Sin techo

SIN HOGAR
Mira, te cuento lo que le pasó a Leonor. Estaba tan perdida, tío No tenía a dónde ir, literalmente. Podría pasar un par de noches en la estación de Atocha, pero ¿y luego qué? De repente se acordó de aquella casita de campo que tenía su familia cerca de Toledo. Bueno, llamarla casita es exagerar, está medio derruida, pero es mejor ir allí que dormir en la estación, pensaba Leonor.
Cogió el Cercanías y se apoyó en la ventana, cerrando los ojos mientras el tren atravesaba la sierra. Los recuerdos le golpearon: hacía dos años que sus padres habían muerto y ella se quedó completamente sola, sin nadie que la apoyara. Se le acabó el dinero para la matrícula y tuvo que dejar la universidad. Terminó currando en un mercadillo del barrio Lavapiés para sobrevivir.
Después de tanto mal trago, la suerte parecía sonreírle: conoció a su pareja, Ramón, un tío bastante majo y decente. A los dos meses se casaron de forma sencilla, sin grandes fiestas, porque estaba la cosa justa de euros.
Todo parecía ir bien, pero la vida le tenía preparada otra putada: Ramón le propuso vender el piso familiar en pleno centro de Madrid para montar un negocio. Lo pintó todo de color de rosa, y Leonor, confiada y soñando con un futuro mejor, pensó: En cuanto nos estabilicemos, podemos pensar en tener un niño. Me muero de ganas de ser madre.
Pero el negocio fue un fracaso total, y los euros se evaporaron. Empezaron los broncas, y pronto Ramón trajo a otra chica a casa, echando a Leonor de su propio hogar.
Leonor pensó en denunciar, pero al final vio que no tenía nada que reprocharle: ella misma había vendido el piso y le había dado todo el dinero.
***
Al bajar en la estación, Leonor caminó sola por el andén, bajo la luz fría de la primavera madrileña, aún no había empezado la temporada de campo y todo el entorno llevaba años descuidado. Bueno, ya pondré esto patas arriba aunque nada volverá a ser como antes, suspiraba.
Encontró el viejo llavero bajo el porche de la casa, pero la puerta de madera estaba tan vencida que no abría ni de broma. Tras intentar a lo bestia abrirla, acabó sentándose en las escaleras, llorando de impotencia.
De pronto, vio humo saliendo de la parcela de al lado y escuchó algo de movimiento. Se alegró muchísimo de ver que había alguien cerca y cruzó corriendo.
¡Tía Carmen! ¿Estás ahí? llamó, con esperanza.
Pero en vez de Carmen, vio a un hombre mayor, con barba desaliñada. Estaba haciendo un pequeño fuego para calentar agua en una taza sucia.
¿Quién es usted? ¿Dónde está Carmen? preguntó Leonor, retrocediendo.
No te asustes. No llames a la policía, por favor. No he hecho nada malo. Solo vivo aquí, en el patio, no entro en la casa
El hombre tenía una voz cálida y culta, algo que no te esperas de alguien en su situación.
¿Es usted sin hogar? preguntó Leonor, algo directa.
Sí, así es admitió el hombre, bajando la mirada. ¿Tú vives por aquí? No te molestaré.
¿Cómo se llama usted? preguntó Leonor.
Me llamo Manuel.
¿Y de segundo? insistió ella.
De segundo Fernández.
Leonor miró a Manuel Fernández atentamente. Llevaba ropa vieja pero estaba relativamente limpio y el hombre no tenía mal aspecto del todo.
No sé a quién acudir para pedir ayuda suspiró ella, cansada.
¿Qué ha pasado? preguntó él, amablemente.
Es la puerta. Se ha quedado trabada y no puedo abrirla explicó Leonor.
Si quieres, le echo un vistazo le ofreció Manuel.
¡Le estaría muy agradecida! dijo ella, aliviada.
Mientras Manuel peleaba con la puerta, Leonor pensaba: ¿Quién soy yo para juzgarle? Al final, yo también me he quedado sin hogar. Estamos igual.
Leonor, ya está. Manuel Fernández sonrió y empujó la puerta. Oye, ¿vas a quedarte aquí a dormir?
Pues claro, ¿dónde sino? contestó Leonor, sorprendida.
¿Hay calefacción en la casa?
Hay una chimenea, creo dijo, algo perdida.
¿Y leña?
No tengo ni idea bajó la cabeza.
