¡Tengo sed!
En la playa soñada, entre colchonetas blancas cobrizas y parasoles que parecían flotar, una niña de pelo despeinado, con un bañador rosa repleto de volantes saltó de manera casi irreal hacia la hamaca vecina, y Vera frunció el ceño.
Amaba a los niños, sí, pero mejor a distancia. Tiernos, adorables, chispeantes, aunque mucho mejor allí, lejos, como visiones en la niebla. Así todo seguía en su justo lugar. Podía sonreír de lejos, contemplando esos mofletes sonrosados, y después perderse en sus propios pensamientos, prohibiéndose imaginar lo que podría haber sido de todo… si no…
Vera arrojó con enojo el libro que tenía entre manos sobre la hamaca y cerró los ojos, intentando no escuchar el eco de sus propios recuerdos, tan pegajosos como el azúcar de los churros. Pero la niña seguía tintineando, como el suave repique de campanillas en las fiestas del pueblo, pidiendo a su madre agua, un bizcocho, un caramelo.
Aquella vaga punzada en la mente de Vera fue tomando forma, como si la bruma del mar la delinease, y de pronto abrió los ojos de golpe: la niña llevaba minutos danzando a su lado, sin haber llamado ni una sola vez “mamá” a la mujer que hurgaba en el bolso cumpliendo sus caprichos.
La nariz azul… ¿Tienes frío?
La mujer, tan anodina a primera vista que Vera no se habría fijado en ella nunca en otra vida, cubrió los hombros de la niña con una toalla de rayas, pero la pequeña se zafó y giró, lanzando la arena como pequeños espirales de azúcar glas.
¡Ay, lo siento!
La arena fina y blanca esparció su hechizo sobre la hamaca, la piel y el libro de Vera, que ya para nada importaba.
La mujer recogió a la niña en sus brazos, frunció el ceño y ordenó con ese tono que tienen solo las leonesas de la vieja Castilla:
¡Marta! ¡Pide perdón ahora mismo! Así no se comporta una señorita.
La chiquilla concentró el ceño igualito que la mujer, e inclinó la cabeza solemnemente:
Perdón…
Anda, vete a jugar, pero ¡que te vea! La mujer plantó a la niña en la arena, le dio una palmadita cariñosa sobre el volado trasero y la envió corriendo tras el grupo de críos que aplaudían a la monitora. Luego se volvió hacia Vera con una sonrisa apurada. Perdone, de verdad, es todo un torbellino. ¿Quiere que le ayude a sacudir la arena?
Vera agitó la mano, rehusando con desgana.
Bah, no se preocupe. Aquí la arena entra en todos sitios. ¿Por un puñado más, qué importa? Vera se acomodó y, tras un silencio breve, no pudo reprimir su pregunta. ¿Le molesta si le hago una pregunta?
Nada, adelante la mujer se sentó en su hamaca, recogiendo cubitos y rastrillos.
Debían de haber llegado antes que Vera; la niña ya había trenzado mil juegos antes de desaparecer bailando tras el espectáculo.
Vera solía evitar la playa a esas horas: el griterío y los chillidos de los niños le nublaban los nervios. Pero era un día raro, la mañana había llovido y no había nada que hacer, así que pensó que, ya que el sol la premiaba al fin tras muchos días de gris, podía soportar un poco de barullo, más aún cuando las vacaciones casi terminaban y el equipaje ya estaba medio preparado. Solo faltaba meter los recuerdos para su familia y sus compañeras, y luego regresar a la lluviosa Madrid, donde según su madre ya había regresado el otoño de pleno.
¡La finca está preciosa, Verita! Ayer preparé una sopa de setas, tu padre dice que ¡espectacular! Este año, setas para aburrir. Vuelve a casa, te esperamos…
Siempre la esperaban; pasara lo que pasase, aunque la vida la golpease, Vera tenía ese refugio. Su casa, sus padres. Gente que siempre le abriría la puerta, que le daría un abrazo, consuelo, o hasta un buen rapapolvo si hacía falta.
Este pensamiento la tranquilizó, como un bálsamo, y preguntó tranquila:
¿Por qué su hija no la llama mamá? Perdone si es indiscreto, pero de pronto me ha picado la curiosidad.
La sonrisa de la mujer fue casi fantasmal, duró un suspiro, y Vera adivinó que allí había historias largas, nudos invisibles tras la apariencia modesta de esa mujer.
Llevaba un discreto bañador negro, el cabello recogido en un moño torpe con hilos de plata burlando el tinte, y de repente, en su muñeca, un brazalete de oro tan refinado que Vera, que dirigía una firma de joyería, supo al instante su precio.
No se disculpe. No es una pregunta tan extraña, y le responderé. Pero, antes, ¿tiene usted hijos?
Vera admiró la transformación en su interlocutora; en ese instante dejó de ser esa madre torpe, pelando plátanos y persiguiendo con paciencia a su revoltosa, para erguirse con la serenidad de una abogada, dueña de la charla.
No, no tengo hijos.
