Tengo 89 años. Me llamaron para intentar estafarme. Pero resulta que soy ingeniera. Cuando sonó el teléfono aquel martes por la mañana, estaba tomándome un poleo menta y resolviendo un sudoku. Tengo 93 años y mi mente sigue tan ágil como cuando en los años 60 programaba. – ¿Señora Martínez? – me preguntó una voz melosa al otro lado. – Llamamos por irregularidades en su cuenta. Hemos detectado actividad sospechosa. Ajá. Otro más. – Ay, qué susto – respondí con mi mejor voz temblorosa “de abuela”. – ¿Qué tengo que hacer, muchacho? – Necesitamos que nos confirme el número de su tarjeta bancaria. – Por supuesto… déjame buscar las gafas… Espera, ¿sabes qué? Mejor dime tú las cuatro últimas cifras y yo te confirmo. Así me aseguro de que realmente eres legítimo. Silencio incómodo. – Eso no puede ser, señora. Necesitamos el número completo. – Entiendo – suspiré. – Solo una cosa… ¿la línea desde la que llamas utiliza protocolo VoIP estándar o cifrado punto a punto? Pausa otra vez. – Señora, solo tiene que… – Lo pregunto porque, mientras hablamos – seguí tranquilamente – ya he rastreado tu dirección IP. Curioso… llamada desde un locutorio. ¿Sabes? Llevo cuarenta años diseñando sistemas de seguridad. Soy ingeniera de sistemas. Eso te enseña un par de cosas. – Yo… señora… – Y una curiosidad más – añadí – acabo de activar un script en mi línea. Ahora mismo está extrayendo datos de tu dispositivo. ¿Quieres que te lea tu agenda de contactos o prefieres que la envíe directamente a la Policía? Escuché cómo tragaba saliva. – Eso es ilegal… – ¿Ilegal? – me reí. – Muchacho, yo escribía código cuando tu abuela daba sus primeros pasos. Además, grabo toda la conversación – con metadatos. ¿Sabes lo mejor? Estoy viendo tu pantalla. Hola, Iván. Bonita foto de perfil. ¿Lo sabe tu madre? Click. Colgó. Me reí tanto que casi derramo el té. Después llamé a mi nieto – ese que siempre bromea diciendo que no entiendo de tecnología. – Álex – le dije cuando contestó – acabo de pillar a un estafador que intentó robarme. ¿Todavía piensas que no entiendo de “internet”?

Diario de Carmen Fernández, 89 años. Hoy he recibido una llamada para estafarme. Pero yo fui ingeniera.

Era una tranquila mañana de martes, tomaba té de manzanilla y resolvía un crucigrama cuando sonó el teléfono. A mis 93 años, tengo la mente tan despierta como cuando en los años sesenta programaba en aquellos ordenadores que llenaban habitaciones enteras.

¿Señora Fernández? una voz melosa al otro lado de la línea. Le llamamos porque hemos detectado movimientos sospechosos en su cuenta. Hay ciertas irregularidades.

Ajá. Otro más.

Ay, qué susto le respondí, modulando mi voz en el tono tembloroso de abuelita asustada. ¿Qué tengo que hacer, hijo mío?

Necesitamos que confirme el número de su tarjeta bancaria.

Por supuesto, claro… déjeme que busque mis gafas… dejé un silencio deliberado. Mejor aún, ¿por qué no me dice usted los últimos cuatro dígitos, y yo le confirmo? Así me aseguro de que es realmente del banco.

Silencio incómodo.

No funcionamos así, señora. Necesitamos el número completo.

Lo entiendo suspiré. Dígame una cosa… ¿la línea desde la que me llama emplea protocolo VoIP estándar o cifrado punto a punto?

Otra pausa.

Señora, simplemente necesitamos que…

Se lo pregunto porque, mientras hablamos añadí con tranquilidad, ya he rastreado su IP. Curioso… una llamada desde un locutorio. ¿Sabía usted que pasé cuarenta años diseñando sistemas de seguridad? Soy ingeniera. Eso le enseña a una muchas cosas.

Yo… señora…

Y otra cosa interesante proseguí. Acabo de activar un script en mi línea. Ahora mismo está extrayendo datos de su dispositivo. ¿Quiere que le lea sus contactos, o prefiere que los envíe directamente a la policía?

Noté cómo tragaba saliva.