Vale, no te preocupes. Ve entrando y yo me las apaño dijo Manuel, y salió del patio.
Leonor se puso a limpiar, helada de frío. No sabía cómo iba a vivir allí. Al rato, volvió Manuel con un fajo de leña bajo el brazo.
Limpió la chimenea y al cabo de una hora el ambiente en la casa era mucho más cálido. ¡No sabes cómo se alegró Leonor de tener a alguien cerca!
Ya está, la chimenea encendida. Echa algo de leña de vez en cuando y apágala por la noche; el calor aguanta hasta la mañana explicó él.
¿Y usted dónde va? preguntó Leonor.
Me quedo en el patio del vecino. No quiero volver a Madrid No quiero revivir el pasado.
Don Manuel, espere. Quédese a cenar y tómese un té caliente. Luego, si quiere, se va le dijo Leonor con decisión.
Manuel se quitó la chaqueta y se quedó sentado junto a la chimenea.
Perdone si me meto en su vida No parece usted un vagabundo, ¿por qué vive en la calle? ¿Dónde está su familia, su casa? preguntó Leonor.
Manuel le contó que había dedicado toda su vida a enseñar en una universidad. Su pasión era la ciencia. Cuando llegó la vejez, se dio cuenta de que estaba completamente solo.
Hace un año, una sobrina, Teresa, empezó a visitarle. Le dijo que le ayudaría si él le dejaba el piso de legado. Manuel, encantado, accedió.
Teresa ganó su confianza y le propuso vender el piso del centro, comprar una casa en las afueras, con jardín y porche. Ya tenía una oferta de casa chollazo, y Manuel, deseando aire puro y tranquilidad, accedió sin pensar.
Al vender, Teresa le persuadió para abrir una cuenta bancaria.
Tío Manuel, siéntate en el banco, yo llevo el dinero dentro, por si nos vigilan le dijo ella.
Teresa entró con el dinero y no volvió a salir. Manuel esperó horas, pero nada. Al entrar en el banco vio que había una salida trasera y Teresa se había esfumado.
Volvió al antiguo piso, pero allí vivía otra gente: Teresa había vendido el piso hacía dos años.
Así que desde entonces estoy en la calle. No me creo que ya no tengo casa suspiró Manuel.
Vaya, yo pensaba que solo me pasaba a mí Tu historia es parecida a la mía confesó Leonor y le contó todo.
La vida es dura, pero tú eres joven, tienes mucho por delante. No te rindas, cada problema tiene solución intentó animarla.
¡Ya basta de penas, vamos a cenar! dijo Leonor sonriendo.
Leonor vio cómo Manuel devoraba el plato de macarrones con salchichas y se le partía el alma de verle tan solo.
Qué horror debe ser quedarse sin nadie, en la calle, sintiendo que no le importas a nadie, pensaba Leonor.
Leonor, puedo ayudarte a volver a la universidad. Tengo buenos amigos allí; quizá puedas estudiar becada dijo de repente Manuel. Claro, yo no puedo ir en persona, pero puedo escribir al rector, mi colega, Constantino. Seguro que te ayuda.
¡Sería increíble, gracias! se alegró ella.
Gracias por la cena y por escucharme. Me voy, ya es tarde dijo Manuel levantándose.
No se vaya, ¿dónde va a ir? susurró Leonor.
No te preocupes, tengo una cabaña caliente en la parcela de al lado. Mañana paso por aquí sonrió él.
No, por favor. Tengo tres habitaciones aquí, escoja la que quiera. La verdad me da miedo quedarme sola, la chimenea me da respeto. ¿No me dejará en la estacada?
No, no te dejaré respondió Manuel con seriedad.
***
Pasaron dos años y Leonor aprobó los exámenes finales. Estaba deseando vacaciones de verano y volvió por fin a la casita de Toledo. Vivía en la residencia universitaria pero venía los fines de semana y en verano.
¡Hola! saludó abrazando al abuelo Manuel.
¡Leonor! ¡Qué alegría! ¿Por qué no avisaste? Te habría recogido en la estación. ¿Cómo fue? ¿Aprobaste? se alegró Manuel.
Sí, casi todo con sobresaliente. ¡Mira, he traído una tarta! Pon la tetera, que lo celebramos dijo ella feliz.
Leonor y Manuel Fernández merendaban y compartían noticias.
He plantado vides. Voy a hacer una pérgola allí, será súper cómodo y bonito contaba él.
