Gente corriente

Gente corriente

La calle hoy estaba bulliciosa, como ocurre cada primavera en Madrid, cuando los vecinos al fin reciben al sol castellano, que derrama calor desconocido sobre el asfalto; cuando aquellas montañas de nieve sucia han sido arrastradas por los camiones cisterna y ahora corren alegres riachuelos plateados hacia la Calle Mayor y serpentean hasta San Ginés. Justo hoy, en la pequeña iglesia, todo es un ir y venir. De una furgoneta saltó un pequeño grupo de personas: las mujeres llevan vestidos y mantillas celestes, verdes y blancas, que por cierto les quedan estupendas. Los hombres, en trajes austeros, corbatas ajustadas y zapatos relucientes.

De otro coche, esta vez más pequeño, bajó una mujer. Va concentrada y un tanto insegura.

¡Marina! ¿Pero cómo te bajas sola, Marina? Tenías que esperar, yo te habría dado la mano corre hasta ella su marido.

No grites, Quique. Mateo se ha dormido. Mejor que no se despierte. Tengo miedo, Quique murmura Marina, desorientada. Es su primer hijo; no ha bautizado nunca antes a un bebé y teme que el pequeño Mateo se asuste y eche a llorar hasta la extenuación, como aquella vez en el baño. Aquello fue tan tremendo, que Quique llamó al médico. Llegó la pediatra, doña Carmen, tranquila y parsimoniosa, se detuvo un momento en el recibidor, y luego entró en la habitación donde la joven madre acunaba al niño desolada.

Déjalo, indicó Carmen.

¿El qué? No escucho, ¿el qué? insistía Marina, ya casi fuera de sí.

Que dejes al niño, chica, ¡que lo vas a desarmar! ¿No ves que lo zarandeas como si fuera una maraca? A este paso, los huesos de la cabeza se te mezclan todos le contestó Carmen, casi en el oído.

¡Dios! exclamó Marina, alzando las cejas y mirando asustada a su marido.

Él sonrió con cierta ironía.

Marina es casi una cría, pero ya le ha dado a Quique un hijo, el primero, el heredero. Pero ni ella ni él saben bien cómo criarlo.

Venga, suéltale de una vez. Así así está bien. ¡Vaya fortaleza! ¡Qué ricura de niño! balbuceó Carmen. ¡Y es clavadito al padre!

Quique adoptó entonces una postura de orgullo. Eso sí era bueno de oír. Porque la suegra no hacía más que decir: “Es igualito a los De la Fuente, de mi Marina”.

Y él también se había fijado en que tenía su nariz, la de los Sánchez. Las orejas algo difusas, pero ya irán tomando forma.

¡Qué frente! Seguro que ya está tramando algo sonrió Carmen. Papá, cierre la ventana, que se resfría la criatura.

Y Quique corrió a cerrar la ventana.

Doctora, ¿qué le pasa? Nunca ha llorado así susurró Marina, ya al borde del llanto.

¿Qué le va a pasar? Pues que ha salido varón, y encima con cabezón. Los hombres dan más guerra, chica. ¿A que sí, papá?

Mientras bromeaba, Carmen examinaba con destreza al bebé: lo movía con delicadeza, enderezaba las piernecitas, aflojaba los bracitos crispados.

Gases sentenció al fin Carmen. Ahora te apunto lo que tienes que darle. Y tú, Marina, ¡no te pongas así! Se pasa. Eso sí, vuestro chico está fuerte. ¿Y tú? ¡Deja de mirarlo como si fueras la Virgen del Pilar! Dale el chupete, mujer.

Nosotros estamos en contra de los chupetes intervino Quique, cabezón.

¿Sí? respondió con indiferencia Carmen. Marina, así que De acuerdo. Da el niño al padre y vente a la cocina. Y envuélvelo, que así se calma.

Marina negó al principio, pero, vencida, le dejó Mateo a Quique.

