¿Cuándo te piensas ir, Marianita?
Mamá estaba plantada en el marco de la puerta de la cocina, con una taza de té en las manos. Su voz sonaba indiferente, casi desdeñosa.
¿Ir? ¿A qué te refieres? Marina apartó lentamente la vista del portátil que calentaba sus rodillas. Mamá, yo vivo aquí. Trabajo.
¿Trabajas? repitió su madre, con una sonrisa torcida. Ah, sí. Eso de estar en internet. ¿Escribiendo tus poemitas? ¿O artículos? ¿Quién los lee, dime?
Marina cerró de golpe el portátil. El corazón le dio un vuelco. No era la primera vez que le decían que su trabajo “no era de verdad”, pero cada vez dolía como una bofetada.
Y eso que se esforzaba. El freelance no era fácil: horas de correcciones, plazos ajustados, textos hasta el amanecer, clientes que querían todo para ayer y nunca pagaban a tiempo.
Tengo encargos fijos susurró. Y gano dinero. Pago la luz, el agua, yo
Nadie te está pidiendo cuentas la interrumpió su madre. Es solo que la cosa está así, Mari.
Eres mayor, lo entiendes. Antonio y Lucía quieren mudarse con los niños. Tienen dos, Mari. Criaturas. En su piso de una habitación no caben, ya lo sabes.
¿Y yo qué? ¿No soy familia? saltó ella, con la voz temblorosa.
Tú estás sola, Mari. Tú te bastas. Ellos tienen niños, una familia. Tú eres lista, independiente. Encontrarás dónde vivir. A lo mejor hasta encuentras un trabajo de verdad.
La gente trabaja de nueve a seis, por cierto, no se pasa las noches con un portátil.
Marina calló. Un nudo le apretaba la garganta. Explicarse era inútil. Su madre nunca había entendido lo que hacía.
Ni una sola vez le había preguntado: *”¿Qué escribes? ¿Dónde puedo leerlo?”*
Solo reproches, miradas condescendientes, frases como: *”Mejor habrías sido cajera”*.
**Sola**. La palabra resonaba en sus oídos. Como una sentencia. Como excusa para borrarla del piso, de la vida, de la familia.
Cuando su padre llegó del trabajo, la conversación continuó. Solo que ahora estaban los tres en la habitación, como en un juicio doméstico.
Antonio y su mujer han logrado mucho empezó su padre, acomodándose en el sillón. Los dos trabajan, dos niños.
Y tú bueno, se te da bien lo de no estar mano sobre mano. Pero ya es hora de tomarte la vida en serio.
Papá, yo vivo aquí. ¡No soy una vaga! ¡Gano dinero, aunque sea en pijama! ¡Pago la comida, los recibos, no os soy una carga!
No lo entiendes la cortó él. No es cuestión de dinero. Es cuestión de necesidad.
Antonio tiene dos niños, ¿lo oyes? El pequeño solo tiene año y medio. Necesitan este piso. Les cuesta.
¿Y a mí no? estalló ella. ¿Según vosotros, yo no tengo dificultades?
¡Tengo 28 años, no tengo apoyo, ni marido, ni hijos! ¡Solo mi trabajo, que ni siquiera reconocéis!
Se miraron entre ellos. Como si ella les agotara. Como si todo lo que decía fuera un capricho, no dolor.
Eres una chica fuerte dijo su madre, moviendo la cabeza con resignación. Tú puedes. En cambio, Antonio y Lucía ni tienen tiempo de pensar
*”¿Y yo sí?”*, pensó, pero no lo dijo. Ya no tenía fuerzas.
¿Y adónde queréis que me vaya? preguntó con voz ronca. No os pido nada. Ni dinero, ni ayuda. Solo un rincón. Solo que me entendáis.
Bueno podrías alquilar algo murmuró su madre, dubitativa. Ahora todos los jóvenes lo hacen. Y como no trabajas oficialmente, puedes irte donde quieras.
¡¿Es que os escucháis?!
Marina no recordaba cómo terminó aquella noche. Solo que se quedó sentada en el alféizar, mirando al patio oscuro.
Llovía, como para rematarlo, y las gotas resbalaban por el cristal como lágrimas, solo que sin sollozos.
A la mañana siguiente, el ruido en el pasillo la despertó. Maletas. Voces. Prisa.
Marianita, vamos a dejar las cosas de Antonio en el trastero dijo su madre, sin mirarla. Es que se mudan, ya sabes.
Lo sabía. Lo había entendido desde el principio. Solo que vivir con eso era repugnante.
Marina, ya ves, está todo decidido. Su madre lo decía con la misma naturalidad con la que pedía que le pasaran la sal en la cena. Sencillo. Cotidiano. Sin remordimientos.
O sea, no me preguntáis, no me lo proponéis me lo imponéis, ¿no?
¿Qué hay que preguntar, Marina? Eres una mujer hecha y derecha. Tienes que buscarte la vida. No estás en la guardería.
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