Íbamos camino a nuestra boda. En un semáforo, mi pareja se giró y me preguntó: «¿Estás completamente segura de que quieres hacer esto?» No me dio tiempo a responder

Íbamos camino a nuestra boda. En un semáforo, mi marido se giró y me preguntó: ¿Estás segura de que quieres esto? No me dio tiempo ni a responder.

El semáforo se puso en verde justo antes de que pudiera abrir la boca.

Álvaro pisó el acelerador. El Seat Ibiza beige arrancó y se incorporó al tráfico. La pregunta quedó flotando entre nosotros, como el humo de un cigarro, el aroma a su colonia Varón Dandy, como todo aquello de lo que no habíamos hablado en los últimos seis meses.

Álvaro empecé a decir.

Verde me interrumpió él. Seguimos adelante.

Miré sus manos en el volante. Manos anchas, uñas recortadas, un anillo de oro simple en el dedo anular de la izquierda se lo había puesto hace una hora en el juzgado y todavía parecía extraño, como prestado. El mío tampoco acababa de ser mío. Llevaba un buen rato girándolo entre los dedos mientras nos hacían fotos en las escaleras.

En el asiento de atrás iba mi madre. Iba callada algo poco habitual y sentía su mirada en la nuca. Esa mirada de madre que lo entiende todo pero no dice nada hasta que le preguntas.

Quedaban siete minutos para llegar al restaurante.

¿Estás segura de que quieres esto? repetí en voz alta, como probando si de verdad lo había oído bien.

Clara me cortó, apretando el volante. Ahora no.

¿Entonces cuándo?

Después. Ahora están los invitados, la comida, la tía Lucía ha venido desde Salamanca.

La tía Lucía… repetí.

Mi madre tose bajito en el asiento de atrás.

Me giro hacia la ventana. Por ella pasa octubre en Madrid asfalto mojado, álamos pelados en la Castellana, una mujer con un carrito que ni nos mira. Llevo puesto un vestido blanco, el velo sobre la cabeza, aunque llevo todo el trayecto intentando quitármelo y mi madre insistiendo en que es tradición, que así está bien, que no me arrepentiré.

Miro a esa mujer del carrito y pienso: ella debe de ser feliz. O infeliz. O quizá simplemente va a casa y no se pregunta nada en los semáforos.

El restaurante El Retiro de Castilla nos recibe con coches aparcados, globos rojos en la entrada y la tía Lucía luciendo un chal brillante.

¡Los novios! grita, alzando los brazos. ¡Por fin! ¡Ya estábamos desesperados!

Y la pregunta se ahoga otra vez. Esta vez entre abrazos, olor a cava, el que se besen y el golpe de una barra de pan contra el plato.

*

El restaurante ruge con el bullicio.

Cerca de cuarenta personas sentadas en una mesa larga. Los de Álvaro ruidosos, generosos, con arte para animar fiestas ocupan un extremo. Los míos más reservados, un poco aturdidos por tanto jaleo el otro. En el centro, en tierra de nadie, están los amigos: Manu y Bea, Sergio, que trabaja con Álvaro en el taller, y Maite, mi amiga de la facultad.

Maite me lanza una mirada, ladea la cabeza: ¿qué pasa? Nego con la cabeza: luego.

Álvaro está sentado junto a mí, haciendo de pareja perfecta: sonriendo cuando toca, besando cuando le piden ¡que se besen!, brindando con todos los que vienen con la copa en alto. Él es bueno. Siempre ha sido bueno y ese es el problema, ahora lo veo clarísimo.

Clara, dice su madre, María Dolores, sentándose a mi lado y tocándome la mano. ¿Por qué estás tan pálida? ¿Has comido algo?

He comido, sí, estoy bien.

Mira, susurra. En mi familia, las novias siempre estaban pálidas el día de la boda. Da suerte para una vida larga.

Gracias, María Dolores.

Lola me corrige. Ya somos familia.

La miro: bajita, redonda, unos ojos buenísimos. Me mira con tanto cariño que se me hace un nudo en la garganta. Ella no tiene la culpa. Álvaro tampoco la tiene. Nadie tiene la culpa… y eso lo hace aún peor.

Lola. Gracias por todo.

Me acaricia la mano y vuelve con la tía Lucía, a reírse y a rellenar copas.

Maite aparece a mi lado a los cinco minutos.

Al baño susurra. Ven conmigo.

Ni pregunta.

*

El baño de El Retiro de Castilla tiene mármol falso, huele a ambientador de rosa. Nos quedamos frente al espejo. Veo mi reflejo: el velo caído de lado, el rímel un poco corrido bajo el ojo izquierdo, el pintalabios ya desaparecido.

Suelta, dice Maite.

Álvaro me lo ha preguntado en el semáforo. ¿Estás segura de esto?

Guarda silencio un instante.

¿Y tú qué le has dicho?

Nada. El semáforo cambió.

