Mis padres me pidieron paciencia cuando les dije que no amaba a Sara y me rogaron que esperara. ¿Cómo terminó mi espera?

Mis padres me insistieron en ser paciente cuando les dije que no amaba a Sara y me pidieron que esperara. ¿Cómo terminó esa espera?

El matrimonio con Sara fue una pesadilla para mí. Era exigente, gritona, pero mi padre la eligió para mí. Vio en ella a la hija de un amigo suyo y decidió que éramos el uno para el otro. Como no tenía otra novia y ya tenía treinta años, no me quedó más remedio que casarme. Sara controlaba todo en nuestro matrimonio: cada detalle debía ajustarse a sus planes y caprichos. Siguiendo sus deseos, tuvimos un primer hijo, luego otro.

La vida siguió su curso entre penurias y fracasos. Hubo momentos tan amargos que convirtieron mi existencia en un infierno. Llegué a odiar a mi mujer, a mis hijos, y hasta me enemisté con mi suegro. No creí que pudiera salir de aquello sin un divorcio.

Mi madre siempre me apoyó, pero tanto ella como mi padre me decían que aguantara y tuviera paciencia. Era como si, con su experiencia, supieran algo que yo aún ignoraba y estuvieran seguros de que, con el tiempo, lo entendería.

Y así fue. Los hijos crecieron y se independizaron. Yo seguí con Sara, nos acostumbramos el uno al otro, aprendimos a llevarnos bien, y ahora no concibo mi vida sin ella. En lo económico, las cosas se han estabilizado. Por fin disfrutamos de una felicidad tranquila, como de cuento. Los dos gozamos de salud, no nos falta nada, nos queremos y casi no tenemos preocupaciones. Todo marcha sobre ruedas. Hace tiempo que no hay motivos para quejarse.

Nos costó llegar hasta aquí, pero a veces me pregunto ¿la gente es feliz de verdad cuando está ocupada con el trabajo, los hijos y demás? ¿O, como a mí, le llega esa felicidad ya mayor, cuando no queda escapatoria ni motivo para huir? Ya no hay adónde ir ni por qué hacerlo.

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Mis padres me pidieron paciencia cuando les dije que no amaba a Sara y me rogaron que esperara. ¿Cómo terminó mi espera?
Hola, soy la amante de tu marido. Dejé a un lado la maqueta de la revista que estaba revisando y me quedé mirando a la impresionante rubia que apareció en la puerta de mi despacho. Ella sonrió y añadió con sorna: —Tengo malas noticias para ti: estoy embarazada. Por supuesto, de tu marido. Con tono profesional, le pregunté: —¿Tienes algún informe médico? Ella sonrió triunfante y sacó un papelito blanco con un sello azul de su elegante bolso de cuero. Estaba bien preparada. Revisé con atención el documento. Era auténtico, lo cual no me sorprendió. Cuando vienes a dar semejante noticia a la esposa de tu amante, las falsificaciones baratas no cuelan. —De acuerdo —dije—, parece que de verdad estás embarazada. Ahora solo falta la prueba de paternidad, confirmar que el bebé es de mi marido y todo estará solucionado. La rubia empezó a perder seguridad. —¿Solucionado… cómo? Le expliqué amablemente: —Mi marido se encargará de la pensión, yo te buscaré un buen médico, reservaré de antemano una clínica excelente para el parto… puedes dar a luz tranquila, sin preocuparte por tu salud ni la del bebé. La rubia se alteró: —¿No escuchas? Voy a tener un hijo y necesita a su padre. Condescendiente, le expliqué: —Nuestros tres hijos también necesitan a su padre y, gracias a Dios, lo tienen. Tampoco te preocupes; mi marido verá a tu hijo y hasta irá con él al colegio cuando llegue el momento. Incluso podrás dejarlo un tiempo en casa con nosotros; tenemos niñeras de primera y a mí me encantan los niños. Así tendrás tiempo libre y podrás organizar tu propia vida. Créeme, sé lo difícil que puede ser con un niño pequeño. Ella se levantó de un salto, arrugando su costoso bolso. Su rostro impecable se contrajo con rabia. —¿No lo entiendes? Me acuesto con tu marido. Espero un hijo suyo. Ya no te quiere, me quiere a mí. Sentí lástima. Pobre chica, tan joven aún y convencida de que la vida real encaja con sus fantasías de novela. Incluso para las que sueñan con conseguir un marido rico regalado. —Cariño, eres la cuarta que viene a decirme lo mismo. La primera ni trajo informe, la segunda y la tercera presentaron papeles falsos… y hubo otra, realmente embarazada, pero la prueba de paternidad no coincidió. Ni yo ni mi marido negamos ayuda a nadie, pero hasta él tiene un límite para el engaño, y eso que es muy buena persona. La rubia se quedó desconcertada, y yo seguí: —En cuanto a que mi marido se acuesta contigo, también se acuesta conmigo y con varias más. No le voy a negar esas pequeñas debilidades, sobre todo cuando a mí y a los niños no nos afecta en nada… Así que, deja tu número; mañana te llamarán para concertar la cita de la prueba de paternidad. Ella perdió los nervios y salió corriendo del despacho. Me encendí un cigarrillo. Llevaba tiempo esperando esta visita: ya conocía la última aventura de mi marido. Soporté la conversación, igual que las anteriores, aunque no fue fácil. Hubiera sido más sencillo armar un escándalo, montar una escena y dejar que mi exitoso y rico marido se largara con otra. Él ya hizo eso una vez: dejó a su primera mujer por mí, cuando fui yo quien le anunció el embarazo. Aquella esposa montó un numerito y mi marido no soporta ni lágrimas ni escenas. Se casó conmigo, y sí, el niño era suyo. Aseguré mi sitio con otros dos hijos. En el fondo, sabía que un marido que engañó a una esposa conmigo tampoco me sería fiel. Igual vendrán más candidatas. Pero no cometeré el error de su exmujer ni les daré oportunidades. Aguantaré. Saldré adelante.