Mi marido trajo a casa a una “compañera de trabajo” para quedarse un par de días, pero enseguida sup…

Diario de Olalla Herrero Madrid, 21 de marzo

¿Alfonso, de verdad crees que esto es gracioso? Dime que es una de esas bromas tuyas de mal gusto y me río. Luego cenamos en paz, como una familia normal me quedé paralizada con el cucharón en la mano, mirando a mi marido. Él, inquieto en la entrada, evitaba mi mirada clavando los ojos en el suelo.

Con Alfonso llevo veintitrés años de matrimonio. Siempre ha sido el buenazo, el ingenuo que recoge perros abandonados o acoge a un colega perdido tras una fiesta porque la mujer no le deja volver a casa. Pero ¿meter una mujer desconocida en casa? Eso sí que es nuevo.

Oli, que no es broma. Mira, es una situación límite. La pobre se ha quedado en la calle de verdad. La casera que está fatal, te lo juro la echó de repente, le cambió la cerradura, dejó todas sus cosas en la puerta. No tiene a dónde ir. Un hotel es carísimo en Madrid, y hasta la semana que viene no cobra. No vamos a ser unos desalmados. Solo son un par de noches, hasta que encuentre otra cosa.

Resignada, dejé el cucharón sobre la olla de cocido, apagué el fuego y fui al pasillo limpiándome las manos en el delantal. Sentía esa punzada de incomodidad por dentro, un instinto frío y certero: esa vocecilla que no me ha fallado nunca. Pero la educación pesa, y no iba a dejar a nadie durmiendo en el coche, aunque la intuición me gritara: ¡No la dejes entrar!.

¿Cómo que una compañera? pregunté en voz baja. En tu departamento de logística ¿no sois solo hombres y Marisa la de recursos, que tiene tres nietos?

Esta es nueva, contestó Alfonso acelerado, oliéndose el temporal. Se llama Coral. Viene de la oficina de Valencia. Muy maja y espabilada. Oli, de verdad, ponte en su lugar. Ahora está abajo en el coche llorando, con todas sus cosas en el maletero. ¿Dónde iba a ir así?

¿Ya la has traído? ¿Sin preguntar?

No podía dejarla ahí. Ha empezado a llover

Inspiré hondo. No estaba en mi naturaleza echar a nadie, pero no me gustaba ni un pelo lo que estaba ocurriendo.

Vale dije seca. Sube a tu Coral. Dormirá en el sofá, dos días máximo. Esto no es una pensión, que quede claro.

Alfonso se iluminó, me dio un beso fugaz y salió escopetado. Al minuto regresó con dos maletones rosas y, detrás, la causante del culebrón.

Fue entrar Coral y desbaratarme la idea de pobre chica. No parecía haber llorado mucho. Lucía impecable: abrigo beige de marca, melena suelta y planchada, tacones altísimos que me dolieron solo de verlos. El aroma dulzón y empalagoso de su perfume llenó la entrada, desplazando el olorcillo de cocido recién hecho.

¡Hola, buenas noches! canturreó ella quitándose los guantes de cuero, como una actriz de serie. ¿Eres Olalla, verdad? ¡Alfi dice maravillas de ti! Perdonad el atraco, es que ha sido una auténtica tragedia, vamos, un drama: la casera está de psiquiátrico y me ha largado de un plumazo. ¡Yo sigo temblando!

Noté el Alfi meloso y su modo de escudriñar el piso, valorando cada detalle. No había rastro de angustia ni miedo en sus ojos, más bien astucia y una pizca de desprecio disfrazado de sonrisa.

Buenas noches respondí. Pasa. Las zapatillas de estar por casa, ahí.

Coral puso cara de asco, miró las pantuflas de invitados simples, de fieltro y negó con la cabeza.

No hace falta, traigo las mías respondió. Abrió uno de los maletones en mitad de la alfombra, aún con los tacones sucios puestos, y sacó unas chanclas peludas rosas con pompón.

