Doña Ana García despliega con delicadeza sobre la mesa unas fotografías antiguas, agarra una entre sus manos y se queda inmóvil. En la foto amarillenta aparece ella, joven, con un vestido ligero de verano, y a su lado un hombre alto, de sonrisa bondadosa. Miguel.
¿Cuántos años han pasado? ¿Cuarenta? ¿Más? Desliza el dedo por su rostro como intentando borrar el tiempo, pero la imagen sigue igual, congelada como la propia memoria.
Abuela, ¿quién es? pregunta su nieta Inés, de diez años, asomándose por encima del hombro. Sus dedos curiosos ya se extienden hacia la foto.
Es un viejo conocido, aparta ligeramente la mano de la niña. Mejor mira estas otras.
Pero Inés no se rinde.
¿Y por qué está contigo en la foto? ¿Eran amigos?
Doña Ana suspira.
Sí, éramos amigos. Hace mucho.
¿Y dónde está ahora?
No lo sé responde con honestidad.
Y en verdad, no lo sabe. La última vez que se vieron fue en el mismo parque del Retiro donde se tomó la foto. Entonces él le dijo que se marchaba unos meses por trabajo. Después empezó la historia que todavía le hace despertarse en plena noche, como sacudida.
¿Te gustaba? se sienta Inés, juntando las piernas.
Me gustaba confiesa la abuela.
¿Él también te amaba?
Doña Ana reflexiona.
Creo que sí. Pero
¿Pero qué?
Que la vida a veces gira de tal forma que el amor ya no basta.
Inés frunce el ceño, sin comprender del todo, y Doña Ana no se empeña en explicar. ¿Cómo contar a una niña que existen cartas que llegan demasiado tarde? ¿Que hay trenes a los que no puedes alcanzar, aunque corras como el diablo?
¿Te gustaría volver a verlo? insiste la nieta.
Doña Ana sonríe.
No, cariño. Algunas cosas es mejor dejarlas en el pasado.
Vuelve a colocar la foto en la caja, pero Inés de pronto se levanta de un salto.
¡Abuela, busquémoslo!
¿Qué?
¡Mira! señala con el dedo la pantalla del móvil, que a Doña Ana le resulta insoportable. Podemos buscar en las redes sociales. ¿Cómo se llama?
Inés, basta
Miguel, ¿no? ¿Y su apellido?
Inés, ¡basta ya!
Ya es demasiado tarde. La niña ya está deslizando páginas, y Doña Ana comprende con horror que, en el fondo, ella también lo desea. Nombra el apellido.
¿Quiere verla su cabello plateado? ¿Escuchar su voz? ¿Saber si recuerda aquel parque?
¡Mira! exclama Inés de repente. ¡Abuela, mira!
Doña Ana cierra los ojos, pero al fin los abre. En la pantalla hay un hombre, canoso, con arrugas alrededor de los ojos, pero con la misma sonrisa.
¿Es él? pregunta Inés.
Doña Ana no responde. Solo mira, y su corazón late como si tuviera veinticinco años de nuevo.
Abuela?
Sí susurra. Es él.
Inés sonríe triunfante.
¿Le escribimos?
Doña Ana sacude lentamente la cabeza.
No.
¿Por qué?
Inés no se rinde.
¡Abuela! agarra el brazo de Doña Ana. ¡Ya lo hemos encontrado! Escribamos: «Hola, ¿será usted el Miguel que»
No dice firmemente Doña Ana, aunque su voz tiembla.
¿Por qué? ¡Tú dijiste que te gustaba!
Fue hace mucho.
¿Y si él también te busca?
El corazón de Doña Ana se acelera. ¿Y si?
Pero no. Han pasado demasiados años. Todo ha cambiado. Ella ya no es la joven de la foto.
Al menos mira su perfil insiste Inés, hojeando la cuenta y observando las fotos. ¡Mira, tiene un perro! Y parece que tiene familia
Doña Ana se vuelve bruscamente.
¿Lo ves? dice en voz baja. Tiene su vida. Yo tengo la mía.
Inés se queda callada un momento, pero de pronto exclama:
¡Abuela, aquí dice que estará en nuestra ciudad la próxima semana! ¡Mira, es músico y dará un concierto!
Doña Ana se queda paralizada. Él está aquí. Muy pronto.
¡Vamos! salta Inés, emocionada. ¡Te gusta la música!
No se levanta Doña Ana de golpe. Basta.
Sin embargo, cuando la niña se ha quedado dormida, Doña Ana vuelve a abrir su perfil y lee:
«Girasoles en mi ciudad natal después de tantos años. Una sensación extraña, como si el tiempo se hubiera detenido.»
Debajo del mensaje hay una foto del mismo Parque del Retiro.
El concierto será el sábado.
Doña Ana duda tres veces antes de ir, pero Inés le suplica:
Sólo escucharemos la música. Aunque no quieras acercarte, no pasa nada.
El salón está casi lleno. Cuando él sube al escenario ya mayor, con chaqué negro y una violonchela bajo el brazo Doña Ana aprieta los dedos hasta que sus nudillos se blanquean.
Empieza a tocar.
Y de pronto reconoce la melodía.
Su melodía.
Aquella que él le había compuesto en aquel lejano verano.
Inés mira a su abuela y exclama:
¿Abuela, estás llorando?
Doña Ana no dice nada. Solo se queda sentada, dejando que las lágrimas recorran sus mejillas mientras la música fluye como el tiempo que ya no se puede recuperar.
Al terminar el concierto, Inés casi la arrastra entre bastidores.
¡No! Doña Ana le aparta el brazo. No puedo.
Pero él
Yo ya no soy la que él recuerda.
Sale al exterior, tragando el aire frío.
Y, de pronto, escucha detrás de ella:
¿Ana?
Se vuelve.
Él está a pocos pasos, con los ojos muy abiertos como si viera un fantasma.
¿Eres tú de verdad?
Doña Ana no logra responder.
Te vi en el salón dice él, acercándose un paso. Pensé que era mi imaginación. Pero luego
Se queda en silencio.
Luego te vi llorar concluye suavemente. Y lo entendí.
Inés se aleja un poco, dejándolos solos.
Tú tocaste esa melodía susurra Doña Ana.
La toco en cada concierto.
Se miran, dos ancianos cuyas miradas aún brillan con los restos de aquella juventud.
Perdona por no esperarte entonces dice ella.
Perdona por no volver a tiempo responde él.
Y entonces Doña Ana sonríe.
Ven dice. Te presentaré a mi nieta.
Inés, escondida a un lado, celebra.
¡Por fin!






