Querida

Cariño

Cielo, creo que mi madre ya se encuentra algo mejor. ¿Por qué no nos vamos a casa? Que descanse un rato.

Sara lo dijo con tono de pregunta, pero no era realmente una pregunta. Y me tocará vivir así toda la vida toda.

Sara, ya te he dicho que esta noche me quedo en casa de mis padres. ¿Por qué has venido? ¿Vienes a controlarme o qué?

Creo que Sara notó algo raro en mi forma de hablar, como una alarma. Aquello no era lo habitual

¡Luis, pásame el destornillador! grité desde lo alto de la escalera.

Estábamos arreglando la luz del colegio. Mi compañero, Miguel, debía quedarse abajo, sujetando la escalera y dándome las herramientas según las pidiera.

Toma respondió con un tono mucho más agudo, y de repente sentí el destornillador en la mano.

Por la sorpresa, casi me caigo.

Terminé de poner el flexo y me bajé rápido. Tuve suerte, porque la del timbre de plata aún no se había ido, pero Miguel había desaparecido.

Perdona, ¿y Miguel dónde está? le pregunté a la chica.

Ella me sonrió con ese aire misterioso suyo.

Le he pedido que me arregle un enchufe en mi despacho.

Le va a caer una buena dije serio. No puedes dejar solo a alguien en la escalera.

Me llamo Lucía dijo ella. ¿Y tú?

Me descolocó un poco, pero enseguida reaccioné y me presenté.

Soy Alejandro.

Quería pedirte el móvil. Me han dicho que aceptáis encargos fuera del cole, ¿no?

Nuestra empresa había cambiado toda la electricidad del Colegio Veintisiete por encargo del ayuntamiento. Otra vez, Lucía consiguió hacerme perder el hilo. A lo mejor fue porque es preciosa y me quedé embobado mirándola. O puede que algo más.

Ella me esperaba, con esa sonrisa. Ah, sí, tenía que responder.

¿Encargos privados dices?

Arreglar cosas en casas particulares, Alejandro se rió ella. Por ejemplo, en un piso.

Empecé a soltar algo sobre contratos, presupuestos, y pagos. Justo en ese momento volvió Miguel.

Ya tienes el enchufe funcionando, Lucía. Revísalo si quieres.

Lucía hizo caso omiso a mis balbuceos y se fue con Miguel.

Y allí me quedé pensando que igual entre ellos iba a pasar algo. Yo tengo novia, Sara. Pero mi madre siempre decía que era un error.

¿Por qué, mamá?

Sara es muy mandona. Siempre querrá llevar las riendas de todo, planearlo todo por los dos. Ojalá hubieras conocido a una chica más suave Tú eres tan bueno, Alejandro.

Lo cierto es que Sara no le caía bien a nadie de mi familia. Mi madre la soportaba a duras penas y mi padre simplemente asentía. Hasta mis amigos preferían evitarme cuando venía con ella; a muchos sitios solo me invitaban “si vienes solo”. Así que acabé viendo mucho menos a mis amigos.

Cuando terminé el trabajo con Miguel y cargamos todo en la furgoneta le solté:

¿Por qué me dejaste ahí colgado hoy? Me podía haber caído y roto la crisma. Había niños corriendo por todo. ¡Si me llego a caer encima de alguno! Si te gustaba la profe, me lo dices y te dejo ligarte con ella, pero no cuando yo estoy en la escalera echándome un pulso con las bombillas.

Miguel me miró con cara rara.

¿A mí me gustaba la profe? ¡Era a ti al que le gustaba! Ella me llamó para arreglar el enchufe y me dijo que te echaría un ojo, y una mano si hacía falta.

¿De verdad?

De verdad. El enchufe solo tenía un tornillo flojo, nada más.

¡Jo! Por eso me habló tanto de arreglos en pisos y yo dándole la charla sobre presupuestos.

Me quedé pensando.

Es maja, sí. Pero yo tengo a Sara.

Miguel me miró y se encogió de hombros. Si es que dónde no hay, no busques.

Esa noche, ya dormido y con Sara al lado, soñé con Lucía. Salía ella en la pizarra, con una vara en la mano, diferente a la realidad. Era como una profe sexy. Dio un golpe en la mesa y me soltó:

¡Pérez, a la pizarra!

