La Felicidad Llegó de Repente

**Feliz por casualidad**

Mamá, ¿hasta cuándo? dijo Carmen con fastidio. ¡Diego ya tiene veinte años! Es un adulto y debería vivir por su cuenta. Pero tú lo consientes como si fuera de cristal. Da vergüenza ajena.

Si te da vergüenza, no mires replicó Dolores. Ocúpate de tu vida y no de la nuestra. Tienes a Javier creciendo, a él edúcalo.

¡Pues lo estoy haciendo!

Mal, por cierto cortó su madre. Ese chico se te ha escapado de las manos.

¡No es cierto! saltó Carmen. ¡Es solo la edad! Como si Diego fuera un santo de adolescente.

Santo no era Dolores entrecerró los ojos, pero estudiaba, ayudaba en casa y nunca faltaba al respeto. En cambio, Javier solo sabe pedir dinero y ni un “gracias” suelta.

¿Y qué? ¡Eres su abuela!

¿Eso excusa su falta de educación? ¿Solo sabe aprovecharse? Aunque no me sorprende ¡Es igual que tú!

¿Qué insinúas? gritó Carmen.

Que jamás he oído una palabra amable de ti. Siempre quejas y reproches.

¡Mamá!

¿Qué “mamá”? ¿Acaso miento? Crías a tu hijo igual: egoísta, pensando que el mundo le debe todo. Hasta se atreve a exigirle a Diego: “¿No ves que necesito un portátil nuevo?” De momento aguanto sus tonterías, pero Dios sabe que mi paciencia tiene límites.

¿Y entonces? los ojos de Carmen brillaron de rabia.

Le cortaré el grifo. Ni un euro más. Y le diré a Diego que haga lo mismo.

¡Vaya amenaza! soltó una risa burlona. Pensé que serías más creativa.

No juego frunció el ceño Dolores. Es mi nieto y lo quiero, pero no toleraré groserías. Si es necesario, lo pondré en su lugar de una vez.

¿Y qué hará tu “Dieguito” sin su querido sobrino?

¿Mi Dieguito? Dolores se giró de golpe y clavó la mirada en su hija.

Bueno nuestro titubeó Carmen. ¿Qué más da? Él lo adora.

El silencio se apoderó de la habitación. Dolores contuvo las palabras que ardían en su garganta.

La puerta chirrió suavemente y apareció Diego, alto, delgado, con el pelo algo revuelto. Observó a su madre y hermana con cansancio:

¿Otra vez? preguntó. ¿Nunca pararéis?

No te metas espetó Carmen. ¡Esto no es asunto tuyo!

No es asunto mío, pero sí de mamá. Y tengo derecho a defenderla.

¿Derecho? Carmen torció la boca. Tu único derecho es vivir a su costa y fingir que todo va bien.

¿Yo? Diego dio un paso adelante, la voz temblándole de indignación. Trabajo, ayudo en casa, no armo escándalos. En cambio, tú vienes y montas el circo cada vez.

¡Mamá no ve que te estás volviendo un mantenido! estalló Carmen. ¡Te consiente como a un niño!

¡Carmen! la interrumpió Dolores. Basta. No eres justa.

¿No? levantó la cabeza, con amargura en la voz. ¡Yo no he recibido ni la mitad de lo que él tiene! Todo el cariño, todo ¡para él! ¿Y yo? ¡Las migajas!

¿Y yo qué culpa tengo? preguntó Diego, desconcertado. Tú misma te lo buscas: reproches, resentimientos inventados ¿No será por eso que todos te evitan?

¡Ah, claro! los ojos de Carmen brillaron. ¡Ahora soy la culpable!

Diego iba a replicar, pero Dolores se interpuso:

No sigas. Carmen es tu hermana mayor. Respétala.

¡Ella no respeta a nadie! protestó él. Llega, grita, insulta. Mamá, creo que ya es hora de ponerle límites. Y a Javier también. La última vez me sacó dinero de la cartera sin permiso.

Un silencio espeso cayó sobre la habitación. Las palabras de Diego resonaron como un trueno.

Carmen enrojeció, los ojos llameantes. En su rostro no había solo ira, sino un desespero ciego.

Dolores contuvo el aliento: un segundo más y su hija diría algo irreparable.

Pero Carmen gritó otra cosa:

¡Mientes! ¡Javier no haría eso! ¡Es mi hijo y no es un ladrón!

Carmen Dolores habló con firmeza, confío en Diego. No miente. Pero del comportamiento de Javier sí dudo. Habla con él, pero con cuidado.

¡No acusen a mi hijo! jadeó Carmen, furiosa.

Y tú no acuses al mío de mentiroso replicó su madre.

¿Tuyo? los ojos de Carmen se abrieron. ¿Qué hijo? la voz le tembló. ¡Él no es tu hijo!

Dolores se quedó helada.

No entiendo murmuró Diego, confundido. Mamá, ¿qué dice?

Dice la verdad susurró Dolores, pálida. Yo no soy tu madre.

Diego se quedó inmóvil. Las palabras le resonaron como un campanazo.

Carmen, jadeando, se dejó caer en el sofá. No podía creer lo que acababa de oír.

Por fin, lo había dicho.

***

Diego tambaleó, como si el suelo se hubiera abierto bajo sus pies. Miraba a Dolores, luego a Carmen, intentando entender.

Carmen tragó saliva, las lágrimas amenazando con caer.

Los recuerdos la inundaron.

Ella tenía dieciocho años, recién salida del instituto.

Se enamoró como una tonta.

El embarazo lo supo tarde. Cuando se dio cuenta, ya no había vuelta atrás.

El chico solo se encogió de hombros:

¿Segura de que es mío?

Sus padres se enteraron. Su madre gritó, lloró. Su padre, todavía vivo entonces, amenazó con echarla de casa por la vergüenza.

Pero al final cedieron. La apoyaron como pudieron.

Carmen tuvo a su hijo. Sus padres lo adoraron.

Luego su padre murió. Las cosas se pusieron difíciles. Carmen se fue a Madrid a trabajar; Dolores cuidaría a Diego.

El primer año fue normal: visitas, dinero enviado.

Hasta que un día desapareció.

Conoció a otro hombre. Amor nuevo, mudanza, otro hijo del que Dolores y Diego no supieron hasta años después.

El nuevo hombre tampoco sabía de Diego

Hasta que la echó a la calle con el niño, y Carmen volvió a casa.

Diego ya tenía diez años. Javier, cinco. Dolores perdonó a su hija, pero se negó a vivir con ella y su segundo nieto. Veía que Carmen no sentía nada por Diego. ¿Cómo iba a sentir? La última vez que lo vio, él tenía dos años Él la llamaba “mamá” a Dolores

Así que le propuso a Carmen no destrozarlo. Ser su hermana mayor, recién llegada.

***

La pregunta de Diego la devolvió a la realidad.

Entonces ¿quién es mi madre? preguntó él, suavemente, como temiendo la respuesta.

Carmen tembló. No podía decírselo.

Las lágrimas le rodaban sin control.

Diego balbuceó, pero no pudo seguir.

Dolores intervino. Abrazó a Diego y, con voz quebrada, dijo:

Hijo, tranquilízate. Tu madre es Carmen.

Diego se quedó petrificado.

Miró a

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

fifteen + 4 =

La Felicidad Llegó de Repente
El primer sonido fue el de un cuerpo chocando contra el hierro.