Ya veo. Saca un pintalabios de su bolso, me lo tiende. Ponte esto.

Maite…

Primero los labios, luego hablamos. Así es más fácil.

Cojo el pintalabios. Es más oscuro del que suelo usar, más intenso, pero me lo pongo, solo por hacer algo.

Él tiene dudas, digo.

Tú tienes dudas, me corrige.

Yo no…

Clara. Te conozco desde hace doce años. Llevas dudando desde primavera.

Dejo el pintalabios en la repisa.

Es buena persona.

Ya.

Me quiere.

Hasta donde sé, sí.

Llevamos tres años juntos.

Tres años y cuatro meses dice Maite. No importa si es bueno o malo. Lo que importa es qué quieres tú.

Detrás de la pared suena música suave, algo tipo Amor Eterno o así. Por el pasillo suenan tacones, se alejan.

No lo sé admito.

Por primera vez en todo el día, digo la verdad.

Maite asiente, sin reproches y sin consejos.

Bueno dice. Vamos. Aquí no toca. Pero luego me cuentas.

Luego.

Promételo.

Lo prometo.

Salimos. Empiezan los bailes.

*

Álvaro no sabe bailar, él mismo lo reconoce con tanta gracia que hasta me hace gracia. Me sujeta por la cintura, da pasos torpes, yo apoyo la cabeza en su hombro. Giramos lentos y por fuera parece precioso. Perfecto.

Clara me dice bajito, al oído.

Mmm.

Perdona por la pregunta de antes. No debí hacerlo en el semáforo.

¿Y cuándo deberías?

Antes. Mucho antes. Pausa. O nunca, no sé.

Le miro, muy de cerca. Lleva días sin afeitarse; barba corta, castaña, con alguna cana aunque solo tiene treinta y dos.

Álvaro, ¿por qué lo preguntaste?

Aparta la mirada, hacia donde la tía Lucía ya intenta arrastrar a Manu a una conga.

Porque llevas tres meses con esa mirada dice por fin. Miras a otro sitio. No a mí. A otro lado.

Es que estoy cansada: el curro, la boda…

Clara.

Pronuncia mi nombre de una manera que me deja callada.

No quiero retenerte. Eso quería decirte en el semáforo. Si necesitas irte… puedes. Yo voy a entenderlo.

La canción termina. Aplausos. Nos quedamos en medio del salón, sin saber qué decir.

Vamos afuera a fumar, propone.

*

Salimos a una terracita con vistas al aparcamiento y a un parque oscuro del otro lado. Álvaro fuma yo lo dejé hace tres años, yo me enrollo en su chaqueta, que me pone en los hombros.

Háblame de Marcos me pide.

Tardo en responder.

¿Por qué?

Porque es importante para ti. Y eso es importante para mí.

Marcos. Trabajamos juntos ocho meses en la redacción. Él entró como editor en febrero, yo era redactora senior. Nunca pasó nada, ni palabras de más, ni miradas ambiguas. Pero pensaba en él, como piensas en algo lejano e imposible como una ciudad a la que nunca irás pero sabes que allí te iría bien.

No hay nada le digo.

Lo sé exhala el humo hacia un lado. Pero no es por él, ¿verdad?

¿Entonces por qué?

Por ti. Pausa. Hace tres años eras distinta. Más viva. Tenías todos esos planes: la revista, luego el libro, hablabas de Madrid…

Eran sueños, Álvaro.

¿Y por qué sueños? Escribes genial. Siempre has escrito bien.

Miro hacia el parque oscuro. Hay árboles pelados y, en un banco, un perro rubio y mojado que espera a su dueño.

No sé lo que quiero digo por fin. De verdad. Y me da miedo.

Ya lo sé, por eso te lo pregunté.

Álvaro, es que acabamos de casarnos.

Sí.

Hay cuarenta personas allí dentro.

Cuarenta y dos corrige, medio sonriendo, esa sonrisa que me enamoró un día. La tía Lucía ha traído a su sobrino.

Álvaro… se me llenan los ojos de lágrimas. ¿Por qué haces esto?

¿El qué?

Ser tan… correcto. Decir siempre lo que hay que decir. Haces que no pueda enfadarme contigo.

¿Eso es malo?

Es insoportable a veces. Si fueras más egoísta, sería más fácil.

Él apaga el cigarro contra la barandilla.

Clara. Mírame.

Le miro.

Te quiero, dice, sin adorno. De verdad. Y por eso lo pregunté, no porque quiera que te vayas no quiero. Pero tampoco quiero que seas infeliz a mi lado.

No soy infeliz.

Pero tampoco feliz.

Me quedo callada.

No es justo preguntar eso el día de la boda consigo decir.

Ya. Me aparta el pelo de la cara, el viento me ha descolocado el velo. Pero si no es hoy… ¿cuándo? ¿Dentro de un año? ¿Cinco? Sería peor.

Dentro, alguien ríe a carcajadas. El sonido de la fiesta nos llega amortiguado.