Genial, aquí eres el jefe, haz lo que quieras. Yo solo vengo, me voy se reía Leonor.
Manuel había cambiado totalmente. Ya no estaba solo: tenía casa, tenía a Leonor, como nieta. Y Leonor también volvió a la vida. Manuel se volvió su familia y ella agradecía al destino que le hubiera puesto un abuelo que la apoyó cuando más lo necesitaba.

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Sin techo
Vete y no regreses nunca: —Vete, ¿me oyes? —susurraba Miguel, llorando—. ¡Vete y no vuelvas jamás! Nunca. Con las manos temblorosas, el chico soltó la pesada cadena de hierro, arrastró a Berta hacia la verja, abrió de par en par la cancela y trató de empujarla a la carretera. Pero ella no entendía nada. ¿De verdad la estaban echando? ¿Por qué? Si no había hecho nada malo… —Vete, te lo ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra—. No puedes quedarte aquí. En cualquier momento volverá él y… Justo en ese instante, la puerta de la casa se abrió de golpe y, tambaleándose y con un hacha en la mano, salió al porche un Vasili borracho. ***** Si la gente pudiera imaginar aunque fuera por un momento lo dura que puede ser la vida de los perros que, sin culpa ninguna, acaban en la calle, seguro que cambiarían su actitud hacia ellos. Al menos, los mirarían con compasión y ternura, no con indignación y desprecio, como tantas veces ocurre. Pero, ¿cómo van a saber las personas qué pruebas deben superar nuestros amigos de cuatro patas y por qué caminos les lleva la vida? ¿Cómo podrían saberlo?… Los perros no pueden contarnos nada. Ni siquiera pueden quejarse de su destino. Todo su dolor lo guardan para sí mismos. Pero yo, quizá, os cuente una historia. Una historia de amor, traición y lealtad… Y la mía empieza con Berta, a quien nadie quiso ni desde pequeña. Qué tenía ella de malo para su primer dueño, es un misterio. Algo tendría. ¿Quizá nacer? Su amo no encontró nada mejor que subir a la cachorra, con solo dos meses, al coche y llevarla hasta la aldea más cercana… para dejarla en la cuneta. Sí, simplemente dejarla. Ni siquiera se dignó a dejarla en el mismo pueblo, donde alguien podría haberla recogido. En vez de eso, la abandonó al lado de la carretera y se marchó tranquilo a casa. Por esa carretera pasaban coches a gran velocidad, autobuses, camiones, todo tipo de vehículos. Un paso en falso, y la pequeña podría haber acabado bajo las ruedas. Quizá eso era lo que esperaba su dueño. Y aun si no era atropellada, sin agua ni comida no habría aguantado mucho tiempo. Habría muerto. Era tan pequeña… Pero aquel día tuvo suerte. En ese mismo día, la cría sin nombre se cruzó con Miguel. Y por eso, vivió. Resulta que, ese día, el padre de Miguel le regaló una bicicleta por su cumpleaños. Miguel cumplía catorce, y salió enseguida a “estrenarla”. —No salgas del pueblo —gritó Antonia cuando su hijo montó en su flamante “caballo de hierro” y salió a la calle, pedaleando con emoción—. ¿Me oyes, hijo? —Sí, mamá… —respondió Miguel con alegría—. Todo irá bieeeeen… Pero, al final, Miguel salió del pueblo. Porque allí las calles no se arreglaban desde hacía años —un bache tras otro. No era fácil ni andar, mucho menos ir en bici, y por la noche uno podía romperse una pierna. Desde la aldea hasta la carretera que iba al pueblo, hacía apenas un mes habían asfaltado y Miguel quería sentir el viento al rodar por ella. Además, normalmente había poco tráfico. Es fin de semana— todo el mundo descansando en casa. Así que, justo cuando Miguel casi llegaba a la carretera y pensaba dar la vuelta, vio en la cuneta a una cachorrilla que corría de un lado a otro, como loca. Se lanzaba a los coches y, en el último momento, saltaba para no ser atropellada. Daba miedo verla. “¿Qué le pasa? ¿Qué hace ahí?” pensó Miguel, bajándose de la bici. Dejó la bicicleta en la hierba y se acercó decidido a la pequeña. ***** —¡Mamá, papá, mirad lo que he encontrado! —dijo