Bien. Ahora, querida, vamos a tomarnos algo. ¡Ay, por favor, digo té! Que os ponéis nerviosos por nada

Cogió de un brazo a Marina y la arrastró.

Quique, mientras, mecía con mimo a Mateo junto a la ventana, intentando consolarlo.

La cocina era fresca y olía a café.

Veo que hay hervidor, azúcar, té Falta algo para acompañar inspeccionó Carmen con ojo clínico.

Marina sacó dos tazas. No entendía cómo las médicas de urgencias pediátricas eran así

¿Así cómo? preguntó Carmen, pillando el pensamiento al vuelo.

Que no regañan, no aleccionan. Hablan de persona a persona encogió los hombros Marina. Qué suerte ser pediatra, saber curar todo, no tener miedo.

Carmen encogió también los hombros. Si Marina supiera qué madre torpe fue ella, a pesar de ser médico

¿Para qué enseñarte? Ahora cualquiera lee libros, y si no, en internet. Problemas tenemos todos. Y tú eres responsable, se nota; la bañera tiene termómetro flotante, el albornoz está limpio, el niño bien cuidado… ¡Anda, toma el té antes de que se enfríe! Es solo miedo, Mateo solo grita, es normal. Pero si hace falta, también puedo ponerme seria. ¿Eso te tranquiliza? sonrió Carmen.

Mejor no llegó a sollozar Marina.

¿Qué te pasa? se preocupó Carmen.

Estoy agotada. Quiero dormir. Mateo come mucho, no soporta el pañal mojado, y yo ya no puedo más Marina gimoteó, con gesto casi infantil. Día, mes, año… ya ni mi propio nombre recuerdo. Todo es niebla. No aguanto más, ¿ves? Tengo que terminar la carrera; Quique y yo estudiamos. Me faltan tres exámenes y no puedo Y ya ni me importa

Carmen suspiró, pensativa.

¿No tienes ayuda? ¿Familia?preguntó, activa en su tablet.

Sí, pero Mis suegros están lejos, venir aquí es complicado. Mis padres estaban en contra de nuestro matrimonio, no querían a Mateo… Luego sí, ¡les encantó el niño!, pero mi madre dijo que nos apresuramos y no me pensaba ayudar. Soy culpable, ¿no? Marina apuró el té y cerró los ojos.

¿Culpable? ¿Por ser madre? Por recibir un regalazo tan hermoso. Pues mira, sí: culpable de ser felizsonrió Carmen. Anda, come. ¿Oyes cómo los hombres de la casa están calladitos? Demasiado bien. A lo mejor ni hace falta chupete. Come algo y vete a la cama, tu hijo hoy dormirá largo y tendido, después del susto. Yo me voy ya. Mira: aquí te dejo la pauta para el masaje y los síntomas, nada grave. Lo importante: no te alteres, mujer, todo irá bien.

Carmen la acarició y se fue.

Marina devoró la albóndiga, bebió el té con membrillo que Quique compró en el mercado de Antón Martín, hecho a mano y cayó rendida en el sofá de la cocina. Quiso cubrirse con la manta, pero ni fuerza tenía. Así tal cual se durmió.

Y todo eso parece que fue ayer.

Ahora Marina, de vestido crema y zapatos de tacón bajo, sostiene a Mateo en la puerta de la casita parroquial. Hoy bautizan a Mateo y Marina tiembla por dentro.

Marina, venga, que ya llega la hora. Déjamelo a mí un poco. ¡Ven aquí, campeón! bromea Quique con su hijo y camina hacia los invitados.

Enseguida entrarán y comenzará la ceremonia. Mateo llorará un par de veces, hará pucheros, y luego abrirá sus ojazos y se quedará absorto mirando los santos pintados en el techo. Todos sonreirán, la madrina, amiga de Marina, muy joven también, asentirá satisfecha.

¡Ese Mateo es un auténtico campeón! susurrará.

Carmen entró sigilosamente en el patio de la iglesia por la verja de hierro forjado y se santiguó.