Mientras Alfonso colgaba su abrigo, ella ya se había colado en la cocina sin esperar invitación.

Mmmm qué recogido lo tenéis soltó, acariciando una silla con uñas perfectamente esmaltadas. Un poco justo de espacio, pero mono. Alfi me ha contado que lleváis siglos sin hacer reforma

Tuve que contenerme. La cocina era mi joya, la reformamos hacía tres años y era mi orgullo.

Nos basta así corté en seco. El baño está a la izquierda, ahora te acerco toallas. ¿Vas a cenar?

Uy, no, estoy a dieta se acarició la cintura con dramatismo. Después de las seis ni agua. Pero un té sí acepto. Alfi, ¿me haces un café? Ese que preparas en la oficina es insuperable.

Alfonso, encantado, ya enredado con el equipaje en el salón, puso cara de niño con juguete nuevo.

Claro, Coral. Ahora mismo. Oli, ¿te importa?

Claro que me importaba. Eso del café me taladró el oído. Alfonso nunca hacía café, siempre era yo. Y el Coral melodioso me enervaba como uñas en pizarra.

Hazlo tú. Yo aquí, mirando.

La noche fue un desfile protagonizado por Coral. Habló del trabajo (sin ella la empresa caería en un día), de viajes, de lo dura que es su relación con su madre, y de que todos los hombres temen a una mujer tan fuerte como ella.

En bata de seda, pierna cruzada hasta casi el muslo, se dirigía solo a Alfonso. Yo era un mueble más.

¿Te acuerdas del baile de Navidad? le susurró a Alfonso, tocándole el brazo. Dijeron que éramos la pareja más envidiada de la pista. ¡Llevas el compás tan bien!

Alfonso se ruborizó.

Fue solo un baile balbuceó.

¿Bailaste? pregunté con hielo en la voz. Dijiste que lo odiabas. Ni en la boda de nuestra hija danzaste

Eso fue otra historia, otra música fue lo único que dijo.

¡Olalla, no sabes lo divertido que es! insistió Coral. Alfonso es la alegría del grupo. Parece que le tenéis aquí reprimido, deberíais dejarle más marcha.

Ya no aguanté más. Me levanté.

Es tarde. Mañana trabajamos los tres. Coral, tu cama está lista en el salón. Toallas en el sillón. El baño, quince minutos. Luego va Alfonso. Buenas noches.

Coral puso morritos.

¿Tan pronto? Estábamos tan a gusto Vale, a dormir ¡Hasta mañanita!

Me fui al dormitorio temblando de rabia, mordiendo el edredón. Alfonso apareció más tarde.

¿Duermes, Oli?

Sí. Haz lo mismo. Que mañana hay que sacar potencial.

*

Al amanecer, ni rastro de Coral en la cocina. La puerta del baño cerrada, risitas, ruido de secador y su voz canturreando. Me acerqué.

¡Ocupado! gritó Coral. ¡Estoy con el maquillaje! No puedo salir sin maquillar, tengo reunión.

Mire el reloj. Salíamos en cuarenta minutos; media hora ya llevaba allí metida.

El campo de batalla al salir ella fue épico. Discos de algodón por el suelo, cremas salpicando el espejo, mi neceser arrinconado por los potingues nuevos de la invitada.

Perdón por dejarlo todo patas arriba, pero tú eres la dueña, ya lo recoges dijo, pasándome en toalla. Es que no me da la vida.

Apreté los puños. Solo dos días… dos….

En la cocina, Alfonso ya freía huevos. Coral revoloteaba dándole instrucciones: que si echa sal, que si el huevo así no, que ella lo haría mejor

Entré vestida de ejecutiva.

Venga, tenemos que salir. No quiero atasco.

¿Y el desayuno? Coral dice que sabe hacer tortilla francesa buenísima.

No tengo hambre. Coral, ¿tienes llaves?

¿Llaves? ¿De vuestra casa? No, claro.

Entonces baja con nosotros. No dejo a desconocidos sola en casa. Hay alarma.