Vamos dentro, le digo. Hace frío.

Asiente. Me abre la puerta y me deja pasar la primera.

Yo pienso: tengo que decidir algo. Este mismo día. Antes de que acabe la noche.

*

Mi madre me pilla cuando voy a la mesa.

Clara, ven aquí un momento.

Su tono no admite excusas, así que la sigo hasta detrás de una columna adornada con flores.

Mamá, ahora no.

Ahora sí, dice. La mano me la coge cálida, áspera manos de mujer que ha cosido, cocinado, subido y bajado papeles, hecho mudanzas toda la vida. Me casé con tu padre con veintidós años. No sabía lo que quería. Pensé que era normal. Que las cosas llegarían solas.

¿Y llegaron?

Pausa.

Llegaron… otras. No las que imaginaba. Me aprieta la mano. Álvaro es buen chico.

Hoy todo el mundo me dice que es buen chico.

Es cierto. Pero bueno y el tuyo no son lo mismo.

Me quedo mirándola.

¿Estás en contra?

No. Estoy de tu parte. Suspira bajito. Treinta años junto a alguien al que respetas es mucho. Pero a veces…

No termina la frase.

¿Qué pensabas?

Que vivía una vida ajena. Correcta, ordenada, pero ajena.

Nos quedamos calladas. Por la sala cruza la tía Lucía con una bandeja de croquetas y detrás el sobrino, nervioso con su pajarita.

Mamá le digo. Ya hemos firmado.

Lo sé.

El sello está en el DNI.

Ya, Clara. Pero el papel se puede cambiar. La vida, no.

Vuelve a la mesa. Yo me quedo un rato, viendo el salón, a Álvaro riendo con Manu, a Lola rellenando platos, a la tía Lucía, al sobrino, a Maite, que me busca la mirada.

Pienso: ¿cómo he llegado aquí?

Y enseguida veo que es una pregunta equivocada. La verdadera es otra.

*

Maite se sienta a mi lado la siguiente hora. No dice nada de más: me rellena el vaso de agua, responde a los primos de Álvaro que me acorralan con preguntas sobre hipotecas.

A eso de las diez menos cuarto, Álvaro se acerca por el otro lado.

¿Cansada?

Un poco.

¿Quieres irte antes?

Le miro.

Es nuestra boda.

Ya. Podemos quedarnos. O irnos. O… duda. O hablar. En serio.

¿Aquí?

No. Vamos.

Esta vez salimos por la puerta trasera. Hay un jardín con un banco de madera y una farola que da luz cálida. Nos sentamos.

Álvaro, tengo que decirte algo.

Dímelo.

No estoy enamorada de Marcos. Es verdad. No ha pasado nada. Miro mi anillo, las manos en el regazo. Pero eso no significa que todo esté bien.

Ya lo sé.

Tengo treinta años. Vivo en Madrid, trabajo en la redacción, escribo reportajes sobre urbanismo y comercios de barrio. Es una vida normal. Buena.

¿Pero?

Pero a veces, por la noche, abro un documento y escribo. No para el trabajo. Porque sí. Y es el único momento en el que… Me interrumpo. No sé cómo decirlo.

En el que estás viva dice.

Le miro.

Sí.

Lo he leído añade. Dejaste el portátil abierto en febrero. No era mi intención, solo vi las primeras frases. Y lo leí todo.

Álvaro…

Perdona. Sé que no debía. Mira hacia la farola. Clara, está muy bien. Mucho mejor de lo que crees.

No sé qué decir.

¿Por qué no lo intentas en serio? pregunta.

Porque… No acabo.

Porque da miedo dice él por mí. Porque si lo intentas, puedes fallar. O triunfar… y en ese caso, cambiarlo todo.

No contesto. Esa es la respuesta.

Clara. Sé que llego tarde, pero escucha me mira muy serio: si tienes miedo de que yo te frene, te equivocas. Nunca he querido frenarte.

Eso no lo puedes saber.

Sí, puedo. Porque llevo tres años viéndote frenarte tú sola, poco a poco. Y cada vez que lo haces, pones esa mirada al vacío. No soy yo, eres tú. Yo solo estoy al lado.

Ahora me noto llorando. Llorando de verdad, sin aspavientos, solo lágrimas.

No significa que estemos bien, digo.

No. No intenta consolarme. Solo está ahí. Pero significa que podemos intentarlo, si quieres.

¿Y si no quiero?

Entonces te dejo. Me dolerá, pero te dejo. Pausa. Clara. Dímelo de una vez, clara y directamente. ¿Quieres intentarlo, conmigo?

Me seco la cara. El velo se me engancha con un botón del blazer y por fin me lo quito; lo dejo a un lado.

Pienso en mi madre treinta años con alguien respetado. Maite, que se divorció a los veintiocho y dice que fue lo mejor. Lola y sus ojos bondadosos. El portátil en febrero, el manuscrito que nadie debía leer.