Ella sí sabe, a diferencia del hombre de gorra y chaqueta raída que mira el altar escéptico, que a veces sólo Dios, o quien sea, te presta el hombro auxiliar.

Oiga, joven, aquí dentro quítese la gorra, guarde al menos el respeto llamó la atención Carmen.

El hombre, refunfuñando, se la quitó, se pasó los dedos por los pocos cabellos que le quedaban. Carmen negó con la cabeza, pensando que ya no quedan tradiciones.

Pues gracias por lo de joven gruñó y se quedó mirando como Carmen el bautizo.

Buen bautizo, bonita pareja. El niño es maravilloso dijo la pediatra, sin acercarse a Marina.

Un bautizo como otro. Solo se asusta al niño cortó el hombre.

No entiende usted nada, jovencito Nadanegó Carmen.

Miguel, tenemos que bautizarle, lo noto, todo mejorará, y Mateo se pondrá bien. ¡Te lo ruego! le gritaba Carmen, ya extenuada.

A ella y a Miguel les nació un hijo, Álvaro. Felicidad total. Jóvenes, fuertes. Carmen, además, pediatra. Todo debía salir perfecto.

Miguel iba henchido, brindando con amigos por la salud del niño, haciéndose al papel de padre, soñando con la pesca en la sierra, con enseñarle a cabalgar, cortar leña

Pero en el clímax de la alegría, reciben una llamada urgente del Hospital Clínico.

Situación crítica. Pocas esperanzas. Así pasa

¿Perdón? ¿Cómo dice? susurró Miguel al teléfono, contemplando a los colegas. No entiendo nada

Él no comprendía cómo, siendo la madre médico, pediatra, podía haber pasado. Cómo su hijo estaba al borde de la muerte sin haber cumplido un mes. ¡Injusto!

Vinieron los hospitales, medicinas, una aguja en la cabeza del pequeño Álvaro, los llantos de Carmen, la ira de Miguel, su pelea con la dirección hospitalaria, altercado incluido con el buen amigo de la familia, don César.

¡Dímelo claro, César! ¿Quién tiene la culpa? golpeaba Miguel la mesa.

Ahora eso da igual, Miguel. Piensa en otra cosa. Saldrán adelante. Busca alimentos, cuidados, cariño para Carmen y Álvaro. ¿Brindamos? Ya no estoy de guardia.

Siempre igual, nunca trabajas rugió Miguel. Y comer, César, los cerdos. Mis mis hijos Si les pasa algo, ¡te mato!

Y salió, dando tal portazo que una tabla de la puerta se cayó.

Desde entonces, César no volvió nunca más. Ni fiestas familiares, ni excursiones al monasterio del Paular.

A Carmen por fin la dieron de alta con su hijo. Miguel los llevó a casa en taxi, entraron casi sin tocar el suelo. Todo era limpísimo.

Miguel te amo. Te amo a ti y a Álvaro sollozaba Carmen besando a su marido.

Luego lloraba el niño, lo alimentaban, lo bañaban, lo acunaban. Y parecía que todo pasaría.

Pero a la semana reapareció la fiebre, luego un sarpullido.

Inmunidad débil. Mejor hospital otra vez dictaminó la doctora. Carmen, lo sabes. No debilites. Ánimo, mujer.

A Carmen aquello de “mujer floja” le sacudió como una bofetada. Le dolieron los dientes de pura tensión, le daban asco sus lágrimas, la maleta sin preparar, la impotencia Se sentía peor médico del mundo.

De esa sombra la sacó una joven, Vero, la auxiliar.

El hospital de ladrillo rojo, tan oscuro por dentro. ¿Cuánto tendrían que estar? ¿Cómo soportar los pinchazos? Álvaro lloraba como si lo partieran en dos.

Carmen, tan experimentada, no sabía mantener la calma. El amor de madre no se puede templar. ¿Cómo hacerse fría?

Menudo chaval tienes. Y vaya voz Será tenor famoso reía Vero mientra fregaba el suelo. Le oigo desde el primer piso: ¡un nuevo Plácido Domingo!

