Dónde habita la felicidad

¿Dónde habita la felicidad?

Hace ya muchos años, Clara se sentaba sola en la cocina de aquel modesto piso de Madrid, abrazando con ambas manos una taza humeante de café. Era tan ardiente que solo podía probarlo a pequeños y cautelosos sorbos. Cada vez que acercaba la taza a los labios, el vapor le acariciaba delicadamente el rostro, aunque la calidez no lograba ahuyentar esa sensación gélida y hueca en su interior.

Sobre la mesa vibraba sin descanso su viejo móvil. Una llamada tras otra: en apenas una hora, era como si todo aquel que alguna vez intentó tratarla, sintiera que debía saber cómo estaba y qué rumbo tomaba su vida. Amigos de la infancia, parientes lejanos de Burgos y Valladolid, antiguos compañeros de trabajo, vecinas del barrio de Chamberí Por unos días, el mundo entero parecía conjurado a inmiscuirse en sus asuntos.

¿El motivo de ese repentino interés? Su divorcio con Javier. Aún recordaba con nitidez cómo, hacía solo un año, celebraban juntos sus quince años de casados: la mesa vestida, las risas chispeantes, las copas brindando, los ojos brillantes de él al proponerse a sí mismo y a la vida compartida un futuro eterno. Entonces parecía que nada los separaría, que vendrían más aniversarios y más viajes juntos por la Costa Brava, más noches de chimenea y cariño. Ahora dormían bajo techos distintos, se comunicaban con palabras medidas y miradas ajenas, como dos desconocidos atrapados en la melancolía del pasado. ¿En qué momento se desmoronó todo?

Al principio, Clara respondía a todas esas llamadas con paciencia. Hablaba despacio, eligiendo cada palabra para no lastimar ni a sí misma ni a los que preguntaban.

Ha sido decisión de ambos repetía con voz firme. Lo hemos pensado y considerado mucho tiempo. Vivir juntos dejó de ser lo mejor.

Pero de poco servían sus explicaciones. En respuesta solo oía preguntas repetidas, con matices de reproche, inquietud o forzado consuelo:

¿Y qué será de Inés? ¿Habéis pensado en la niña? ¡Le hace falta su padre!

Clara cerraba los ojos, reprimiendo las lágrimas. Sabía que no lo decían con maldad, sino porque no podían comprender cómo se podía romper una familia teniendo una hija. Sabía también que nadie podría entender realmente, que no era posible resumir en un par de frases meses de silencios, el cansancio arrastrado, la desolación de sentirse sola aun con alguien al lado.

El móvil vibró de nuevo. Clara miró la pantalla: otra llamada de un primo. Suspiró hondo, bebió un pequeño sorbo y finalmente estiró la mano para contestar.

Podría haberles contado que todos sus pensamientos giraban en torno a Inés. Que durante noches enteras, en la soledad, repasaba alternativas, meditaba cada paso, medía consecuencias. Que nunca dejó de buscar lo mejor para su hija. Pero no lo hacía. Sabía que a veces es imposible convencer, especialmente a quien solo ve una cara de la moneda.

Las imágenes de los últimos meses juntos le venían intermitentemente: los retrasos de Javier, el rastro de perfume ajeno, la impaciencia repentina al discutir, la distancia helada sentados en el mismo salón como extraños. Y la pequeña Inés, percibiendo esas sonrisas fingidas, el ambiente pesado como bochorno de verano, esa falta de amor que tanto duele en los niños.

Nunca olvidaría aquella noche de ruptura definitiva. Discutían, primero en susurros, luego con la voz ya quebrada. Inés, ocupada con los deberes en su habitación, apareció en el umbral. Estaba pálida, los ojos grandes llenos de lágrimas.

Mamá, papá, por favor No os peleéis susurró.

Clara la miró, miró a Javier, que ni notó la presencia de la niña, y comprendió ferozmente que eso no podía seguir. No podía condenar a su hija a vivir diariamente en ese caos, ni hacerla sentir culpable por la imposibilidad adulta de comprenderse.

¿De verdad sería mejor para Inés crecer en un hogar de desencuentros y reproches? ¿Donde el padre ni se esforzaba por ocultar que amaba a otra? ¿Despertar cada mañana con frases a medias y miradas evitadas? ¿Debería una hija aceptar ese modelo de familia como realidad?