Coral puso cara de drama.

Pero no estoy lista quería planchar ¡Alfonsito, dile algo!

Alfonso titubeó. Yo, firme.

Aquí todos fuera. Y la alarma puesta. Te apañas en diez minutos.

El trayecto en coche fue gélido. Coral, con el labio fuera, mirando por la ventana. Alfonso, nervioso. Yo, haciendo estrategia.

En el trabajo llamé a mi amiga Leti, agente inmobiliaria.

Leti, necesito comprobar algo. ¿Puedes mirar si una tal Coral Díaz alquilaba piso en Chamberí? Dice que la echaron anoche. Averíguame si eso es verdad.

¡Uy, qué intriga! Esta noche te cuento.

Por la tarde volví antes de tiempo a casa. Desastre total: las maletas de Coral abiertas, ropa por todas partes, restos de vino caro el rioja de aniversario y queso reseco. Y lo peor: en el vaso de cepillos, la de Alfonso estaba acompañada por una rosa y nueva, la de Coral. La mía, apartada.

Esto ya me huele me dije. Apaga y vámonos.

Al poco llegaron Alfonso y Coral, riendo, brazos enlazados.

¡Oli, ya estamos! saludó Coral. Hemos traído cosas ricas del Mercado de San Miguel. Quiero hacer cena especial, para compensar lo de esta mañana.

En la mesa sacó gambas, aguacates, solomillo.

¿Y esto, quién lo paga? pregunté.

Alfi, que es muy generoso. Dice que siempre estáis a dieta, que hay que disfrutar de la vida.

Alfonso me miró suplicante. Ni caso.

Coral, veo que te has acomodado. Has puesto el cepillo junto al de mi marido, te has bebido nuestro vino ¿Tú buscas piso, o algo más?

El gesto de Coral cambió. Deja de sonreír.

¿Tienes celos? Bienvenidos, los celos mantienen viva la relación. Tú demasiado cómoda, en bata, alimentando a tu marido a base de cocido. Los hombres necesitan fiesta, Oli, no monotonía. Alfonso conmigo revive. ¿No lo ves?

Lo veo, sí. Está en su salsa, como los cardos en salsa de almendras. Pero a las malas hierbas pronto se las arranca.

En ese momento sonó mi móvil. Leti.

Oli, lo tengo. Tu Coral no tiene ninguna casera ni nada. Vive en su pisito propio, en Usera, hipotecado y ahora mismo en obras por reforma. Los vecinos dicen que hay albañiles todo el día. Nadie la ha echado de ningún sitio. Se ha buscado un hotel gratuito aprovechando la obra, y a ver si pescaba algo más. Está divorciada, buscando candidato.

Gracias, Leti colgué.

Me giré tranquila a ser testigo del espectáculo. Coral, ya autora de la farsa, le daba órdenes a Alfonso.

Corta la cebolla, cariño

Llamé a ambos, con voz firme.

Venid, un momento.

Me pararon en seco.

Acabo de saber la verdad. No hay casera mala, ni desahucio. Lo que tienes es el piso en obras en Usera. Buscabas sitio donde dejar las maletas y, si colaba, algo más.

Coral se ruborizó, luego se encendió de rabia.

¿Y qué? ¿Me querías dejar en la calle? Yo buscaba ayuda y mira Un calzonazos, eso eres, Alfonso. Debajo del dedo de tu mujer.

Me mentiste. Me usaste dijo Alfonso, al fin caído del guindo.

Usarte, dice Si eres un pelmazo. Solo quería sobrevivir cómoda un par de semanas, ir a la oficina arreglada y no estar entre escombros.

Esta bruja le dije yo tranquilamente, llama a la policía y en cinco minutos estás con maletas y pompones en la puerta. El tiempo corre.

Coral bufó, recogió toda la ropa rechinando dientes, se plantó el abrigo y gritó al salir:

¡En esta casa no me veis más! ¡En la oficina os vais a enterar de quién es Alfonso!