Aquella verbosidad era irritante. ¿A qué venían tantos nombres de artistas y esa risa cuando sufrían así?

Pero Vero tenía lo que a Carmen le faltaba: seguridad. Había criado a sus diez hermanos, de familia de pueblo. Los sacó adelante todos, a base de fuerza y fe. Nadie los cuidaba, ella sí.

Y no dudaba de Álvaro.

Verónica había visto de todo. Niños medio muertos, accidentes domésticos, hambruna, y siempre confiaba. Y le decía a Carmen, mientras fregaba:

Ya es primavera afuera. Seguro que Álvaro sale adelante, ya verás. ¡Le gustarán los patos del Retiro!

Y luego lanzó una frase sorprendente:

Yo digo que será del Atleti o del Madrid. ¡Gritará tanto en el campo que le oirán todos!

Y siguió como si nada, y Carmen sintió que aún quedaba mucho por vivir.

Soñó esa noche con Álvaro en el estadio. De adulto, fuerte, gritando para animar a su equipo

Por primera vez durmió tranquila.

Solo estaba fatigada de tanto miedo le confesó a Miguel, que en silencio la abrazó.

La misma Verónica convenció a Carmen de que el niño debía ser bautizado.

Es normal, no cuesta nada. Y así siempre tendrás un ángel de la guarda argumentó la chica. Yo bautizados tengo a todos, no doy abasto sola.

Carmen dudó, después aceptó.

Se pondrá más fuerte, estoy segura insistía. Suena raro pero no te preocupes, lo organizo yo.

¿Te has vuelto loca, Carmen? saltó Miguel, intentando no despertar al niño. ¿Tú, médica, creyendo en supersticiones? Álvaro ya está bien, ¡no le metas en más follones!

Marina oscilaba entre la lógica del marido, la tranquilidad de Vero y el miedo al “¿y si recae?”.

Lo consultó en casa, pero los padres sólo se encogieron de hombros.

Hagas lo que hagas, seremos los culpables después dijo el padre.

La madre ni entendía el debate; sólo pensaba que a los niños hay que alimentarlos bien.

Y Carmen tomó la decisión. Habría bautizo, aunque fuera peculiar.

Invitaron sólo a los más cercanos. Padrino, un amigo de Miguel; madrina, la amiga de Carmen. Miguel miraba angustiado la pila bautismal, el agua fría, el cura de barba, el escenario. Estaba convencido de la locura de Carmen.

Todos en la familia de Miguel eran ateos. ¡Ateos desde la guerra civil!

Pero… ella insistió tanto Así que aceptó.

Al pasar al niño, Álvaro se removió, hizo una mueca, rompió a llorar.

El corazón de Miguel no pudo más, lo arrancó de los brazos del cura, lo abrazó y lo calmó. Salió corriendo, se llevó a Álvaro de allí.

Carmen y el párroco se quedaron boquiabiertos, pero el gesto conmovía.

No se preocupe, el Señor lo ve todo. Ese niño no estará nunca solo. La bondad se premia siempre murmuró el sacerdote a Carmen.

Y nunca más se tocó el tema. Tomaron algo en casa, charlaron de otras cosas, se fueron y la vida siguió.

Al tiempo, Álvaro se recuperó y nunca volvió a ponerse grave. Carmen lo tomó por gracia de Dios.

Si ahora Marina viera la mirada insegura de Carmen años atrás, comprendería que todas las madres son iguales. Unas saben disimular mejor, otras no, pero todas dudan. Y todas se cansan

Cuando Álvaro tenía siete años, regresando solo del cole por una callejuela, una mancha oscura le cortó el paso.

Miró bien era un perro abandonado, grande y hambriento, rabioso de tanto abuso en el mercado. Le habían pegado a palos, ahora el animal volvía a encontrarse gente.

Gruñó, mostró los dientes, se acercó.

Álvaro, aterrado, arrojó su bocadillo y pensó en salir corriendo.

