La Reclusa

El autobús destartalado continuó su camino, dejando tras de sí un olor a gasolina que te hacía encoger la nariz. La mujer se quedó sola en la parada, observando el paisaje alrededor. Todo seguía igual que siempre: el camino de tierra lleno de barro negro y espeso, los arbustos salpicados de gotas grises, el pueblo al fondo, donde en la penumbra ya se encendían los rectángulos amarillentos de las ventanas. Se escuchaba el ladrido de los perros y el cacareo molesto de las ocas.

Vaya, aquí no ha cambiado nada en seis años, pensaba Carmen, casi nada. Solo que a la derecha, en lo alto de la colina, ya no se veía la hilera de tractores bajo los faroles. Ahora solo quedaba oscuridad. No tenía ni idea de qué habría pasado con la finca de los Mendoza; seguro que los herederos la habían vendido a trozos.

Carmen avanzó por la calle mayor del pueblo, con ese miedo irracional de que en cualquier momento alguien saldría de una esquina y le tiraría una piedra. Notaba todas las miradas encima, como si desde cada ventana la juzgaran. Bajó el pañuelo más sobre los ojos, queriendo pasar desapercibida. ¿Qué le esperaba aquí? ¿Seguiría su casa en pie, o lo único que quedaba era el recuerdo? No tenía otro sitio a dónde ir, así que volvió, aún sabiendo que muchos no la podían ni ver. Fue, gracias a ella, que medio pueblo perdió el trabajo hace seis años.

No era la misma de antes. Ni por fuera, ni por dentro. Ya no quedaba nada de aquella muchacha pizpireta y segura de sí misma que, con solo una mirada, ablandó el seco corazón de Mariano Mendoza. Carmen era una morena de curvas y unos ojos azules enormes. Vivía sola, en una casita destartalada junto al barranco. Y a Mariano, en el pueblo, se le consideraba casi un señorito: la mayoría trabajaba para él. Cuando Carmen se fue a vivir con él, pensó que le había tocado la lotería.

Pero no todo era lo que parecía. Mariano era de esos que se creen por encima del bien y del mal: caprichoso, posesivo, que solo la quería como adorno y criada. Al principio, Carmen no lo vio, cegada por el brillo de su mundo. Primero la separó de sus amigas, luego le prohibió la ropa que él consideraba atrevida, después el maquillaje. Su vida se convirtió en una lista interminable de prohibiciones.

Se pasaba los días esperándole en casa, cocinando cocidos y arreglando habitaciones. Lo de salir a buscar trabajo, ni hablar. Mariano siempre pensaba que ella tenía algún amante, las dudas le volvían loco. Carmen intentó convencerle de su inocencia, pero fue imposible. El problema no era ella. Era él. Ni por amoldarse conseguía que Mariano estuviese contento. Cuando la cosa llegó a los golpes, Carmen se fue de vuelta a su casa junto al barranco, queriendo olvidar aquello como una pesadilla. Pero el verdadero golpe vendría después.

Mariano apareció al día siguiente de su fuga. Carmen estaba fregando el suelo de la cocina, con todas las puertas abiertas de par en par. Se notaba el olor a limpio, la brisa daba paz. Ella, absorta en el ir y venir del trapo mojado, encontraba ahí su consuelo. Mariano entró dando una patada al cubo que regó el agua por toda la estancia. Carmen supo que, después del cubo, iría ella.

Después todo está borroso. Fueron los nervios, la mente le tapó lo peor. Cuando volvió en sí, la casa estaba llena de guardias civiles, agitándole delante una bolsa con un cuchillo de cocina. Fuera, los vecinos peleándose por asomarse. Por todas partes los muebles volcados, las cortinas arrancadas, y Mariano en el suelo.

¡Mira lo que has hecho! susurraban por los lados. Si menos provocara, el hombre seguiría vivo ¡Vivía como una reina! Has arruinado a un hombre bueno. ¿Y ahora de qué vamos a vivir, sin el trabajo de la finca?

