Me llamo Sergio. Siempre me he considerado un hombre con suerte, porque llegué a ser padre y marido. Me casé con Carmen, de quien me enamoré locamente cuando aún estábamos en el instituto. Ella me estuvo esperando fielmente mientras hacía la mili, y nada más regresar nos casamos, así de sencillo.
Primero nació nuestro hijo mayor, Alejandro. Tres años después llegó nuestro segundo hijo, Javier. Pero lo que yo realmente deseaba, desde la primera vez que Carmen se quedó embarazada, era tener una hija. Se lo decía a todo el mundo, y todos se quedaban perplejos, porque claro, lo normal es que los hombres quieran un niño. Yo, sin embargo, soñaba con una niña. Pero nada, Carmen tuvo un niño. Y a los tres años, ¡otro niño!
La vida con Carmen iba sobre ruedas, nuestros hijos crecían felices, y un buen día, Carmen me da la noticia bomba: vuelve a estar embarazada. Me quedé croqueta, la verdad. No estaba en nuestros planes un tercer hijo, pero aún así me hizo una ilusión bárbara.
Esta vez sí que sí, ¡nos tocará una niña! dijo Carmen con una sonrisa que ni en feria. Ahora seguro que sí.
Nuestras madres, tanto la suya como la mía, ya estaban convencidas de que venía una niña. Vamos, hasta la ecografía lo confirmaba. Todos estábamos encaprichados con la llegada de una hija. Hasta los críos pensaron ya el nombre de su futura hermanita.
Llegó el momento, Carmen se puso de parto y yo la llevé, nerviosísimo, al hospital Puerta de Hierro. No pegué ojo en toda la noche, entre el susto y la emoción. Al amanecer llamé y me dicen que ha nacido mi hijo, 3,2 kilos y 54 centímetros.
No me lo podía creer. Pensé que sería un error del hospital, ¡si se suponía que iba a ser una niña! Pero nada, ningún error. Había nacido otro niño. La sorpresa nos dejó a todos con la boca abierta, vaya. Y la verdad, nunca entendí cómo la ginecóloga pudo haberse confundido así. Llamé a Carmen y, totalmente en broma pero con ese humor tonto que a veces me sale le digo:
¿No te habrás liado con el vecino, verdad?
¿Pero qué dices? ¡Te has vuelto majara! se mosqueó y me colgó.
Al final Carmen salió del hospital y fui a recogerla con el pequeño. Cuando llegamos a casa, curiosos todos por ver al recién nacido, Carmen lo desenrolla el arrullo, lo miro, tan chiquitín, tan tierno, y me enamoré enseguida de mi hijo Pablo.
Pasó el tiempo, unos cuatro años y medio, y a Pablo a quien llamábamos Pablito, porque siempre ha sido nuestro pequeño le enseñé a montar en patinete. El caso es que no se parecía a mí ni en el color de las cejas, vamos. Más aún, ni a Carmen se parecía mucho, mientras que sus hermanos mayores eran mi fotocopia.
Un día, mientras estaba en el portal, escuché a unas vecinas de esas que todo lo saben, cuchicheando sobre mí y Pablo:
¿Has visto cómo el Pablito se da un aire a Julián, el del quinto?
Me sentó como un bocadillo de chorizo mal amasado. Así que encaré a Carmen, algo mosqueado:
Oye, dime la verdad, ¿seguro que Pablo es mío?
¡Otra vez con lo mismo! ¿Cómo puedes ni plantearte semejante barbaridad, Sergio? ¡Esto es de locos! me gritó, ya con cara de querer lanzarme la sartén a la cabeza. Lo único que pasó con Julián es que me dio un aventón hasta casa porque iba hasta arriba de bolsas y me encontraba fatal. ¡Pero ya estaba embarazada, anda, no montes un drama que no hay serie en televisión!
De la discusión pasamos al silencio más incómodo de la historia del matrimonio español. Yo, cabezota, me planté: quería una prueba de ADN. Carmen, al principio, ni de broma. Pero a los quince días, después de la bronca, aceptó. Eso sí advirtió, como fuera negativa, me pedía el divorcio sin rechistar.
Un día, tirando la basura, me crucé con Julián, todavía soltero a los 35 y con pinta de seguir siéndolo hasta el jubileo. Me lo quedé mirando, buscando parecidos imposibles con mi hijo. Y no, la verdad, ni punto de conexión.
Al volver a casa, seguía dándole vueltas a mi película, hasta que Pablito vino corriendo, me abrazó con esas manitas tan suyas, y empezó a contarme sus historias. Sentí de pronto una paz ¿Pero en qué demonios estaba pensando? ¡No hacen falta pruebas, es más mío que el jamón de Jabugo! Lo levanté en brazos, fui directo al dormitorio y a Carmen le solté:
¡Nada de pruebas ni cuentos! ¡Pablo es mi hijo y punto!
¿Ahora me vienes con eso? Carmen, medio mosqueada, medio divertida. Ya me había mentalizado para ir al laboratorio. Quería que vieras que todo fue un malentendido.
Pasé una semana pidiéndole perdón, con flores y croquetas de por medio. Finalmente, Carmen me perdonó y la paz volvió a nuestro piso madrileño. La vida siguió, nuestros hijos crecieron, y el mayor se casó y nos anunció que íbamos a ser abuelos: ¡por fin una niña, una nieta a la que voy a mimar hasta que diga basta!
Ahora sé que voy a quererla con locura, igualito que quiero a mis tres hijos, aunque ninguno se parezca mucho a mí. Pero, vaya, eso le pasa hasta a los BorbonesLa vida, pensé entonces, es una ruleta caprichosa: te pasas años esperando algo concreto y, cuando llega de una forma distinta, descubres que era justo lo que necesitabas. Porque al final, lo que importa no es que los hijos salgan a la cara de uno, ni que cumplan con las quinielas de abuelas entusiasmadas. Lo que cuenta son aquellas noches de fiebre en que los abrazas con el alma, los primeros pasos agarrados a tu dedo, los dibujos que te hacen en la guardería y esos abrazos inesperados que te curan mil sospechas.
Ahora, cada vez que oigo nuestro timbre y sé que Alejandro viene con su mujer y la pequeñaja, siento que la vida ha decidido premiarme por todos los desvelos, los berrinches y las broncas que fui acumulando como padre. Cuando cojo a mi nieta en brazos veo reflejado en sus ojos el torbellino de amor que empezó hace tantos años con una espera tonta por una hija que nunca llegó. Y sonrío, porque al final, los sueños tienen más formas de cumplirse de las que uno es capaz de imaginar.
Así, entre croquetas y carcajadas familiares, miro hacia la mesa llena de hijos y nieta, y me siento el hombre más afortunado del mundo. Porque entendí, por fin, que la suerte verdadera no es tener lo que uno desea, sino saber querer lo que la vida te regala sin pedirte permiso. Y esa historia, la nuestra, pienso contarla una y otra vez, a todo el que quiera escuchar, mientras la nieta me robe las gafas, y Pablo risueño asegure delante de todos: “Abuelo, si tú lo dices, será verdad.”