No, Clara no pensaba permitirlo. Reflexionó durante semanas, sopesando pros y contras, imaginando futuros Y por fin decidió: el divorcio, pero sin gritos, sin perder el respeto mutuo, por el bien de Inés.

Cuando se lo dijo a Javier, hubo un largo silencio. Luego él, cansado, confesó igualmente:

También lo creo.

No había ira ni reproche, solo agotamiento y un extraño alivio. Hablaron, acordaron cómo seguir, sobre todo por Inés.

Al cerrar aquella conversación, los dos sintieron, por primera vez en años, que por fin respiraban libres. Comenzaba una nueva vida, una etapa desconocida, pero con algo seguro: lo hacían por Inés, para que ella pudiera crecer en serenidad, lejos de disputas.

Sabía que ahora les esperaba un lento acomodarse: rehacer rutinas, enseñar a Inés a entender los cambios. Pero por primera vez en mucho tiempo, Clara sentía que iban en la dirección correcta.

Hoy doy un pequeño paso hacia una nueva felicidad murmuró para sí, sin apartar la mirada de la ventana. En el alféizar andaba un gorrión curioso, ladeando la cabeza y probando el sitio. Clara, sin querer, sonrió ante la naturalidad y ligereza del animalillo: en su presencia había algo reparador.

Entonces, la puerta de la cocina se abrió de golpe, asustando al gorrión, que salió volando. En el umbral apareció Inés, sonrosada y alborotada, con chispa traviesa en la mirada. Repiqueteaba de emoción, bailoteando sobre los pies.

¡Mamá, ya he hecho las maletas! gritó, corriendo hacia la mesa. ¿Cuándo llega el taxi?

Clara miró la pantalla del móvil, ocultando su sonrisa con esfuerzo. Su hija era como un resorte, ¡tanto, que a veces temía que saliera volando!

En media hora respondió tranquila. ¿De verdad estás preparada para irnos a una ciudad nueva?

Inés se detuvo un instante, luego exclamó con decisión:

¿Y qué pierdo? era tan firme su voz que parecía de alguien mucho mayor. Claro que me costará dejar el cole y a mis amigas, pero seguiré escribiéndoles. Abrió la nevera, sacando sin dificultad un yogur. La abuela tampoco me da mucha bola ni viene a verme; sólo nos vemos por Navidad. Así que nada cambiará.

Clara apretó el borde de la mesa, temiendo quizá estar equivocándose al arrancar a su hija del entorno habitual.

¿Y tu padre? preguntó en voz baja.

Inés dejó el vaso un momento, volviéndose seria.

Papá… Ahora tiene otra familia. Su mujer no querrá que esté por allí todo el rato. Iré cuando sean vacaciones.

En la cocina se hizo un silencio. Clara miró a su hija, estupefacta de cómo había madurado. En sus ojos no había rencor ni ira, sólo una extraña compresión adulta.

Eres muy sabia musitó Clara, conteniendo las lágrimas. Se levantó y abrazó con fuerza a su hija, hundiendo la nariz en su cabello. Lo entiendes todo

Inés aceptó el abrazo, acariciando la espalda de su madre como si quisiera protegerla.

Ambos merecéis ser felices susurró. Su voz sonó resuelta, adulta. Papá ya lo ha encontrado. Ahora te toca a ti.

Clara apretó aún más a su hija. Entonces, supo con absoluta certeza, pese a su miedo y las dudas: estaban acertando. Lo desconocido aguardaba, pero juntas podrían afrontarlo.

********************

El nuevo destino, Valencia, les aguardó con cielos luminosos y brisas de mar. Todo era extraño, desde la distribución del piso un décimo con ventanales generosos, hasta el silencio de los vecinos desconocidos. Pero el trabajo absorbía a Clara, no dejando espacio al abatimiento. Cada jornada traía mil tareas y así, poco a poco, la casa fue tomando forma: colgó sus cuadros favoritos, dispuso los libros en estanterías, puso una pequeña planta junto a la ventana. El frío piso empezó a convertirse en hogar.

Una tarde, apenas llegando a casa, Inés irrumpió emocionada:

¡Mamá, quiero apuntarme a una academia de baile!

Tenía los ojos encendidos y las mejillas rojas. Se notaba que llevaba mucho tiempo esperando el momento de decírselo.

Está aquí al lado, y es bastante barata insistía agitando las manos.