Pero entonces sintió, sobre su hombro, una mano firme, cálida.

Quédate quieto. Entenderá que no eres amenaza y se irá susurró una voz varonil.

El perro los miró, dio media vuelta y se llevó el bocadillo.

Álvaro no cabía en sí cuando lo contó después a su madre, a su padre. Habló de la mano cálida de aquel desconocido.

Ese fue tu ángel, Álvaro susurró Carmen.

Miguel no discutió. Cuanto más mayor, más cree en que alguien o algo ayuda en los malos momentos.

Y ahora, en ese patio castizo de la iglesia, Carmen sonríe observando cómo Marina y Quique llevan al niño a bautizar. A él también le irá todo bien. A ellos, se corrige a sí misma.

Carmen se coloca el mantón y sube la calle, deslumbrada por el sol que brilla en los charcos. Todo está limpio, preparado para el rito de la primavera.

El hombre de la gorra también avanza hacia el Palacio de los Duques, donde hay siempre parejas de boda.

Ambos se paran a contemplar a los novios y amigos en la puerta del palacete, con esas columnas adornadas.

No creo que nunca vea casarse a mi hijo confiesa Carmen.

¿A quién? gruñe él.

Tengo un hijo bueno, inteligente, trabajador, pero que no quiere formar familia. Es triste tanta soledad, de verdad

Tonterías protesta él. Hoy en día los chavales lo hacen todo a otro ritmo. Primero trabajar, luego lo demás. Así no hay errores.

¡Trabajar, dice! Casas se construyen, familias se sienten. Mi hijo levanta edificios, sí, pero eso es plano y ladrillo. Familia es amar, es corazón. Su brújula está un poco perdida.

Le lanzó una mirada pícara.

Ustedes, mujeres, siempre con prisas de casar a los hijos. Pero los hombres no tenemos por qué ir de prisa, siempre hay tiempo. Y el amor, cuando llega, lo puede todo. Yo encontré el mío y aquí seguimos, con peleas, pero juntos. Por amor.

Mi hijo no cree en el amor; dice que antes era de verdad y ahora se ha marchitado. ¿Y si lleva razón?

¡Pamplinas! Todos creen, solo que no os lo cuentan, porque luego entrais en el alma: ¿cómo se llama?, ¿por qué no la presentas?, ¿en qué trabaja? Y eso es la muerte, mujer.

De repente, el hombre agarró a Carmen de los hombros, la zarandeó y la besó.

Pero bueno, ¿qué hace usted, hombre? gritó Carmen. ¡Que llamo a la policía!

Llame, llame. ¡Gente! ¡Oídme! ¡Tantos años con esta mujer y me volvía a casar ahora mismo! bramó el hombre, los demás invitados se giraron, Carmen se puso roja.

¡Mamá, papá! ¿Pero vais a entrar o qué? Está todo el mundo esperándoos. Vamos, que llevo yo los anillos. Bueno, o los lleva Paquito No, los tengo, los tengo. Papá, pero ¿cómo vas vestido así? Pareces un diplodocus. Y eso que tú mismo dices que eres una reliquia, ¿eh?

¡Álvaro! protestó Carmen.

Todo me está permitido, mamá. Mis padres se casan… ¡por segunda vez! Lo organizo yo, vuestro hijo a medias. Madre mía, qué mundo este

Se llevó a sus padres abrazados hacia el salón para una celebración sencilla, familiar.

Hoy homenajean a una pareja corriente, que crió un hijo, un chico estupendo; que vivieron juntos, casi sin plantearse separarse jamás. Carmen es pediatra, su marido, Miguel, arquitecto, ahora fanático de los brotes de alfalfa. Todos se ríen cuando los ofrece en la mesa, incluso Álvaro, que promete que se casará “más adelante”.

Ese “más adelante” lleva muchos años, y Carmen sigue inquieta por el futuro, pero a veces recuerda que Álvaro tiene un ángel y eso la calma. Y quizá no sea el bautizo, sino el amor incondicional lo que de verdad protege.