La condenaron a seis años de prisión, de régimen común. Se decía pronto, pero los fue sobreviviendo. Por su carácter tranquilo y su empatía, Carmen se hizo algunas buenas amigas que la arroparon en la cárcel. Por fuera, sin embargo, ya no quedaba ni rastro de aquella belleza confiada de otros tiempos. Estaba robusta, con algunas canas, sin ganas de coquetear o de maquillarse. Nunca imaginó verse tras rejas. Siempre pensó que la prisión era para otros, para la peor gente. Pero ya lo dice el refrán: nunca digas de este agua no beberé, ni este cura no es mi padre. La vida te da la vuelta en cualquier momento. Ahora era, sencillamente, una presa.

Caminaba con el rostro tapado y el corazón encogido, preguntándose si su casa seguiría en pie o la habrían desmontado para leña. Al final del barranco, entre dos viejos álamos, ahí estaba: su casa, reconocible. El frescor subía del cauce, el arroyo murmuraba y las ranas cantaban. Cuántas veces había soñado con este momento. Más allá, el monte y los hongos: níscalos, boletus, setas de cardo ¡Le daban ganas de ir al momento con la cesta!

Entró de puntillas por la verja, encontró la llave en el lugar secreto y abrió. Esperaba un golpe de humedad y abandono, pero nada de eso. Encendió la luz y la lámpara llenó la cocina con un calor amarillo. Todo estaba limpio, la gitanilla florecía rosa en la ventana. Carmen se quedó mirando la planta, sin entender nada. Recorrió las habitaciones: todo en orden, tal como lo dejó. Alguien había cuidado de la casa todo este tiempo.

¡Carmeeeeen! ¡Carmenchu! gritó desde el zaguán la voz de la vecina, Eufrasia, entrando con prisas. Anda hija, cómo te has puesto fue su único saludo al verla. He visto la luz y venía corriendo. Toma, te he traído algo para el camino, que a saber si habrás comido. Y plantó en la mesa un tarro de leche y una hogaza envuelta con esmero. Gracias, sonrió Carmen, ¿has sido tú la que has cuidado la casa? Claro que sí, ¿dejar una casa así al abandono? Ni loca. ¡Muchas gracias de verdad!, le temblaban los ojos con las lágrimas. Me voy, hija, que los hombres aún no te pueden ver. Como mi marido se entere que vengo a verte, tenemos bronca.

Carmen se sintió en paz. Al menos, alguien le daba la bienvenida. Se sirvió un vaso de leche aún templada cuando llamaron tímidamente a la puerta. Fuera apareció un chaval de trece años, que le entregó un paquete con vergüenza: Mi madre dice que te lo dé, murmuró, y salió corriendo. Pero Carmen ya no reconocía a los niños; en seis años todos habían crecido y cambiado. El paquetito olía a tocino ahumado que te hacía la boca agua.

Y entonces, Estrella irrumpió sin llamar, corrió a abrazarla. En otros tiempos, antes de Mariano, eran íntimas. Carmen rompió a llorar: Pensé que nadie querría hablarme Déjate de tonterías, Carmen, ¿no sabes lo que es la solidaridad femenina? Eso fue defensa propia, aunque los tíos no lo entiendan. Fui a verte en cuanto supe que volvías, Eufrasia me avisó. Nada, te traigo cosillas de la huerta. Hoy descansa, que mañana tendremos sobremesa para rato.

Carmen no podía tragar de la emoción. Entendió que no debía juzgar mal a todos. Las mujeres sí la entendían. Se tumbó en la cama, recién hecha, y apenas cerró los ojos cuando llamaron al cristal de la ventana.

Aunque era de noche, distinguió la corpulencia de Don Isidoro, el alcalde oficioso del pueblo. Hablaba a través de la ventana: No salgas. Hablemos por aquí. Mira, los hombres hemos pensado y sería absurdo seguir cabreados contigo. No tienes culpa de lo que pasó, fue Mariano el que la lió. Sí, es cierto que la cosa está complicada ahora sin trabajo, pero lo suyo era otra cosa En fin, mejor no lo digo. Hemos recogido un dinerillo para que empieces, toma, no lo rechaces.

Carmen dudó, pero Don Isidoro tiró el sobre por el cristal y se perdió en la noche.

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