Clara sonrió. Le encantaba ese entusiasmo, pero preguntó:

¿Estás segura? El instituto, la profesora de inglés… ¿Vas a poder con todo?

Inés sacó una libreta de la mochila, la abrió muy seria, y la puso delante de su madre.

¡Claro! Mira, he hecho el horario. Señaló las columnas en orden. Los lunes y jueves tengo refuerzo con doña Antonia, los miércoles me quedo en el insti. Martes y viernes son los ensayos de la academia. ¡Me dará tiempo a todo! Te lo prometo.

Clara revisó el horario. Todo claro y bien dibujado, con garabatos y notas: Inés se lo había tomado en serio. Sintió alivio y orgullo.

De acuerdo asintió, cerrando el cuaderno. Si mañana te sigue apeteciendo, vamos y te apunto.

¡Genial! gritó Inés abrazándola. ¡Eres la mejor!

Clara se rió abrazando a su hija, sintiendo algo cálido y alegre recorrerle el pecho. Era una alegría pequeña, silenciosa, de las de verdad.

La academia resultó ser un lugar alegre, con grandes espejos en la pared y suelos brillantes de madera. En el aire flotaba olor a barniz y a esfuerzo. Ana, la dueña, les saludó afablemente, y enseguida Inés quedó fascinada. El profesor, don Mateo, tenía fama en la ciudad y un carácter exigente pero justo, y en seguida supo cómo motivar a la niña.

Es estupendo contaba Inés cada noche. No consiente vagos ni pelotas. Te ayuda siempre, si te ve esforzándote, te corrige con una sonrisa. Y además hacía una pausa con aire tímido su hijo Diego es mi pareja de baile. Se nos da bien y aprendemos rápido. Diego me ha dicho que su padre es el mejor del mundo, que nunca pierde la paciencia ni le grita, pero tampoco deja que se duerma.

Clara observaba cómo su hija iba renaciendo, relacionándose, brillando. Y notaba en los gestos de Diego y las miradas entre ambos algo más que amistad adolescente. Cada tarde volvían juntos a casa, cruzando la ciudad. Invariablemente, Inés mencionaba lo bien que le caía don Mateo, que siempre encontraba palabras justas tanto para niños como para adultos.

Nos quieren presentar, pensaba Clara a veces divertida. Don Mateo le resultaba realmente agradable: pausado, atento, con buen humor. Pero Clara no quería precipitarse. Bastaba con ver a su hija feliz, retomando las ganas de aprender y compartir.

Un día, terminando el ensayo, Inés soltó sin aliento:

¡Mamá! ¿Por qué no invitamos un día a Diego y a su padre a merendar? Así les enseño la casa Y Diego adora las galletas de chocolate.

Clara solo le acarició la cabeza, sonriendo:

Ya veremos, chiquilla. Todo a su debido tiempo

********************

Clara nunca fue de inmiscuirse en la intimidad de su hija. Creía que si se quería confianza, se debía respetar la privacidad. No le leía los mensajes ni espiaba llamadas. Pero aquella noche, tras una larga jornada, Inés dejó su móvil boca arriba y se fue a duchar.

En la pantalla apareció un mensaje y Clara, sin querer, lo leyó de reojo. Una punzada de temor la sacudió: ¿sería su hija feliz aquí, o fingiría, por protegerla, estar bien? ¿No aburriría las nuevas amistades y el cambio de vida?

Finalmente, vencida por el desvelo, cogió el móvil y vio la conversación de Inés con su antigua amiga soriana. Al leerla, la tensión fue desapareciendo. Inés escribía con sinceridad: hablaba de los ensayos, de don Mateo y de sus progresos, de anécdotas cotidianas. En cada frase se notaba ilusión y alegría de vivir.

De verdad, le gusta esta vida, se dijo Clara, aliviada.

Allí vio un mensaje de Diego que la dejó paralizada:

Mi padre dice que tu madre es muy guapa y lista. No suele decir eso de nadie.

Clara apartó el teléfono como si quemara, sintiendo arder sus mejillas. Se alejó de la mesa, luchando contra un remolino de emociones.

Por supuesto, había notado que don Mateo la miraba más de lo habitual; que saludaba con calor, que se ofrecía a ayudarla si veía alguna dificultad. Y a Clara también le caía bien: se sentía a gusto con él, tranquila incluso durante los silencios.