Miguel cree en la ciencia, y la razón, pero a veces mira al cielo.

Allí miró cuando Álvaro estuvo enfermo. Y los cielos sí ayudaron. Siempre. A través de la gente corriente, igual de perdida, temerosa, imperfecta. Pero la ayuda llegaba siempre. Gracias.

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Rendirse al amor —¡Katya, recapacita! ¡Tu elegido tiene dieciocho años y tú veintiséis! ¡Menuda pareja! ¿Qué podrá ofrecerte ese chaval? Problemas sin fin, eso es todo. ¡Tus compañeros te van a tomar el pelo! Llegó la profesora, se ha enamorado de un alumno. ¿Eso dónde se ha visto? Presenta la baja voluntaria en esa escuela antes de que sea tarde, si no te despedirán por inmoral. Así me lo describió mi madre con todo lujo de detalles. A mí solo me daban ganas de llorar. Pero lo cierto es que Igor y yo nos habíamos enamorado. Sí, él es mucho más joven y, sí, es mi alumno. Pero en un año acabará el bachillerato y nos casaremos. La diferencia de edad dejará de importar. Solo tengo que esperar un poco… No tengo fuerzas para dejar a este chico. Igor es mi primer amor. Claro que mi madre exageraba al decir que todo el mundo sabe lo nuestro; nos veíamos a escondidas. Evidentemente, sabía que una noticia así enseguida correría por todo el instituto, solo los sordos no se enterarían. Pero no podía reprimirme, ardía de deseo en sus brazos y aguardaba cada una de sus miradas. Yo, profesora, debería dar ejemplo… …Mi madre también es docente y para ella mi conducta era injustificable. Me arrepentí de haber compartido mi preocupación con ella; no sentí ningún apoyo. ¿Cuántas veces rompí con Igor en mi cabeza? Incontables. Pero en cuanto le veía, el corazón se me paraba, me faltaba el aire, y ya me daba igual: ¡le amo! Las normas se borraban, iba contra todo. Con Igor me sentía como una cría. Era brillante en los estudios, deportista, sensato en la vida. Sus compañeras iban detrás de él. Tenía que sentir celos en silencio. A la vez, sentía una alegría inquietante. …Sonó el último timbre escolar. Igor se fue a la universidad. Y yo… me quedé embarazada. Cuando mi madre notó los cambios, no tardó en comentar: —Ya os habéis buscado el lío, parejita. ¿Y ahora qué? ¿Vas a deshacerte de la criatura? No me hiciste caso y ahora tienes que apechugar, hija. —No, no me voy a deshacer, —le respondí. …Nació nuestra hija, Svetlana. Igor no tenía prisa en casarse. Sus estudios eran lo más importante y, en general, empezó a alejarse de mí. Esquivaba verme, “olvidaba” llamarme por teléfono. La vida universitaria, nuevas amigas… En fin, pronto lo dejamos. Cada uno siguió su camino. Tuve que bajar de la nube y tocar tierra… Me quedé sola con mi hija. Y no puedes contarle a nadie que tuviste un romance con un alumno. Se reirían, te juzgarían. El alma se me heló… Mi madre, al verme así, me consolaba: —Intuyo que lo tuyo con Igor no va bien. No pasa nada, Katya, hasta en las cenizas puede haber una chispa. Deja de castigarte. Todo se arreglará, ya lo verás. …Pasaron dos años. No volví a ver a Igor. Empecé a salir con un chico, Alejo, el del perrito. Así le llamaba yo: “el chico del perro”. Nos conocimos en el parque donde yo paseaba con el carrito y él con su dachshund, Hanny. Nos pusimos a charlar… Alejo resultó ser un joven encantador, entrañable, con mucho sentido del humor, y tenía una luz especial. Empezamos a enamorarnos. Svetlana y Hanny se quedaban con