Pienso en el semáforo.

En que no llegué a contestar.

Quiero intentarlo, digo. Pero con una condición.

Dime.

Voy a escribir. De verdad. Y tú no vas a decir que no es un trabajo de verdad, ni que es mejor hacer otra cosa práctica.

Jamás lo he dicho.

Lo sé. Me lo digo yo. Le miro. Necesito permiso. Pero no tuyo. Mío.

Él asiente, dejando el silencio exacto.

Y otra cosa añado. Necesitamos hablar. Así. No solo el día de la boda ni en los semáforos.

Trato hecho.

Y sobre Madrid… Siento que algo se afloja en el pecho, como una cremallera. Quiero mandar relatos a revistas de allí. O irme una temporada. No sé. Pero quiero intentarlo.

Me mira. Luego dice:

Vale.

¿Solo vale?

Vale repite, y sonríe. Nos vamos. Juntos. O tú primero. Lo vemos.

Me río, por fin, un poco nerviosa.

Álvaro, estás loco.

Un poco se ríe, más cálido que en todo el día. Pero ahora oficialmente loco contigo.

Oficialmente asiento.

Nos quedamos otro minuto en silencio. Dentro la música sigue y alguien grita que se besen; la fiesta sigue sin nosotros.

¿Vamos?

Vamos.

Se levanta, me ofrece la mano y, cuando se la acepto, noto que el anillo ya no lo siento tan ajeno. O el mío. O los dos.

*

Maite me pilla en la puerta.

¿Y bien? pregunta.

Normal, respondo.

¿Solo eso?

Normal es mucho, créeme.

Me sostiene la mirada y luego asiente.

Vale. Pues a cenar, que han traído el pescado.

Volvemos a la mesa. La tía Lucía cuenta historias de Salamanca, el sobrino la escucha alucinado, Manu y Bea bailan, Lola seca una lágrima no sé si de reírse o de otra cosa.

Álvaro se sienta junto a mí. Me sirve cava; para él, agua.

¿Brindamos por algo? pregunta la tía Lucía, copa alzada.

Álvaro me mira.

Por no tener miedo dice.

La tía Lucía frunce el ceño, sorprende el brindis, pero bebe. Todos bebemos. Yo también.

Y pienso: tal vez ésa sea la respuesta. No sí ni no en el semáforo. Simplemente no tener miedo y ver qué pasa después.

*

Nos fuimos poco antes de medianoche. Los invitados seguían la tía Lucía iba para largo pero Álvaro dijo que los novios podían y nadie protestó.

En el coche había silencio. Pero de ese bueno, que no pesa. Como si algo hubiera cambiado y ahora se puede estar callados sin sentirse incómodos.

Miro por la ventana. Octubre en Madrid corre igual, calles mojadas, farolas. Pero algo es distinto. O yo lo soy. Vete a saber.

Álvaro.

Mmm.

¿Cuándo te diste cuenta? De mi mirada.

Se lo piensa.

En junio. Íbamos al pueblo de mis padres. Miraste por la ventanilla todo el trayecto. Yo hablaba y tú me contestabas bien, en el sitio justo, pero estabas en otro sitio.

Y no dijiste nada.

No sabía cómo. Luego me acostumbré a callar. Mala costumbre.

Sí, le digo. Yo igual.

Parados en un semáforo otro, no el de antes. Rojo.

Clara, dice.

¿Qué?

¿Estás segura de esto?

Le miro. Él también me mira: serio, con un poco de cansancio, con esa sonrisa en los ojos.

Sí le digo.

El semáforo se pone verde.

Arrancamos.

*

La casa nos recibe a oscuras, huele a gato la Tula está subida al alféizar, mirándonos como si llegáramos tarde y lo hubiera apuntado en su agenda.

Hola, Tula saludo.

Tula mira por la ventana, ofendida.

Se ha cabreado, dice Álvaro. Todo el día sola.

Como Tula sonrío. También se enfada si le guardas silencio.

Él se ríe bajito, cansado.

Yo me descalzo en la entrada, dejo los zapatos junto a la pared. Eran bonitos blancos, con tacón bajo; mi madre pasó un mes eligiéndolos y pienso que mañana tocarán zapatillas, que bien.

Álvaro cuelga la chaqueta, afloja la corbata.

¿Té?

Sí.

Vamos a la cocina. Él pone la tetera, yo saco las tazas: la suya, azul con un oso polar; la mía, la que pone No tocar antes del café, aunque bebo té. Me la regaló mi madre por mi cumple, hace tres años.

Clara, dice Álvaro mientras hierve el agua. ¿Puedo decir algo?

Claro.

Me alegro de que hayamos hablado. Llevaba tiempo queriendo. No encontraba palabras.

Yo igual.

Nosotros somos de los buenos… se ríe, más con ironía que reproche.

Eso dicen.

El agua hierve. Él llena las tazas, yo busco el té del de bolsita, no somos de tetera. Quizá lo seamos algún día.

