó una mañana para qué hacía eso.
Y Carmen le contestó:
—”Pues porque todos, en algún momento, hemos sido como un zapato desparejado”.
Nadie lo pillaba bien.
Pero ella lo tenía muy claro.
Explicaba que esos zapatos perdidos son como gente que un día se siente fuera de lugar, sin rumbo, olvidada por la vida.
Carmen no los tiraba jamás.
Los cuidaba como a plantas delicadas.
Decía a menudo:
—”Quizá su pareja se rompió. O tal vez alguien lo dejó atrás sin darse cuenta. Pero yo no quiero que se queden tirados en la calle, como si no valieran ya para nada”.
A veces, si algún vecino pasaba una mala racha, Carmen le regalaba uno de esos zapatos huérfanos.
Lo envolvía cuidadosamente en papel de estraza y le decía con cariño:
—”Guárdalo, anda. Pa’ que te acuerdes de que hasta quienes van perdiendo el norte… siguen teniendo su sitio”.
La cosa saltó a ser conocida cuando un chaval, Javier López, grabó un video de su colección y lo subió.
Montones de vecinos empezaron a dejarle zapatos delante de su puerta.
Hoy, Carmen tiene todo un rincón abarrotado de ellos.
No por manía, ni mucho menos.
Sencillamente porque ella entendió algo que los demás pasan por alto:
No todo lo que anda solo está estropeado.
A veces, solo espera que alguien le eche un vistazo con otra mirada.
La recolectora de zapatos olvidados