Eso es ilegal…

¿Ilegal? me reí. Niño, yo escribía código cuando tu abuela todavía jugaba al escondite. Además, estoy grabando toda la llamada con metadatos incluidos. ¿Sabes lo mejor? Puedo ver tu pantalla. Hola, Iván. Bonita foto de perfil. ¿Sabe tu madre a qué te dedicas?

Click.

Colgó.

Me reí tanto que casi derramo el té. Después llamé a mi nieto, el que siempre bromea con que no sé de tecnología.

Álvaro le dije cuando descolgó, acabo de dejar en ridículo a un estafador que quería robarme. ¿Aún crees que no entiendo de internet?

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Tengo 89 años. Me llamaron para intentar estafarme. Pero resulta que soy ingeniera. Cuando sonó el teléfono aquel martes por la mañana, estaba tomándome un poleo menta y resolviendo un sudoku. Tengo 93 años y mi mente sigue tan ágil como cuando en los años 60 programaba. – ¿Señora Martínez? – me preguntó una voz melosa al otro lado. – Llamamos por irregularidades en su cuenta. Hemos detectado actividad sospechosa. Ajá. Otro más. – Ay, qué susto – respondí con mi mejor voz temblorosa “de abuela”. – ¿Qué tengo que hacer, muchacho? – Necesitamos que nos confirme el número de su tarjeta bancaria. – Por supuesto… déjame buscar las gafas… Espera, ¿sabes qué? Mejor dime tú las cuatro últimas cifras y yo te confirmo. Así me aseguro de que realmente eres legítimo. Silencio incómodo. – Eso no puede ser, señora. Necesitamos el número completo. – Entiendo – suspiré. – Solo una cosa… ¿la línea desde la que llamas utiliza protocolo VoIP estándar o cifrado punto a punto? Pausa otra vez. – Señora, solo tiene que… – Lo pregunto porque, mientras hablamos – seguí tranquilamente – ya he rastreado tu dirección IP. Curioso… llamada desde un locutorio. ¿Sabes? Llevo cuarenta años diseñando sistemas de seguridad. Soy ingeniera de sistemas. Eso te enseña un par de cosas. – Yo… señora… – Y una curiosidad más – añadí – acabo de activar un script en mi línea. Ahora mismo está extrayendo datos de tu dispositivo. ¿Quieres que te lea tu agenda de contactos o prefieres que la envíe directamente a la Policía? Escuché cómo tragaba saliva. – Eso es ilegal… – ¿Ilegal? – me reí. – Muchacho, yo escribía código cuando tu abuela daba sus primeros pasos. Además, grabo toda la conversación – con metadatos. ¿Sabes lo mejor? Estoy viendo tu pantalla. Hola, Iván. Bonita foto de perfil. ¿Lo sabe tu madre? Click. Colgó. Me reí tanto que casi derramo el té. Después llamé a mi nieto – ese que siempre bromea diciendo que no entiendo de tecnología. – Álex – le dije cuando contestó – acabo de pillar a un estafador que intentó robarme. ¿Todavía piensas que no entiendo de “internet”?
Esto Ya Lo Hemos Vivido —¡Mira qué preciosidad he encontrado! —Vera sacó de la bolsa una caja con una guirnalda y la agitó ante la cara de Kiril. Su marido apartó la vista del móvil y echó un vistazo distraído al paquete. —Ajá. —¿Cómo que “ajá”? ¡Es una guirnalda de “rocío”! ¿Sabes cómo va a quedar en el árbol? Magia pura, como destellos de luz. Lo he visto en Internet, la gente sube unas fotos que parecen de cuento. Vera ya imaginaba el salón: luces tenues, el suave parpadeo de cientos de diminutas bombillas, aroma a mandarinas y a abeto. La velada perfecta de Nochevieja. Ese ambiente cálido y acogedor que tanto se esforzaba por crear en su piso. Kiril volvió a sumergirse en su pantalla. —Pues ya está, la has comprado. Vera suspiró con contención, pero no dijo nada. Total, lo importante era el resultado. El árbol ya ocupaba su esquina, listo para ser decorado. Vera abrió la guirnalda y los finos hilos de cobre llenos de lucecitas se deslizaron entre sus dedos. Precioso. Solo quedaba rodear cada rama, una a una, con cuidado. —Kiril, ¿me ayudas? Es un follón hacerlo sola. Su marido, con un suspiro teatral, se levantó del sofá, con ese aire de estar a punto de descargar un camión de ladrillos y no de colgar