mi madre y nosotros nos íbamos al cine, a una cafetería… Mi madre encantada: —Venga, divertíos, jóvenes, mientras tengáis ganas. Yo me quedo con la nieta y el perrito. … Al cabo del tiempo, me fui a vivir con Alejo. Estábamos bien juntos, tranquilos, nada de dramas ni tormentos; paz y armonía… Un día mi madre me llamó nerviosa: —Katya, ha venido el padre de Svetlana. Se ha puesto a gritar en el rellano. Preguntaba por ti. Me asusté y le di vuestra dirección. Mira tu querido alumno: parece un niño bueno, pero tiene lo suyo. —No te preocupes, mamá, ya lo arreglaré —le respondí, aunque me puse nerviosa. ¿Por qué se acordaba ahora Igor de mí? Al poco vino Igor: —Hola, Katya. Veo que te has apañado bien. Has encontrado a un hombre que cría a mi hija… ¿Con qué derecho? —Igor, ¿dónde pone que Svetlana es tuya? Renunciaste a ella por voluntad propia. ¿De qué te quejas? Igor se calmó de inmediato: —Katya, no es por nada… ¿Quizá podríamos volver a vivir juntos? Nos quisimos mucho. ¿Lo has olvidado? —No lo he olvidado, pero Alejo me ayudó a olvidarte para siempre. Gracias, Igor; me “regalaste” amor. Me perdiste y no me vas a recuperar. Adiós —le dije fríamente y le cerré la puerta. Cuando llegó Alejo de trabajar notó mi inquietud: —¿Ha pasado algo, Katya? Le conté la visita de Igor. —Bah, no te preocupes. Seguramente te echaba de menos. Suele pasar. Ven, trae a cenar a tu marido —y me llevó a la cocina abrazándome. —¿Marido? En mi DNI la casilla sigue vacía —dije medio en broma, guiñándole un ojo. —¡Katya, cásate conmigo! —exclamó Alejo, hincando la rodilla y extendiéndome las manos. —¿Te ha asustado mi ex? —le respondí riendo. —Pues sí, me ha asustado. ¿Entonces aceptas? —estaba serio. —Lo tengo que pensar —bromeé, sabiendo que Alejo me mimaría siempre. …Ese verano nos casamos. Alejo adoptó a Svetlana. Y al año siguiente nació nuestro hijo, Maxim. Creamos un hogar acogedor. Igor ya no volvió a molestarnos. Supe que se casó con una compañera de carrera; ella le dejó con un bebé de tres meses y se fue con un militar a una ciudad de cuarteles. …Pasaron los años y casi sin darnos cuenta; Alejo y yo ya tenemos canas. Svetlana se casó con un extranjero y vive en Italia. Se llevó al nieto de Hanny con ella: —Que al menos uno de la familia me alegre el alma en tierras extrañas. Ahora solo me queda una preocupación: Maxim. Tiene veintidós años, estudia en la academia y está locamente enamorado de su profesora de literatura. Por lo visto, ella le corresponde. De verdad parece cosa de familia. No sé cómo actuar: ¿aceptar esa relación prohibida o intentar disuadir a mi hijo? Recordándome a mí misma, sé que no podré convencerle de nada. Igual que yo, ama hasta perder la cabeza. Lo malo es que su profesora está casada y tiene dos hijas. ¿Qué se le puede aconsejar? Y, al fin y al cabo, ¿quién hace caso de los consejos? Cada uno aprende a base de errores, internándose en caminos nuevos. —Maxim, decide tú. Solo te pido una cosa: no la hagas sufrir, no la dejes en ridículo. Compórtate como un hombre. Piensa bien antes de tomar una decisión tan importante. Estas cosas no se hacen a lo loco —fue lo único que pude decirle. —Mamá, tú y papá sois mi mejor ejemplo. Gracias por no echarme sermones —dijo Maxim besándome la mejilla. …No hubo boda. La profesora, Marina, y Maxim se casaron por lo civil. Al cabo de poco nació Zoya. No hay quien consiga huir del amor…