Allí estaba, balbuceando sobre contratos y presupuestos. Ella me cortó:

Basta, Pérez. Siéntate, tienes un dos. Vas a quedarte a clases de refuerzo.

¿Y qué haremos en la clase de refuerzo? pregunté resignado.

Lucía se inclinó, y allí estaba su escote.

¡Cambiar bombillas! bramó, y me desperté de golpe.

¡Alejandro, cállate ya! Tengo que madrugar protestó Sara. Eres un egoísta, siempre ves películas de miedo y luego gritas en sueños.

Vamos, que no solo me desperté sobresaltado, sino también pegando gritos.

Sara murmuraba medio dormida que, cuando nos casemos, nada de miedos y que solo veríamos pelis románticas para parejas hechas y derechas. Yo me quedé pensando en mi madre: “Va a decidir por los dos”. Pues eso, ya tiene plan hasta para la tele en mi futura vida de casado.

Al día siguiente, en vez de comer como una persona normal, fui corriendo al colegio. El portero me miró raro.

Me dejé una herramienta. Tenía que inventarme algo urgente.

Cogió el teléfono, y comprendí que tendría que venir alguien de la dirección a decidir si me dejaban pasar o no. Lo veía casi perdido, cuando escuché su voz:

Deja pasar a Alejandro, Fede, que le acompaño yo y le traigo de vuelta.

De acuerdo, Lucía respondió el hombre.

Subimos a su despacho. Había carteles con tejidos, células, naturaleza, evolución mientras yo intentaba recordar por qué narices había venido.

Alejandro, ¿querías decirme algo? Lucía me miraba a los ojos.

Yo miré al suelo, fijándome en que no era la Lucía del sueño, sino la real: normal y especial a la vez, todo dulzura y belleza. Me puse nervioso.

¿Funciona el enchufe?

Y todos los flexos que arreglaste también. Gracias.

Miguel dice que le he gustado a usted.

La frase me supo a ahogo.

Bueno tenía la esperanza de que lo notaras tú solito susurró ella.

Así que era verdad

Nos quedamos callados.

¿Y qué hay que arreglar en su casa?

Pero dilo claro respondió Lucía cogiéndome la mano. No lo alargues.

Me caso pronto le solté.

Ya pasa me contestó ella. Hay una canción para eso, Blanco y negro.

Nunca la he oído creo.

Sí, hombre, salía en una de esas pelis antiguas. ¿No has visto La gran familia?

Y recordé: era la favorita de mi madre, siempre cantando mientras la veía. Una canción sobre elegir. Mi madre decía que la vida era una elección. Pero yo nunca la había visto entera.

Yo Contigo hubiera funcionado

Pero te casas dijo Lucía alzando su bolso. Yo ya he acabado por hoy, me voy a casa.

Te acerco en coche me ofrecí con voz ronca.

Lucía vivía a tres portales del cole. Pudo decir que no, pero aceptó. Viajamos en silencio, y ese silencio fue tan agradable Pero ya tenía que volver al curro.

Me tengo que ir murmuré.

Lucía se giró.

Gracias.

Por nada si sólo te he traído.

Gracias de verdad. Por ser sincero.

Y se fue. Y yo, por primera vez, sentí una pena infinita por mi próxima boda.

Por la noche llamé a mi madre, para que si Sara llamaba, le cubriera. A Sara le dije que mi madre estaba mal y dormiría allí. Y sí, fui a casa de mi madre.

¿Qué te pasa ahora? me preguntó tocándome la frente. ¿No estarás enfermo?

Necesito pensar, mamá. ¿Puedo dormir en mi cuarto?

Por mí vuelve siempre que quieras.

La abracé.

Perdona, mamá, por usar tu salud de excusa. Pero cuídate, ¿vale?

Si yo lo comprendo. Si no te escondes, Sara no te deja tranquilo

Mi madre y Sara nunca congeniaron.

Yo tumbado en el sofá, mirando el techo. ¿Por qué la vida nos mete en estos jardines? Siempre fui muy tímido para las chicas. Al final me encontré a Sara, y ella me llevó por el buen camino, a su manera. Si es que trabajaba bien, no bebo, y encima hace poco me ascendieron a subdirector en la empresa; gracias a eso gano un pico extra por encargo. Vamos, que no era mal partido.