Miguel, sonriendo al entrar en casa—. La han tirado en el arcén. ¿Podemos quedárnosla? Es buenísima. —¿Miguel, has salido del pueblo? —se indignó Antonia—. ¡Te lo advertí! —Mamá, solo fui hasta la carretera, nada más —bajó la mirada Miguel, avergonzado—. Y, como ves, no fue en vano. Si no la recojo, quizá habría muerto. —¿Y tú? —suspiró Antonia—. ¿No has pensado en ti, hijo? También podrías haber sido atropellado. Los niños solos en la carretera, ni en bicicleta ni a pie. —Mamá, ya no lo haré más, de verdad. ¿Podemos quedárnosla? Juro que la cuidaré. Siempre he querido una perra… Y hoy es mi cumpleaños. —Tu cumpleaños, ya… —negó con la cabeza Antonia—. Bastante poco castigo es que no me escuches. Miguel abrazó a la cachorra, temiendo que sus padres se la quitaran. —Toni, no regañes más al muchacho —intervino el padre, de buen humor—. Son sus catorce. Ya es un hombretón. Recuerda nuestras travesuras a su edad. Además, la perra es buena. No es un saco de huesos, es de raza. Protegerá la casa. Quédesela, hijo, no me opongo. —Si tu padre no se opone, yo tampoco —sonrió Antonia. —¡Yuju! ¡Gracias! ¡Sois los mejores padres del mundo! Miguel estaba del todo feliz. Ese mismo día la llamó Berta. Al principio pensó que era macho, pero pronto se dio cuenta de que era “niña”. Y muy buena niña: amable, cariñosa. Entre Berta y Miguel nació pronto una gran amistad. Y, desde ese momento, se olvidó de la bici nueva y pasó todos sus días con su amiga peluda. Y parecía que nada malo podría pasar, que todo acababa tan bien, ¿verdad? La perra escapó de una muerte segura, Miguel por fin tenía el perro soñado (en secreto, pues creía que su padre nunca aceptaría, era un hombre estricto y poco amigo de perros). Sus padres también estaban felices porque su hijo era feliz. ¿Colorín colorado? Por desgracia, no. Lo malo llegó. Seis meses más tarde. Todo empezó cuando Basilio, el padre de Miguel, perdió su trabajo y, desesperado, se echó a la bebida. Bebía sin control. Todo el dinero ahorrado con Antonia terminó en botellas. Ninguna súplica conseguía parar a Basilio. Al contrario, le irritaba más. Y empezó a irritarle su mujer. Basilio se volvió un hombre distinto. O, más bien, fue el alcohol el que lo volvió así. Brusco, cruel, resentido con todo el mundo… Incluso, de vez en cuando, levantaba la mano contra su esposa. Por cualquier motivo. O hasta sin él. Faltaba comida para picar, el techo tenía goteras, el tabaco y la bebida subían de precio… todo era culpa de Antonia. Era inútil explicarle que el culpable era él. —¿Yo? ¿Yo culpable? —gritaba Basilio a su mujer. Y sí, él tenía toda la culpa. Nadie le obligó a beber. Podía buscar otro trabajo. Quizá no en el pueblo, donde era tractorista, pero en la ciudad. Conductor, cargador: había mil opciones. El hijo pronto tendría que ir a la universidad, y para eso se necesita dinero. Pero Basilio no quería trabajar en la ciudad. Y, tras el cierre de la empresa del pueblo, trabajo decente no había. —¡Toni! ¡Toni, dónde has metido la botella! —gritaba Basilio nada más levantarse, con resaca. Antonia hacía todo lo posible por pararlo, pero nada bueno sacaba de eso. Solo con llevarle la contraria, había discusión. Y, si le escondía la botella, rara vez no había golpes. Basilio se convertía en una bestia. Antonia prohibía a Miguel intervenir, para que a él no le tocara. Su padre tenía la mano muy dura. Mejor no probar suerte. En esos momentos, Miguel se iba con Berta, la acariciaba y miraba hacia la casa donde discutían sus padres. Berta le lamía las mejillas, siempre húmedas y saladas. Le consolaba como podía, y también miraba hacia la casa. Un día le tocó incluso a Miguel. Antonia había ido a comprar, él jugaba en el patio con Berta. Basilio vio la escena, llamó a su hijo, lo agarró fuerte del brazo y le pegó varias bofetadas. Miguel aguantó como pudo, pero terminó gritando de dolor. Intentó