Ramo de flores

Ramo de flores

Carmen espera a Jaime. En la calle hace casi cinco grados bajo cero y, como siempre, Jaime llega tarde. Carmen está helada, ya no siente ni las manos ni los pies. Para colmo, el móvil se ha quedado sin batería por el frío ni siquiera puede llamar. Menuda tecnología.

Bueno, diez minutos más y me voy, piensa.

De pronto, algo llama su atención: una pareja. Un chico se acercó hace un rato a la estatua en la Plaza Mayor y lleva esperando desde entonces. Ahora se le une una joven. El muchacho intenta darle un ramo de flores, pero ella lo rechaza. Hablan unos segundos y la chica se marcha.

Carmen siente pena por él acaba de presenciar cómo lo dejan plantado ante sus propios ojos. ¿Dónde está Jaime?, se pregunta apretando los dientes de frío. Camina de un lado a otro, incapaz de quedarse quieta más tiempo. Entonces, mientras decide por fin marcharse, el chico de antes se le acerca sujetando el ramo.

¡Hola! la saluda sonriente. Esto es para ti le extiende el ramo. Lo he recogido yo mismo. Fíjate, hay varias flores distintas, son delicadas y coloridas, combinan de maravilla.

Carmen, sorprendida, acepta el ramo sin pensarlo mucho.

Vete a casa ya, hace un frío tremendo y puedes resfriarte ¿Llevas mucho esperando?

Cuarenta minutos

¡Peor todavía! Tu salud vale más. Y con esos botines y ese abrigo tan fino Debes cuidarte, eres única. Tu chico no merece que le esperes tanto, de verdad.

………………………………

Carmen entra a su piso. Pasa quince minutos sentada en el recibidor, con las manos insensibles, incapaz de quitarse el abrigo. Cuando por fin lo consigue, cuelga el abrigo, se quita los botines y se lanza al armario a por todos los jerséis que encuentra. Pone agua en el hervidor de la cocina, temblando todavía.

Una hora después, ya recuperada, puede por fin llamar a Jaime.

¿Hoy? ¿Habíamos quedado hoy? No, cariño. Mañana, sí Mañana a la una. ¡No te olvides!

Carmen, desconcertada, cuelga. Las lágrimas le brotan solas.

………………..

Carmen lleva cinco años saliendo con Jaime. Es un partido en la ciudad, pero por algún motivo se fijó en ella. Por eso, Carmen siempre ha intentado agradarle: se viste cómo le gusta a él botines de moda, tacones altísimos, trajes que no le sientan del todo bien, se maquilla según su gusto demasiado intenso, en su opinión y peina hasta el último mechón de su rebelde melena.

Mi chica tiene que ser moderna y elegante, acorde a mí, dice él. Y Carmen se esfuerza.

Se ven los miércoles y los fines de semana. Jaime le trae las camisas para lavar.

Carmen, nadie las lava como tú. Mi madre las metería en la lavadora ¡y son carísimas!

Luego él se las lleva limpias y planchadas. Ella también le prepara las comidas para el trabajo: domingos para lunes y miércoles, y miércoles para jueves y viernes. No cualquier comida: exactamente lo que a él le gusta.

¡Cocinas genial! ¿Quién mejor que tú? ¿Me quieres ver comiendo mal en el comedor del trabajo?

A Carmen, además, le toca admirar siempre a Jaime y ponerlo por las nubes. Jaime, artista y algo despistado, a menudo llega tarde. Ocasionalmente, tampoco olvida la cartera, así que Carmen habitualmente paga tanto las comidas que él se lleva al trabajo como los cafés donde se ven. Jaime, a pesar de provenir de familia acomodada, con buen empleo y sueldo, rara vez pone dinero.

Carmen se imagina que acabarán casándose, pero los años pasan y nunca llega ese momento.

………………..

Carmen se limpia las lágrimas. ¿Qué le vamos a hacer? Pone la tele y ve el tiempo: anuncian una ola polar para mañana, aún más frío.

Se encoge y mira el ramo olvidado. Las flores empiezan a marchitarse, pero siguen siendo bellas. Las pone en agua y vuelve a pensar en Jaime: tendría que lavar ya sus camisas, empezar a cocinar para la semana, y bajar a comprar que si van a verse mañana

De repente, un escalofrío recorre su espalda. Mañana tendrá que esperarle otra vez, y aún hará más frío ¡No! Sus ojos vuelven a detenerse en las flores.

En su cabeza resuenan las palabras del chico: Eres única. Cuídate.

Valórate Valórate ¿Cuándo fue la última vez que pensó en ella misma? Siempre está pendiente de Jaime, de que a él no le falte de nada. Soñando con ese futuro juntos que nunca llega.

¿Cómo cuidarse? Carmen ni recuerda cuándo hizo algo solo para sí misma.

Mira de nuevo el ramo. Al ponerlo en agua, revive. Y mirándolo, ella también siente renacer algo en su interior. Se quita apilados jerséis, rebusca y se pone unos pantalones cómodos y una blusa. Se desmaquilla, suelta su cabello y lo deja caer sobre los hombros.