Portazo. Silencio absoluto.

Alfonso, desplomado, mirando el aguacate con cara de apaleado:

Oli soy idiota.

Mucho asentí.

Sentí pena me lo creí, de verdad.

Buscaba comodidad y un tonto útil. Alfonso, tienes cincuenta. Aprende a calar a la gente, o al menos, consulta antes de meter a extrañas aquí.

Perdóname, de corazón. Es que por un momento me sentí héroe. Pero solo fui un panoli.

Asumido. Pero que no se repita lo de compañeras de trabajo. Ni si se inunda la ciudad ni si caen meteoritos.

Te lo juro. Oli ¿queda cocido?

Sobraron dos raciones. Ya te sirvo.

Guardé gambas y solomillo en el congelador, útiles para Navidades. Ahora, tocaba cocido, el bueno, el de siempre. Como la vida real, esa que por poco no desmonta una farsa envuelta en perfume caro.

Una semana después, Alfonso contó en casa que Coral había pedido la baja y dimitía. Se corrió la voz sobre su maniobra y, tras quedar en evidencia por el tema del piso, se convirtió en broma de oficina.

Mejor así le dije regando los geranios. Habrá menos toxicidad en el aire.

El cepillo rosa de Coral fue directo a la basura esa misma noche. Herví el vaso y volví a colocar el mío junto al de Alfonso.

Esta experiencia nos enseñó mucho. Alfonso aprendió que no todo lo que halaga es oro. Yo, que confianza en pareja sí, pero siempre con revisión. Y que la frontera de tu casa se blinda hasta con artillería, si hace falta, aunque el enemigo venga disfrazado de amiga en bata de seda y zapatillas rosas.

Porque la felicidad matrimonial no es tener la puerta abierta a cualquiera, sino un hogar fuerte y seguro, de dos.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