Tula baja del alféizar y viene a restregarse en mi pierna.

Ya lo ha perdonado dice Álvaro.

Los animales olvidan rápido digo. Aprenden de los mejores.

Nos sentamos a la mesa pequeña, para desayunos, llena de periódicos y papeles a diario, por la noche solo dos tazas. Nuestra mesa. Nuestra cocina. Nuestra vida.

Álvaro.

Dime.

Mañana abriré ese documento. Escribiré, aunque sea una página.

Me mira.

Me parece bien.

¿No preguntarás qué escribo?

Cuando quieras mostrarlo, lo veré.

Asiento.

Vale digo. Pues te lo enseñaré algún día.

Bebemos en silencio. Tula ronca junto al radiador, patas recogidas, ojos cerrados. Fuera llueve fina lluvia de octubre, que repiquetea en las ventanas.

Pienso en mi madre: tengo que llamarla mañana antes de que se vaya. Decirle ¿qué? Solo gracias. Que lo entenderá.

Álvaro, le pregunto. ¿En qué piensas ahora mismo?

Se lo piensa.

En que no queda azúcar.

Me río de verdad, con el estómago.

¿Solo en eso?

Y en que estoy casado dice, más serio. Aún no me lo creo.

A mí también me cuesta. Miro el anillo; ya casi lo siento mío. Álvaro, ¿iremos bien?

Tarda en responder. Eso se lo valoro: nunca promete lo que no sabe.

No lo sé responde por fin. Pero lo vamos a intentar.

Sincero. Justo.

Lo intentamos le digo.

*

A la semana abro ese documento.

Hay dieciocho páginas; no recordaba haber escrito tanto. Corrijo, borro, añado frases. Paso tres horas seguidas, sin cenar; Álvaro me trae un plato de bocatas y lo deja sin decir palabra.

Al mes envío las primeras cinco páginas a una revista literaria. No una de Madrid, sino local, pequeña, pero de verdad. Solo para probar.

Responden a las tres semanas. Piden más.

Llamo a mi madre.

Mamá, ¿te acuerdas de lo que decías sobre vidas ajenas?

Claro me dice.

Estoy escribiendo la mía. Lenta, pero mía.

Hace silencio y luego responde:

Eso está muy bien, Clara.

Eso es todo. A veces no hace falta más.

*

En noviembre fuimos a Madrid tres días, sin objetivo concreto. Álvaro pidió vacaciones, yo me llevé el portátil.

Caminamos por la ciudad, tomamos café en sitios pequeños, un día fui a una redacción no la de mi manuscrito, otra y hablé dos horas con una editora sobre si buscan plumas de provincias. Me dio su correo.

Por la tarde, ya cerca de los bulevares, nos sentamos en un café frente a la calle. Álvaro pidió sopa, yo miraba Madrid por la ventana y pensaba: aquí está. La ciudad de mis sueños, pero distinta; más pequeña, nerviosa, cara. Pero real. Viva.

¿Qué pasa? pregunta Álvaro.

Nada. Miro.

¿Te gusta?

Lo pienso.

Me asusta, pero sí, le digo, sincera.

Eso es buena señal, me responde. Si asusta y gusta a la vez, es señal.

Le miro comer sopa como si hablará del tiempo.

Álvaro, ¿te arrepientes?

¿De qué?

De haberte casado con una inquieta.

Él se lo piensa en serio; ya conozco esa pausa suya.

No responde. Los tranquilos aburren más.

Te arrepentirás, ya verás.

Quizá sonríe. Pero hoy no.

Fuera nieva. Es la primera vez ese año niebla madrileña, se derrite al caer en la acera. La gente camina encogida, algunos ríen, otros hablan. Un día común de ciudad grande.

Saco el portátil y abro un archivo. No el de las dieciocho páginas. Uno nuevo.

¿Vas a escribir? pregunta Álvaro.

Voy a intentarlo.

Te pido otra sopa. Tómatelo con calma.

Escribo la primera frase.

La borro. Escribo otra.

Álvaro está enfrente leyendo el móvil, Madrid sigue ahí fuera, la nieve cae y se funde. Una tarde más.

Y pienso: quizá así es como es. La felicidad. No es un destello ni una revelación. Es alguien enfrente, pidiendo otra sopa mientras tú escribes. Es una ciudad al otro lado de la ventana. Es una primera frase que aún no sabes adónde te lleva.

Solo no tener miedo. Y mirar a dónde lleva.

Escribo la segunda frase.

