¡Hola, amiga! Te tengo que contar lo que me ha pasado estos días, y de paso me he dado cuenta de lo mucho que me sentía… como una pieza de más.
Resulta que María del Carmen García volvió a olvidar apagar el despertador, aunque ya lleva medio año sin tener que ir a trabajar. El timbre rompió el silencio de la mañana y, como siempre, se lanzó de la cama y se estiró hacia el albornoz. Luego se quedó allí, volvió a sentarse al borde del colchón y suspiró.
—¡Carmen, Carmen! ¿Qué haces rompiendo el silencio? —le gruñó su marido, Carlos, desde la habitación de al lado. —¡Déjame dormir en paz!
—Lo siento, cariño, se me quedó el despertador encendido —respondió ella bajito, pero Carlos ya estaba con la nariz tapada contra la almohada, sin prestar atención.
María del Carmen se levantó y se acercó a la ventana. En el patio del edificio ya corrían los vecinos: unos apurados para ir a la oficina, otros despidiendo a los niños en el colegio. La vida bullía a su alrededor, pero a ella parecía pasar de largo.
Se preparó un café con leche y se sentó a la mesa de la cocina. Apenas marcaba las siete y media y el día ya se sentía eterno. ¿Qué haría hasta la noche? ¿Limpiar? En su piso de dos habitaciones no había mucho que fregar. ¿Cocinar? Carlos estaba siempre a dieta, sólo come avena y pechuga de pollo. Su hija Aroa vivía fuera, venía una vez a la semana, y a veces ni eso.
El móvil sonó. Carmen se alegró; tal vez alguien se acordó de ella.
—¡Mamá, hola! —la voz de Aroa sonaba un poco tensa. —Mira, te quería pedir un favor. ¿Podrías cuidar a Pablo hoy? Tenemos una reunión importante y la niñera está enferma.
—¡Claro, hija! —exclamó Carmen, sin poder ocultar la alegría. —¿A qué hora lo traes?
—A las nueve de la mañana, y lo devuelvo alrededor de las siete de la tarde. ¿Estás libre?
Carmen no tenía nada especial que hacer, así que aceptó.
—Perfecto, te espero.
—¡Genial! Gracias, mamá, de verdad. ¡Un beso!
Colgó y miró el teléfono, sin saber si decir “gracias”. Al menos, al menos tendría a su nieto cerca, y eso le quitó un poco la sensación de vacío.
Carlos entró en la cocina con camisa y pantalón, bien peinado.
—¿Hay café? —gruñó sin levantar la vista.
—Sí, ya lo preparo. Aroa trae a Pablo, hay que cuidarlo —le pasó la taza.
—¿Otra vez? —frunció Carlos. —¿Somos niñera gratis? Hoy tengo una reunión con el arquitecto sobre la cabaña del campo. No quiero que el niño haga ruido.
—Pablo es un niño tranquilo, no grita.
—Pues a mí no me gusta eso. Que Aroa se encargue de sus hijos, que al fin y al cabo son su sangre.
Carmen apretó los dientes. Quiso decirle que era su nieto, pero se quedó callada. No valía la pena armar un escándalo a primera hora.
Carlos terminó su café, le dio un beso rápido a Carmen, sin mucho cariño, y salió.
—Voy a volver tarde. Después de la reunión paso por el garaje a revisar el coche.
—¿Cenas algo? —le preguntó ella.
—No lo sé, no cuentes con nada.
Y se cerró la puerta. Carmen se quedó sola con el café enfriándose y los pensamientos zumbando como moscas.
—Siempre fuiste de más —le había dicho su madre hace años, cuando decidió casarse con Carlos. Entonces esas palabras le parecieron crueles e injustas. Ahora le duelen como si fueran verdad.
En la escuela también se sentía extraña. No tenía muchas amigas, era tímida, siempre en la sombra de las más brillantes. En los bailes se quedaba pegada a la pared, fingiendo que no le importaba, aunque en el fondo deseaba que alguien la invitara a bailar.
En la universidad también se aisló. Le iba bien en los estudios, pero con los compañeros se sentía fuera de lugar. Hablaban de películas que ella nunca había visto, de libros que no había leído, de música que no conocía. Era como si cada uno hablara otro idioma.
Conoció a Carlos en el trabajo. Él parecía tan serio y fiable. La invitó al cine, luego otra vez, y empezó a acompañarla a casa. Carmen pensó que por fin había encontrado a alguien que la necesitara. Se casaron medio año después de conocerse.
Pero el matrimonio tampoco la hizo sentir incluida. Carlos vivía en su mundo: trabajo, amigos, pesca los fines de semana. Ella se adaptaba, trataba de no molestar. Cuando nació Aroa, pensó que todo cambiaría. Un hijo suele unir a la familia, ¿no? Pero fue al revés. Carlos se alejó más, diciendo que los niños eran cosa de mujeres. Cuando Aroa creció, se acercó más a su padre; se entendían con una mirada, se reían de los mismos chistes, hablaban de cosas que a Carmen no le interesaban.
El timbre interrumpió sus pensamientos. Aroa apareció en la puerta con Pablo, de cuatro años, en brazos.
