Vi un mensaje en el móvil de mi marido con las campanadas y dejé su maleta en el rellano

31 de diciembre, Diario de Gala

Esta noche, bajo el tintinear del reloj de la Puerta del Sol, he vivido la Nochevieja más extraña de mi vida. Todo empezó como cada año: preparando la cena, moviendo platos de aquí para allá, intentando hacer sitio para la fuente con las uvas y el jamón ibérico.
¿No has metido el cava en el congelador, verdad? Te pedí que solo lo pusieras en la nevera, en el congelador se queda hecho hielo dije, mientras recolocaba las copas.

Andrés, tranquilo y estirado en el sofá viendo la tele, apenas me hizo caso. Sus ojos estaban pegados al móvil, los dedos iban veloces, y en sus labios asomaba esa sonrisa misteriosa que tanto conozco.
Bah, no seas exagerada, Gala. Por veinte minutos no pasa nada. Lo sacaremos y se templa mientras sale el mensaje del presidente respondió, sin apartar la vista de su pantalla. Oye, ¿dónde está mi camisa azul? Esa que planchaste la semana pasada.

Respiré hondo, secándome las manos en el delantal. Faltaba hora y media para las campanadas y aún tenía el cochinillo en el horno y el peinado sin arreglar. Otras Nocheviejas, mismo guion: corro de un lado a otro creando el ambiente ideal, y Andrés simplemente cree que la fiesta brota sola.

En el armario, segunda balda. ¿Dónde si no? contesté al tiempo que vigilaba el asado. El perfume de las manzanas y las especias se mezclaba con el aroma del aceite y la leña, y por un momento sentí que mis esfuerzos no eran en vano.

Ayúdame a poner la mesa, por favor. Saca los vasos, las servilletas le pedí.

Ahora, Galita, espera. Es un mensaje importante de trabajo balbuceó él.

Un mensaje laboral, ¿a las once de la noche del 31 de diciembre? Andrés era encargado de logística y para estas horas todos los almacenes llevaban cerrados rato. Pero aparté la sospecha: quizá alguna furgoneta retenida, algún documento… Tras veinticinco años juntos, aprendí a no interrogar por tonterías.

Volví al queso. Este año estábamos solos: nuestros hijos Martín y Alba celebran lejos. Martín en Sierra Nevada con su novia; Alba en Tenerife con su marido. Al principio me pesó el vacío, pero decidí que sería una noche de pareja, como en los viejos tiempos. Me puse mi vestido nuevo, terciopelo azul, y elegí un bonito perfume. Para Andrés, el regalo llevaba meses pensado: un reloj de pulsera precioso, llevaba tiempo soñando con uno así.

¡La encontré! gritó Andrés desde el dormitorio. ¿Estoy bien con ella? ¿No he engordado, verdad?

Salió abrochándose los botones, la tela algo más ajustada que el año anterior, pero sus canas, su calidez me parecieron más atractivas que nunca.

Guapo le dije con sinceridad. Siéntate, que vamos a despedir el año.

Nos sentamos a la mesa. En la tele, canciones con sabor a años pasados. Las luces de la guirnalda titilaban en el árbol mientras servía la ensalada y llenaba su copa de mosto. Andrés dejó el móvil boca abajo, bien cerca de su plato.

Por lo malo que se fue y por lo que está por venir brindé levantando la copa.

Sí, sí contestó él, bebió y rápido agarró el móvil otra vez. Un segundo, voy a ver si ha llegado el mensaje.

Guárdalo, por favor le pedí suave, pero firme. Hoy somos solo nosotros, Andrés. ¿Tanto cuesta mirar a tu mujer en Nochevieja?

Ay, Gala, no insistas. Los chicos pueden escribir en cualquier momento…

No respondí. Tenía razón; podía ser Martín o Alba.

Seguimos cenando, hablando de la lluvia que anunciaban o del viaje que planeamos a la casa rural, tal vez asar chuletas, pasear entre los pinos cubiertos de nieve. Todo me parecía perfecto, tranquilo, como las navidades de la infancia. El cochinillo estaba de diez; las manzanas casi se deshacían.

A falta de cinco minutos, Andrés por fin aparcó la comida y se acercó al cava.

Bueno, madre, ¿abrimos? Ya casi suenan las campanadas.