Recoge todas las camisas de Jaime y las mete, sin dudar, en la lavadora Y entonces saca el caballete.

¡Cuánto tiempo sin pintar! Jaime siempre se quejaba, decía que le daban alergia las pinturas, que una mujer debía apoyar al hombre y cuidar de la casa, no pasar el día creando arte.

Carmen sonríe y empieza a pintar el ramo de flores que tiene delante. Le invade la inspiración

Carmen no se acuesta hasta el amanecer. Ha pintado tres cuadros y siente que podría seguir y seguir.

………………..

Alguien llama insistentemente al timbre. Carmen mira el reloj: casi las tres de la tarde. Abre la puerta y Jaime entra de golpe.

¿Por qué estás aquí? Vine a buscarte y no estabas Pensé que te habías ido sin mí ¡y resulta que ni has salido de casa!

Entonces ve el ramo.

¿Y eso?

Un ramo. ¿No son preciosas?

Jaime resopla. Jamás ha regalado flores a Carmen, nunca ningún detalle. Tú no estás conmigo por el dinero, suele decirle.

Observa a su alrededor.

¿Y por qué vas vestida así?

Acabo de levantarme. Pasé la noche pintando

¿Pintando? ¿Y mi alergia? ¿No te importa?

Se suena ruidosamente.

¿Y qué pasa con mis camisas? ¿Y mis comidas?

Ahora plancho las camisas. Y para las comidas, ¿por qué no las preparamos juntos?

¿Yo? ¿Cocinar? Yo soy el hombre, el que trae el dinero, tu sitio es la cocina.

Ya, pero tú nunca aportas nada.

Cuando nos casemos, te daré, cariño responde, conciliador.

¿Y cuándo será eso?

Cuando yo lo diga. ¿De verdad estás conmigo solo por dinero?

Carmen se levanta, mete todas las camisas en una bolsa y se las devuelve.

Tómalas. Que te las planche tu madre. Y ahora, vete.

Mi madre no las plancha igual

He dicho que te vayas. ¿No lo entiendes? Se acabó. Búscate a otra tonta. Yo ya he tenido suficiente.

……………….

Han pasado 15 años. Carmen observa desde la segunda planta de un gran palacio de exposiciones. ¿Por qué acepté participar? No soporto este tipo de eventos Aunque claro, mi hija insistió, sonríe para sí.

Ve cómo la gente se acerca a los cuadros y los observa con detenimiento Sabe de un vistazo quién tiene intención de comprar y quién solo curiosea.

Una pareja llama su atención. El hombre camina delante, con paso lento y seguro; la mujer va algo detrás, casi trotando a su lado como un perrito. Se acercan a su exposición, charlan unos segundos y, de pronto, su móvil suena.

Acércate le dice su asistente por el auricular.

Carmen se dirige a su stand y sonríe. Sabe lo que esa pareja quiere preguntar.

Ese cuadro no se vende dice de entrada. El hombre se vuelve y Carmen reconoce a Jaime.

¿Carmen? ¿De qué me suena esta pintura?

Hola, Jaime. No está en venta.

Carmen mira a la mujer que le acompaña: está impecablemente peinada, maquillada en exceso, traje moderno y enormes tacones. Pero hay tristeza en su mirada.

¡Qué parecida era a aquella Carmen de hace años!

Pago lo que sea.

Carmen sonríe:

No. Ese cuadro es mi talismán. Con él empezó mi vida artística.

Bueno, pues nada. Adiós responde Jaime, y se aleja con paso firme, mientras su acompañante le sigue con la cabeza baja. Jaime se enfada, claro Ese cuadro y ese dichoso ramo de flores. ¡Cómo le ha fastidiado recordarlo! Solo quería comprarlo para hacerlo pedazos. Si hubiera caído antes en quién lo pintó

Carmen se queda un rato viendo marchar a la pareja. Y se alegra de que, hace tantos años, un desconocido le regalara aquel ramo de flores y le dijera las palabras que cambiaron su vida.