—¡Mamá, aquí tienes a tu nieto favorito! —le dio un beso rápido en la mejilla y entró al salón. —Pablo, saluda a la abuela.
—¡Hola, abuela Carmen! —gruñó el niño, apriete los puños.
—¡Hola, sol! —cogió a Pablo y lo llevó al comedor. —Vamos a desayunar.
—Mamá, en la mochila llevo todo lo necesario: pañales, ropa de recambio, juguetes. No tiene que comer mucho, es un comilón. Y si quiere dormir, lo puedes poner en el sofá del salón.
—Aroa, ¿te quedas a tomar algo? Hace tiempo que no nos vemos —le propuso Carmen.
—Mamá, lo siento, no tengo tiempo. Tenemos una reunión a las diez y después paso por el salón de belleza. Por la tarde lo recojo, ¿vale?
—Claro, hija. Ve a lo tuyo.
Aroa salió dejando tras de sí un leve perfume caro. Carmen se quedó con Pablo, que la miraba con esos ojos oscuros y curiosos.
—Abuela Carmen, ¿por qué no trabajas? —preguntó de repente.
—¿Quién te dijo eso?
—Mamá le dijo a papá que tú no haces nada y te aburres.
Carmen sintió cómo algo se apretaba en el pecho. Sí, estaban hablando de ella, sacando conclusiones.
—Estoy jubilada, Pablo. Ya he trabajado suficiente y ahora descanso.
—¿Qué es eso de aburrirse?
—Es cuando te sientes triste y no tienes nada que hacer.
—¿Y tú te aburres?
Carmen la miró. En sus ojos había una sinceridad infantil que la hizo querer decir la verdad: sí, se sentía sola. Pero no quería decirle eso a un niño.
—No, no me aburro cuando estás cerca.
El niño sonrió y se acercó. Carmen lo abrazó, sintiendo por primera vez que alguien la necesitaba.
El día pasó volando. Pablo resultó ser un niño muy tranquilo, sin berrinches, jugaba con sus juguetes y hacía mil preguntas sobre todo. Carmen le contó cuentos, le mostró fotos viejas y juntos modelaron con plastilina.
—Abuela Carmen, ¿quieres a abuelo Carlos? —preguntó Pablo durante el almuerzo.
—Claro que sí. ¿Por qué lo preguntas?
—¿Él también te quiere?
Carmen se quedó sin palabras.
—Abuelo… no muestra mucho sus sentimientos, pero sí te quiere.
—Mi papá me quiere. Me compra flores y me besa.
—Eso es bonito —dijo Carmen en voz baja.
Carlos hacía años que no compraba flores, y sólo besaba a Carmen de forma formal. ¿Cuándo fue la última vez que hablaron en serio? No lo recordaba.
Al atardecer volvió Aroa, fresca, oliendo a peluquería.
—¿Cómo te ha ido? —le preguntó, tomando a Pablo.
—Pablo ha sido genial —respondió Carmen con una sonrisa. —Lo pasamos muy bien.
—Mamá, me has salvado. La reunión salió perfecta, ¡y hasta le podrían subir el sueldo a Sergio! Si todo va bien, podríamos cambiarnos a un piso más grande.
—Qué alegría, hija.
—Por cierto, mamá —Aroa se ajustó el abrigo en Pablo—, el sábado es nuestro aniversario de boda y queremos ir a un restaurante. No sé con quién dejar a Pablo…
—Yo me quedaré con él, claro.
—¡Eres una salvavidas! No sé qué haríamos sin ti.
Se fueron, y Carmen se quedó sola en el piso. Carlos volvió tarde, cansado y callado. Cenó, vio las noticias y se fue a dormir.
—Carlos, ¿recuerdas nuestro aniversario? —le preguntó Carmen cuando él ya estaba en la cama.
—¿Cuál? —gruñó sin levantar la vista.
—¿Alguno? ¿Lo celebramos alguna vez?
—Carmen, estoy agotado. Hablemos mañana.
—Ni mañana ni pasado.
Carlos se levantó, la miró.
—¿Qué te pasa? ¿Qué conversaciones tan raras?
—Carlos, ¿te sirvo de algo?
—¿Qué tontería? Claro que sí, eres mi esposa.
—Esposas no es un trabajo. Te pregunto si te sirvo como persona.
Carlos se quedó pensativo, luego suspiró.
—Carmen, piensas demasiado. Busca algo que hacer, un curso, un club. No te quedes en casa dándote vueltas.
—Tal vez tengas razón —aceptó en voz baja.
No pudo dormir. Afuera el ruido de la ciudad nocturna recordaba a gente que vivía feliz en pareja. En su habitación había dos extraños, unidos solo por un papel de matrimonio y la costumbre.
A la mañana siguiente, con determinación, se vistió, se maquilló —por primera vez en meses— y se dirigió al Servicio Público de Empleo. Le dijeron que había pocas ofertas para mujeres de su edad, pero le dieron algunos contactos.
El primer puesto: limpiadora en una oficina. Al ver a las jóvenes recepcionistas mirándola con desdén, supo que no era para ella.