Pues yo tampoco la mujer compartió su calma. Propios, de sangre no. Marta es hija de mi difunto marido. Ahora también mía. Todavía nos estamos tanteando, nos observamos. Llevamos poco. Pero creo que ya empezamos a hacernos al papel.
Vera se presentó, tendiendo la mano de modo profesional.
Lola le respondió.
El apretón de manos confirmó lo que Vera intuyó: firme, sin prisas, mostrando interés pero sin invadir.
¿Tuteamos? sugirió Vera, alzando levemente una ceja.
Claro, mejor.
La respuesta fue seca, concediendo lo justo.
¿Lleváis mucho juntas? Vera indicó con la cabeza el parque donde bailaba el tropel de niños.
Casi medio año, desde que él no está. Marta… Marta es mi recuerdo. Un souvenir, por decirlo así, del hombre al que más quise y que, al final, me traicionó.
¿Marta?
Martina. Eso de las modas con los nombres… ahora buscan rarezas, como si así dirigieran el rumbo del destino de sus criaturas.
Parece que, en vuestro caso, la jugada resultó.
Vaya si sí Lola curvó la boca en una sonrisa torcida.
¿Me lo cuentas?
Pero tú a cambio me cuentas también la tuya. Me intriga saber por qué una mujer como tú está sola en una playa así.
Trato hecho aceptó Vera. No tengo amigas. Nunca me he confiado así a nadie. Mis padres no cuentan, hay cosas que no se pueden explicarles. ¿Y los tuyos?
No. Hace años ya. Estoy sola. Solo estaba mi marido, al que pensé mi todo. Y él pensó que era suficiente, que con tenernos ya no necesitábamos más. Creíamos haber construido un mundo propio, imposible de violar. Siempre juntos, hasta en el trabajo; teníamos un bufet. Él era la parte brillante y yo la sombra. Soñábamos con traspasar el negocio a nuestros hijos algún día.
Lola tomó un largo sorbo de agua y soltó una risa áspera:
Sí… y después todo lo levantado, tirado abajo.
¿Por qué?
No podía tener hijos. Así de simple. Lo que más ansiaba resultó imposible, de un plumazo. Un médico revisa papeles y, con naturalidad, dice que nunca tendrás hijos. Nunca, ni aunque caigan chuzos de punta y el cielo arda. Y tu marido aprieta tu mano y sugiere mil consultas más… Paseamos por médicos, cogidos de la mano, años enteros. Pensé que me bastaba su amor, su ternura. Pero cuando todo quedó en nada, yo estaba vacía. Y él, en secreto, lo tenía todo: una amante, un hijo oculto, y yo… yo seguía ciega.
Qué dolor…
Dolor se queda corto. Cuando lo supe, así, como suelen enterarse las esposas que jamás imaginan ser engañadas, sentí el infierno por dentro. Estalló una tormenta de fuego. Como abogada, luché con furia en el divorcio. Nos destrozamos mutuamente, incapaces de aceptar la ruina. Ni siquiera era por los bienes: era por no naufragar. Él sabía que la otra jamás sería yo; y yo, que lo perdía todo… todo lo que de verdad cuenta.
Lola guardó silencio, mirando a lo lejos a Martina, que perseguía a la monitora.
¿Y después?
Todo se vino abajo. Supe que estaban enfermos; él y la madre de su hija. Una adicción oscura, de esas que uno elige, sin pensar en el mañana. No pensaban ni en sí mismos ni en la niña. Hacían lo que les daba la gana, como dos sombras sin rumbo… Cuando ella desapareció, sentí angustia. No por él: para qué engañar. Mi rabia era volcánica. Sabía que ayudarle era inútil. Demasiado testarudo, demasiado enrocado en su herida. Yo temía más por la niña…
¿Y qué hiciste?
Volví. Le convencí para que me dejara adoptarla. Fue duro, contrarreloj; tenía poco tiempo. Colegas del bufete me ayudaron. Sabían lo que pasaba, pero no se entrometieron hasta que pedí ayuda. Por suerte, ni el divorcio nos había separado del todo. Ahora, Martina es mi hija.
¿Y él?
Ya no está. Lola sostuvo la mirada de Vera. Lo encontraron en su coche, cerca de casa, dos días después de la adopción. Decidió que podía hacer lo que le viniera en gana, al fin estaba tranquila la niña.
¿Fue…?
Sí. Lo entendiste. No calculó, o quizás sí; jamás se sabrá. No dejó nota. Pero en el coche apareció el peluche favorito de Martina. Su padre se lo regaló de bebé. Aquella mañana buscamos el muñeco desesperadas; nunca imaginé que ese peluche sería lo último que viera mi marido…
Lola detuvo su discurso para tomar aire.
¿Quieres saber por qué lo hice?
Sí. ¿Por qué te quedaste con una niña ajena?
Ahora ya es mía. Pero sí, por entonces, era ajena. Comprendí de a poco que iban a romperla igual que a mí. La abandonarían, sin pensar en cómo se sentiría. Sentirá tanto dolor… y no va a entender por qué nadie cuida de ella. Es solo una niña. No tiene culpa de los pecados de los adultos.
