¡Eres una auténtica gamuza, Miguel! gritó la voz de Sofía por todo el piso, resonando en el estrecho pasillo. ¡Vives encima de mí, gastas mi dinero y ni siquiera sabes lavar los platos!
Dolores se encogió en el sofá, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. El maquillaje se corría por sus mejillas, convirtiendo su rostro en una triste máscara.
¡Yo también estoy cansada! ¡No tienes idea de lo duro que es para una mujer llevar la casa!
¿Qué casa? replicó Miguel, lanzando al suelo un plato sucio. Los fragmentos se esparcieron como abanico sobre el linóleo. ¡Esto es un desastre! ¡Barro por todas partes! Trabajo como un condenado en la fábrica, llego a casa y… ¡esto parece un chiquero!
La niña de catorce años, Aroa, se pegó la espalda contra la pared de su diminuta habitación, tratando de no respirar. Estas discusiones ocurrían casi todas las noches, pero ella no lograba acostumbrarse.
¡No me quieres! ¡Estás criticándome a cada paso! la voz de su madre se transformó en un grito histérico. ¡Nunca te he querido! ¡Te casaste por lástima!
¡Claro, no por amor a tu vagancia! Otras esposas trabajan, crían a los hijos y tú ¿qué? ¡Ves la tele desde el amanecer hasta la noche!
Aroa se tapó los oídos con las palmas, pero las palabras seguían colándose, incrustándose en su mente como manchas de grasa. Detestaba esas noches, el llanto impotente de su madre, el rugido furioso de su padre, y a sí misma por no poder cambiar nada.
¡Ya no aguanto más! rugió Miguel, y algo pesado cayó al suelo con estruendo. ¡Basta! ¡Estoy harto de ser la vaca lechera para vosotras dos!
El padre se encaminó al dormitorio. Se oyó el crujido del armario, luego un largo silencio interrumpido sólo por los sollozos de Sofía. Aroa asomó la puerta de su habitación con cautela y miró al pasillo.
Miguel arrastraba una vieja mochila de deporte, repleta de cosas. Tenía el rostro enrojecido, los pómulos marcados por la sangre. Ni siquiera le dirigió la mirada a su hija al pasar.
¿A dónde vas? exclamó Sofía, levantándose del sofá y rozándose la cara con más maquillaje. ¡Misha, espera!
Ya basta, me largo.
¡No puedes! ¡Tenemos una hija!
Aroa se quedará contigo. Ahora tú te ocupas de los problemas. Quizá así te dé por fin a trabajar de verdad.
Miguel cerró la puerta con un golpe fuerte. Sofía cayó al suelo del pasillo, lamentándose de su impotencia. Aroa se precipitó a su lado y se sentó a su cabeza.
Mamá, cálmate
¡Nos ha dejado! Sofía se aferró a los hombros de su hija, clavando la cara contra el pecho de Aroa. ¡¿Cómo puedes abandonar a la familia?! ¡¿Cómo puedes dejar a tu esposa y a tu hija?!
Aroa acarició el enredo de cabellos de su madre, tragándose las lágrimas. El padre se había ido, simplemente se había ido, dejándolas en aquel piso con un olor a humedad que les hacía la vida insoportable. La niña abrazó a su madre con más fuerza, y en ese momento el padre parecía un auténtico monstruo. ¿Cómo pudo hacer algo así?
Los años pasaron más rápido de lo que Aroa podía imaginar: quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho. Con cada año la joven veía con más claridad lo que antes se ocultaba tras la niebla de la infancia.
Sofía no trabajaba. Nada. Se despertaba a la hora de comer, se hacía una taza de té y se ponía frente al televisor hasta bien entrada la noche. Aroa volvía de la escuela a un piso sucio. Los platos se amontonaban en el fregadero, el polvo cubría los muebles, la ropa sin lavar se acumulaba.
Mamá, ¿por qué no lavas al menos los platos?
Estoy cansada. Me duele la cabeza.
¡Estuviste todo el día en casa!
¿Vas a decirme qué hacer? Sofía apretó los labios, convirtiéndose en una niña enfadada. ¡Soy tu madre!
Aroa aprendió a callar. Aprendió a llegar de la escuela y ponerse manos a la obra: cocinar la cena, limpiar, lavar la ropa. Los fines de semana se dedicaba a repartir folletos en la estación de metro trescientos euros por turno y después encontró un curro de camarera en un bar, de noche y los fines de semana.
