Embarazo de cinco o seis semanas soltó la doctora, dejó el ecógrafo en la bandeja y se quitó los guantes de látex con un chasquido. ¿Vas a tenerlo?
Inés se quedó callada.
Cuarenta y dos años, el cuarto hijo, y la verdad es que no le hacía ninguna ilusión. De euros andaban justitos, siempre haciendo malabares de nómina en nómina.
Los mayores todavía estudiando, la pequeña acaba de empezar el cole y necesita de todo: uniforme, blusa, mochila nueva, y eso sin contar los cuadernos y los libros ¡Y ahora, esto! Menudo regalo…
Lo consultaré con Fernando, a ver qué dice él, pensó.
He estado en el médico contó Inés durante la cena. Pues sí, estoy embarazada, seis semanas.
Fernando dejó de masticar y soltó el tenedor.
Bueno, ¿y qué? Lo tendremos. Genial, dos chicos y dos chicas. El equipo completo.
¡Equipo completo! ¿Y de qué vamos a vivir?
Inés le contó lo de los mayores, lo de la pequeña, que necesita mil cosas, y cuanto más hablaba, más claro veía que lanzarse con otro bebé, en su situación y con su edad, era rozar la locura.
Me haré las pruebas para el aborto.
Después de pasar por todo el trámite de análisis, Inés estaba desanimadísima.
Le daba mucha pena ese pequeño ser creciendo en su barriga. Seguro que sería una niña rubita, preciosa, un trasto.
Camino del centro de salud, Inés iba en el tranvía, apretujada entre la gente. Ni salió en la parada, más bien se desplomó afuera. Y de repente, se da cuenta de que algo le colgaba por el hombro. ¡El asa del bolso! Ni entendió qué pasaba al principio, hasta que gritó. Los cacos se lo habían cortado, llevándose el bolso, todo el dinero y todos los análisis.
No le quedó otra que irse a casa. Algunos análisis tuvo que repetirlos, otros por suerte pudo recuperarlos.
La segunda vez, al bajar del autobús, se cayó y se torció el tobillo.
A la tercera, me rompo la crisma del todo, pensó, supersticiosa como era. Y decidió: que venga el bebé. Y, por fin, se relajó.
El embarazo iba viento en popa, y a esas alturas Inés ya sabía que era una niña. Pero en la segunda ecografía zas, cae el jarro de agua fría: la ginecóloga sospechó síndrome de Down.
Hace falta hacer una amniocentesis dijo la doctora, rellenando el papel . Pero te advierto que es riesgosa, puede provocar aborto o infección.
Inés se lo pensó y accedió.
En la fecha señalada, fueron ella y Fernando a la consulta. Él se quedó en el pasillo, y ella, con las piernas temblorosas, entró al despacho. La doctora escuchó el latido del bebé: iba como una moto.
Esperamos dijo la ginecóloga . Vamos a poner algo de magnesio.
Pusieron la dosis y la mandaron al pasillo para que se calmara.
Un rato después, la llamaron. El corazón del bebé ya estaba más tranquilo, pero ahora la niña se giró de espaldas. Así no podían hacer la prueba.
Esperamos repitió la doctora . A ver si se da la vuelta
A la tercera fue la vencida: la bebé se puso de cara y todo se estabilizó.
Le desinfectaron la barriga.
Ya hacía calor y la ventana estaba abierta de par en par para que entrase algo de aire. La enfermera se preparaba con su bandeja de instrumentos cuando, de repente, ¡entra una paloma volando! El ave, presa del pánico, empezó a revolotear por toda la consulta, chocando con todo el mundo. La enfermera, asustada, soltó la bandeja, los instrumentos rodaron por el suelo.
La mandaron otra vez al pasillo, a esperar mientras atrapaban la paloma y preparaban todo de nuevo, esta vez esterilizado.
¿Qué pasa ahí dentro? preguntó Fernando, preocupado.
Que ha entrado una paloma y ha montado la mundial.
Inés, esto es una señal clarísima. Vámonos a casa.
Y se marcharon.
Llegado el momento, Inés dio a luz a una niña.
Ahora tiene diez años.
Rubia, preciosa, un trastoY cada vez que le pide a Inés que le cuente cómo llegaron a llamarla Paloma, ella se ríe y responde: Porque eres el milagro más travieso y alado que nos pudo caer del cielo. Nunca nadie creyó que ese día, mientras buscaban esperanza entre batas verdes, un aleteo traerá tanta vida a esta familia. Ahora, cuando Inés le acaricia el pelo rubio, más claro aún bajo el sol, se acuerda de aquel caos y de cómo, en mitad de los miedos, la pequeña encontró la manera perfecta de quedarse. Porque a veces, pensó Inés, las señales no son para hacernos dudar, sino para recordarnos que lo imposible también puede ser un vuelo feliz.
Embarazo de cinco o seis semanas, — dijo la doctora mientras dejaba el instrumental en la bandeja y se quitaba los guantes de látex……….⚘