Pensaba que con Sara había tenido suerte: trabajadora, formal, de carácter fuerte pero ¿qué problema hay con eso? Muchísimos hombres viven tan felices bajo el mando de sus mujeres. Sara al menos no era una histérica. Lo suyo lo mostró todo antes de la boda. ¿Todo?

Pero da igual, no es su culpa. Es la vida, que de repente te trastoca, simplemente por encontrarte con alguien con quien el silencio es igual de placentero que la charla. ¿Y qué haces? ¿Haces como si nada, o tiras por la borda lo construido por cinco minutos de magia callada?

Mamá entró.

¿Vas a cenar?

No tengo hambre.

Intentó ayudar.

¿Quieres contarme?

No ahora, mamá.

Por si acaso puedo sugerir algo útil.

Mamá, por favor.

Vale, vale y se largó sonriendo.

Entonces sonó el timbre y oí la voz de Sara, cargada con bolsas de medicamentos y comida, preguntando por el médico. Sentí rabia. No es un laberinto, es una trampa.

Salí al salón.

Cielo, mi madre ya está mejor, ¿nos vamos a casa y la dejamos descansar?

Otra vez preguntando sin preguntar. ¿Y vivir así siempre? Siempre

Sara, te he dicho que hoy me quedo aquí. ¿A qué has venido? ¿No confías en mí?

Captó tono raro; hasta se quedó parada. Yo aproveché, agarré el abrigo y, calzándome, le dije desde el pasillo:

¿Me vais a dejar pensar hoy, o qué?

Y me fui.

Luego mi madre me contó que echó a Sara como pudo. Estaba empeñada en enterarse de qué me pasaba, en qué había cambiado Pero mi madre solo quería descansar. No entendía, nadie entendía nada.

Me fui al portal donde vive Lucía. No tenía ni el teléfono, ni sabía qué piso era, pero como el edificio tenía pocos vecinos y vi cuál era la entrada, me arriesgué. Llamé a varias puertas. Una señora ya me amenazó con la policía. Al final, abrí una, y allí estaba Lucía.

¡Menos mal! ¡No habría soportado a más vecinos!

Lucía me metió en casa, cerró la puerta y olisqueó.

¡Que no estoy borracho! Estoy perfectamente.

Ya lo veo. ¿Qué ha pasado?

¿Estás sola?

No.

¿No? Perdón

Estoy contigo se rió ella. Estaba sola, has venido tú, y ahora estoy contigo.

Nos besamos. Primero en el pasillo, luego en la habitación, luego en su cama. Sin hablar, solo sentir.

Cuéntame

¿El qué?

¿Qué pensaste cuando me viste?

Lucía me miró de lado.

¿Eres un narcisista?

Soy electricista. Y tú, profesora.

¡Vaya mezcla! saltó ella dramática.

Y nos echamos a reír.

Luego me explicó cómo, en cuanto me vio, su corazón empezó a avisarle. Que le pidió a Miguel que me ayudara y que él, entre torpe y sincero, aceptó el papel. Y que yo no pillé nada, claro, hablando de contratos como tonto.

Nos volvimos a quedar en silencio. Y sentí que ese silencio era todo menos pasajero. Que se podía vivir así. Que todo era correcto: hablar, callar, dormir y despertar juntos.

Al día siguiente hablé con Sara. Fue muy digna; ni siquiera montó escena. Solo dijo que me odiaba y que le había arruinado la vida.

No era mi intención. Perdóname.

Ya respondió, y me cerró la puerta en la cara.

Mi madre me dijo que no me confiara, que Sara no se iba a rendir tan fácil.

No te fíes, como pille a Lucía le tira ácido temía mamá.

Lucía le cayó en gracia a mi madre. Y también a mis amigos.

Seis meses después, nos casamos: un electricista y una profe. Somos muy felices. Y a diferencia de mi madre, yo ya no espero que me pase nada malo. Tal vez soy un ingenuo feliz, o tal vez Sara era mejor de lo que mis padres creían. Buena, pero no era para mí. Esta sí es. Ella. Para siempre. Mi querida.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

1 × three =