Abrió la botella y el vino espumoso llenó las copas altas. Sentí ese cosquilleo de la infancia, ese instante de magia. Preparé papel y bolígrafo: este año mi deseo sería el mismo de siempre, salud y felicidad.

En la TV apareció el reloj de la Puerta del Sol. Empezaron a sonar las doce campanadas.

¡Feliz año, mi amor! Andrés brindó alegre.

¡Feliz año, Andrés! le respondí sonriendo.

Justo entonces, el móvil de Andrés vibró. El mensaje apareció claro, justo a mi lado. Él estaba bebiendo, no pudo girarlo ni taparlo.

Un rectángulo brillante dejaba ver el texto; no quise leerlo, pero la vista me traicionó.

El contacto decía “Iván Pérez Taller”. El mensaje: ¡Feliz año, tigre! Deseando que escapes de la gallina. El cava se enfría y el conjunto lencero me lo quito ya, te quiero, tu Gata.

Me quedé petrificada. El tiempo se quebró. Las campanadas, la gente cantando, todo era un algodón lejano. Miré la pantalla hasta que se apagó; las palabras ardían en mi memoria: mi tigre, gallina, Gata. Y la firma: Iván Pérez.

El puzzle se armaba: el taller de Iván, al que Andrés llevaba meses yendo; problemas de motor, que si aceite, piezas nuevas. Yo dándole euros del presupuesto familiar… Todo tenía sentido.

Andrés notó mi cara. Se agitó, y con tics nerviosos guardó el móvil en el bolsillo.

Gala, ¿qué te pasa? ¡Pide un deseo! ¡Que ya es año nuevo! la voz se le quebró.

Le miré. No lloré. Solo frío y certeza. Veinticinco años. Y yo, la gallina.

¿Iván Pérez? pregunté en un susurro, casi irreconocible.

Andrés se quedó sin aire.

¿Qué Iván Pérez? Es el mecánico, Gala. ¡Felicitación de taller! Seguro que lo envían a todos…

¿El mecánico te llama mi tigre y quiere que vayas sin ropa? me levanté. La silla se arrastró chirriando. ¿Y espera el cava contigo?

La cara de Andrés se tiñó de rojo. Intentó reír, pero le salió una mueca.

¿Estás mirando mi móvil? ¡Eso no se hace! ¡No es lo que piensas! Son bromas de los chicos del taller…

Enséñame extendí la mano. Si es broma del mecánico, nos reímos juntos.

Andrés se reculó, protegiendo el bolsillo. No tengo por qué enseñarte nada. ¡Todos necesitamos intimidad! ¿Ahora me montas una escena en Nochevieja? ¿Te has vuelto loca?

El himno nacional sonaba en la tele. Sorpresas y fuegos artificiales. En casa, sólo silencio.

¿Loca? repetí. ¿O gallina vieja, mientras tu otra es una gata joven?

¡Yo no he dicho eso! Andrés gritó. El nervio lo traicionaba. ¡Venga, tómate el cava y cálmate!

Miré la mesa: la carne marinada, los entrantes, las copas de cristal reservadas para noches señaladas. Todo parecía falso, decorado para una función barata y yo haciendo el papel de tonta.

Me fui sin palabras.

¡Gala! ¡Gala, espera! oí sin moverse del comedor, mirando el móvil.

Entré en el dormitorio. Encendí la luz fuerte que iluminó la cama matrimonial y el edredón a juego con las cortinas, las almohadas de tantas noches. Abrí el armario, con golpe seco.

En la balda superior el gran maletón de ruedas que llevamos a Málaga tres veranos atrás. Nuestra última escapada juntos, él ya entonces apartado, pegado al móvil. Lo saqué y cayó con estrépito.

Abrí la cremallera y empecé a meter ropa de Andrés sin cuidado: jerseys, pantalones, camisetas, todo entraba, desordenado y revuelto. Nada de doblar, ni perfumar.

¿Estás loca? Andrés apareció pálido. ¡Es año nuevo!

Justamente dije sin parar. Saqué el cajón de calzoncillos y lo volqué sobre la maleta. Año nuevo, vida nueva. Tú con tu Gata. Yo sin traidores.

¡Para! ¡Es sólo una conversación! ¡No ha pasado nada! intentó agarrarme.

Lo rechacé con una fuerza feroz, ni él se lo esperaba.