Pero la idea de comenzar otra relación le atemorizaba. Tras el divorcio, tuvo que reconstruir su vida sola y no quería desestabilizar el frágil equilibrio alcanzado. ¿Y si erraba confiar otra vez o abría la puerta al dolor?

Entró entonces Inés, secándose el pelo.

¿Estás pensativa, mamá? preguntó mirando el móvil.

Clara forzó una sonrisa:

Nada, que pensaba en mis cosas. ¿Cómo te fue?

¡Genial! Mañana toca aprender un giro nuevo. Diego dice que nos saldrá bien.

Clara asintió. Por dentro, el corazón le latía de otro modo. Decidió que las cosas fluyeran a su ritmo.

*********************

Una noche, ya terminada la faena, Clara repasaba papeles en la mesa. Los números bailaban ante sus ojos, la concentración se diluía. Inés se plantó al otro lado de la mesa, mirándola fijamente.

¿Te acuerdas de lo que me prometiste? preguntó solemne, con la voz de quien trata asuntos serios.

Clara alzó la mirada, confundida:

Depende de qué promesa hablas balbuceó. He hecho muchas

Que ibas a ser feliz respondió Inés, mirándola a los ojos.

Clara quedó inmóvil, luego esbozó una sonrisa dulce:

Soy feliz. Te tengo a ti.

Eso no vale replicó la niña, decidida. Hablo de otro tipo de felicidad. ¡Ya casi ha pasado un año desde lo de papá! Cuando vaya a la universidad, ¿vas a quedarte sola criando treinta gatos?

En ese instante, la gata blanca, Nieve, que dormía acurrucada en el sillón, alzó la cabeza y clavó en Inés unos ojos de ámbar. Pareció advertir que no tenía la menor intención de competir por el territorio.

Clara rió:

No es tan sencillo empezar algo serio negó con la cabeza, acariciando la oreja de Nieve, que ronroneaba satisfecha. Ya no soy tan joven

Déjate de excusas. Sal con don Mateo. Da un paso hacia tu vida feliz insistió Inés, incorporándose de la silla por la emoción. ¡Cógelo ya, llámale!

Clara contempló a su hija: tan pequeña, tan madura. Y por un instante vio en ella una sabiduría insólita, más comprensiva que su propio miedo.

La gata, inquieta al ver cesar las caricias, maulló con voz exigente.

Mira que luego te arrepientes dijo Clara en broma, sintiendo arder esa absurda euforia adolescente en su interior. Con dedos trémulos, tomó el móvil. Bueno, si insistes

Inés levantó los brazos victoriosa. Clara, inspirando hondo, marcó el número.

Tragó saliva, la voz le temblaba, dudaba aún, pero al escuchar la voz grave y dulce de don Mateo, fue como si le quitaran un peso de años.

Mateo, soy Clara. Pensaba ¿Te apetecería dar un paseo mañana?

Un breve silencio, que a Clara le pareció eterno. Inés, detrás, contenía la respiración.

Finalmente, el Sí, claro. ¿Dónde y cuándo? hizo saltar a Inés, eufórica y orgullosa.

En la ribera del Turia, ¿te parece? A las siete, cuando la luz aún tiñe el agua de oro

Perfecto, allí estaré respondió él, entusiasmo genuino en el tono.

Colgó, rompiendo a reír como una niña. Inés aplaudió y giró sobre sí misma.

¿Ves? ¡Te lo dije! ¡Todo encaja!

Encaja susurró Clara, maravillada del calor tan puro que sentía dentro. Y me alegro de intentarlo.

Porque lo merecemos dijo Inés, solemne. Tú y yo.

El resto del día Clara flotó ligera, con una sonrisa nueva. Revisando su armario esa tarde, eligió un vestido celeste como el cielo; sencillo pero cálido, ideal para sentirse segura.

Inés, sentada en la cama, la observaba:

Estás guapísima, mamá. Seguro que él también lo nota.

Clara sonrió de vuelta.

Lo importante es que me sienta bien conmigo misma.

Lo estás. Llevas otra vez la sonrisa puesta.

Cuando Clara salió, Inés la saludó desde la ventana. Y Clara, observando el crepúsculo y sintiéndose extrañamente llena, pensó:

¿Será esto la felicidad? No es perfecta, pero es nuestra; con errores, dudas y pequeños logros. Con una hija creyendo en tu fuerza aun cuando tú no. Con alguien nuevo mirando en ti lo que llevabas años sin encontrar.

