**Independiente, pero necesito ayuda**
Solo después de mudarse juntos, Lucía se dio cuenta de que Antonio no era quien decía ser. Con él, era dulce y tierna, una auténtica enamorada. Cuando solo salían, intentaba demostrarle su amor, incluso llegó a decir que sin él no podía vivir.
No es que se pasara las horas llorando junto a la ventana esperando a su “Antoñito”, pero lo miraba con adoración. A él, claro, le encantaba.
—Lucía, ¿qué tal si nos vamos a vivir juntos? —preguntó Antonio una noche en una cafetería de Madrid—. Creo que compartir piso nos unirá más, además de la responsabilidad de cuidarnos.
Lucía se sorprendió. Esperaba una propuesta de matrimonio, pero esto era solo convivencia. Aun así, aceptó.
—Vale, así pondremos a prueba nuestros sentimientos —respondió con una sonrisa.
Antonio era mezquino y sarcástico, pero ella no lo notaba… o quizá él se guardaba las críticas. Al principio, solo se burlaba levemente de ella. Pero con el tiempo, sus hábitos desagradables salieron a la luz.
En la cocina, siempre estaba cerca, pero no ayudaba. Solo soltaba comentarios hirientes.
—Lucita, pareces una sonámbula —decía cuando se le caía un cuchillo—. No deberías estar sola aquí, es peligroso —bromeaba, pero con seriedad.
No se movía hasta que ella terminaba de cocinar. La irritaba, sobre todo cuando soltaba alguna pulla.
—Antonio, ¿por qué no me ayudas o te vas? Yo puedo sola.
—¿Irme? Sin mí, no eres capaz de nada. Además, me quedo más tranquilo si te vigilo.
Si Lucía se acercaba a su ordenador, él agitaba las manos:
—No lo toques, se estropea cuando te acercas —decía, sin que ella supiera si era en serio o en broma.
Pero lo peor era cuando estaban con amigos. Se burlaba de ella, la pintaba como una inepta, y con el tiempo, Lucía se convirtió en el hazmerreír del grupo.
—Antonio, ¿por qué me humillas delante de tus amigos? —le reclamó un día.
—Si es lo que eres —respondió él—, ¿qué quieres que diga?
Aquello fue la gota que colmó el vaso. No iba a perder el tiempo intentando cambiar su opinión.
—Se acabó. Me voy —dijo, recogió sus cosas y se marchó.
Tres días después, Antonio llamó, intentando reconciliarse y hasta pidió perdón torpemente. Pero Lucía no cedió. No soportaba haber pasado de ser una chica educada y agradable a un chiste.
—Se arrepentirá. Le demostraré que soy independiente —pensó, y decidió actuar.
Su primer paso fue comprar un coche.
—Mañana mismo me apunto a la autoescuela.
Tardó en sacarse el carnet. Aprobó el teórico a la primera, pero el práctico le costó. Finalmente, lo consiguió y fue a un concesionario de segunda mano en Barcelona.
Tras buscar mucho, eligió un Peugeot rojo, pequeño y en buen estado.
—¿Por qué lo vende? —preguntó al dueño, aunque sabía que no le diría la verdad.
—Nos queda pequeño. Con el bebé, necesitamos algo más grande.
Ya con su coche, conducía feliz, mirando a los demás conductores.
—Qué bien se siente esto —pensó—. Ojalá Antonio me viera.
Quería presumir ante sus amigos, especialmente ante él, que siempre la menospreciaba.
—El domingo iré a la casa rural de Elena y Víctor. Seguro que están todos, incluido Antonio.
La carretera era complicada, pero valió la pena. Cuando bajó de su coche, todos gritaron emocionados.
—¡Lucía! ¡No puede ser! ¡Tú conduciendo!
Antonio se acercó y soltó con sorna:
—Suicida…
Pasó el día rápido, y Lucía decidió volver antes de que anocheciera. No era experta al volante. Tras perderse un poco, llegó a la autovía. Cantaba feliz hasta que un reventón la sobresaltó. Frenó en el arcén y salió del coche.
—¡Una rueda pinchada! Tengo la de repuesto, pero no sé cambiarla.
Pocos coches pasaban. Esperó un rato, pero nadie paró. Decidió llamar a Antonio, aunque no tenía el número de Víctor.
—Antonio, tengo un problemilla —dijo, intentando sonar despreocupada.
—¡Vaya novedad! —se rio él.
—Deja el sarcasmo. Se me ha pinchado una rueda.
—¿Tienes repuesto? —preguntó con aire superior.
—Sí.
—Pues cámbiala.
—No sé hacerlo —admitió.
Y entonces, Antonio estalló:
—¿Y qué sabes hacer? Ni siquiera cambias una bombilla. Una vez rompiste la cerradura de casa, otra quemaste mi camisa planchando… —seguía enumerando fallos cuando ella colgó.
—Siempre igual. ¿Para qué llamé?
Anochecía y Lucía empezó a preocuparse.
—Dios, que pare alguien.
Un todoterreno frenó junto a ella. Tres hombres asomaron la cabeza.
—Hola, guapa, ¿qué pasa? —preguntó uno con acento extranjero.
—Se me ha pinchado una rueda.
—Sube, te llevamos —se rieron.
—No, gracias —respondió, apartándose.
Casi sin esperanza, vio cómo otro coche aparcaba más adelante. Un hombre robusto bajó y se acercó. Lucía se tensó.
—¿Tienes rueda de repuesto? —preguntó él.
—Sí.
—Déjame.
En poco tiempo, la cambió.
—Muchas gracias —dijo ella.
El hombre sonrió.
—¿Y eso es todo?
—Ah, sí —busco su bolso—. ¿Cuánto le debo?
—No quiero tu dinero. Yo gano el mío.
—¿Y qué no puedes hacer tú solo? —replicó ella, irritada.
—Bueno, casi todo… Ah, no sé hacer tarta de manzana. Eso no se me da.
—¿Y de dónde voy a sacarte ahora una tarta? —se sorprendió.
—Bueno, podríamos quedar mañana o pasado —sonrió—. Soy Adrián, ¿y tú?
—Lucía —respondió, confundida.
—Lucía, quedamos mañana a las siete. Mejor dame tu número, así me aseguro de que llegaste bien.
Ella se lo dio.
—Muchas gracias. Te debo una tarta, sé hacerlas bien.
—Trato hecho. Hasta mañana, Lucita.
Se quedó mirando cómo se alejaba, preguntándose qué acababa de pasar. Luego, arrancó el coche y siguió camino.
Al día siguiente, sonó su teléfono.
—Lucía, buenas tardes. Soy Adrián. ¿Recuerdas lo de ayer?
—Sí, claro —contestó, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba.
—Puedo pasar a buscarte. Dime tu dirección.
Minutos después, salió del portal, arreglada y radiante. Adrián la esperaba con un ramo de rosas rojas.
—Para ti —dijo—. Estás incluso más guapa que ayer.
Pasaron seis meses. Una tarde, Adrián le dijo:
—Debería casarme contigo. Primero, porque te salvé. Segundo, porque me encantan tus tartas, especialmente la de manzana.
Ya habían puesto la solicitud en el registro civil. Vivían juntos en su casa en las afueras. Él, divorciado hacía dos años, necesitaba una compañera. Sus amigos los visitaban a menudo, encantados con la hospitalidad de Lucía… y sus tartas. Adrián se encargaba de las barbacoas,