¡Ni se te ocurra tocarme! casi le rugí. Andrés retrocedió. ¿No ha pasado nada? ¿Esperando que escapes? ¿Por eso la prisa y los nervios? ¿Pensabas tragar, brindar y salir corriendo con la excusa de que un amigo está mal?

Se quedó mudo. En sus ojos, vi que había acertado. Su plan era justo ese. Cumplir expediente en casa y marcharse con la otra.

Vete le indiqué en voz baja. Ahora.

¿Y adónde? Es de noche, el uno de enero. ¡Esta también es mi casa!

El piso es de mis padres, Andrés. Solo estás empadronado y te daré de baja en cuanto abra el registro. Ahora, vete. A Iván Pérez. Al taller. Que te arrope él.

Cerré la maleta, a trompicones; no peleé con la cremallera. Me senté sobre ella para acabar de cerrarla.

Hablemos mañana, por favor. Los dos hemos bebido…

No he bebido ni un sorbo le corté. Y tampoco hay nada que hablar. Veinticinco años confiando ciegamente. ¿Gallina, dices?

Agarré la maleta y la llevé al pasillo. Las ruedas retumbaron contra el suelo.

¡Destruyes la familia por una tontería! ¡Piensa en los niños! ¿Qué diría Martín?

Eso lo hablaré yo con ellos. Y tengo la foto lista si no te vas ya. Seguro que Martín apreciará cómo papá tacha a mamá.

Andrés se puso lívido. Siempre fue muy de mantener la imagen paternal.

En la entrada, abrí la puerta. Un aire frío me rozó, mezclado con olor a churros y risas de vecinos brindando.

Coge el abrigo exigí.

Viendo que no bromeaba, Andrés se puso el plumas lentamente, aún intentando que todo esto no fuese real. Esperaba que acabara en potes rotos y lágrimas, y luego le perdonara.

Gala, ¿adónde voy ahora? Ya está bien de circo. Tropecé, no maté a nadie Todos tienen algún desliz, no es nada serio. Yo te quiero.

Eso fue la gota. Decir te quiero después de llamarme gallina.

¡Fuera! Saqué la maleta al rellano.

Rodó hasta la barandilla; la manga de la camisa asomaba como bandera rendida.

Andrés salió, sin atarse el abrigo, en zapatillas.

¡Los zapatos! le tiré sus botas de invierno. Las llaves, déjalas.

Te vas a arrepentir, Gala. Te quedarás sola. ¿Quién te va a querer con cincuenta años? La rabia estalló. El rostro torcido. ¡Tanto cocido y tanta rutina! La Gata es joven y vibrante; tú eres disco rayado.

Pues perfecto sentí un extraño alivio. Al menos la Gata que sepa asar cochinillo.

Le cerré la puerta en las narices. Dos vueltas de llave y eché la cadena.

Me apoyé en la puerta, fría y dura. Oí sus ruidos, maldiciones, el golpe de sus botas en el suelo del portal. Luego el sonido rodante del maletón alejándose, el ascensor. Silencio.

Me dejé caer al suelo. Las piernas me temblaban y el corazón latía a mil. Con mi vestido azul y la casa casi brillante, miré el perchero vacío donde estaba su abrigo.

No lloré. Era como ese momento después de un accidente, cuando la mente aún no procesa el dolor, pero ves el desastre.

A los diez minutos me levanté, me sacudí el vestido y fui a la cocina.

Todo seguía igual. La tele ponía musicales ridículos, el cava ya sin burbujas, el cochinillo enfriándose.

Cogí mi copa.

Pues feliz año nuevo, Gala me dije. Feliz vida nueva.

Bebí de golpe el cava; ni gusto me supo.

Miré el regalo para Andrés: la caja lustrosa con el reloj suizo. Perdí tres meses de pagas extras para lograrlo.

Abrí la caja y el reloj relució.
Bueno, Martín se lo quedará o lo vendo para mimarme en el balneario susurré.

Me senté en el sitio de Andrés, probé el salpicón. Estaba bueno, como todo lo que cocino. Y siempre limpio, y yo arreglada. Gallina: se me clavó como espina, pero aquí sola, comenzaba a perder fuerza. ¿Qué gallina echa a un hombre en nochevieja? Las gallinas aguantan, fingen y lloran al dormir.