El paseo por la ribera era tranquilo, bañado de la luz suave de las farolas y el rumor de las hojas en el viento levantino. Clara caminaba despacio, buscando su silueta junto a la fuente.

Entonces lo reconoció: don Mateo, de pie, sonriéndole, con un sencillo ramo de flores del campo en la mano. Cuando la vio, la sonrisa se le iluminó aun más. Avanzó hacia ella.

Buenas tardes. Estás preciosa.

Un rubor habitó las mejillas de Clara, pero esta vez sostuvo la mirada.

Gracias. Las flores Son muy bonitas.

Mateo se las tendió:

Pensé que las cosas sencillas, las verdaderas, son las mejores.

Y a mí me encantan respondió Clara, oliendo las flores humildes, sinceras. De verdad.

Pasearon por los jardines, charlando de mil cosas: de trabajo, de hijos, de cómo ambos encontraron nuevo rumbo en tierras valencianas. Y, poco a poco, Clara comprendió, con serena gratitud, que no estaba sola.

Y eso, recordándolo desde la distancia, aún le sigue pareciendo mucho.

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Dónde habita la felicidad
Ese incómodo regusto —¡Se acabó, no habrá boda! —exclamó Marina. —¿Por qué? ¿Qué ha pasado? —se desconcertó Ilya—. ¡Si todo iba bien! —¿Bien? —sonrió Marina con ironía—. Sí, claro… bien. Es solo que… —Calló unos segundos, buscando las palabras—. La verdad es que ¡tus calcetines huelen fatal! No pienso respirar eso toda la vida. —¿De verdad le dijiste eso? —se escandalizó la madre de Marina cuando su hija comunicó que retiraba el expediente de matrimonio—. ¡Increíble! —¿Por qué te sorprendes? —respondió la exnovia—. Es la pura verdad. No me digas que tú no lo habías notado. —Hombre, sí que me di cuenta —titubeó su madre—, pero… es humillante. Pensé que le querías. No es mal chico, y eso de los calcetines… tiene remedio. —¿Cómo? ¿Vas a enseñarle a lavarse los pies? ¿A cambiar los calcetines? ¿A usar desodorante? ¡Madre! ¿Te escuchas? Yo quería casarme para compartir la vida con un hombre, no para adoptar a un niño grande. —¿Y entonces por qué llegaste tan lejos? ¿Por qué presentasteos los papeles? —¡Por tu culpa, mamá! “Ilyushka es bueno, es muy amable. Me cae genial”, ¿son tuyas esas palabras? Y también, “Tienes ya veintisiete, ya toca casarse y darme nietos”. ¿Te suena, o no? —Pero, Marinita, creí que lo tenías claro… Parecía muy serio entre vosotros —argumentó su madre—. Y, ¿sabes?, me alegro de no haberme equivocado contigo: lo has pensado bien y has tomado una decisión. Pero eso de “los calcetines huelen”, hija, me parece excesivo. No es propio de ti. —Lo hice a propósito, mamá. Para que lo entendiera. Que no hubiera vuelta atrás… *** Al principio, Ilya le pareció a Marina simpático y algo torpe. Siempre vestía vaqueros y la misma camiseta. No presumía de saber de Picasso, pero podía pasarse horas hablando de películas antiguas. Entonces sus ojos brillaban. Con él todo era sencillo y tranquilo. Eso fue lo que atrajo a Marina, harta de romances dramáticos y de buscar “al adecuado”. Tras dos meses de cine y cafeterías, Ilya, algo nervioso, le propuso: —¿Nos vamos a mi casa? Te hago unos pelmeni caseros, ¡los he hecho yo! La invitación sonó tan cálida y hogareña que a Marina le dio un vuelco el corazón. Y eso de “los he hecho yo” le conmovió. Así que aceptó… *** El piso de Ilya no le gustó a Marina. No era sucio, pero sí caótico, sin gusto alguno y parecía descuidado. Paredes grises y desnudas, un sofá viejo y solo un almohadón en vez de cojines. El suelo lleno de montones: cajas, libros, revistas antiguas; zapatillas tiradas por el centro. El aire estaba cargado de polvo y humedad. Más que un hogar, la habitación parecía un sitio de paso del que nadie acaba de irse. —¿Qué te parece mi fortaleza? —dijo Ilya, abriendo los brazos y sonriendo con orgullo. Ni rastro de vergüenza. Se sentía en casa y no veía nada raro. Marina forzó