El dinero se gastaba en comida, en la luz, en los mínimos gastos. Sofía, mientras tanto, estiraba la mano por otro fajo de billetes, frunciendo el ceño si la suma le parecía insuficiente.
Necesitas ganar más, Aroa. No nos alcanza el dinero.
Mamá, todavía estudio. Y ya trabajo quince horas a la semana.
¿Y qué? Yo a tu edad ya estaba casada.
Aroa se mordía los labios hasta sangrar. Sí, casada. Con un hombre que la mantenía mientras ella se quedaba tirada en el sofá.
Tras el instituto, Aroa se matriculó en la universidad a distancia la presencial estaba fuera de su alcance económico y tuvo que trabajar aún más. Consiguió un puesto en un restaurante con mejores propinas. Sus piernas zumbaban al final del turno, la espalda dolía, pero seguía adelante. ¿Qué más le quedaba?
Prepara algo rico para cenar decía Sofía, sin despegar la vista del último capítulo de su serie. Ya me cansan tus macarrones.
Mamá, en media hora me voy al trabajo.
Apura, que yo paso el día sola, al menos hazme una comida decente.
Aroa cocinaba un cocido a las cinco y media de la mañana, lo dejaba en la olla y se iba al curro. Sofía lo recalentaba a la hora de comer, se sentaba frente al televisor y ni siquiera lavaba el plato que había usado.
Un día, en el restaurante, Aroa entabló conversación con la gerente, Olaya.
A ver, ¿no le interesaría a tu madre venir a trabajar como limpiadora? preguntó Olaya. Tenemos una plaza libre, pagan bien y el horario es flexible.
Aroa se quedó boquiabierta.
¿En serio? ¡Sería genial!
Dame su número y le llamo.
En casa, Aroa soltó la noticia con cautela. Sofía frunció el ceño como si su hija le hubiera traído una caja de pescado podrido.
¿Limpieza? ¿Hablas en serio?
Mamá, es un trabajo normal. Pagan bien y el horario nos conviene.
¡Yo no voy a fregar suelos!
Pero apenas llegamos a fin de mes. Si tú ayudaras un poco
¡Yo me canso en casa! la voz de Sofía subió a un tono agudo. ¡Me cuesta hasta levantarme de la cama! ¡Tengo presión arterial!
¡La presión es por no moverte! replicó Aroa.
¡¿Cómo te hablas?! ¡Yo te di la vida y tú!
Aroa apretó los puños hasta doler, las uñas se hundían en sus palmas. «Te di la vida», ¿era ahora su excusa para todo?
Olaya, con paciencia, logró convencer a Sofía de asistir a una entrevista. La madre accedió porque Aroa la mantenía bajo presión. Trabajó una semana, volvió con el ceño fruncido y una mueca de disgusto.
¡Es un infierno! ¡Hay mugre por todas partes! ¡Quieren que limpie todo!
Mamá, ya eres limpiadora, ese es el objetivo del puesto.
Me duele la espalda, me hinchan las piernas.
Al octavo día, Sofía simplemente no se presentó. Apagó la alarma y se quedó dormida hasta el mediodía. Olaya, al enterarse, se disculpó por la pérdida del puesto.
Lola, lo siento. Pensaba que
Todo bien, gracias por intentar ayudar.
La segunda vez, Aroa encontró a su madre un puesto de dependienta en un puesto de verduras. El encargado buscaba a alguien a tiempo parcial. Sofía aceptó, pero tres días después volvió con la queja de que hacía frío, los clientes eran desagradables y el sueldo era mísero.
Mamá, ni siquiera cobraste la primera paga.
¡No puedo! ¡No puedo, me oyes! ¡No entiendes lo difícil que es! ¡Tengo la presión!
Aroa se encerró en el balcón, respirando el aire frío durante veinte minutos, intentando calmar la furia que le hervía dentro. ¿No entendía? Ella trabajaba doce horas al día, estudiaba, llevaba la casa encima. ¿Cómo podía no entenderlo?
Los altercados en casa no cesaban. Sofía exigía más dinero, mejor comida, ropa nueva. Aroa intentaba explicar que físicamente no podía ganar más.
¡Entonces busca otro curro!