four × one =

Mi marido trajo a casa a una “compañera de trabajo” para quedarse un par de días, pero enseguida sup…
Siempre estaré contigo, mamá. Una historia que podrías creer La abuela Valentina no veía la hora de que llegara la tarde. Su vecina Natalia, una mujer soltera que rondaba los cincuenta, le había contado algo tan increíble que le daba vueltas en la cabeza. Para demostrarle que lo que decía era cierto, incluso la había invitado a pasarse por la noche, asegurando que le enseñaría algo especial. Todo había comenzado con una simple conversación. Por la mañana, Natalia iba a hacer la compra y se asomó a casa de la abuela Valentina: — ¿Necesita algo, señora Valentina? Voy al supermercado de la esquina, quiero hacer un bizcocho y comprar algunas cosillas. — Te veo y pienso que eres buena persona, Natalia: amable, generosa. Te recuerdo desde que eras una chiquilla. Es una pena que no hayas tenido suerte, siempre sola. Pero te observo y no te veo ni triste ni quejándote como otras personas. — ¿Y de qué me voy a quejar, señora Valentina? Yo tengo un hombre al que quiero, solo que de momento no puedo vivir con él. Pero le contaré por qué. A usted sí se lo cuento, a otra persona nunca. Y además… tengo muchas cosas más que quisiera contarle. Porque la conozco y aunque alguna vez se le escape a alguien, nadie lo creería —rió Natalia—. Dígame, ¿qué le compro? Cuando vuelva, nos tomamos un té y le cuento cómo es mi vida. Verá cómo se alegra por mí y deja de sentir lástima. La abuela Valentina realmente no necesitaba nada ese día. Pero pidió a Natalia que le trajera pan y algún dulce para el té. La curiosidad la devoraba; quería saber qué historia tan extraña le iba a contar su vecina. Natalia vino con el pan y los dulces, y la abuela preparó un aromático té, lista para escuchar. — Señora Valentina, usted se acuerda de lo que me pasó hace veinte años. Yo tenía casi treinta. Estaba con un hombre, pensábamos casarnos. Pensé que aunque no lo amaba, era un buen hombre. Y una vida sin familia ni hijos… Presentamos los papeles, él se mudó conmigo. Me quedé embarazada. En el octavo mes nació mi niña. Vivió dos días y falleció. Creí volverme loca de dolor y me separé de mi marido, no nos unía nada. Pasaron un par de meses y poco a poco comencé a recuperarme, a dejar de llorar. Y de repente… Natalia miró a la abuela Valentina, expectante. — No sé ni cómo continuar. Tenía la cunita preparada en mi habitación para la niña. Dicen que da mala suerte comprar todo por adelantado, pero yo entonces no creía en esas cosas. Tenía todo listo, juguetes, la ropa puesta… Y una noche me despierta el… llanto de un bebé. Pensé que eran imaginaciones por el dolor. Pero se repitió. Me acerqué a la cunita, ¡y allí estaba una niña pequeña! La cogí en brazos y casi no podía respirar de la felicidad. Me miró, cerró los ojitos… y se quedó dormida. Y así empezó todo: cada noche, mi niña venía conmigo. Incluso llegué a comprarle leche y biberón. Pero casi no comía, solo lloraba, la tomaba en brazos, me sonreía, cerraba los ojos y dormía. — Pero ¿cómo es posible eso? —escuchaba la abuela Valentina, hechizada—. ¿Eso puede pasar? —¡Yo también pensaba que no! —dijo Natalia, nerviosa y sonrojada. —¿Y luego qué? —dudó Valentina, poniéndose un dulce en la boca y dando un sorbo de té. —Todo sigue igual desde entonces —sonrió Natalia, feliz—. Mi niña vive en otro mundo, allí tiene madre y padre, pero no se olvida de mí. Viene por las noches, casi todos los días. Una vez me lo dijo claramente: —Siempre estaré contigo, mamá. Nos une un lazo invisible que nada puede romper. A veces pienso que todo esto quizás lo sueño. Pero incluso me trae regalos de ese otro mundo. Claro, aquí duran poco, desaparecen como la nieve en primavera. —¿De verdad? —la abuela Valentina bebió otro sorbo de té, tenía la garganta seca de la emoción. —Quiero que vengas a mi casa. Quiero que lo veas y me digas si crees que lo que veo es real. Aunque yo crea en ello… Esa misma noche, la abuela Valentina fue a casa de Natalia. Se sentaron en la penumbra y conversaron. La casa estaba en silencio, solo estaban ellas dos. Empezaba a darles sueño, pero de pronto una luz suave brilló. El aire vibró y apareció en la habitación… una joven encantadora: —¡Hola, mamá! Hoy he tenido un día maravilloso, quería compartirlo contigo. Y este es tu regalo —la joven puso unas flores sobre la mesa. —Ay, buenas noches —vio a la abuela Valentina—, mamá me dijo que querías verme. Soy Marianna… Al rato, la joven se despidió y desapareció como si fuera aire. La abuela Valentina se quedó muda, muy sorprendida. Tardó en arrancar palabra. —Bueno, Natalia, parece que de verdad pasa. Tienes una hija preciosa, se parece a ti. Me alegro mucho por ti, Natalia. Eres una mujer feliz. A veces la vida puede ser aún mejor de lo que una imagina. ¡Quién lo hubiera dicho! Jamás lo habría creído si no lo hubiese visto con mis propios ojos. Qué hermoso es todo esto. Te estoy muy agradecida. Me has abierto los ojos. El mundo es tan grande, la vida sigue en todas partes. Ya no le tengo miedo ni a la muerte. ¡Felicidad para ti, Natalita! Las flores sobre la mesa se volvieron cada vez más pálidas y pronto desaparecieron. Pero Natalia, tras despedir a su vecina, sonreía feliz. Mañana sería un día nuevo y maravilloso. Se encontraría con Arcadio, a quien tanto quería y quien la quería a ella, Natalia lo sentía. ¿Cómo lo sabía? Eso no se puede contar así como así. Y algún día, seguro, les presentaría a sus dos seres más queridos: Marianna y Arcadio.