la sonrisa: le gustaba el chico y no quería discutir. Fueron a la cocina. Allí, la cosa no mejoró: la mesa cubierta de polvo, el fregadero repleto de platos sucios, tazas con restos negros. La cazuela, para jubilar. Marina se fijó en la tetera. “¿De qué color sería originalmente?”, pensó. Y el ánimo se le fue por los suelos. Escuchaba a Ilya distraída, mientras él le contaba algo con entusiasmo, intentando hacerla reír. Pero cuando le acercó el plato de pelmeni, Marina se negó a comer, alegando que estaba a dieta. Lo de probar comida hecha en esa cocina, ni pensarlo. Ya en casa, Marina se puso a analizar la visita. A primera vista, lo que había visto en el piso de Ilya eran detalles menores, sin importancia. Vive solo, no lleva bien el hogar. ¿Y qué? Pero tras ese desorden, Marina vio algo más grande y preocupante: ¿Cómo se puede vivir así? Y no por pereza de lavar un plato. Sino porque… para él, eso era normal. Un incómodo regusto quedó… *** Luego Ilya fue a casa de Marina. Le pidió matrimonio de forma oficial y le dio un anillo. Presentaron la solicitud. Los padres empezaron a organizar la boda. Ser novia era bonito. Pero, cuando Marina se quedaba sola y pensaba en Ilya, que se esmeraba en agradarla, cocinaba sus pelmeni y contaba chistes, se le aparecía… ¡la tetera de color indefinido! Y comprendía que no era sólo la tetera. Era una señal. Algo sobre la forma de vivir de Ilya. Sobre el cuidado del hogar. Sobre cómo se cuidaba él… y probablemente, sobre cómo la cuidaría a ella. Una mañana, imaginó su futuro juntos y se horrorizó. Ella se levantará, irá a la cocina y verá té frío y migas de pan en la mesa. Y al decirle “Cariño, ¿puedes limpiar esto?”, él la mirará igual que miró su piso, sin entender. No le discutirá, no gritará; simplemente… no lo comprenderá. Y cada día deberá explicarlo, limpiar, recordarlo. Y su amor irá marchitándose por mil pequeñas punzadas invisibles para él. Y su madre, feliz porque se casa. *** Casarse… Toda la paz y calidez que Marina sentía con Ilya se fue, reemplazada por una inquietud densa y pesada. —Ilyita, —le preguntaba Ilya cada día, buscando sus ojos preocupado—, ¿estamos bien, verdad? ¿Nos queremos? —Claro —respondía Marina, notando que algo se rompía por dentro. Por fin, Marina se desahogó con una amiga y le confesó sus miedos. —¿Y qué? —se sorprendió Caty—. Polvo, la tetera… Mi marido sería capaz de dejar un tanque en la cocina sin darse cuenta. ¡Los hombres no ven esas cosas! —¡Ahí está el problema! —susurró Marina—. Ellos no ven. Y él nunca lo verá. Y yo sí. Toda la vida. Y eso me mataría lentamente. *** No le culpaba. Él no la engañó. Era sincero. Simplemente vivía en otro mundo. Un mundo donde el plato sucio en el fregadero estaba bien. Para ella, eso era señal de incomprensión y de indiferencia. Y entendía que no era cuestión de limpieza. Era que miraban el mundo de formas incompatibles. Y la grieta que se había abierto en su cabeza pronto se convertiría en un abismo entre ellos. Así que mejor terminar todo ya, antes de acabar en el fondo de ese abismo cuando ya sea demasiado tarde. Solo faltaba el momento… *** Invitaron a Marina e Ilya a una fiesta. Llegaron, se quitaron los zapatos en el recibidor… Entraron en la sala… Un horrible olor les iba siguiendo. Marina tardó en descubrir de dónde venía. Y cuando lo supo, y vio que todos los presentes lo habían notado también, le dio tanta vergüenza que quiso desaparecer. Sin decir palabra, salió corriendo al recibidor, se calzó y se marchó. Ilya fue tras ella. La alcanzó, la tomó del brazo y ella se volvió, le soltó a la cara, con casi odio: —¡Se acabó! ¡No va a haber boda! *** Y boda, efectivamente, no hubo. Marina piensa que hizo lo correcto y no se arrepiente. Y Ilya… aún no entiende cuál era el problema. “Por unos calcetines malolientes… ¡si podía quitármelos!”