Mamá, tengo los estudios, sólo duermo cinco horas.
Yo tampoco dormía mucho en mi juventud.
¡Te casaste joven! ¡Y ahora te pasas el día en el sofá!
¡¿Cómo te atreves?!
Sofía lanzaba platos, tazas y el mando de la tele a su hija. Aroa esquivaba, sintiendo cómo dentro crecía una indiferencia sorda. Tenía veinte años. Sólo veinte. Y ya se sentía como un caballo desbocado que arrastra una carga imposible.
Una noche, tras un turno especialmente agotador, Aroa volvió a casa y encontró a su madre rodeada de bolsas vacías del supermercado.
¿Has comprado un pastel? se quedó mirando el enorme bizcocho cubierto de crema.
Sí, me apetecía algo dulce.
¿Por mil quinientos euros? Mamá, con eso podríamos mantenernos una semana.
¡Son mis euros! ¡Tú me los diste!
¡Los usé para comida! ¡Para arroz, para carne!
¡No me grites! Sofía cruzó los brazos, levantando el mentón. ¡Estoy harta de tus exigencias! ¡Trabaja más si te falta!
Aroa se quedó inmóvil, con un zumbido en los oídos.
Basta exhaló entre dientes.
¿Qué? Sofía se enderezó, clavando su mirada en la hija.
No te voy a dar ni un centavo más. Necesito el dinero para el metro, para la universidad, para
¡Para ti, claro! ¡Egoísta! Te crié, te sacrifiqué, ¿y tú?
¡No sacrificaste nada! estalló Aroa. ¡Te quedaste en la cama mientras papá trabajaba! ¡Te quedaste cuando él se fue! ¡Y sigues allí, mientras yo trabajo!
Aroa se dio la vuelta y se encerró en su habitación, cerrando la puerta de golpe. En la cama, con las manos temblorosas, abrió su móvil y buscó ofertas de empleo en otras ciudades. Veía cifras, direcciones, condiciones. Y de repente comprendió: podía irse. Solo tenía que decidirlo.
Las dos semanas siguientes fueron una niebla densa. Aroa reunía papeles, buscaba piso compartido y concertaba un trabajo remoto en un callcenter de la comunidad vecina. Su madre seguía absorbida por la última serie y sus quejas.
La última noche casi no durmió. Empacó en una mochila lo imprescindible: ropa, documentos, portátil. Dejó una nota en la mesa de la cocina: «He entendido por qué se fue papá. Por ti. Ahora me toca a mí».
Sofía todavía dormía cuando Aroa cerró silenciosamente la puerta del apartamento. Se dirigió a la estación de autobuses. Se sentía a la vez traidora y liberada.
El primer timbre sonó tres horas después.
¿Dónde estás? turbó la voz de Sofía. ¿A dónde te has ido?
Me he ido, mamá.
¿Cómo? ¿A dónde?
A otra ciudad. Necesito vivir por mi cuenta.
¡No tienes derecho! gritó Sofía, tan fuerte que Aroa tuvo que alejar el móvil de su oído. ¡Soy tu madre! ¡Tú debes mantenterme!
No.
¡Regresa ahora mismo! ¡No puedes abandonarme!
Puedo.
¡Eres como tu padre! ¡Egoísta!
Aroa colgó. Bloqueó el número y, para ahogar las voces, subió el volumen de la música.
El nuevo pueblo la recibió bajo una llovizna y un viento húmedo. La habitación del albergue era diminuta: cama, escritorio, armario. Pero era su espacio.
Se sentó en la cama. En algún punto de su pasado quedó el padre que abandonó cuando tenía catorce, y la madre que la convirtió en vaca lechera.
¿Perdonarlos? No. No podía perdonar al padre por dejarla con su madre. Si él veía cuán mala esposa era, ¿por qué se marchó? ¿Por qué no se llevó a la hija?
¿Perdonar a la madre? Tampoco. Años de usar a la hija como sustituto del sostén que desapareció.
Aroa ya no tenía familia, pero había ganado algo distinto: el derecho a vivir como ella quería. El derecho a no sentir culpa por cada euro que gastara en sí misma.
Secó sus mejillas mojadas y abrió el portátil. Mañana comenzaba una nueva vida, difícil, aterradora y llena de incertidumbre. Pero, por fin, libre.