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Íbamos camino a nuestra boda. En un semáforo, mi pareja se giró y me preguntó: «¿Estás completamente segura de que quieres hacer esto?» No me dio tiempo a responder
¡¡Vete de aquí!!! ¡Te digo que te largues! ¿Qué haces rondando por aquí? — exclamó doña Clotilde con estrépito, dejando sobre la mesa, bajo la frondosa higuera, una gran bandeja de empanadillas recién hechas y empujando al chico del barrio. — ¡Anda, vete de una vez! ¿Cuándo pensará tu madre en ocuparse de ti? ¡Vago! Flaco como un fideo, Alex, al que nadie llamaba por su nombre porque todos estaban acostumbrados a su apodo, lanzó una mirada a la severa vecina y se arrastró hasta el portal de su casa. La gran casona, dividida en varios pisos, apenas estaba habitada: allí vivían, en realidad, solo dos familias y media: los Fernández, los Jimeno y los Carpio — Catalina con Alex. Los últimos eran “la media”, a quienes pocos prestaban atención salvo por necesidad. Catalina no contaba mucho en el vecindario, así que tampoco se consideraba importante perder tiempo con ella. Aparte de su hijo, Catalina no tenía a nadie. Ni marido ni padres. Se defendía sola como podía y sabía. La miraban de reojo, pero en general no la molestaban; sólo de vez en cuando apartaban a Alex, a quien no llamaban nunca por su nombre propio, sino por su apodo de Saltamontes, debido a sus alargados brazos y piernas y la enorme cabeza que parecía milagro se sostuviese en su fino cuello. Saltamontes era un niño de aspecto muy poco agraciado, tímido pero bondadoso. No podía pasar junto a un crío que llorara sin arrodillarse a consolarle, aunque por eso las madres más estrictas se apresuraran a apartar a sus retoños del “Espantapájaros”. Quién era ese “Espantapájaros” Alex no lo supo hasta que su madre le regaló un libro sobre una niña llamada Dorothy, y el niño entendió el porqué del apodo. No se sintió ofendido, ni mucho menos. Más bien pensó que, si todos los que le llamaban así habían leído ese libro, sabrían también que el Espantapájaros era inteligente y bueno, ayudaba a todos y acababa siendo el sabio regente de una ciudad maravillosa. Catalina, a la que su hijo compartió su reflexión, no quiso quitarle la ilusión. Decidió dejar a Alex pensar bien de la gente… porque la vida ya era bastante dura, y su niño todavía tendría tiempo de padecerla. Su hijo era el centro de su mundo. Perdonó a su marido el abandono en la propia maternidad, y cortó en seco a la matrona cuando murmuró que el niño había nacido “distinto”. — ¡Vamos, no diga tonterías! ¡Mi hijo es el niño más guapo del mundo! — ¿Quién lo duda? — le contestaron — Inteligente… eso ya es otra cuestión… — ¡Eso ya lo veremos! — decía Catalina acariciando la carita del bebé mientras lloraba de emoción. Los dos primeros años los pasaron yendo de doctor en doctor hasta que por fin la tomaron en serio. Viajaban a la ciudad en un autobús desvencijado, y Catalina abrazaba a su hijo cubierto hasta arriba con el abrigo más grueso heredado de sus benefactores. Nunca hacía caso de las miradas de compasión y, si alguien le venía con consejos indeseados, se transformaba en una verdadera loba: — ¡Lleva el tuyo al hospicio! ¿No quieres? ¡Pues no me des consejos! Yo sé lo que tengo que hacer. Para los dos años, Alejandro había mejorado y apenas se diferenciaba de los demás niños, salvo por su aspecto: cabeza grande, delgadísimo, brazos y piernas enjutas y Catalina haciendo todo cuanto estaba en su mano para que el niño ganase peso. Privándose ella de casi todo, le daba a Alex lo mejor que podía y eso logró, al menos, que los médicos dejaran de preocuparse. Mirando cómo la esbelta, casi élfica, Catalina abrazaba a su Saltamontes, decían: —¡Hay que ver, hay madres que hay que contar con los dedos! Le amenazaba la minusvalía y ahora… ¡mírelo! ¡Un campeón! —¡Eso es, mi niño es así! —¡No lo decimos por él, Catalina, sino por ti! ¡Eres un ejemplo! Pero ella se limitaba a encogerse de hombros. ¿No es ese el deber de cualquier madre? Cuando llegó el momento de entrar en primero de primaria, Alex ya leía, sabía escribir y hacer cuentas, aunque tartamudeaba un poco; y eso, a veces, le arruinaba todos sus talentos. —¡Basta, Alex, gracias! —cortaba la maestra, cediendo la palabra a otro, y luego al quejarse en la sala de profesores de lo imposible que era escucharlo en voz alta. Por fortuna, aquella profesora se marchó pronto, y el grupo pasó a manos de doña María, ya veterana, pero aún con energía y cariño de