soltarse, pero su padre lo tenía como en un torno. Entonces Berta, la tranquila Berta, comenzó a ladrar a Basilio furiosa como nunca, haciendo que el padre dudara un segundo. Eso le dio a Miguel la oportunidad de liberarse. Pero después… …después, tras gritar: “¡Te voy a matar!”, el padre entró tambaleante en la casa. Miguel supo que volvería. Y, seguro, armado. No lo dejaría pasar. —Vete, ¿me oyes? —susurraba Miguel, llorando—. ¡Vete y no vuelvas jamás! Con manos temblorosas soltó la cadena de hierro, llevó a Berta a la verja, abrió la cancela y quiso empujarla a la carretera. Pero ella no entendía nada. —Vete, te lo ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra—. No puedes quedarte aquí. En cualquier momento volverá él y… En ese momento, la puerta de casa se abrió de golpe y en el porche apareció Basilio borracho, blandiendo un hacha. —¡Miguel! —tronó su voz—. ¿Por qué has soltado la perra? ¿Quién te lo ha pedido? —Papá, por favor… —dijo Miguel, retrocediendo instintivamente. En aquel momento tenía tanto miedo, que habría huido con la perra, pero… No podía dejar sola a su madre con aquel monstruo. —¿¡Que no?! —rugió Basilio—. A la perra la doy de comer y beber y me ladra… Ahora me encargaré de ella, y luego ya verás tú… Basilio bajó al patio tambaleándose. —¡Tráela aquí! —¡Vasili, no, por favor…! ¡Es solo una perra! La vas a matar… —gritó Antonia, que acababa de volver de la compra. —Ni “Vasili” ni nada. ¡Esa chucha va a aprender quién manda aquí! Miguel, ¡tráela de una vez! No se podía esperar más. Miguel giró, miró a Berta a los ojos, la besó en el hocico húmedo y, empujándola, gritó: —¡Vete! ¡VETE YA! Perdónanos, Berta. No quería que todo acabara así. —¡Maldito mocoso! —bramó Basilio al darse cuenta de que Miguel quería soltar a la perra. Y Berta, mirándolo una última vez, echó a correr hacia el bosque, el único sitio donde podía esconderse. “¡No regreses nunca, Berta, o te matará!” le gritó Miguel. Lo que pasó luego, Berta ya no lo vio. Solo deseó que a su humano y a Antonia no les pasara nada. ***** Desde entonces han pasado… …no, no un mes, ni un año. Siete años desde entonces. Siete largos años esperando un milagro. Esperanzada y convencida de que algún día se reencontraría con Miguel. Pero la esperanza se iba apagando con cada año, pues hacía tiempo que Miguel y Antonia ya no vivían allí. Regresó a la aldea solo seis meses después de huir al bosque. Pero cuando empujó la verja, y esta se abrió chirriando, solo encontró casa quemada y soledad. Ni Miguel, ni Antonia, ni Basilio (a quien tampoco echaba de menos). Visitó el lugar tres o cuatro veces, pero nunca encontró a nadie. Sin embargo, sentía que a ellos nada malo les había sucedido. Seguramente se habían marchado. ¿Dónde, cuándo? Eso ya no lo sabía. Pero comprendía que no volverían jamás. No les quedaba casa. Ni a ella le quedaba tampoco familia ni hogar… Así vagó durante un año de pueblo en pueblo, sin quedarse en ningún sitio. Hasta que la recogió un anciano. La encontró, casualmente, en la carretera, cerca de la misma aldea de antes. Pura casualidad… —¿Te has perdido? —bromeó el hombre de pelo canoso y larga barba—. ¿Te vienes a vivir conmigo? Y Berta fue. Porque no tenía otra opción. Y el viejo, aunque también le gustaba el vino (como luego descubriría), era muy bueno con ella. Siempre tenía para ella caldo, arroz, huesos. No le faltaba nada. Además, se la llevaba al trabajo. Era guarda de noche. Bueno, también enterrador. En el cementerio. Al principio, rondar entre tumbas le daba miedo, pero se fue acostumbrando. También cogió cariño a don Nicolás Figueroa, que resultó ser buena persona. Aunque muy solo y muy desgraciado. Como ella. Cuando bebía, no se volvía una bestia, al contrario, suspiraba hondo y le contaba sus penas. Que su mujer le abandonó, que su hija ni le reconoce porque él no ha triunfado. Berta se tendía a sus pies, atento el