El segundo: dependienta en una tiendecita del barrio. La dueña, una mujer de unos cincuenta años, la recibió con una sonrisa.
—¿Tienes experiencia en ventas? —preguntó.
—No, pero aprendo rápido.
—El sueldo es bajo pero estable, y el horario es cada dos días. ¿Te animas?
—Me animo.
Carmen volvió a casa con el ánimo por las nubes. Por primera vez en años había tomado una decisión por ella.
—Carlos, ¡conseguí trabajo! —exclamó durante la cena.
—¿Dónde? —se quedó boquiabierto.
—Como dependienta en la tienda del barrio.
—¿Estás loca? ¿Para qué quieres trabajar? Ya tenemos suficiente dinero.
—No es por el dinero. Necesito sentirme útil.
—Ya eres útil. Cuidas la casa, al nieto…
—Eso no es suficiente, Carlos. Quiero ser útil más allá de ser ama de casa y niñera.
Carlos la miró, sacudiendo la cabeza.
—Vale, inténtalo. ¿Y cuando Aroa traiga a Pablo, dejarás el trabajo?
—No. Que otra persona lo cubra.
—¿Qué te pasa? Has cambiado mucho.
—Quizá para mejor —respondió Carmen.
Aroa no tomó bien la noticia.
—¿En serio? ¿Y Pablo? ¡No hay con quién dejarlo!
—Busca una niñera o pide ayuda a la familia de Sergio.
—¡La familia de Sergio trabaja! ¡Una niñera cuesta un ojo de la cara! ¿Qué haces con ese trabajo?
—Quiero vivir, no solo existir.
—¡Pero yo pensé que te encantaba estar con el nieto!
—Lo quiero, pero no tengo que dedicarle toda mi vida.
Aroa salió, cerró la puerta con fuerza y no volvió a llamar durante una semana. Cuando lo hizo, ya había encontrado una niñera, aunque cara.
—Espero que estés contenta, mamá —dijo con frialdad.
—Estoy contenta de tener mi propia vida —contestó Carmen.
El trabajo no resultó tan fácil. Los pies le dolían, los clientes eran de todo tipo, pero sentía que volvía a respirar. Conoció a Lidia, una mujer de su edad, y a la joven Marta. Charlaban, reían y compartían sus problemas.
—Mi marido también pensó que estaba loca cuando empecé a trabajar —contó Lidia. —Decía que me quedara en casa con los nietos, pero ahora está orgulloso de que su mujer sea trabajadora.
—El mío sigue diciendo que la casa se ha quedado sin control —reclamó Carmen. —¿Qué pasa si no le gusta?
—Que se encargue él mismo, si le molesta —replicó Marta. —¡Carmen García, eres un ejemplo! Mucha gente se queda en casa y el hombre se queja de que nadie la valora.
En casa las cosas se complicaron. Carlos reclamaba la cena, las camisas sin planchar. Carmen hacía lo posible por compaginarlo, pero no siempre lo conseguía.
—¿No será mucho trabajo? —le preguntó Carlos una tarde. —Parece que no aguantas.
—Lo aguanto. Ahora no solo la casa es mi responsabilidad.
—¿Y la tuya?
—También la tuya. Carlos, vivimos los dos en este piso.
Carlos resopló, pero se quedó callado.
Seis meses después, Carmen se dio cuenta de que había cambiado. Ahora sabía decir “no”, dejaba de disculparse por cada paso y hablaba menos con su marido, lo que casi no le molestaba. Tenía su vida, sus intereses, sus pequeños placeres. Aroa empezó a visitarla más a menudo, Pablo creció y se volvió más curioso. A veces los tres —abuela, madre y nieto— iban al parque o al cine, sin invitar a Carlos, que siempre encontraba excusa.
—Mamá, ¿te arrepientes de haber empezado a trabajar? —le preguntó Aroa un día.
—No. Lamento no haberlo hecho antes.
—¿Y papá? Le cuesta…
—Tu papá es un hombre adulto. Puede cuidarse solo.
—Pero está acostumbrado…
—Que se acostumbre a no depender de ti.
Aroa la miró pensativa.
—Sabes, mamá, eres otra. Más… viva, ¿no?
—Ya no soy la pieza de más en mi propia vida —dijo Carmen.
Y era verdad. Ya no se sentía superflua. Tenía planes, alegrías, tristezas. Era necesaria, no porque alguien la necesitara, sino porque era una buena persona y una buena trabajadora.
Al final, Carlos se adaptó. Aprendió a cocinar platos sencillos, a lavar la ropa y, a veces, a limpiar. Se quejaba, pero lo hacía. Y de vez en cuando Carmen captaba su mirada sorprendida, como si redescubriera a su esposa.
—Carmen, ¿recuerdas que hablábamos de nuestro aniversario? —dijo una noche.
—Lo recuerdo.
—¿Qué tal si este año lo celebramos? Salimos a algún sitio.
—Me parece bien, siempre que tenga una tarde libre.
Y por primera vez en mucho tiempo, Carmen ya no se sentía de más.