sobra. Ella reconoció enseguida la valía de Saltamontes, aconsejó logopeda y le pidió entregar deberes por escrito. —¡Qué letra más bonita! ¡Un gustazo leerte! Alex sonreía con orgullo, y doña María leía en voz alta las respuestas de su alumno, subrayando su talento ante todos. Catalina lloraba de agradecimiento, aunque la profesora cortó cualquier atisbo de gratitud: —¡No sea boba! ¡Para eso estamos! Su hijo es estupendo y todo le irá bien, ya verá. Alex corría encantado al colegio, saltando alegre por toda la calle, lo que divertía a varios vecinos. —¡Allá va nuestro Saltamontes! ¡Ese ya nos da la señal para irnos! Qué lástima que la naturaleza le haya hecho así… ¿Por qué no se lo llevó? Catalina, claro, lo escuchaba todo. Pero pensaba que, si Dios no les había dado corazón ni alma a algunas personas, ¿qué podían hacer los demás? Mejor invertir el tiempo en cuidar la casa o plantar un rosal más junto al portal. Su “trocito de jardín”, el más bonito de la manzana, florecía con rosales y un gran lilo. Catalina adornó los escalones con trozos de azulejos sobrantes del centro cultural, que logró arrastrar en carretilla desde el otro extremo del pueblo. —¡¿Y para qué querrá todo ese trasto?! —se extrañaban. Pero en un par de semanas se sorprendieron: Catalina transformó simple escombro en una obra de arte que todos admiraban. —Esto es un monumento… —decían. Ella no prestaba atención a las reacciones de los vecinos. El cumplido que más le importaba vino de su hijo: —Mamá, qué bonito… Alex acariciaba el mosaico y se sentía feliz. Su felicidad, breve y escasa: una palabra de aliento en clase o un dulce preparado por su madre. Nada más. Sus amigos eran pocos, y menos entre las niñas, a quienes las madres vigilaban especialmente, sobre todo doña Clotilde, que tenía tres nietas: cinco, siete y doce años. —¡Ni se te ocurra acercarte! —le amenazaba con el puño—. ¡No son para ti! Nadie sabía qué le pasaba por la cabeza, pero Catalina aconsejó a su hijo no molestar a Clotilde ni a sus nietas. —¿Para qué alterarla? Se va a poner enferma… Alex aceptó y ni se acercaba. Tampoco aquel día que Clotilde preparaba la fiesta familiar. Sólo pasaba por allí, sin intención de unirse a la celebración. —¡Ay, mis pecados! —suspiró Clotilde, tapando su bandeja con un pañito bordado—. ¡Dirán que soy una tacaña! ¡Espera! Sacó un par de empanadillas y alcanzó a Alex. —Toma, pero ni se te ocurra volver ¡eh! ¡Hoy es fiesta! Quédate en casa hasta que venga tu madre. ¿Entendido? Alex asintió, agradecido, pero Clotilde volvió enseguida a sus preparativos: celebrar el cumpleaños de la nieta más pequeña, Lucía, con todo el boato. Y por supuesto, el enclenque Saltamontes no era bienvenido. “No hay que asustar a la chiquillería”, pensaba. Lo que había tenido que oír años atrás cuando aconsejaba a Catalina que “se deshiciera del niño”. —¿Para qué, Carmina? ¿Por qué? No vas a poder con él, se te perderá por ahí… —¿Acaso me has visto borracha? —Catalina siempre contestaba. —Eso no dice nada. Con tanta miseria… nada bueno os espera. ¡Nadie te enseñó a ser madre! ¡Tu niño solo sufrirá! ¡Deshazte de él antes de que sea tarde! Catalina cortó entonces el saludo y sólo pasaba delante de Clotilde, orgullosa de su abultada tripa. —¿Y te enfadas? ¡Si yo solo quiero ayudarte! —decía la vecina. —¡Ayuda que apesta! ¡Encima que tengo náuseas! —replicaba Catalina, acariciándose el vientre para calmar a su aún desconocido Saltamontes—. Tranquilo, nadie te hará daño… De lo que sí tuvo que soportar Alex hasta sus ocho años, nunca le contó nada a su madre. No quería que ella sufriera. Si le hacían daño, sollozaba a escondidas, pero nunca lo decía. Sabía que su madre sufriría más que él mismo. Las lágrimas del niño lo limpiaban por dentro. Y, pasados unos minutos, olvidaba la ofensa y hasta sentía lástima por aquellos adultos incapaces de comprender lo simple. Sin rencor ni odio, la vida es mucho más sencilla. A doña Clotilde Alex ya no la temía, pero tampoco le agradaba. Siempre que le amenazaba, él huía para no oír sus palabras afiladas. Y si le hubieran preguntado, les habría respondido lo que solo él sabía: le daba pena aquella mujer que gastaba sus minutos en disgusto. Nada era más valioso que los minutos; Alex lo había comprendido pronto. Todo se puede recuperar, menos el tiempo. —¡Tic-tac! —diría el reloj. Y ya. ¡No hay más minutos! Atrápalo… ¡y no lo conseguirás! Desaparece… y no hay vuelta atrás. Pero los adultos… eso no lo entienden. Encaramado en la ventana de su