una guirnalda. —Coge aquí, yo empiezo por abajo —ordenó Vera. Todo fue más o menos bien durante los primeros veinte minutos. Vera colocaba el hilo entre las agujas del árbol, fijándose en que las luces quedaran bien repartidas, mientras Kiril sujetaba el árbol y le pasaba el tramo siguiente. —¿Falta mucho, Vera? Que estoy cansado… —Solo un poco más, aguanta. Pero ese “poco” se fue alargando. La guirnalda se enredaba, las luces se apelotonaban, y había que empezar de nuevo. Vera quería que quedara perfecto, y eso lleva tiempo. Kiril empezó a mirar el reloj con exageración y a suspirar sonoramente. Primero de reojo, luego a cara descubierta. —Llevamos más de una hora con esto, Vera. —¿Y? —Nada. Es un hecho. Vera se mordió el labio. No te enciendas, se dijo. No ahora. —Mejor ayúdame aquí a tensar. Kiril tiró del cable demasiado fuerte y destrozó de un tirón toda la rama que Vera acababa de terminar. —¡Con cuidado! —Si lo hago con cuidado. —¿Con cuidado? ¡Lo has estropeado! ¡Me ha llevado media hora esa rama! —¿Media hora para una rama? —resopló Kiril—. ¿Quieres unas pinzas para precisión de cirujana? Vera calló. Volvió a rehacerlo. Siguió a lo suyo. Pero al cabo de cuarenta minutos, la paciencia de Kiril llegó a su límite… —A ver, explícame, —se apartó del árbol con los brazos cruzados—, ¿por qué perdemos el tiempo con esto? —No es perder el tiempo. —Anda ya. Es una guirnalda. Se tira así y listo. Vera se giró despacio, sintiendo cómo algo ardía y pinchaba en su pecho. —Se tira y listo… Entiendo. —Hay cosas más importantes que perderse con bombillitas. —¿Como cuáles? ¿Tirarse en el sofá? ¿Hacer scroll? Kiril frunció el ceño. —Vera, no empieces. —No, Kiril, explícame tú lo importante. Porque no recuerdo que nada en casa te interese jamás. Solo comes, duermes, y ves la tele. —No es cierto. —Sí lo es. Yo me esfuerzo, invento, trato de crear algo bonito, hacer hogar… ¡A ti te da igual! ¡Te da igual todo, Kiril! —¿De verdad vas a montar un numerito por una guirnalda? —¡No monto el numerito por la guirnalda! Sino porque pasas de mí y de lo que hago, como si yo fuera un mueble. —¿Qué esfuerzo? ¿Colocar cables en las ramas? Anda ya, Vera, eso no tiene sentido. La gente normal cuelga la guirnalda en diez minutos. —¡La gente normal valora a sus mujeres! A partir de ahí, la cosa se desbordó. Vera ni se dio cuenta de cómo empezó a soltar todo lo que llevaba dentro: los calcetines tirados, la vajilla sin lavar, aquel cumpleaños en el que él se olvidó hasta la noche cuando ella ya había llorado a solas. Kiril contestaba, contraatacaba, recordando sus continuos reproches y la dificultad de simplemente estar tranquilo en su propia casa. La guirnalda de “rocío” quedó a medio poner: una parte derecha, la otra caída, una esquina colgando desangelada. El árbol parecía tan perdido y triste como aquella discusión. En algún momento los dos callaron. No porque estuvieran reconciliados, sino porque se habían quedado sin fuerzas. —No puedo más —soltó Vera, y se fue al dormitorio. La puerta se cerró en silencio, sin portazo, porque ya no quedaba energía. Allí sacó su bolso de viaje. —Me voy con mis padres —le avisó a su marido, metiendo un jersey en la bolsa. Kiril frunció el entrecejo, extrañado. —¿Solo el fin de semana? —De momento, sí. —¿Y cuándo vuelves? —No sé. No preguntó más. No la retuvo. Solo miró cómo ella se preparaba. —Vale —dijo al fin. —Vale —repitió Vera, con eco. …El sábado y el domingo los pasó con sus padres, ignorando los escasos mensajes de Kiril. “¿Cómo estás?”, sonó el móvil por la mañana. Vera miró la pantalla y la dejó sobre la mesa. “¿Hablamos luego?”, llegó por la tarde. Ni lo abrió. Que piense. Que disfrute esa casa silenciosa, y entienda cómo es para ella estar sola allí desde hace meses. …El domingo, Vera quedó con Lena y Oksana en una cafetería de la calle Mayor. Un sitio con sofás mullidos y olor a canela, perfecto