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Ramo de flores
Siempre estaré contigo, mamá. Una historia que podrías creer La abuela Valentina no veía la hora de que llegara la tarde. Su vecina Natalia, una mujer soltera que rondaba los cincuenta, le había contado algo tan increíble que le daba vueltas en la cabeza. Para demostrarle que lo que decía era cierto, incluso la había invitado a pasarse por la noche, asegurando que le enseñaría algo especial. Todo había comenzado con una simple conversación. Por la mañana, Natalia iba a hacer la compra y se asomó a casa de la abuela Valentina: — ¿Necesita algo, señora Valentina? Voy al supermercado de la esquina, quiero hacer un bizcocho y comprar algunas cosillas. — Te veo y pienso que eres buena persona, Natalia: amable, generosa. Te recuerdo desde que eras una chiquilla. Es una pena que no hayas tenido suerte, siempre sola. Pero te observo y no te veo ni triste ni quejándote como otras personas. — ¿Y de qué me voy a quejar, señora Valentina? Yo tengo un hombre al que quiero, solo que de momento no puedo vivir con él. Pero le contaré por qué. A usted sí se lo cuento, a otra persona nunca. Y además… tengo muchas cosas más que quisiera contarle. Porque la conozco y aunque alguna vez se le escape a alguien, nadie lo creería —rió Natalia—. Dígame, ¿qué le compro? Cuando vuelva, nos tomamos un té y le cuento cómo es mi vida. Verá cómo se alegra por mí y deja de sentir lástima. La abuela Valentina realmente no necesitaba nada ese día. Pero pidió a Natalia que le trajera pan y algún dulce para el té. La curiosidad la devoraba; quería saber qué historia tan extraña le iba a contar su vecina. Natalia vino con el pan y los dulces, y la abuela preparó un aromático té, lista para escuchar. — Señora Valentina, usted se acuerda de lo que me pasó hace veinte años. Yo tenía casi treinta. Estaba con un hombre, pensábamos casarnos. Pensé que aunque no lo amaba, era un buen hombre. Y una vida sin familia ni hijos… Presentamos los papeles, él se mudó conmigo. Me quedé embarazada. En el octavo mes nació mi niña. Vivió dos días y falleció. Creí volverme loca de dolor y me separé de mi marido, no nos unía nada. Pasaron un par de meses y poco a poco comencé a recuperarme, a dejar de llorar. Y de repente… Natalia miró a la abuela Valentina, expectante. — No sé ni cómo continuar. Tenía la cunita preparada en mi habitación para la niña. Dicen que da mala suerte comprar todo por adelantado, pero yo entonces no creía en esas cosas. Tenía todo listo, juguetes, la ropa puesta… Y una noche me despierta el… llanto de un bebé. Pensé que eran imaginaciones por el dolor. Pero se repitió. Me acerqué a la cunita, ¡y allí estaba una niña pequeña! La cogí en brazos y casi no podía respirar de la felicidad. Me miró, cerró los ojitos… y se quedó dormida. Y así empezó todo: cada noche, mi niña venía conmigo. Incluso llegué a comprarle leche y biberón. Pero casi no comía, solo lloraba, la tomaba en brazos, me sonreía, cerraba los ojos y dormía. — Pero ¿cómo es posible eso? —escuchaba la abuela Valentina, hechizada—. ¿Eso puede pasar? —¡Yo también pensaba que no! —dijo Natalia, nerviosa y sonrojada. —¿Y luego qué? —dudó Valentina, poniéndose un dulce en la boca y dando un sorbo de té. —Todo sigue igual desde entonces —sonrió Natalia, feliz—. Mi niña vive en otro mundo, allí tiene madre y padre, pero no se olvida de mí. Viene por las noches, casi todos los días. Una vez me lo dijo claramente: —Siempre estaré contigo, mamá. Nos une un lazo invisible que nada puede romper. A veces pienso que todo esto quizás lo sueño. Pero incluso me trae regalos de ese otro mundo. Claro, aquí duran poco, desaparecen como la nieve en primavera. —¿De verdad? —la abuela Valentina bebió otro sorbo de té, tenía la garganta seca de la emoción. —Quiero que vengas a mi casa. Quiero que lo veas y me digas si crees que lo que veo es real. Aunque yo crea en ello… Esa misma noche, la abuela Valentina fue a casa de Natalia. Se sentaron en la penumbra y conversaron. La casa estaba en silencio, solo estaban ellas dos. Empezaba a darles sueño, pero de pronto una luz suave brilló. El aire vibró y apareció en la habitación… una joven encantadora: —¡Hola, mamá! Hoy he tenido un día maravilloso, quería compartirlo contigo. Y este es tu regalo —la joven puso unas flores sobre la mesa. —Ay, buenas noches —vio a la abuela Valentina—, mamá me dijo que querías verme. Soy Marianna… Al rato, la joven se despidió y desapareció como si fuera aire. La abuela Valentina se quedó muda, muy sorprendida. Tardó en arrancar palabra. —Bueno, Natalia, parece que de verdad pasa. Tienes una hija preciosa, se parece a ti. Me alegro mucho por ti, Natalia. Eres una mujer feliz. A veces la vida puede ser aún mejor de lo que una imagina. ¡Quién lo hubiera dicho! Jamás lo habría creído si no lo hubiese visto con mis propios ojos. Qué hermoso es todo esto. Te estoy muy agradecida. Me has abierto los ojos. El mundo es tan grande, la vida sigue en todas partes. Ya no le tengo miedo ni a la muerte. ¡Felicidad para ti, Natalita! Las flores sobre la mesa se volvieron cada vez más pálidas y pronto desaparecieron. Pero Natalia, tras despedir a su vecina, sonreía feliz. Mañana sería un día nuevo y maravilloso. Se encontraría con Arcadio, a quien tanto quería y quien la quería a ella, Natalia lo sentía. ¿Cómo lo sabía? Eso no se puede contar así como así. Y algún día, seguro, les presentaría a sus dos seres más queridos: Marianna y Arcadio.