Eso es… Vera buscó una palabra. Valiente.
Lola asintió, acaso perdida en sus propios hilos de pensamiento.
Ahora entiendes por qué no me llama mamá. Lola saludó a Martina, que subía la escalerilla del tobogán, atenta para comprobar que la miraban. Ella recuerda a su madre. Recuerda los abrazos, y también los golpes cuando molestaba. Cuando su madre murió, el padre andaba en otro viaje de negocios. Martina pasó cuatro días sola en casa, junto a…
¡Dios mío!
Sí, tremendo… Todavía vemos al psicólogo. Hace poco, recomendó cambiar de rutina, crear recuerdos nuevos. De ahí este viaje. Dejé el despacho, me vine a la costa con ella. Creo que acerté.
La risa de Martina, que chocaba las manos y bailaba, relajó un poco el ambiente.
¿Y tú, Vera? ¿Por qué sola?
Hui de mi boda.
¡Qué historia! ¿Por qué?
Sinceridad por sinceridad dijo Vera, con una sonrisa. Sorprendí a mi prometido con mi mejor amiga. En el probador del salón nupcial, ni más ni menos. Había adelgazado y fui a ajustar el vestido. Él podía acompañarme, y acepté sin saber muy bien por qué. Mi amiga vino también. Y mientras la modista me cosía y yo me quejaba, ellos, bueno… se compenetraron muy rápido.
Sintió frío en los dedos, igual que aquel día de la decepción. Las dependientas tuvieron que arrancarle la cortina de terciopelo con suavidad, mientras le ofrecían tila. Vera recordaba el frío, la vergüenza de saberse observada en ropa interior de encaje, ese conjunto que había comprado con esperanza.
¿Cuánto tiempo llevabais juntos? preguntó Lola.
Casi diez años. Éramos compañeros de universidad. En tercero me quedé embarazada y decidimos que aún era temprano para hijos… Por primera vez, Vera hablaba en alto de aquella vieja herida. Él insistió en que primero había que vivir, no atarse. Que no era tiempo para un bebé…
Llevó la mano al vientre, y Lola la miró sorprendida:
¿Estás…?
Sí. Espero un bebé. Pero aún no sé qué hacer. Es suyo…
Y tuyo, también.
Lola solo enunció la realidad. Vera lo entendió.
Sí, y mío…
No añadieron nada más. Martina volvió corriendo a contarle su hazaña a Lola, recitando palabras a media lengua que solo una madre entiende. La reclamó para cenar, y Vera solo asintió, compartiendo con Lola una mirada silenciosa de agradecimiento.
Al amanecer, se reencontraron en la fila de facturación del aeropuerto.
¿Preparada para volar?
Para casa…
¿Has decidido ya? Lola preguntó, sabiendo que Vera era de resoluciones rápidas.
Sí. Decidí que nunca más dejaré que nadie elija mi vida por mí.
Volvieron a separarse, pues volaban a destinos distintos, pero entonces Martina, sin previo aviso, cruzó el vestíbulo.
¡Martina, vuelve! llamó Lola. Pero al darse cuenta de a dónde corría la niña, sonrió de pronto con una ligereza extraordinaria, sorprendiendo a los pasajeros, y a sí misma.
¡Toma! ¡Para ti! ¡Un souvenir! la pequeña depositó una criatura de peluche en las manos de Vera. ¿Un gatito? ¿Un perrillo?. ¡Para que te acompañe! ¡Eres buena!
Dicho esto, Marta volvió corriendo hacia Lola.
Vera abrazó el peluche, asintió a Lola y musitó entre labios:
Gracias…
Un par de años después, eran de nuevo dos mujeresy dos familiascoincidiendo en el mismo hotel.
¡Hola! Lola besó con dulzura a Marta antes de empujarla hacia el parque.
Tenemos solo una hora dijo Vera, señalando el carrito donde su hijo dormía. Luego será el caos.
¿Diente nuevo?
¡Dos! Salieron a la vez, increíble. Menos mal que mi madre me ayuda. Dormimos por turnos.
¿Te arrepientes? preguntó Lola, escrutándola.
¡Ni loca! Pero daría lo que fuera por dormir diez horas…
¿Por qué?
¡Así me pondré al día con el sueño! rió Vera. Mejor cuéntame tú, ¿cómo estáis?
Lola no llegó a contestar. Marta se le echó encima, la rodeó por la cintura y le susurró, cómplice.
Vale… puedes. Pero sólo un helado y un zumo, ¿eh? Luego toca cena.
Marta salió disparada, y Vera se encogió de hombros:
Ya ves, no hace falta preguntar más.
Acomodó la mantita del cochecito, acarició el peluche que su hijo abrazaba en sueños, y sentenció:
Menudo souvenir. Algún día tendré que preguntar a Marta qué demonios es. ¿Un gato, un perro? Nunca lo supe…