Yo no. Yo lo eché. Así que gallina no soy. Mujer con orgullo, sí.

Mi móvil sonó. Temí que fuera Andrés, insultando o suplicando. Era Alba.

Una foto: Alba y su esposo en la playa, con gorros rojos y vasos de zumo. ¡Feliz año, mamá y papá! Os queremos mucho. ¿Ya os habéis acabado el cochinillo? ¡Besos enormes!

Vi la cara luminosa de mi hija, tan parecida a la mía en otros tiempos.

Las lágrimas salieron por fin, de rabia, de limpieza. Lloré por los años y la ingenuidad perdida. Lloré mientras cogía ensaladilla con la cuchara, algo que nunca permitía hacerlo.

Me sequé la cara y escribí: ¡Feliz año, mis queridos! Por aquí todo bien. Papá salió a tomar aire. Os quiero.

No les quise amargar la fiesta. Hablaré en unos días. Ahora era mi batalla, mi triunfo.

Me acerqué a la ventana, noveno piso. Abajo, fuegos artificiales iluminaban los tejados y algunos niños corrían entre la nieve.

Ahí, abajo, Andrés con su maleta buscando taxi. En nochevieja todos cobran el doble, y el frío ¿La Gata le recibirá con maletón y vida a cuestas? De novios es fácil, pero los problemas y la ropa suelta pesan más que el cava.

Me reí. La pasión de taller no dura un invierno entero.

Volví a la mesa, cogí una pata de cochinillo y la devoré: el hambre era animal, recuperaba fuerza con cada bocado.

Un timbrazo me sobresaltó. Lento y duradero.

Fui al mirilla, nerviosa. ¿Andrés? ¿Sería capaz de volver a entrar?

Miré. Era mi vecina, la señora Carmen, con bata de flores y una fuente de empanadillas aún con vapor.

Abrí.

¡Gala, feliz año! chilló doña Carmen, la alegría desbordándose. ¿Tienes hambre, corazón? Hemos cocinado y pensé en compartir con los vecinos. ¿Por qué estáis tan tranquilos? Vi a Andrés con la maleta y cara de funeral. ¿Viaje largo, eh?

La miré, con sus empanadillas de aroma irresistible.

Se fue, Carmen dije con voz serena. Viaje largo. Muy largo. Para siempre.

Sus ojos se agitaron, sin entender. ¿De verdad? ¿En nochevieja? ¿Pelea de familia?

No sonreí, y esta vez era una sonrisa auténtica. Justo lo contrario. Hemos aclarado todo. Pasa, Carmen. Tengo cochinillo y cava abierto. Y me sobra para compartir.

Carmen dudó un segundo, se encogió de hombros y murmuró:

En fin, entraré. El mío duerme hace rato. Hoy tú y yo brindamos.

Nos pasamos la madrugada charlando y comiendo. Le conté, sin detalles, que ya sabía de la traición. Carmen, curtida en historias de maridos, no preguntó: solo dijo, brindando: Bien hecho, Gala. Cuando uno pierde el respeto, hay que largarlo. Y tú todavía brillas.

Le creí. Por primera vez en tiempo miré hacia delante sin miedo, con curiosidad.

Por la mañana desperté con el sol en la mejilla. Sin ruidos, sin nadie roncando cerca. El hogar rebosaba esa calma tan rara, clara y fresca.

Recogí las pocas cosas suyas que quedaban: la maquinilla, sus libros viejos, zapatos. Todo al saco de basura, mañana lo bajo al contenedor.

Me preparé un café de verdad, no el soluble cutre de Andrés. Me senté junto a la ventana.

El móvil vibra de nuevo. De Andrés:

“Gala, ¿ya te has calmado? Estoy en casa de un amigo, fue todo un malentendido. Podemos hablar. Te perdono tu salida de tono.”

Me reí, alto y sin vergüenza. “Me lo perdona”, qué chistoso.

Bloqueé su número. Fui a la app del banco y cancelé sus tarjetas extras.

Terminé el café mirando el espejo. Ojos algo hinchados, pero cara lista para la jornada.

Hola, vida nueva me dije mirándome a los ojos. Esta vez, lo vamos a hacer bien.

Puse música cañera y me dediqué a limpiar restos y recoger la mesa. Por delante tengo un año entero, y esta vez, será solo mío.

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