hocico, mirando y escuchando, porque a veces las personas solo quieren que las escuchen. Y, mientras él callaba, ella recordaba días felices: a Antonia, a Miguel. De Basilio prefería no acordarse. Y así fue que, dando vuelta por el cementerio, un día Berta se topó con su tumba. Al principio no lo creyó: años enterrado y el olor seguía allí— ese olor a odio por la vida, a alcohol. —¿Qué te pasa? —preguntó don Nicolás al ver a la perra parada delante de la tumba—. A ver, ¿quién yace aquí? ¡Vaya, Basilio…! Debe de ser el que se asfixió en su propia casa. Berta miró al anciano sorprendida. —Sí, lo conocían en el pueblo. La mujer y el hijo, gracias a Dios, se fueron al pueblo grande, y este se quedó bebiendo hasta que se murió. Una muerte tonta. Aunque decían que maltrataba a la familia. Así que, si es verdad, justo castigo. Pero, en fin… De los muertos, bien o nada. Vamos, déjemoslo descansar. Casi cinco años vivió Berta con el guardián del cementerio. Hasta que él también falleció y Berta volvió a estar sola. ¿Dónde ir? Ya no era una perrita. Nadie querría adoptarla. Así que decidió quedarse en el cementerio. De vez en cuando encontraba algo para comer. Allí… Sí, Berta tomó su decisión. Aunque aquel sitio era para humanos, allí esperaría la muerte. Otro dueño (el viejo no era dueño, sino compañero de desgracia) no quería. Y así, con la primera nevada del año, ocurrió lo que nunca imaginó. Un día, mientras recorría el cementerio, escuchó voces. Rara vez iba gente en fin de semana, y no digamos dos personas: un hombre y una mujer. Estaban junto a la tumba de Basilio. Eso le intrigó, así que se acercó. —Ya te dije, Oksana, que era mala idea visitar a mi padre —decía Miguel—. ¿Para qué? Ni lo quiero conocer después de lo que hizo, y quieres que lo perdone… ¿Por qué? ¿Por mandar a mi madre a la tumba antes de tiempo? —Debes hacerlo, Miguel… Perdonar y dejarlo ir con Dios. Así te librarás de las pesadillas. Yo estoy segura de que en cuanto le perdones, todo mejorará. Al fin y al cabo, por muy tirano y borracho que fuera, era tu padre. Y si se te aparece tanto en sueños, es que no descansa. —¿Y tú cómo lo sabes? —Me lo dijo mi abuela. Perdónalo, y todo será más fácil, para él y para ti. —Bueno… tal vez tienes razón. Miguel miró la tumba, frunció el ceño y, después, más relajado, dijo: —Te perdono, padre. Por mí, por mamá, por Berta… Solo siento que, por tu culpa, mi mejor amiga tuvo que irse de casa. Espero que ella esté bien. Mientras tanto, Berta, sin creérselo, estaba tras Miguel. ¡Era su Miguel! Sí, ahora era un hombre, pero ella lo reconoció al instante. ¿La reconocería él? Miguel, como sintiendo una mirada, se giró de golpe y se quedó helado. —¿Qué sucede, Miguel? —preguntó Oksana, inquieta—. Casi parece que hayas visto un fantasma. —No un fantasma, un perro… —murmuró él. —¿Y? Hay muchos perros en los cementerios. ¿Te ha dado miedo? —Creo… Creo que la conozco… Espera, es… Miguel avanzó unos pasos hacia ella, dudando, pero a cada paso lo veía más claro. Berta meneó la cola. Se acercó también, y, en un instante, corrieron el uno hacia el otro. Oksana no tuvo tiempo de reaccionar: Miguel, de rodillas, abrazaba a su perra, a quien no veía desde hacía siete años, mientras Berta, con sus patas en los hombros, lo llenaba de lametones. Se cumplió el mayor sueño canino de Berta: reencontrarse con su amigo, por fin, tras siete largos años de espera. ***** Miguel, por supuesto, se llevó a Berta con él. Y enseguida se hizo amiga de su humana. Vivieron juntos. Primero tres, luego cuatro (porque un día Berta rescató a un gatito de la calle, y todos estuvieron de acuerdo en adoptarlo), y después cinco. Llegó, por fin, el hijo humano: Nikita. Y, algún tiempo después, Miguel restauró la casa del pueblo, donde toda la familia iba a pasar las vacaciones. Y, pese a todo lo que tuvieron que sufrir Miguel y Berta, al fin, fueron felices.