para hablar de la vida. —Y va y me dice: que es una tontería, que la guirnalda se cuelga en diez minutos —Vera dio un sorbo a su café con leche—. ¿Os lo podéis creer? Lena se cruzó una mirada significativa con Oksana. —Verita, —Lena se inclinó hacia ella y sus ojos reflejaron un destello cortante—, sabes que esto solo es el principio, ¿no? —¿Cómo que el principio? —Hoy no valora tu guirnalda, mañana pasará a no valorarte a ti. Oksana asintió tan rápido que sus pendientes tintinearon. —El mío empezó igual. Con detalles. Luego resultó que todo lo que importaba era él y su comodidad. —Los hombres no cambian —sentenció Lena como si fuera la gurú de la pareja—. Es la ley de la vida. Puedes insistir lo que quieras: le da igual. Vera giró la taza en sus manos. Había algo en esa charla que le rozaba el alma. Algo nuevo… —Chicas, fue solo una bronca… —¿Solo? —Oksana soltó una carcajada—. ¡Despierta, Verita! Es la alarma de inicio. La primera de muchas. Esto ya lo hemos vivido. —Exacto —secundó Lena—. Piénsatelo bien. ¿Para qué atarte a algo destinado a acabar mal? Vera levantó la mirada y, por un instante, lo vio claro. A los ojos de sus dos amigas brillaba algo distinto. No era compasión. No era empatía. ¿Tal vez expectación? ¿Cierta satisfacción? ¿Una pizca de envidia escondida? Lena y Oksana estaban divorciadas. Ahora vivían solas, con sus gatos y sus series interminables. Y, de pronto, Vera lo entendió: no querían ayudarla. Querían que se sumara a su “club”. —Gracias por los consejos, chicas —sonrió Vera—. Lo pensaré. Pero estaba pensando en otra cosa. …El lunes fue insoportable. Por la tarde, Vera iba en metro, contemplando su reflejo en la ventana, sin saber qué esperar al volver a casa. La llave giró en la cerradura. Abrió la puerta, entró en el recibidor… Y se quedó quieta. De la sala venía una luz cálida. Cientos de diminutas luces centelleaban en el árbol —colocadas, perfectas, preciosas. La guirnalda de “rocío” abrazaba cada rama justo como Vera había soñado. El ambiente mágico que ella tanto deseaba por fin llenaba su piso. Kiril salió del dormitorio. Cara de arrepentido, manos torpes colgando. —Vera… —¿Lo has hecho tú? —Sí… Bueno, he tenido que rehacerlo tres veces, la verdad. Resulta que sí es difícil. Vera permaneció callada. Lo miró. Al árbol. De nuevo a él. —Perdona… —Kiril avanzó un paso—. Me equivoqué. Mucho. Tú querías algo bonito y yo… Actué como un imbécil… —Kiril… —Espera, déjame hablar. El fin de semana fui a ver a mi madre. Me dio una charla buena. Me explicó que para ti es importante crear hogar. Que yo debería verlo y valorarlo. Y fallé, lo reconozco. Perdóname. Los ojos de Vera se humedecieron. —¿Te lo ha dicho doña Carmen? —Sí. Y mucho más. Sobre la importancia de los detalles. Que te estoy hiriendo y ni me doy cuenta. Las lágrimas la desbordaron. Vera no intentó pararlas. Kiril la abrazó, fuerte, de verdad. —Te he echado tanto de menos… —susurró sobre su pelo—. Estos días sin ti… Lo he pasado fatal. —Yo también… —balbuceó ella. Se quedaron así. Las luces parpadeaban, tiñendo las paredes de reflejos cálidos. …En Nochevieja, celebraron juntos. Cava, ensaladilla, mandarinas y la dichosa guirnalda “rocío”, que por fin brillaba como Vera soñaba. Campanadas, brindis, beso frente al árbol. —Feliz año, —murmuró Kiril, abrazándola. —Feliz año —sonrió Vera. Cuando Lena y Oksana supieron de la reconciliación, sus “enhorabuenas” sonaron tan falsas que a Vera le dieron ganas de reír por teléfono. “Pues nos alegramos…”, masculló Lena. “Espero que de verdad cambie”, remató Oksana, en tono incrédulo. Vera colgó y ya no volvió a llamar. Había entendido, por fin, que hay amigos que solo saben compadecer la pena ajena, porque alegrarse por la felicidad cuesta mucho más. Es fácil consolar, asentir con lástima y seguir con su vida. Pero para el verdadero bienestar, necesitas gente distinta a tu lado. Gente de verdad…