cuarto, Alex mordisqueaba la empanadilla y miraba a los niños corretear por el prado, entre ellos Lucía, con su vestido rosa. Alex la contemplaba fascinado, imaginándosela como una princesa o un hada. Mientras los mayores se aposentaban en torno a la mesa, los niños corrían a jugar cerca del pozo del fondo, en un prado más grande, donde la vista desde la habitación de su madre lo alcanzaba todo. Y ahí, de pronto, Alex dejó de ver el destello rosado del vestido de Lucía. Al mirar, se quedó helado: Lucía ya no estaba en el césped… Salió disparado y, aunque Clotilde le gritó desde la ventana, él no la escuchó. Sabía que algo iba mal. El prado estaba ya desierto: los críos, ajenos a la desaparición de Lucía. Alex vio el pozo y al asomarse, distinguió abajo algo claro y gritó: —¡Pégate a la pared! Echó el cuerpo sobre el borde, colgó las largas piernas y se deslizó hacia la oscuridad para no pesar sobre la niña. Saltó al pozo sabiendo que los segundos eran vitales. Lucía no sabía nadar… eso lo sabía bien. La niña, empapada y asustada, se agarró al cuello de Saltamontes. Él la sujetó y, apoyándose en los resbaladizos maderos mohosos, gritó con toda la fuerza de sus débiles pulmones: —¡Ayudadnos! Los que estaban de fiesta ni lo oían… hasta que la abuela preguntó: —¿Dónde está Lucía? El grito histérico de la anfitriona hizo saltar a todos y también a los que pasaban por la calle. Alex, mientras, agotaba las fuerzas repitiendo: —¡Mamá…! Y Catalina, que venía de camino apresurada, aceleró más, olvidando la compra, sin saludar siquiera, y sólo pensaba en llegar… Una sombra en el corazón se lo advertía. En ese instante, Clotilde cayó sobre los escalones de la casa de Catalina, presa de un ataque. Catalina corrió al patio trasero, guiada por la voz de su hijo. No hubo tiempo para reflexionar. Salió disparada a buscar una cuerda para colgar la ropa y apenas volvió, gritó: —¡Rápido, atadme! Por suerte, uno de los yernos de la vecina tenía la cabeza lo bastante clara como para ayudar. Catalina bajó y rescató enseguida a la niña. Lucía se abrazó a ella y se quedó inerte, rendida y temblorosa. Pero Alex… ¿dónde estaba Alex? Catalina rogó como nunca antes: —¡Dios mío, no me lo quites! Ella no podía ver a su hijo en la negrura. Hasta que algo resbaladizo le tocó la mano. Tiró, tiró con desesperación y, al subir, oyó apenas: —Mamá… Alex pasó dos semanas en el hospital. Lucía se recuperó antes, pero del susto y unos buenos arañazos no pasó. Alex, con la muñeca rota y los pulmones resentidos, solo pensaba en volver a casa, a sus libros y su gato. —¡Qué chico más valiente eres! Dios mío, si no llegas a estar tú… —lloraba Clotilde, cubriéndolo de besos—. ¡Pide lo que quieras! —¿Para qué? —contestó Alex encogiéndose de hombros—. Solo hice lo que debía ser hecho. ¿No soy un hombre? Clotilde no supo qué decir. Tampoco sabía que ese enclenque Saltamontes, el niño del apodo, años después conduciría un blindado repleto de heridos bajo el fuego, y que, sin mirar nombres ni bandos, haría todo lo posible para aliviar el dolor de quienes, como él, llamarían a su madre… Y a quien le pregunten por qué lo hace, Saltamontes solo contestará: —Soy médico. Hay que hacerlo. Hay que vivir. Así es lo correcto. *** Queridos lectores: En verdad, el amor de una madre no tiene límites. Catalina, pese a las dificultades y los prejuicios, amó sin medida a su hijo. Su fe en él le ayudó a convertirse en una buena persona. Un recordatorio del poder invencible del amor de los padres. Y el verdadero héroe está en el alma: Alex, “poco atractivo” por fuera, resultó un valiente que, sin dudarlo, se lanzó a salvar una vida. Su acto, y no su apariencia, definió su valía. La bondad, la valentía y la compasión son las verdaderas grandezas. Quienes menospreciaron a Catalina y su hijo se rindieron a la evidencia del heroísmo de Alex. Esta historia demuestra que los prejuicios caen ante las verdaderas virtudes, que la mayor lección es saber perdonar, no guardar rencor y hacer lo correcto aunque contigo actúen injustamente. Como dijo Alex: “Soy médico. Hay que hacerlo. Hay que vivir. Así es lo correcto”. Esta historia nos recuerda que la humanidad y la compasión vencen a la indiferencia y a la mezquindad, y que la verdadera belleza reside en el interior. Os invitamos a reflexionar: ¿Creéis que la bondad, a pesar de todo, siempre encuentra su camino y cambia el mundo a mejor? ¿Qué experiencias os han mostrado que las apariencias engañan y que la verdadera riqueza de una persona es su alma?